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   Colaboración

Redistribuir la realidad
  Por Mario Pujó
   
 
¿Adaptarse a la realidad? La fórmula fue proclamada por el psicoanálisis posfreudiano como un rasgo ineludible de salud mental. Aunque tropezó enseguida con la objeción de los propios analistas, quienes denunciaron en ella una plausible confesión de conformismo, y el riesgo subsecuente de adicionar nuestra práctica a la ya larga lista de disciplinas al servicio del statu quo. Los más perspicaces observaron que “adaptación” no supone una simple sumisión, la aceptación pasiva de las condiciones en que se desenvuelve la existencia, sino el reconocimiento de su poder de determinación, indispensable a la concreción de cualquier efectiva voluntad de cambio. Adaptación “crítica” o “creativa” ha devenido así un modo no incauto de nombrar cierta pendiente de vínculo con el mundo que se demuestra conforme al conocido precepto según el cual no se trata de interpretar la realidad sino, más radicalmente, de transformarla. Pero como la misma interpretación de la realidad implica un paso en esa dirección, el problema no se plantea sólo en relación al ideal de adaptación sino a la configuración misma de la realidad. Si cada cual se halla de algún modo inevitablemente adaptado a su propia realidad, ¿de qué realidad se habla?

El humor popular interroga la diferencia entre “estar” enamorado y “creerse” enamorado, para arriesgar una respuesta quizás un poco cínica: “ninguna”. En efecto, la realidad del amor es su creencia en él, algo que excede la cuestión estricta del amor para apropiarse de la realidad entera. Al fin de cuentas, la realidad es lo que se cree la realidad, razón por la cual ese mismo humor popular sostiene que hay tantas realidades como personas en el mundo.
Freud empleaba dos términos no unívocos para referirse a la realidad: Wirklichkeit y Realität. Wirklichkeit parece referirse a la realidad en tanto constituida primordialmente por lo simbólico, incluyendo su dimensión social; Realität se vincula más inmediatamente al Wunsch, el deseo, y nos reenvía a la realidad psíquica, fantasmática, acentuando su vertiente imaginaria. Pero ambas, realidad psíquica y realidad social, confluyen entrelazadas en la torsión constituyente de la realidad subjetiva, por pérdida o extracción de la inmediatez de lo real biológico.

A partir de la lectura de Lacan, sabemos que el principio de realidad no se opone al principio del placer sino que se encuentra a su servicio, continuando a la Claussewitz su procura por otros medios. Se trata del abandono de los atajos del sueño, la fantasía o la alucinación, en favor de ese rodeo que el placer debe necesariamente recorrer para acceder a su postergada satisfacción.
Muchas implicaciones filosóficas podrían derivarse de ello. Para lo que nos interesa, alcanza con apreciar que la constitución de la realidad no contraría simplemente a la fantasía, sino que, por contrariarla, deviene su camino inevitable. No hay entonces solución de continuidad entre fantasma y realidad, al punto que deberíamos pensar que lo que se entiende consensuadamente como constituyendo “la” realidad objetiva, no es sino la construcción consensuada de una suerte de fantasma compartido.
Algo que tiene consecuencias en nuestra clínica cotidiana, especialmente en los virulentos momentos actuales, en los que la puja por intereses sectoriales y la imposición de políticas económicas adopta indisimuladamente la forma gramsciana de una disputa por la opinión pública.

Se trata de una batalla semántica por el predominio de una significación que se ofrece como no dando margen a discusión, en la que ciertos significantes ocupan, por estructura, un lugar instituyente. La Iglesia aporta su granito de arena: “es peor el pecado de soberbia que el de avaricia”, decía hace poco, en relación al proyecto de nuestra Presidenta de aumentar los derechos impositivos al beneficiado sector agroexportador.
Allí donde se escribe “redistribución”, “discusión sobre el rol del Estado en la producción y el reparto de la riqueza”, se incita a leer “empecinamiento”, “prepotencia”, más descarnadamente “corrupción”; allí donde se inscribe “acumulación”, “concentración económica”, “exacción de los recursos nacionales en beneficio de una minoría”, se lee “consenso”, “diálogo”, “institucionalidad”, cuando no, más atávicamente, “patria”. La deslealtad es entonces celebrada como un acto de coraje cívico, y todo ello con un entusiasmo, una masividad y una convicción totalizante que nos retrotrae a la sórdida cobertura informativa de la época de Malvinas. Algo que se extenderá a la discusiones sobre la reestatización de Aerolíneas, la movilidad jubilatoria o cualquier otra iniciativa gubernamental, cuando en la política regional evidencia operar un ímpetu desestabilizador que adopta en nuestro país un indisimulado sesgo destituyente.
Porque no alcanzaría, como durante el amargo Proceso, con disponerse a leer minuciosamente lo que se dice en los diarios entre líneas. La incidencia mediática en nuestra vida cotidiana sobrepasa abrumadoramente el marco informativo de los diarios, la radio o los noticieros; ocupa el tiempo del entretenimiento, los programas en los que la televisión se reenvía a sí misma (repitiendo en clave de farsa la tragedia), para penetrar el ámbito supuestamente anodino del esparcimiento, los almuerzos de la Lady, los mensajes de texto, las cadenas de mails, los sketchs de humor. “Palo porque bogas, palo porque no bogas”, los subtítulos distorsionan la significación de cada discurso en el momento mismo en que éste es formulado...
Pero lo obvio no extrae su certeza de la arquitectura extraordinariamente compleja de la realidad, sino de la estructura notablemente simplificadora del fantasma. Y el discurso mediático lo alienta, lo propaga, lo exacerba, lo cristaliza. De modo que el transeúnte ocasional nos atribuye espontáneamente la sensatez de compartir el más común de los sentidos, el sentido común. Algo que se verifica notablemente también en las aseveraciones que se nos presupone naturalmente en los consultorios.

La abstinencia analítica nos exime de expresar nuestras opiniones personales, en particular en temas tan espinosos como el de la política, por lo que nuestro silencio suele ser entendido no como una muestra desinterés sino como una prueba patente de neutralidad. Dado que, en efecto, no estamos allí para adoctrinar ni reeducar a nadie, aunque tampoco estemos allí para avalar con nuestro consentimiento callado la fuerza sistemáticamente persuasiva de la vulgata colectiva.
Resulta ajeno a los alcances de la singularidad del acto analítico la transformación de los medios y las modalidades de la radiodifusión, más aún la reforma de la distribución de los ingresos. Pero no lo es tanto, seguramente, cierta intervención en el sentido de una redistribución efectiva de la realidad: nuestra práctica de discurso opera también sobre el campo semántico al conmover las significaciones aceptadas, depistando en los resquicios de la palabra los significantes mayores que las configuran. Lo que exige de nosotros estar dispuestos a poner en cuestión lo que se presenta adornado con el fulgor de la evidencia, sin dejarnos capturar por la potencia inmediata de sus espejismos. La realidad puede entonces hacer patente su artificio, ofreciéndole a cada cual una posibilidad de reinterpretarla.
De otro modo, mucho menos que neutrales, incurriríamos por defecto en una forma ingenua de complicidad.
 
 
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