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Dos referencias lacanianas: Pierce y Wittgenstein (cuarta entrega)
  Por Gabriel Pulice  y Oscar Zelis
   
 
Señalábamos en nuestra entrega anterior que el lugar del objeto, en el triángulo semiótico, no coincide con el lugar del objeto a, por eso la articulación con el nudo borromeo resulta, a primera vista, forzada.

Es la presencia del a, en el centro del nudo, lo que perturba, lo que obstaculiza tal adecuación entre los dos esquemas. En efecto, el lugar del objeto en el triángulo semiótico remite más bien a esa serie de objetos que advienen al lugar del a, pero como «postizos», esos que según Lacan no pegan ni con cola en el fantasma del neurótico. La falta de inscripción del a, por otra parte, tiene como consecuencia que la deriva del triángulo semiótico se corresponda con la formulación peirceana de la semiosis infinita.

Creemos que vale la pena darle una vuelta más a este asunto, ya que nos permitirá iluminar otras cuestiones relevantes y difíciles de conceptualizar. Es importante no perder de vista cuál es el contexto teórico del que proviene cada uno de estos esquemas. El de Peirce, responde al propósito de dar cuenta del proceso de semiosis, es decir, aquel por el cual algo —que llamaremos signo o representamen—, en el lugar de otra cosa —su objeto—, produce un nuevo signo —el interpretante. Pero esto no es tan simple, ya que como mostramos anteriormente, el interpretante (I1) puede funcionar a su vez como signo, produciendo un interpretante nuevo (I2), el cual también, a su turno, podrá funcionar como un nuevo signo para otro interpretante (I3), y así sucesivamente, en lo que situábamos como la posibilidad de una semiosis infinita. Y no sólo el interpretante, sino que el objeto mismo puede ser un signo, participando como tal en otras relaciones ternarias como la que acabamos de describir. Peirce señala esto insistentemente, y quizás sea el caso más común en nuestro palabrerío cotidiano: el objeto al que se refiere el signo que pronunciamos —por ejemplo una palabra—, es en realidad otro signo —otra palabra o conjunto de palabras—, y así sucesivamente, hasta que nos topamos con un índice1, que nos conecta por contigüidad con un objeto real. Así, salvo en esta última instancia, en la semiosis nos movemos de signo en signo.

Para que podamos situarnos en la dimensión del discurso analítico, deberá irrumpir un elemento heterogéneo, no simbólico, y sólo en este caso podemos hablar de una conexión entre este diagrama y el discurso psicoanalítico. En efecto, el objeto semiótico de Peirce sugiere un objeto pasible de ser sustituido, incluso de entramarse él también en la cadena de representámenes e interpretantes. Muy distinto a la concepción lacaniana del objeto a, como tal impronunciable, singular, y por fuera del campo de la representación –recordemos que en el nudo borromeo Lacan lo sitúa en la intersección de los tres registros–. Por lo tanto, «...no se trata de ningún objeto semiótico, pues no se ofrece como material disponible para la sustitución, si bien tiene efectos semióticos cada vez que se impone como causa...»2. No obstante, basta una pequeña modificación en el esquema —sin abandonar la figura semiótica del «triángulo»3— para mostrar más ajustadamente la conexión entre aquella representación del acto de semiosis introducida por Recanati en el seminario 19, y la operación que se va generando sobre la producción discursiva del sujeto en análisis a partir de cada intervención del analista, en transferencia.


Podemos visualizar así el movimiento R-I, como el deslizamiento —ahora «circular»— de la cadena significante, haciendo pivote en el Objeto. Pero —y esto es lo difícil de fijar en una notación— el O (objeto) así denotado ya no será estrictamente un objeto semiótico: representa más bien el vacío que se irá delimitando a medida que se despliegan los significantes de la demanda, toda vez que el analizante transfiere al analista su objeto, el que comanda la emergencia de los interpretantes. En este primer gráfico, entonces, el objeto ubicado en el centro viene a situar un punto de imposibilidad lógica, análogo al agujero central de la figura topológica del toro, donde Lacan ubica al objeto del deseo.

Podemos introducir, incluso, una última reformulación, en sintonía con el ordenamiento propuesto por Lacan según el cual, para que el esquema de Peirce armonice con su articulación del discurso analítico «…no hay otro representamen que el objeto a (…) del cual el analista se hace el representamen, justamente, él mismo, en el lugar del semblante». Ubicaremos entonces en el centro de la figura, como representamen / semblante del objeto a, el lugar del analista, en torno del cual se irá delineando un contorno, un agujero, un vacío de representación, el correspondiente al objeto a, el cual comanda la emergencia de dichos significantes. Retomaremos esta idea en la próxima entrega.

_______________
Oscar Zeilis: oscarzelis@speedy.com.ar / Gabriel Pulice: nbpulice@intramed.net.ar
1. Peirce, C. S.; Obra lógico-semiótica, Madrid, Taurus Ediciones, 1987. Página 261: «El icono, el índice y el símbolo».
2. Birch, Christian Roy; Gaiada, M. Griselda: El objeto semiótico y el objeto a. Trabajo disponible en el Foro de Investigación ◊ Psicoanálisis, www.psicomundo.com/foros/investigacion/birch.htm
3. Cabe hacer aquí una breve observación: la representación de la tríada sígnica de Peirce mediante un triángulo fue propuesta por Ogden y Richards. Pero en la actualidad es criticada ya que permite visualizar entre los elementos relaciones duales puras. Peirce nunca lo representó así. Sí se encuentran diagramas hechos por él utilizando una Y invertida, siendo ésta la modalidad más admitida por los críticos —como por ejemplo, Pierre Thibaud— para mostrar una relación triádica.
 
 
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