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   La eficacia del psicoanálisis

El psicoanálisis. Una práctica de otros tiempos
  Por Oscar Lamorgia
   
 
(Des)Tiempos: La aceleración nos gobierna, lo cual no parece ser ningún secreto para nadie que conviva en la –así denominada– Aldea Global. La sobreadaptación a las demandas del Otro connota un forzado desconocimiento de los tiempos del sujeto. Cuando dicha circunstancia tiene lugar suele cobrar un elevado tributo. Mismo que se paga con dolor moral (por ej., depresiones), con puntos de quiebre en el lazo social (por ej., adicciones), o con agujeros en la carne (por ej. somatizaciones).
Leemos a Lacan en un texto temprano, exactamente allí donde puntúa el comienzo de su enseñanza oficial, a saber, el escrito titulado “Función y campo de la palabra...”: “Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época. Pues ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico? Que conozca bien la espira a la que su época lo arrastra en la obra continuada de Babel, y que sepa su función de intérprete en la discordia de los lenguajes.”
Aceleración; cortoplacismo resultadista; inmediatez en la satisfacción; proscripción de cualquier aplazamiento; etc., suponen –en suma– formas de alienación cuyo resultado –a menudo no menos inmediato que sus causales– desemboca en modos de padecimiento que no responden a los cánones de una clínica que podemos denominar clásica.

Las delicias de Pavlov: La experiencia pavloviana viene a demostrar que si bien el fenómeno psicosomático da testimonio de la existencia de una falla en el lenguaje, paradójicamente también existe una inducción significante que da cuenta de un exabrupto, es decir de un deseo del experimentador que se halla signado por la insensatez. Territorio fértil para la proliferación de interjecciones. Figuras retóricas que impugnan de plano la tercerización de la ley del significante. Dicho en términos prácticos: lo que ahora es blanco, puede ser negro en un rato y celeste por la noche, y todo ello sin necesidad de que el Otro deba dar cuenta de tales variaciones. Las interjecciones se profieren bajo la forma de órdenes sumamente imperativas y que conllevan en su esencia una amenaza feroz que logra por momentos colapsar al aparato psíquico, a la vez que genera una interrupción en la cadena orgánica de la necesidad.
Si efectuamos una analogía informática, podríamos decir que homologando el sistema neurovegetativo al sistema operativo de un computador, las interjecciones se intercalan al modo de un virus informático que toma el control de una parte del sistema (fundamentalmente aquella que tiene que ver con la lesión de órgano), dejando éste último de responder a los “mandos naturales”.
En el plano preliminar de un análisis, las cartas que allí se juegan habrán de dirigirse a producir la subjetivación de la lesión. Que advenga una envoltura formal que torne metaforizable aquello que –de momento– sólo implica para el paciente, el endoso mimético de gozar como el Otro gozaba.

¡Satisfacción inmediata!
: Un antiguo chiste transmitía una cruda verdad. Siendo preguntado acerca de si su preferencia se orientaba hacia las relaciones sexuales o hacia la masturbación, un hombre responde taxativamente: ¡Prefiero las relaciones sexuales! Su interlocutor, no conforme aún, le pregunta el porqué de tal preferencia. El hombre responde: ¡Porque así se conoce gente!
La verdad que anida en ese chiste permite entrever que el adicto se encuentra, o bien por fuera del lazo social, o encuentra en cierto argot formas supletorias de dicho lazo, y a la vez está tomado por un goce cínico que torna al Otro prescindente, de un modo que ruborizaría al mismísimo paradigma de los filósofos cínicos Diógenes de Sínope.
En este punto conviene detenernos un instante para hacer un pequeño sobrevuelo sobre los posibles antecedentes que, en la obra freudiana podrían ligar a la masturbación con las llamadas toxicomanías.
En una carta a Fliess fechada el 22 de diciembre de 1897 aparece explícito por vez primera un basamento análogo de ambos términos.
“He llegado a creer que la masturbación era la única necesidad primitiva, la única gran costumbre, y que los demás apetitos, como la necesidad de alcohol, de tabaco, no son más que sus sustitutos, productos de reemplazo”.
Vale consignar que el autoerotismo cumple una función inau-gural y constitutiva ya que no se trata de la mera manipulación del órgano genital, sino de la constitución del objeto perdido, vía la mediación fantasmática.
Al respecto, plantea Jones en la biografía de Freud que “la masturbación no puede considerarse una mera entidad sino la manifestación de elementos diversos que incluyen los fantasmas que alimentan, de modo que hay que evitar el atribuir sus efectos nocivos a la práctica en sí misma”.

Otro modo de postularlo sería el siguiente: El tóxico se intercala en la división subjetiva, ejerciendo mientras dura su acción farmacoquímica una función de sutura. Es debido a ello que instituye una suerte de oxímoron posmoderno el hablar de sujeto adicto.
Seguidamente, veremos un diagrama que tiene por objeto ordenar mínimamente lo expuesto en el presente apartado:

Los dos vectores convergen hacia un punto: lo no dicho como causa y como obstáculo. Lo no dicho como lugar a construir. Esta es la razón que demuestra la preeminencia de la palabra en el tratamiento con adictos. Tratamientos que, en modo alguno deben hacer de la mera abstinencia, su alfa y su omega.
En todo caso, se tratará de lograr sintomatizar lo que, hasta el momento, era sólo un observable.

El reloj de la ansiedad, la anticipación: Existe un tiempo muy ligado a la neurosis –aunque no solamente– y es el tiempo de la anticipación.
La anticipación es un tiempo eminentemente neurótico porque multiplica inhibiciones o precipita actings. Es una modalidad temporal que fabrica problemas que rara vez llegan a ocurrir, salvo a instancias de las –así llamadas– profecías autocumplidas.
El psicoanálisis –dicho sea de paso– no solamente levanta inhibiciones, sino que también, a veces las instala.
La anticipación generalmente apunta a fortalecer las inhibiciones que ya están instaladas y a generar otras nuevas o bien a promover actuaciones con destinos funestos. La inhibición es algo que Lacan llama, en el Seminario de La Angustia, “síntoma puesto en el museo”. Le llama así porque ante las inhibiciones no se procede como con los síntomas, los síntomas producen quejas, pero cuando las inhibiciones se consolidan, tienden a convertirse en un rasgo de carácter y por lo tanto, a permane(ser).
Entonces, si alguien no concurre a fiestas porque padece de una fobia social, en lugar de decir “tengo miedo del contacto con la gente”, comenzará a denostar a las fiestas. En suma, algo parecido a la moraleja de la conocida fábula de La zorra y las uvas. Eso es lo peor que puede ocurrir con lo que principió como inhibición, que se convierta en un rasgo de carácter y que forme parte de un núcleo basal del yo, entonces es muy difícil intervenir para erradicarlo. Es muy difícil sintomatizar algo que aparece como incuestionable para el sujeto.

Del momento justo, entre la detección y el decreto: En la Conferencia de Ginebra sobre el síntoma, Lacan dice: “hasta cierto punto se concluye siempre demasiado pronto, pero ese demasiado pronto es la limitación de un demasiado tarde”. El demasiado pronto con el que alguien lleva adelante un acto, da testimonio de que no existe un tiempo justo para hacer las cosas. Pensémoslo en términos de lo que es una separación o el abandono de un trabajo que nos tiene realmente sofocados. Rara vez se sabe cuál es el momento más adecuado, la persona siente que se quedó más tiempo del que quería o bien que se fue antes de lo debido y por ahí existía la posibilidad de un ascenso, nunca está calibrado con precisión de relojería en qué momento corresponde terminar. Es decir que hay un punto conclusivo que está signado por una cierta arbitrariedad.
Entonces, tenemos la dimensión de la anticipación ligada a la neurosis, también la retrosignificación, el aprés-coup y el corte que se vinculan con el acto analítico.
Pensemos en este último. Ahí el analista no posee la validación garantizada respecto de en qué momento debe cortar. Se procede entre el azar y el cálculo.
Por otra parte, si tomamos la idea de que un paradigma es una ficción que nos tiene tomados mientras dura su predicamento, podemos pensar que la interpretación en psicoanálisis arma una lectura diversa respecto de la que el analizante hacía sobre sí, establece una ficción distinta, un paradigma subjetivo distinto. Porque en algún sentido la realidad siempre es una interpretación.
Es importante recalcar que el psicoanálisis no es un determinismo ilustrado. Con Edipo podría decirse que lo que genera toda la tragedia es cuando él toma conocimiento de lo que llevó a cabo, sin embargo no hay ningún efecto traumático en haber matado a Layo ni en haberse acostado con Yocasta. El efecto traumático se produce cuando hay un S2 que determina que Layo y Yocasta son lo que la historia dice que son, sus padres. Ello podría ser una mentira en el sentido aristotélico del término y aún así el efecto de tragedia se hubiese desencadenado igual.

El fantasma y la función de la prisa: Erik Porge hace una lectura de los tiempos del fantasma relacionados con los tiempos lógicos, donde afirma que el primer tiempo de Pegan a un niño coincide con el tiempo de comprender (los celos) de Lacan, esto es, “el padre pega al niño odiado por mi”. En tanto que el segundo tiempo “yo soy pegado por mi padre” tiene que ver con el tercer tiempo de Lacan, momento de concluir, con lo que Lacan llama la función de la prisa, es como si se tratase de algo coloquial: “Rápido, que mi padre me pegue (por miedo a que prefiera a mi hermano... pegar)”, sería por miedo a que prefiera pegarle a mi hermano con lo cual lo querría más a él que a mí. Esto de ser pegado/ser amado me recuerda algo que leí una vez de un psiquiatra canadiense llamado Eric Berne y que fue el creador del Análisis Transaccional, que decía “mejor una caricia que una patada, pero mejor una patada que nada”.
El tercer tiempo de Pegan a un niño, coincidiría con el primer tiempo de Lacan que es instante de ver (la escena) es el “se” impersonal. Una escena que ya no tiene actor determinado, “se pega a un niño”.

Aquí se hace jugar a los tiempos lógicos en algo que muchas veces no parece conectado, pero que al mismo tiempo tiene efectos en la vida del sujeto. Algo que uno no puede determinar en qué momento ocurrió, es más, no se puede determinar si ocurrió o no, y aún así se trata de uno de los principales reguladores en la vida de alguien. Entonces, una vez más, no se trata del tiempo del reloj.
La significación siempre tiene una función inaugural, dado que funda un cierto sentido que antes no estaba. La re-significación prende algo que ya viene pre-figurado. La significación posee un efecto de ruptura epistémica a nivel de la epistemología del sujeto. Un cambio de paradigma.


Momento de concluir: Hemos dicho que la aceleración de los tiempos que corren –escuchando esto en todas sus resonancias– somete al sujeto a una suerte de alienación cortoplacista que remeda de un modo tan patético como peligroso la archiconocida experiencia de Pavlov con sus perros.
Podemos decir que los modos de padecimiento que jalonan nuestro tiempo ya no responden a la tripartición diagnóstica clásica: Neurosis, Psicosis, Perversión, sino que en ocasiones hay una reactualización gozosa de las neurosis actuales, que amerita una construcción transferencial que no viene dada desde el inicio.
Si las prácticas de salud mental, engendradas y ponderadas como parte de la aceleración aludida, hacen de la brevedad su razón de existir, tendremos no otra cosa que una acentuación de problema. Si el vértigo está en la base del problema, no será precisamente un aumento de la velocidad lo que favorezca las condiciones de posibilidad para arribar a una solución, porque –dicho sea de paso– dos errores no hacen un acierto...
Es debido a ello que el dispositivo analítico funciona si –y sólo si– logra que el paciente se enferme de otra cosa que el motivo de consulta que lo trae a vernos.
Esa otra cosa, es la enfermedad artificial que Freud denominó Neurosis de Transferencia.
 
 
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