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   Transgéneros

La heterosexualidad compulsiva y sus desafíos
  Por Juan Carlos Volnovich
   
 
Hoy en día a nadie en su sano juicio se le ocurriría hacer lo que durante tanto tiempo se hizo: contrariar a un zurdo para que se subordine a la hegemonía de los diestros. Me refiero, claro está, a un zurdo de mano, no de ideología. La izquierda sigue siendo siniestra para los diestros de derecha. No obstante, actualmente, pertenecer a la minoría de zurdos de mano o de pierna es nada más que eso: aceptar y tolerar que se tiene una habilidad diferente, ni mejor, ni peor que la del resto. Pero aún hoy en día son muchos los que pretenden que los sordos hablen, los homosexuales se curen y los “intersex” se decidan para que, finalmente, puedan ser identificados con uno u otro sexo. Porque si la sordera o los genitales “intersex” –es sólo un ejemplo– son tomados como una discapacidad, como un defecto, se impone entonces la intervención de la medicina para su “rehabilitación”. Y la medicina –a la medicina científica me refiero–, ya se sabe, viene siempre acompañada de audífonos, de implantes cocleares, de métodos digitales para reparar la “falla”, de reeducación y ortopedia para que los sordos puedan oír los sonidos y, por qué no, para que puedan emitirlos. La ciencia viene casi siempre acompañada con hormonas y un bisturí que anticipa la prótesis o la emasculación para “normalizar” el sexo. Ahora bien: reducir el abordaje de la sordera o de la condición intersex a la rehabilitación médica y a la cibernética parecería ser lo mismo que suponer que con la ginecología las mujeres podrán aliviar el sufrimiento producido por las injusticias del patriarcado o pensar que los problemas del racismo los resuelve la dermatología.

Que la zurdera y la sordera son una “discapacidad” y que la reproducción de los “discapacitados” es una aberración –como lo sugirió el caso de Sharon Duchsneau y Candice McCullough, las lesbianas sordas que se hicieron inseminar semen de sordo de cuarta generación (sordo aristocrático, si los hay, hijo, nieto y bisnieto de sordos) para tener la certeza de que iban a procrear un hijo o una hija sorda– supone algo así como escandalizarse porque los negros del África no se deciden a tener sus hijos en los Estados Unidos para que sus “productos” se integren a la cultura dominante y puedan aspirar a un futuro mejor, o sostener que los pobres no deberían procrear, cuestión de evitar que su descendencia sufra el destino de exclusión que, ya se sabe, les espera. El caso es significativo y abre a la polémica ya que no sólo se trata aquí del reconocimiento público de una relación homosexual, del legítimo derecho a procrear de las lesbianas, sino también, de aspirar a compartir con su cría un rasgo que las caracteriza: no su elección homosexual pero si su sordera. Quiero decir: es habitual la presencia en la escena pública de grupos homosexuales que reivindican sus derechos ciudadanos y denuncian las medidas con las que se los discrimina pero, hasta ahora, no conozco grupos de homosexuales que aspiren fuertemente a la reproducción de la homosexualidad por vía de los hijos que ellos crían.

Porque el caso es que desde siempre ha habido niños y niñas nacidos y/o criados por homosexuales. Parejas de sexo diferente (muchas veces parejas bien conformadas como empresa de crianza) donde uno, –o los dos integrantes del binomio conyugal– sostenían vínculos estables o transitorios con personas de su mismo sexo. Padres relativamente bien avenidos a la hora de asistir a sus hijos que, entre ellos, no tenían relaciones sexuales. Las prácticas sexuales quedaban acotadas al exterior del hogar con personas del mismo sexo.
Lo enteramente novedoso es que, a diferencia de aquellos que sostenían sus elecciones de objeto homosexual como práctica vergonzante –pecado, enfermedad o delito; actividad destinada a mantenerse en la clandestinidad y en el ocultamiento– aparezcan ahora quienes están decididos a hacer pública su condición, a reivindicar el legítimo derecho a vivir con sus parejas sin ocultamientos, a reclamar que el Estado los reconozca como ciudadanos plenos para poder, así recibir niñas o niños en adopción sin tener que simular una “normalidad” que les es ajena.

Éste desafío a la norma heterosexual compulsiva que domina la sociedad, el escándalo que una “herejía” de este tipo representa para los sectores más reaccionarios del Estado y de las Iglesias hegemónicas, las modificaciones que implican en los prejuicios que circulan por el imaginario social, el “sacrilegio” que supone para las costumbres instituidas, la infracción al manual de uso de sexualidad y procreación, no pueden darse sin consecuencias. Sería ingenuo suponer que ciertos pilares que sostuvieron la explotación patriarcal durante siglos pudieran ser removidos sin que cruja la estructura y sería más ingenuo, aun, suponer que la cuota de narcisismo que se juega en l@s protagonistas de tamaña iniciativa, no tiene efecto alguno en la constitución subjetiva de las niñas y los niños, primera generación de sujetos criados por parejas que se atrevieron a romper lo instituido.
Porque el caso es que allí dónde los adversarios a los derechos de los homosexuales sostienen que niñas y niños criados por parejas del mismo sexo corren serios riesgos psicológicos, la mayor parte de las investigaciones llevadas a cabo por psicólogos y psicoanalistas de diversas corrientes teóricas, insisten en que no hay diferencias significativas entre niñas y niños que se han criado en hogares heterosexuales y aquell@s que crecieron en hogares lesbiogay. Tal vez con la intención de hacerse perdonar por la posición que adoptaron en el pasado, ante la mala conciencia de haber quedado tributarios durante décadas de los prejuicios sexistas que los llevó a confundir la homosexualidad con una grave enfermedad mental, las asociaciones de profesionales “psi” han salido a la escena pública para convalidar, desde sus respectivas especialidades, las reivindicaciones de los homosexuales y el legítimo derecho que tienen a procrear y a adoptar niñas y niños: a asistirlos y a amarlos. “Políticamente correcta”, ésta posición –reactiva a “tradición, familia y propiedad” y muchas veces sobreactuada– adquirió un sesgo defensivo que, al poner el énfasis en demostrar que niños y niñas criados por parejas lesbiogay no sólo llevaban una vida común y corriente sino que, frecuentemente, eran “normales” (sobre todo en lo que respecta a la identificación del género con el sexo biológico y a las elecciones del objeto sexual), eludió la tarea de profundizar en los efectos que tenía sobre la constitución del psiquismo haber crecido con padres de un mismo sexo en el seno de una familia que, al hacer pública su condición de homosexuales, asumía una posición política contraria a uno de los instituidos más sagrados e intocables de la cultura occidental. La cuestión es de fondo, supone deconstruir mitos, dudar de las certezas que circularon durante siglos por el imaginario social como legalidad divina cabalgando sobre las leyes de la naturaleza.

Porque el caso es que, si el recién nacido tiene pene, nada impide que se lo inscriba en el Registro Civil del Estado con nombre de varón e identidad “masculina”. Y, si tiene vagina, se la inscriba en el Registro Civil del Estado con nombre de mujer e identidad “femenina”.
Pero, si al nacer la morfología de sus genitales es ambigua, si, por ejemplo, el pene es minúsculo y esa abertura bien pudiera ser un esbozo de vagina, está todo predispuesto para que los médicos intervengan quirúrgicamente de modo tal que una genitalidad femenina “normal” ocupe el lugar de la “falla” aunque para eso tengan que llevarse puestos los testículos de su paciente. En esas oportunidades el poder médico es implacable, y extremadamente simple la manera en que resuelve los problemas. Tiende a feminizar quirúrgicamente los cuerpos “fallados” por el lado de los atributos fálicos y a masculinizar los cuerpos “fallados” por el lado de los atributos matriciales.
El Estado regula los cuerpos biológicos de acuerdo a una norma heterosexual en la que sólo hay lugar para lo masculino, y lo femenino. Cuando decide flexibilizarse, llega a veces hasta hacerle lugar a esa discordancia entre la identidad de género y la elección sexual que ha dado en llamarse homosexualidad. Hasta ahí se estira. Y no más. Si, por ejemplo, recibe la demanda de un transexual, esto es, un hombre atrapado en cuerpo biológico y morfológico de mujer que reclama –con voz gruesa a costa de tremenda impostación, pelo en pecho gracias al arsenal de hormonas ingeridas, y rapadito a lo soldado gracias al peluquero del barrio– un documento de identidad para poder circular, un simple DNI, se le recordará que aun le falta otro detalle para completar el trámite: la presencia de un pene. No importa que el pene sea de verdad o de mentirita. Lo importante es que esté allí, a la vista, aunque sea producto de una faloplastia y no sirva para nada más que para responder a la exigencia del Registro Nacional de las Personas.

Si quien llega es una mujer atrapada en cuerpo de varón y aspira –con grandes senos y una piel lisita soldada al ideal estético impuesto por cualquier Venus contemporánea– a ser reconocida por el Estado como persona, deberá emascularse y demostrar que una abertura penetrable ocupa el lugar del pene.
Por otra parte, los grupos feministas defienden los derechos de las mujeres estabilizadas en su lugar de mujeres y se oponen a la infibulación obligada en los países islámicos, a las mutilaciones genitales impuestas por ciertas religiones (estatales, por cierto) africanas y asiáticas, a la penalización del aborto y a la prohibición de ligarse las trompas cuando así lo decidan; los grupos de gays y lesbianas reclaman el derecho a adoptar y heredar al tiempo que denuncian la discriminación de la que son objetos; el movimiento Queer invita a romper con la lógica binaria para aceptar la multiplicidad de géneros allí dónde l@s militantes “intersex” no se proponen como una nueva categoría. Ellas y ellos (intersex) se reconocen como varones o como mujeres, según el caso, sólo que demandan el derecho a vivir de acuerdo al género que los identifica sin tener que pagar con el cuerpo.
Los diferentes grupos feministas, las asociaciones de gays y de lesbianas, el movimiento queer y el intersex comparten un mismo principio: poner límites a la norma heterosexual compulsiva con la que el Estado interviene en el cuerpo biológico de las y de los ciudadanos.

¿Y el psicoanálisis?
Poco importa que el psicoanálisis –los psicoanálisis– desde la diversidad de escuelas, insista en las tendencias y sentidos caóticos y discontinuos del inconsciente. Aunque esta teoría tienda a dar una visión desestabilizada del sujeto opuesta a todo tipo de organización, instituye –mal que nos pese– la coherencia del sistema sexo-género a través del metarrelato estabilizador del desarrollo infantil. La lógica binaria que preside la teoría supone el futuro del infans dentro de una combinatoria que lo quiere –sólo y únicamente– identificado con un sexo y deseando al otro. Siguiendo esta lógica binaria podremos ser heterosexuales, bisexuales, gays o lesbianas, podremos ser trans entre uno u otra, pero nada más. Dentro de esta prisión conceptual puede llegar a pasar que un varón sea masculino; también que un varón sea afeminado; que una mujer sea femenina o que una mujer se virilice. Todo esto, pero nada más. Podría suceder que una mujer muy femenina desee, desde su feminidad, a un varón masculino o a una mujer virilizada; que una mujer virilizada desee a una mujer femenina o a un varón afeminado; que un varón bien masculino desee a una mujer bien femenina o, si acaso, a otro varón afeminado. Podría suceder que una mujer muy femenina desee a una mujer homosexual o a una mujer heterosexual; a un varón heterosexual o a un varón homosexual. Que un varón muy masculino desee a una mujer heterosexual o a una mujer homosexual; a un varón homosexual o que desee a un varón heterosexual. Toda esta combinatoria puede darse. Todo esto, pero nada más.

Si a partir de los Tres Ensayos los discursos psicoanalíticos sobre las diferencias sexuales han respetado el postulado de la bisexualidad originaria y fundaron en el interior del cuerpo, o en las ofertas identificatorias y los mandatos externos, el surgimiento de una identidad sexual pensada, siempre, en plural masculino y femenino singular, tal parecería ser que estamos llegando al límite. Si la verdad del sexo es su construcción como identidad de género –y si un género no es otra cosa que la imaginería instituida e inscripta como efecto de verdad por un discurso de identidad estable y persistente en la superficie de los cuerpos– entonces los géneros no serían ni femeninos, ni masculinos. Serían, si acaso, multiplicidades inconsistentes. Eso que Alain Badiou llama verdades transposicionales cuando intenta acercar conceptos que aporten a la construcción de una ontología de lo múltiple. De ahí que, con la ayuda de Badiou, tal vez logremos cerrar un período de veinticuatro siglos en que el ser –en su secreta tensión entre lo Uno y lo Múltiple– fue pensado al servicio del Uno que, claro está, es siempre masculino.

Este cierre, esta soberana trasgresión a una lógica binaria puede plantearse hoy en día gracias al decisivo aporte que Cantor hizo acerca del infinito actual. Por primera vez en la historia del pensamiento universal, estamos en el umbral de poder pensar un infinito laico que haga efectiva la sentencia de que “Dios ha muerto”. “Dios ha muerto” o estaría agonizando y con él la imposición que soportamos también los psicoanalistas de pensarlo todo subordinado a la supremacía del Falo o del Nombre del Padre; predominio que, rápidamente, se desliza hacia… la supremacía del Protopadre.
Junto a esta nueva concepción de sujeto psíquico, llegan las teorías feministas. Llegan y se instalan para interpelar al psicoanálisis. Esto es, para desafiarlo a partir de una débil certeza: ni de femenino, ni de masculino se trata. No existe una tal categoría que no sea contingente, conflictiva, problemática; y, de existir, esa categoría está siendo permanentemente construida: construida por un discurso que vanamente intenta definir el ser niña, el ser niño en el nivel de lo biológico, de lo psicológico o de lo social.

Por otra parte, es ineludible la evidencia de que las nociones de la filosofía feminista sobre el sujeto contradicen las del psicoanálisis en tanto discurso que sostiene la inmutabilidad de la relación entre los sexos y la supremacía de un significante. Así, afirmar la existencia de universales en la construcción subjetiva es insostenible si aspiramos a producir nuevos paradigmas que nos habiliten para entender qué se juega en la diferencia sexual. La tendencia a una formulación dualista, esencialista y ahistórica, que caracteriza tanto a la lectura positivista lógica como a la lectura estructuralista y posestructuralista de Freud, es ajena a la filosofía feminista y ayuda poco a develar el mecanismo por el cual una asimétrica atribución de rasgos y de capacidades humanas crea dos tipos de personas que devienen categorías excluyentes: uno, varón y otra, mujer.
En otras palabras, el sexo psicoanalítico responde –por lo menos hasta ahora– a un binarismo fundante; mientras que el género feminista, es infinito.
Para el género, psicoanalíticamente entendido, no se trataría de la niña, ni del niño. No se trataría ni de feminidad, ni de masculinidad. Para el género, psicoanalíticamente entendido, no existe una tal categoría que no sea contingente, conflictiva, problemática.
Los psicoanalistas haríamos muy bien si nos dispusiéramos a revisar los paradigmas patriarcales que invaden nuestras prácticas y haríamos mejor aún si pudiéramos renunciar a los relatos que instituyen la falsa coherencia de la diferencia entre los sexos. Los psicoanalistas deberíamos revisar los paradigmas patriarcales que infiltran nuestras teorías para luchar contra la discriminación o, al menos, para no reforzarla en la práctica.
 
 
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