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   Comentario de libros

Intervenir en la emergencia
  Mirta Holgado y Mirta Pipkin (Comp) Letra Viva, 2005
   
  Por Haydée Heinrich
   
 
Basta con ver la tapa del libro. Estos relojes derretidos de Dalí nunca estuvieron tan bien elegidos como para ilustrar lo que este libro va a tratar. Creo que no hay ningún trabajo que no aborde la cuestión del tiempo.
Urgencia-emergencia, es decir tiempo. Voy a ir tomando algunas afirmaciones en las que se insiste en los diferentes trabajos: Tiempos lógicos, en los que el tiempo de comprender estaría salteado, precipitando un momento de concluir que puede ser por demás riesgoso. Paradójicamente este sin-tiempo es al mismo tiempo un tiempo eterno, la pesadilla interminable, el infierno, como bien señala Julio Moscón. Un tiempo no sincopado, que no permite la emergencia del sujeto del inconsciente. Indisolublemente ligado al tema del tiempo, encontraremos al acting out, aún como llamado al Otro, y el pasaje al acto que en cambio ya implica una salida de la escena, temas certeramente abordados, entre otros, por Horacio Manfredi, quien también precisa que el analista ni debe detentar el saber universitario, ni encarnar al amo, ni fascinarse histéricamente deseando alcanzar el saber supuestamente oculto, sino que el analista, como acto discursivo busca su oportunidad, su tiempo lógico, para propiciar un decir.

Si bien estos dos fenómenos, el acting y el pasaje al acto, son reconocidos como no deseables, sabemos que ofrecen aún una chance –especialmente en el caso del acting– de dar lugar a la palabra del sujeto. Puede suceder, en cambio, que el arrasamiento de la dignidad subjetiva dé lugar a una mortificación muda e irreversible, y que el suicidio no tome la forma del pasaje al acto sino el de la enfermedad mortal, como nos muestra Mirta Pipkin en dos viñetas clínicas, en lo que ella llama las implosiones.
En términos de afrenta a la dignidad del sujeto, merecen capítulos aparte el estrago que produce la pérdida de trabajo, abordado en el texto de Claudio Di Pinto, y también la conmoción subjetiva provocada por la revelación de ser portador de HIV, que trastoca ferozmente las relaciones familiares y sociales, como lo demuestra Liliana López.

¿Cómo pensar en estos contextos la responsabilidad del sujeto, ya que la simple victimización no hace más que redoblar el sin-salida? Delicada cuestión que es también analizada varias veces en este libro, siempre de un modo ético imprescindible, distinguiendo acertadamente entre responsabilizar y culpabilizar.
Claudio Di Pinto lo plantea diciendo que responsabilizar no significa que el sujeto sea culpable de eso que le acontece; pero que sí se identifica a ese rasgo que viene del otro social, esto ya corre a cuenta de la responsabilidad del sujeto. A su vez, Juan Dobón señala que no se trata de desculpabilizar ni de inculpar sino de volver al sujeto responsable de su decir, lo que le restituye su dignidad subjetiva.
Las resistencias del analista, sus temores y desconciertos, la necesidad de que el analista haya podido hacer algo con su propia urgencia, como plantea Mónica Fudín, es un tema con el que nos encontramos una y otra vez a lo largo de estas páginas. Surge entonces la pregunta: el “estar allí” en el momento de la urgencia ¿tiene alguna especificidad? Este interrogante es abordado y respondido de diferentes maneras en los trabajos de Carlos Paola, Damiana Monrad y también en el de Carolina Santocono y Carolina Fábregas Solsona.
¿La intervención en la urgencia difiere de la clásica? ¿Cómo hacer lugar al alojamiento de la urgencia sin traicionar la abstinencia? ¿Qué hacer con la indicación clásica de no responder a la demanda? Son éstas algunas de las preguntas que insisten.

Más allá de las diferencias, creo que hay coincidencia en que la ética que está en juego es la de cualquier acto analítico. El “signo de cuidado amable”, como lo nombra Juan Dobón, es necesario para que un paciente desbordado pueda sentirse escuchado, y de ningún modo atenta contra la abstinencia.
Me atrevería agregar, por mi parte, que el buen trato y la amabilidad no sólo son aceptables en la urgencia, sino que son inherentes al acto analítico en general. Por otro lado, entiendo que la demanda que no debe ser satisfecha, –tampoco en la emergencia– y en torno a la cual gira la cuestión de la abstinencia, es la demanda de demanda.
En otro orden de cosas, hay una pregunta importante en relación con la urgencia en las psicosis, (como en los testimonios de Lorena Zappia y Pablo López) que nos obliga a diferenciar urgencia de gravedad.
Ahora bien, estar allí sosteniendo una consulta en la urgencia, no es sin costo para el analista. Es por ello que también necesita dar su testimonio, hacer un texto que le permita compartir con otros su experiencia. Me parecieron especialmente valiosos los testimonios contenidos en este libro, porque alejados de exitismos banales, permiten al lector compartir las angustias y desvelos, marchas y contramarchas, de quien ha dirigido una cura que lo ha llevado al límite.
Esto lo podemos percibir, por ejemplo en el historial ofrecido por Claudia Garro, donde la urgencia no es de un momento puntual, sino que abarca todo el transcurso del tratamiento. En una breve viñeta, Elida Fernández, nos relata de su paciente, que amenazaba con arrojarse por la ventana, y a quien ella le habló, le habló y le habló..., para que tiempo después el paciente dijera: “yo vengo porque usted me habla, yo no sé qué dice, pero dice, y eso me hace bien”.
Por su parte, Pablo López puede leer su equivocación en una intervención grupal, afortunada para un paciente pero desafortunada para otro, y a partir de allí propiciar la derivación del paciente. En esta misma línea, el reconocimiento de Lorena Zappia de que habría sido un error o una anticipación, insistir en que su paciente aceptara la medicación, le permite interrogarse sobre la conveniencia de esta indicación.

Qué decir de la inquietud de Mirta Holgado que nos relata las mil maneras diferentes en que intenta acotar los excesos de su paciente embarazada, adicta y en permanente riesgo. Por su parte, Eduardo Smalinsky, lee de un modo original las distintas capacidades que según Winnicott serían deseables para el sujeto, haciéndolas necesarias para el analista.
Para terminar diría que los autores nos han confiado sus testimonios, sus preguntas y posibles respuestas, sus hipótesis, sus incertidumbres, sus equivocaciones, haciéndose cargo de sus propios límites antes que amparándose en los límites de los pacientes. A mi modo de ver, efectivamente, el límite que nos incumbe es del analista, porque no es otro que el de su análisis. Son estos pacientes graves, en emergencia, los que nos urgen a avanzar en nuestros propios análisis, con lo cual es ésta una práctica que no puede menos que ser bienvenida.
 
 
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