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   Emergencias y Catástrofes

Emergencias
  Por Sergio  Rodríguez
   
 
Sintetizaré algunas observaciones sobre las condiciones de producción y desenvolvimiento en emergencias amenazantes para la sobrevivencia de pacientes graves o de la estabilidad de su yo y a veces de la vida de terceros. Lo haré en articulación a sus contextos de seres cercanos (familiares, amigos, etc.) y al proceder de psicoanalistas, psiquiatras, enfermeros y otros convocados, a veces, legos. En ese tránsito puntualizaré cuestiones que considero indispensables a tener en cuenta. Con ellas trataré de discernir algunas herramientas y posicionamientos eficientes para actuar.
No sólo los psicoanalistas pueden ser eficaces en las emergencias, aunque sean los que pueden estar mejor preparados. También pueden serlo corazonadas inconscientes de algunos legos y golpes de azar. Es importante tener esto en cuenta, tanto para saber respetar y utilizar los efectos de acontecimientos en los que eso haya ocurrido, como para analizarlos y aprender de ellos. Son encuentros con lo real, que en dichas circunstancias, convocan a ser registrados en significantes que amplíen el campo de lo simbólico para reutilizar en circunstancias adecuadas, las enseñanzas que nos hayan dejado.

Las intervenciones ante las emergencias, no siempre tienen un carácter interpretativo o explicativo. A veces un acto, puede limitar un acting out o un pasaje al acto. Un análisis se fue desarrollando con buenos resultados. El sujeto fue ubicándose mucho más clara y decididamente según las dotaciones significantes que desde lo inconsciente habitaban su ser de habla y escritura. Fue retrabajándose su fantasma. Importantes dimensiones de goce se desplazaron, reorientando libido a sus producciones sublimatorias. Otra, se reorientó a gozar de la pulsión anal no sólo activamente como cuando aún portaba la pregunta sobre su definición sexual, sino también pasivamente a partir de que comenzó a respondérsela más desprejuiciadamente. Previamente a esos momentos decisivos, lo afectó una fuerte depresión motivada por la dolorosa herida narcisística que le producía el encuentro con un deseo inconsciente que lastimaba duramente a su Ideal del yo masculino desatando las furias de su superyo. En ese trance, el analista tuvo que viajar, para dictar un seminario, a otro país. Advertido del peligro de suicidio en que se hallaba el paciente, decidió dejarlo internado. Cuando ya se hallaba en dicho país, alternativas ocurridas en la clínica en que había sido internado, hicieron que la familia lo retirara de ahí y le armara, con acompañantes terapéuticos, un dispositivo de internación domiciliaria. El día en que la madre del paciente cumplía años y a la hora que el avión que traía de vuelta al analista aterrizaba en Buenos Aires aquel produjo un descuido en el acompañante que lo dejó afuera del departamento, mientras lo cerraba con llave por dentro. Decididamente fue al borde de la cornisa de un décimo piso dispuesto a tirarse. Parado en él, vaciló. Mientras, vecinos y transeúntes se arracimaban en la calle, algunos llamaron a la policía, bomberos y SAME. Él seguía vacilando. Los bomberos subieron prestos y entraron a romper la puerta posterior de entrada al departamento. Ya había pasado un buen tiempo en esa situación. Un morocho grandote, albañil de una obra vecina, le gritó: ¡Tirate hijo de puta!, ¿hasta cuándo nos vas a tener aquí? Impelido por el grito del obrero que aludía a su susto y a la condición no virginal de su madre, el suicida potencial pegó la vuelta y salió corriendo a impedir que le “rompieran la puerta de atrás”¿Quiénes fueron los agentes que intervinieron para evitar la tragedia? La indecisión del que hubiera sido su actor, la azarosa elección de los bomberos para entrar a la vivienda, y el estentóreo exabrupto del proletario.

Pero estas casualidades no deben descuidarnos a los psicoanalistas cuando somos convocados a una emergencia. Por el contrario, debemos utilizar al máximo nuestra atención libremente flotante para que funcione como los sensores necesarios para detectar el mínimo detalle que nos permita leer en la situación el axioma lógico que la origina y los pasos que dicha lógica desenvuelve, así como lo que transcurre en el inconsciente de sus seres cercanos. Atendí a una mujer que una serie de datos de su historia permitían suponer una clásica histeria, pero en ese momento, estaba abrumada por una intensa melancolización. Hechos de la historia infantil y de la presente, se anudaban a una forma de reaccionar de un yo muy aplastado por un superyo cruel y producían esa reacción. La retracción a negras fantasías y al propio yo degradado enlazadas a oscuras ideas suicidas, me indujeron a medicarla con antidepresivos como un recurso para colocarla en condiciones de analizarse. Teniendo en cuenta la gravedad del cuadro, le recomendé al esposo que administrara la medicación. Una noche me llamaron avisándome que se hallaba internada y conectada a un riñón artificial. El marido, como se iba al trabajo, le había dejado el paquete entero de psicofármacos para que fuera tomando las dosis correspondientes. Ella consideró más adecuada una mortífera. El riñón artificial funcionó y la señora tuvo otra oportunidad que, análisis mediante, le dio una buena sobrevida. Cierta vez recibí en mi consultorio a una señora con fuertes ideas de suicidio. Las que no eran nuevas, muy joven aún había estado internada en lo que ahora se conoce como “Moyano”. Ahí había sido tratada con una serie de electro shocks, lo cual, sumado al relato de la dolencia que la aquejaba, me hizo suponer que se había tratado de una melancolización en un cuadro no demasiado precisable. Se presentó con setenta y tantos años. Se sentía abandonada por sus seres queridos y relataba un fracaso amoroso con un chico de 14 años, edad semejante a la de uno de sus nietos. Desenvuelto el análisis, se fue haciendo patente que el duelo que no terminaba de transitar era por su belleza en decadencia (que junto a su inteligencia había sido exuberante). Fue mejorando y me ilusioné con que se lograría que recogiera lo real de su vejez, con mayores y mejores herramientas simbólicas para agujerearlo. Pero un incidente familiar, que para otras personas hubiera resultado molesto pero no trascendente, le reactivó viejas rivalidades fraternas en las que siempre quedaba como resto desechado a, según su creencia. El efecto fue arrasador. Se reinstalaron las ideas suicidas con una fuerza inusitada. El enunciado era: “Si supiera que apretando un botón desaparezco, lo haría. Lo único que me detiene es el miedo al dolor y al sufrimiento”. Ese fin de semana, familiares cercanos me llamaron; los preocupaba la enunciación pública por parte de la paciente, de la decisión de matarse. Ante la evidencia de que el tiempo se agotaba y la decisión de suicidio se afirmaba indiqué, junto a otro colega, la internación. Nos encontramos con un no rotundo de parte de la paciente y del entorno familiar. Indicamos entonces, una internación domiciliaria con acompañantes terapéuticos las veinticuatro horas del día. Reencontramos una cerrada negativa. El lunes siguiente, la paciente concurrió al consultorio y retomó el acostumbrado relato. A la tarde fui llamado por la familia. La señora había dado término a su vida de una manera que repetía muchas muertes románticas descriptas por autores famosos de la literatura universal. Hizo de su muerte un acto estético, que reafirmó su mensaje de que no estaba dispuesta a renunciar a la belleza que la había sostenido en vida, más allá de la derrota fraternal. A partir de estas experiencias, asimilé la imprescindibilidad de observar con detenimiento en circunstancias como esas, si se está ante amor de los seres queridos o ante odio aparentado como contrario. En otra emergencia que me tocó atender ya sobre la base de las experiencias antedichas, una escena de orden parecido me llevó interrumpir el-+ tratamiento, lo que impulsó a la familia a decidir internar a la paciente. Hoy sigue su vida. Atender qué está pasando en los familiares y cercanos del afectado por la emergencia, es clave, ya que muchas veces el cansancio de una situación cronificada o las vicisitudes corrientes de las relaciones amorosas, pueden sumarle al deseo del suicida deseos homicidas de los cercanos.

José Bleger decía en general y con razón, que ninguna interpretación cura ni mata. Pero en una situación particular como la que atravesó una joven madre, y la transferencia que el marido tenía hacia un analista transferida lateralmente a su esposa, facilitó que una interpretación acertada y que en otras circunstancias hubiera resultado silvestre1, desanudara un síntoma grave. Ramón me contó muy angustiado que su joven esposa, primeriza, atravesaba una situación que se le tornaba insostenible. A las pocas horas del parto comenzó a tener miedo de hacerse cargo de la criatura. La suegra y la madre se acercaron a ayudarla y darle ánimos. Sin embargo el temor no sólo no cedía, sino que se acentuaba. De no animarse a cambiar los pañales había pasado a no darle el pecho y de ahí a no tenerla en el regazo. El miedo la había ido invadiendo hasta abarcar todas sus funciones maternales. La madre, la suegra y la mamadera sostenían la situación con la criatura. La joven madre no se calmaba. Lejos de eso, cada vez se asustaba más y decía cosas inconexas que Ramón ni lograba reproducir. Trajo a su amada a la clínica con patética preocupación. Azulada, casi cianótica, gibosa, con pasos cortos, trastabillaba y controlaba lo que decía. Contó las expectativas con que había esperado al bebé. Lo lindo que era, lo parecido a Ramón, especialmente por sus grandes ojos verdes. Relató sus orígenes inciertos. Hija de una madre soltera, siempre había sentido que era una carga para ella, que había tenido que hacer muchos sacrificios para cuidarla. Estaba muy sorprendida por lo que le acontecía, pues el crío era lo que más había deseado en su joven vida. Hasta era un cierto resarcimiento de tanta dificultad infantil. Pero le ocurría que no se animaba a levantarlo, la acosaba un intenso miedo a que se le rompiera. Es más, había momentos en que se le cruzaba la fantasía de que podía tirarlo por la ventana. En ese instante se me agolparon en la cabeza lecturas de Freud y Melanie Klein sobre el objeto fobígeno como encarnación y sostén de lo más deseado. Decidí apostar. Quince días sin madre era demasiado para un recién nacido. Perdido por perdido, jugué y le dije: “Su temor a matar su niño es por deseo de hacerlo, porque él puede llegar a disfrutar un futuro más promisorio que la vida que hasta ahora le tocó vivir a usted”. Se iluminó el rostro de la joven, dejó de temblar, se enderezó y dijo que se sentía mejor. Di por terminada la entrevista que había durado un par de horas. Al día siguiente Ramón volvió contento, contando que se había restablecido la relación de la mamá con la criatura. Estaba siendo ayudada por las dos madres en su aprendizaje de cómo atenderla. Unos años después, en mi tercer análisis recordé que en una poesía de mi padre previa a mi nacimiento, había sentimientos parecidos a los que habían conflictuado a esta mamá. La recuperación de ese recuerdo me abrió las puertas a la finalización de dicho análisis. También es interesante observar en esta viñeta, la función que jugó sin que yo lo sepa, el sedimento significante inconsciente de la poesía de mi padre.

En las emergencias no es nada fuera de lo común encontrarse con situaciones de violencia. Cierta vez un paciente bipolar en fase maníaca, había afilado el mango de una cuchara y estaba amenazando a los otros pacientes en el comedor de una clínica. Convocado a resolver la situación, habitado por una buena lógica y un razonable miedo le dije: “¡Fulano de tal, ¡¡¿¿ qué está haciendo??!!, ¡¿ se da cuenta de que está violando todos los reglamentos de la clínica?! ¡Déme eso inmediatamente!” Clavó su mirada en mis ojos. Se la sostuve. Finalmente bajó la suya y entregó su “punta”. Las miradas de los otros pacientes, que habían mirado la escena, entre esperanzadas, curiosas y escépticas se calmaron. Ante estas situaciones hay, por lo menos, dos recursos importantes. Ambos parten de reconocer que quien ha entrado en estado de emoción violenta, sea transitorio por desborde imaginario con anulación momentánea de la capacidad de simbolización o por forclusión del Otro en alguna de las psicosis, puede llegar a ser calmado haciendo presente la ley con algún recurso práctico. La firmeza sin violencia y el apoyarse en el reglamento de la clínica jugaron esa función. Otras veces la juega recurrir a personal de fuerzas de seguridad.

Finalmente. Es muy importante lograr evaluar, cuando se es convocado, si uno se halla en condiciones de disponibilidad suficiente por las razones que fuera, como para encarar en todas sus dimensiones una situación que puede resultar sumamente exigente. Había atendido durante unos años a un joven que había sufrido un brote esquizofrénico de inusitada gravedad. Trabajé con él varios años y entre ambos logramos una mejoría importante de su estado. Dicha mejoría lo indujo a interrumpir el tratamiento y lo instaló establemente en una pareja en la cual, con el tiempo, advino un hijo. Como efecto de esa convocatoria al Nombre del Padre en oposición al sujeto2 volvieron a aparecer signos que en mérito de la experiencia transcurrida anteriormente, lo impulsaron a volver a consultarme. Me encontró transitando un drama familiar que me tenía sumamente ocupado. Ante la demanda, pesó esa situación que sin detalles le informé. También que, por la misma, no trabajaría con él. Le propuse una derivación que no aceptó, aunque sin manifestar enojo. Quedé cortando clavos y con un cierto sentimiento de culpa. ¿Tendría que haberme esforzado y hecho cargo de la demanda a pesar de las circunstancias? La sensación mental y corporal era que no estaba en condiciones para hacerlo bien. Volvía a mi recuerdo una recomendación de Donald Winnicott de no tener en atención particular más de tres pacientes en esas condiciones. Fue un consejo preventivo para la salud psíquica del oficiante. Pero también de sabia experiencia, sobre más o menos los límites libidinales de los practicantes para soportar tratamientos tan difíciles. No obstante, la ansiedad culposa no se me atenuaba. Hasta que por suerte me enteré de que había recurrido a una colega que estaba trabajando bien con él.

1. Ver Sigmund Freud, Psicoanálisis silvestre, en AE, tomo XI.
2. Jacques Lacan, “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, en Escritos, tomo 2, Bs. As., Siglo XXI, 1985.
 
 
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