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   Emergencias y Catástrofes

Tres tiempos en una catástrofe
  Por Mirta  Holgado
   
 
Me propongo considerar la catástrofe de Cromañón con relación a la dimensión temporal –la de los hechos históricos y la del tiempo en psicoanálisis–, además de la ocurrencia de otros factores que intervienen en eventos de tal magnitud. 

Antes de la catástrofe: La precariedad, la exclusión, la no percepción del riesgo: “acá no puede pasar”, o la negación como mecanismo: “a mi no me va a ocurrir” entre otros factores, son indicadores de que hay un terreno apto para la ocurrencia de una catástrofe.
Constaté estos mecanismos cuando en el mes de agosto pasado estuve en Paraguay, integrando la misión Argentina en la respuesta a los desastres, trabajando con los profesionales que habían participado de la respuesta al incendio en el Icuá Bolaños. Pensaba y pensábamos en eso con cierta ajenidad, tal grado de precariedad, de falta de responsabilidad era extremo, aquí no podía ocurrir. Pero tal ajenidad era irreal. Y apenas unos meses después en Buenos Aires, se precipitaba la tragedia de Cromañón.
Lo ocurrido conmocionó a la sociedad y puso en cuestión a todo el sistema político de la ciudad.
La pregunta por la responsabilidad comenzó a sobrevolar recayendo pesadamente sobre el mismo gobierno de la Ciudad que poco antes había sido refrendado en su puesto en el que se había acomodado para gobernar tranquilamente hasta el final del período.
Paul Virilio en su libro Villa pánico analiza cómo las catástrofes, ya sea un atentado o un accidente, pueden llevar a un cambio de gobierno o a la crisis interminable del mismo, que va mas allá de de las personas que lo ocupan. De modo que a través del atentado o el accidente se logra lo que antes se conseguía por medio de guerras o revoluciones.
Plantea también que esta crisis se profundiza por no saber reaccionar ante la dimensión de la catástrofe. Este aspecto es coincidente con lo que Freud dice respecto al evento traumático: las cantidades de energía son tales que el aparato psíquico no puede asimilarlo provocando el atravesamiento de las barreras anti-estímulo, no hay psiquismo preparado. El miedo y el pánico anulan el lugar de la reflexión.
Afirma que los habitantes de la ciudad no pueden tramitar esta tensión, nosotros, podríamos decir allí que cuando un acontecimiento deviene traumático, la angustia señal no responde y solo se puede responder con una angustia insoportable (angustia automática).

Durante la catástrofe, tiempo de detención: Cuando la catástrofe comienza, aquel de quien se apodera desconoce su principio y su fin, hay un nudo que se deshace, un lazo que se suelta. El encuentro catastrófico actúa como un agujero en el tiempo.
En la sociedad el hecho produce un efecto catastrófico que tiñe todo. Es el momento de la búsqueda en los hospitales, en la morgue. Los que trabajan en estos lugares, están profundamente afectados.
Conocieron los nombres de los muertos, las historias de esas familias. Lo intolerable era que no sólo eran cuerpos sino que había una historia. Una madre, un padre que nombra a su hijo, lo abraza, lo besa, y eso multiplicado por cientos, son hijos y eso pesa más, dicen conmocionados por la situación.
El durante se extiende muchos días, semanas. Hay un tiempo que no pasa vinculado con los acontecimientos traumáticos, ya que estos parecen instaurar nuevas formas de acontecimientos que no cesan, que no tiene término, que no acaban.
En los sueños traumáticos los acontecimientos traumáticos parecen actuar como restos diurnos sobre los que se transfiere la intensidad de las representaciones inconscientes, desencadenando una especie de sueño interminable al acontecimiento que le dio origen.
La presencia de los sueños traumáticos es esencial para comprender el atravesamiento del instante catastrófico, como Freud lo planteó, y al servicio de la compulsión de repetición intentan consumar la ligazón psíquica de las impresiones traumáticas. Además, los sueños traumáticos son capaces de devolver la memoria a los instantes catastróficos.
Una paciente que atiendo actualmente sueña reiteradamente que un chico al que creyó vivo y trató de auxiliar “le reprocha porque no lo salvó”. Los sueños en los que se reitera una y otra vez la vivencia traumática se convierten en pesadillas e insomnio para muchos de los que allí estuvieron.

Vemos que, por obra de un suceso traumático que conmueve los cimientos en que hasta entonces se sustentaba su vida, algunos sujetos caen en un estado de suspensión que les hace resignar todo interés por el presente y el futuro.
La situación traumática deshace la trama del tiempo, reduciéndolo al instante catastrófico, el yo queda identificado a un no-lugar. Ese instante puede desanudar los lazos que organizaban la relación del sujeto con los objetos. El tiempo de la perspectiva queda anulado, un encuentro traumático siempre tendrá posibilidad de anular la subjetividad.
El “de pronto” o “de repente” sitúa una temporalidad que no es ni imaginaria ni simbólica; que, por el contrario, nos habla de la momentánea paralización del nachträglich freudiano.
Para entender el nachträglich, el a posteriori, es interesante el ejemplo que Lacan da en el seminario Las psicosis, donde que sitúa la lógica de la constitución del trauma equiparándolo a ese pasado donde se acuñaron las monedas, sin que entraran a circular en los intercambios. Las monedas acuñadas y no intercambiadas subsisten en un tiempo que no pasa, que no deviene pasado. La violencia del encuentro traumático posterior, da consistencia a esa “acuñación”.
Entonces, el tiempo, considerado en su esencia misma, produce una pérdida, pérdida de lo presente, por ejemplo, y si el inconsciente está fuera de tiempo, quiere decir que el tiempo no lo puede afectar; ¿podría ser confrontado con aquello que produce el tiempo, con la pérdida, con esa pérdida que evita la posibilidad de ser pleno? Este tiempo es indisociable de la existencia del lenguaje que impone el sometimiento de las necesidades del ser humano a la demanda; un tiempo que, desde siempre, se puede asociar con la pérdida, con aquello imposible de articular por el lenguaje. En este sentido, el tiempo, es irrepresentable en tanto funciona como la pérdida.

El inconsciente tiene puesta esa parte irrepresentable del tiempo, aspecto que lo relaciona con la afirmación de que en él no existe la menor posibilidad de representarlo, tampoco la propia muerte. Lo anterior alude a una ausencia: ausencia de representación; ausencia que depende de la existencia del orden simbólico, porque toda representación es consecuencia del lenguaje, sin el cual no hay inconsciente ni sujeto.
En este tiempo, muchos que asistieron al horror no logran reconstruir cómo salieron del lugar, otros no recuerdan como llegaron a sus casas, otros fueron encontrados deambulando por los alrededores sin poder precisar dónde habían estado.
Una paciente relata, aún perpleja, cómo salió del lugar, tomó el colectivo y llegó a su casa, sin poder encontrar ninguna explicación de por qué hizo esto o por qué no se quedó, como muchos, para ayudar, o simplemente para estar.
Podemos pensar aquí que en esa súbita salida de la escena, el horror en el instante de ver precipitó el momento de concluir, suspendiendo la posibilidad de comprender. Pasar al acto, desapareciendo, es una de las salidas posibles del sujeto frente al agujero.

Después de la catástrofe. Del trauma social a la singularidad: En la primera respuesta la fuerte presencia de lo simbólico intenta reordenar, es necesaria, sin ello reinaría el caos. No obstante ello, hay momentos de inevitable confusión, por ejemplo, que en la desesperación “ayudantes voluntarios” subieran a las ambulancias a chicos que ya estaban muertos.
En los primeros días siguientes la oferta de tratamiento psicológico fue muy amplia y, si bien lo real no es fácilmente tratable por la palabra, muchos llegaron respondiendo a esta oferta y también por consultas espontáneas.
Chicos que estuvieron allí, padres con hijos sobrevivientes muy preocupados, padres de hijos que murieron, desorientados, desarmados, que no saben como seguir viviendo, sus familias.
El dolor. Lo intolerable. La salida maníaca para soportar el dolor. El odio.
Quiero detenerme en un aspecto de este complejo momento, la victimización de quienes atravesaron un acontecimiento como este, y para ello voy a tomar la figura del perjuicio tal como lo plantea Assoun. El sentirse perjudicado conlleva una posición subjetiva que lo lleva a exigir una reparación, organizando un estilo de vida, un estar en el mundo y la relación con los demás. El perjuicio remite a un daño que se le ocasiona al sujeto.
Un perjuicio supone:
La alusión a un trauma primitivo (los pacientes dicen que ya sufrieron lo suficiente y que ya se los privó bastante). Rompen con la lógica del renunciamiento y de la deuda. Demandan resarcimiento ante el error. La idea de recuperación del tiempo perdido. Se institucionaliza la excepción reconociendo el perjuicio y negando al sujeto. El sujeto se niega a ceder algo porque cree que ya dio lo suficiente. En la clínica, se mostrarán reacios al análisis, y en la sociedad se moverán exigiendo reparaciones por el injustificado mal ocasionado a su persona.
Lo jurídico respalda este sentimiento de exclusión considerando que se ha cometido una injusticia y por ello se queda en desventaja enlazándose a un pedido de reivindicación con una compensación o indemnización. El sentimiento es sentirse perjudicado por el “error del Otro”.

Un sujeto en esta posición no participa de la deuda simbólica sino que reclama ser eximido de pagarla. Precisamente una de las acepciones de immunitas señala que es inmune quien no debe nada a nadie.1
Si consideramos lo traumático como la sorpresa del encuentro de algo particular con una acontecimiento externo, un mal encuentro, pienso que el mayor “perjuicio” reside en confirmarlo justamente en ese mal lugar. Considerar como cada sujeto tendrá la posibilidad de hacer algo propio con esto, aunque “les haya pasado a muchos”, es en principio, partir de un lugar diferente.
Por último, considero que la oferta de tratamiento es buena si genera demanda, pero si ésta se invierte, promovida insistentemente desde los programas de asistencia, termina impidiendo esa articulación necesaria entre demanda y deseo que posibilite el acceso a otro espacio en el que la responsabilidad subjetiva halle un lugar.

1. En su libro Immunitas (Amorrortu, 2005) Esposito dice que es inmune quien no debe nada a nadie, está exento de la obligación del munus (obligación,deber). La inmunidad es percibida como tal si se configura como una excepción a una regla que siguen todos los demás.
 
 
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