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   Emergencias y Catástrofes

Obstáculos para el duelo.
  Por Mirta Pipkin
   
 
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Perplejo ante semejante pregunta del consultante, el analista pregunta a su vez por el motivo de tal interrogación. Mi abogado me dijo que le advirtiera que escriba todo en la historia clínica. Y a continuación: ¿me puede extender el certificado de mi tratamiento para cobrar el subsidio? Ya desde las primeras instancias de este diálogo, entra en escena, abruptamente, el tema de la culpa y la responsabilidad en un espacio aún no transferencial. En el preciso momento en que el analista registra en la historia clínica: “su abogado le dijo”, otra historia es la que comienza: la de la judicialización.

El que consulta lleva apenas tres entrevistas en una de las sedes públicas coordinadas desde la Red de Salud Mental Desastres y Desarrollo del GCBA. Es un sobreviviente de la catástrofe desencadenada por el incendio de la discoteca Cromañón. La mayoría de sus amigos murieron. Padece de graves lesiones en la piel, insomnio, problemas de memoria que se presentan al modo de amnesias parciales que, según los médicos, son secuela de la intoxicación producida por los gases emanados. A esto se agrega su historia personal, o más bien la antecede, un duelo relativamente reciente por la muerte de su padre, aún sin tramitar.

Historias como ésta son las que ha dejado esta tragedia. Historias de padres, hijos, amigos que comparten un mismo padecer: están de duelo. A los obstáculos que son propios de todo duelo, la judicialización posmoderna contribuye para impedir un proceso de duelo que siempre es singular. Lo que se impone es la reparación de los daños, aunque sabemos que la muerte es irreparable. La homogeneización del perjuicio que este abordaje social de la catástrofe promueve, deja aún más eclipsado al sujeto del duelo. La culpa, fenómeno que identifica al neurótico, es justamente uno de los sentimientos que afectan a quien está de duelo. Culpa de no haber hecho lo suficiente para impedir lo inevitable. En acontecimientos catastróficos como el de Cromañón, que ponen al descubierto la precariedad de los mecanismos de protección y control, este sentimiento de culpa se sustrae del natural proceso interior mutándose en un legítimo reclamo de justicia y de condena a los culpables. Demanda de culpa y castigo a los culpables que, por el descreimiento progresivo en la justicia, se puede convertir en una consigna violenta de justicia por mano propia. Especularmente, entra en escena el odio, que con su potencia destructiva intentará ocupar el lugar del Otro poderoso, y destituirlo de todo saber1. Demanda de justicia ante un poder en descomposición, que no ofrece garantías a la preservación de la vida. Lo que, en cambio, continúa ofertando es un pacto perverso que está en el lugar de la ausencia de sanción a los responsables. En este sentido, las indemnizaciones a los deudos, se distorsionan en su finalidad, constituyendo la versión mercantilista de lo que sería una autentica reparación.

Vivimos tiempos de renegación de la muerte, de literalización de la metáfora “jugar con fuego”, porque jugar con fuego, más que una metáfora de peligro, es una realidad de muerte. ¿Pero dónde se origina esta cultura del peligro? No sólo este peligroso juego está presente en la estética de los recitales, estética de fuegos de artificio que lejos está de las velas que acompañan las ceremonias. Para entender su origen hay que remontarse a la era de la pirotecnología. Esta era, que comenzó alrededor del 3000 a.C. en el Mediterráneo y en Oriente Medio, tiene en la bomba nuclear su expresión final. Proceso irreversible que el calentamiento global del planeta denuncia, por el que el consumo del capitalismo, consume la vida misma. Rifkin, en La era de la biotecnología lo sintetiza así: Volviendo a poner al fuego los residuos fríos de lo que antes fuera, a su vez, una bola de fuego, los seres humanos emprendieron el proceso de reciclar la corteza del planeta.

Es así como en la actualidad, ante la angustia de un sujeto cada vez más mortificado y excluido, las catástrofes naturales comienzan a formar parte de la lista de las catástrofes sociales. A la vez, estas últimas pasan a “naturalizarse”, y entonces pareciera no quedar más remedio que crear a la fuerza nuevos dispositivos intervencionistas de carácter obviamente adaptativo (acciones específicas entre las que se cuentan las indemnizaciones, la constitución de organizaciones o comités de emergencias, la inclusión en los diagnósticos de la categorización del trauma para hacerlos valer en los juicios, etc.). Sin embargo, ante un acontecimiento traumático no es posible anticipar el destino de la compulsión de repetición. En este sentido, volviendo sobre los obstáculos en la superación de un duelo, algo en la teoría del trauma freudiano resiste el reduccionismo. Se trata de una doble causalidad: ante la irrupción violenta de lo traumático, o el sujeto –o, en términos del Proyecto..., su aparato psíquico– no está preparado para un estímulo desconocido y repentino, o la magnitud del mismo es tal, que es imposible su tramitación. ¿Pero acaso esta tramitación es imposible para todo sujeto implicado en esa experiencia límite? En realidad, lo que resiste –no como resistencia sino como insistencia– es la dimensión del deseo. Dimensión que es diferencia. Mas allá de aquellos padecimientos que comparten los sobrevivientes y/o deudos en una catástrofe como la de Cromañón, el duelo es una cuestión personal.2 Ante un acontecimiento traumático el deseo está suspendido, aunque es posible de ser recuperado. En ese tiempo de suspensión la vida trascurre sobre el fondo de la escena traumática que se revive indefinidamente. Lo único que no puede hacer Hamlet es el acto que está destinado a hacer porque el deseo falta. Y falta porque se ha hundido el Ideal.3 Pero si no se opera la recuperación del deseo, una nueva catástrofe se produce: en términos freudianos triunfa el objeto que cae sobre el yo.

Ignacio Lewkowicz hace un análisis de las catástrofes sociales que nos permitirá avanzar en la reflexión sobre la dimensión real de la catástrofe en el sujeto. En un texto que denominó: “Catástrofe: experiencia de una nominación”4 aplica una lógica de destitución de saberes instituidos en la que, a medida que se aproxima a la dimensión de lo actual y real de la catástrofe, va sustituyendo las definiciones en una operación de reducción y despojo semejante a la que produce la catástrofe misma. El texto, como lo anuncia en su título, es en sí mismo una experiencia de nominación. En su punto de partida distingue catástrofe, de traumatismo5 y de acontecimiento, según los efectos que produce el impasse que acontece en cada una de esas situaciones críticas.6 El impasse supone la crisis de un dispositivo, la suspensión de los recursos previos. Y en cuanto a los efectos, estos están íntimamente vinculados con dichos recursos pero también con la particularidad de las distintas situaciones traumáticas. En un caso restauración de lo previo (recomposición estructural), en otro creación o invención de nuevas lógicas. Y en las catástrofes, resta pura del ser, mutilación, devastación. La “experiencia de nominación” que se propone el autor, arriba a un tiempo de conclusión. Dirá que no es lo mismo pensar la catástrofe desde los recursos, desde lo que queda, que desde lo que hay, es decir, desde la contingencia, el cambio permanente, desde la posibilidad precaria de organización de la subjetividad.7
Nos interesa centrarnos en el impasse del duelo, en particular en el que se opera en la catástrofe subjetiva. No es el impasse de la neurosis que tiene la posibilidad de la restauración del deseo, y del cambio de posición subjetiva en relación al goce. Tampoco se trata, como en el impasse de los llamados bordes de la neurosis, por ejemplo las melancolizaciones, de la posibilidad de construcción de una historia. El arrasamiento subjetivo propio de una catástrofe supone el desvanecimiento de los ideales, y de la dimensión significante. Supone, más allá del placer, el goce de la pulsión de muerte desa-nudada, la contingencia de un fluir imparable e imprevisible, que desconoce o ya no conoce sus recursos simbólicos e imaginarios. Esta experiencia límite, que evoca la precariedad de la organización psíquica del recién nacido, es lo que hay. Ante esto, el analista prestará su voz, su presencia, para posibilitar nominar aquello que, por su dimensión de horror, aún no tiene nombre.

Nominar no es institucionalizar la victimización, como lo pretenden algunas intervenciones que suman impedimento al impasse propio del duelo. Tampoco es un simple cambio de nombre si está desprovisto del acto que lo sustente, como por ejemplo el que propone cambiar la denominación de víctima por la de damnificado, creyendo así que algo nuevo acontece. Sin embargo, en el abordaje social de la salud, las redes de atención de desastres y catástrofes que se arman, tanto en el ámbito público como privado, constituyen una posibilidad de nominación, siempre y cuando no promuevan la obturación de la emergencia subjetiva. Después de todo, de las redes también podríamos decir que es lo que hay. En medio de esta contingencia y cambio permanente, el deseo del analista podrá hacerse su lugar.


1. Jacques Hassoun, en su artículo “El odio es realista”, sitúa este sentimiento a partir de la emergencia en lo real de un Otro terrorífico: “El odio intenta crear algo del orden del sujeto en el lugar donde se produce su eclipse, adornado únicamente con los harapos de un Otro terrorífico.”
2. Una cuestión personal, así titula Kenzaburo Oé la novela que narra cómo el nacimiento de un hijo deforme representa para el protagonista un acontecimiento traumático, monstruoso.
3. J. Lacan, El seminario. Libro 10. La angustia, clase del 3 de julio de l963.
4. I. Lewkowicz, “Catástrofe: experiencia de una nominación”, en Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez, Buenos Aires, Paidós, 2004.
5. Aclara que usa el término de traumatismo para que no se confunda con el de trauma en psicoanálisis.
6. Como ejemplo de traumatismo da la inundación, que una vez acontecido repone los funcionamientos de esquemas previos. De acontecimiento: el del Mayo Francés, que frente al impasse crea nuevos esquemas. Y el impasse de la catástrofe deviene una sustracción pura del ser que no arma otra lógica: campos de concentración.
7. “La catástrofe post-estatal transcurre en un medio fluido disperso, intrínsecamente imprevisible”, ibid., p. 161.
 
 
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