Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Emergencias y Catástrofes

Clínica de un duelo sin nombre
  Por Elena Jabif
   
 
Cuando la silenciosa llegue y
decapite a los tulipanes:
¡Quién ganará! ¡Quién perderá!
¡Quién se asomará a la ventana!
¡Quién pronunciará su nombre primero!
Paul Celan

¡Mi mirada está perdida, mis manos están vacías! ¡Mírelas!, ¡sólo en ellas tengo una infinita falta! Este encuentro despunta el tiempo inaugural de un análisis, atravesado por el desgarro narcisista de la pérdida de un hijo.
Cromañón y la contingencia, que desnuda la crueldad de un tiempo anticipado para morir.
Por primera vez atiendo a un dolorido padre, por medio de un centro para la intervención en catástrofes. El contrato es como la dimensión del amor de transferencia, a cambio de nada, lleva el rostro de un insustituible duelo.
Ambos entendemos que ante la tragedia no hay sustitución del objeto amado y perdido.
Ante lo contingente de lo Real no hay ganancia para ambos, sólo queda en el análisis la presencia de una infinita falta.
David quiere morir, como padre que ha perdido el nombre; su vieja sabiduría de científico, le recuerda que por ley no hay vuelta atrás.
Me cuenta que acompañado por la ciencia ha transitado los misterios del tiempo, su razón navegó los confines del universo. Me aclara que en el horizonte ante lo infinito, siempre hay, en relación con el futuro, un paso más para avanzar.
Me comenta entre lágrimas que se puede viajar en el tiempo, hacia adelante unos minutos más. Lo convoco al maestro, a que me enseñe el arte de acceder, a un futuro que resigna lo que el tiempo deja atrás.
Al otro encuentro, me desliza que mi propuesta la acepta por una cuestión de vocación, antes de retirarse de la vida.

Lamenta no haber encontrado discípulos para transmitir su obra. Le afirmo que un poquito más, y quizá su herencia sea donada.
22 años, un magnífico hijo avanzaba en su carrera de médico, al compás del ritmo de Callejeros. Amante de la transmisión paterna, este retoño había encontrado en la escena del mundo simplemente: la vida.
Fotos de su espléndido muchacho transitan por Internet iluminando su nostalgia. Sin embargo, a la noche, el ghost de su hijo se congela en repetidos reproches que gritan su pesadilla. ¡Padre, no ves que estoy muriendo!
¡Como no salvarlo siendo un idishe tate! Me dice que su amor paterno conjuraba desde pequeño siempre lo peor. La ley de la vida que sitúa los tiempos racionales de la muerte, hasta el momento de Cromañón, se había cumplido con todo el honor.
Recuerda que su padre agonizaba en sus brazos; días antes del nacimiento de su primogénito, le susurra que su hijo llevará su nombre. Las palabras de David calman el desamparo del padre ante la muerte, a pesar del edema agudo de pulmón, no experimenta horror al ahogo.
“¡Padre, no ves que estoy muriendo!”, clama su hijo en las sombras. El tormento de su imaginada soledad ante la muerte lo conduce a murmurar “quizá, un poco de mi aire en su boca”. Sueña con su hijo tirándose del segundo piso del local, ennegrecido grita una vez más: ¡Padre, no ves...!
Esa sesión recibo un particular llamado. Me invitan a decir por radio algunas palabras sobre el duelo nacional. Contesto que no es el momento adecuado, David me extiende un papel y me pide en su nombre, que transmita a lo público, la siguiente reflexión: “Porque estoy involucrado en la humanidad, la muerte de cada hombre me disminuye, por eso no preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti” (John Donne, Devociones).
Con un profundo grito de dolor, me pide: ¡Elena dame tu mano! Llora con visceral desconsuelo el nacimiento de su duelo. Al despedirnos se aloja en mis brazos, me dice que siente una extraña sensación, la tibieza de un cuerpo semejante lo convence desde la piel, que no está solo con su dolor.

Con el maestro caminamos por los agujeros negros, aprendí que en la voracidad de lo oscuro, la presencia de su energía succiona y transforma al que se aventure en sus entrañas, en nada. Sin embargo me calma con su advertencia: “los bordes son posibles de reconocer y ayudan al inadvertido viajero a no quedar fragmentado por el magnetismo de la nada”.
Paso a paso me fue donando por Internet una sensible obra. Entre lágrimas y algún suspiro, me cuenta la historia de Max Plan, se reconoce como él batallando contra las oscuridades del Otro. Aquel sabio no tuvo la oportunidad de compartir en el tiempo, el Nobel con su hijo. Un valiente joven que participó de un intento de muerte del Führer, y éste vengativamente lo ejecutó.
Entretejida la ausencia en una transferencia tan amorosa como indulgente, ante mis impúdicas faltas del saber cósmico, los sueños giran de una tenaz repetición traumática a otros de una textura veladamente erotizada de juvenil color.
Sueña con una joven mujer, que lo invita al romance. Con picardía me dice que en la escena participa su analista, quien con gesto severo le advierte que sea prudente.
En esa sesión me cuenta que por primera vez pudo dormir, sin ser sobresaltado por su tormento. Sueña con un banquete familiar, donde el hijo amado después de una pródiga comida, se despide afectuosamente de su padre. Le indica con su joven mano el lugar vacío que le deja su partida.
Asocia que la blanca piedra puesta sobre sus restos, es un paso más en el tiempo de su pena. Se pregunta: “¿cuál es el mejor epitafio que puede testimoniar el homenaje al perdido?”
Se despide una vez más agradecido, evocando un poema de amor que alguna vez Benedetti escribió, y que quizá le permitió trascender en la memoria del mundo de los vivos.
Tiene un nombre, gracias por el fuego. 

Corazón coraza (Mario Benedetti)
Porque te tengo y no / porque te pienso / porque la noche está de ojos abiertos / porque la noche pasa y digo amor / porque has venido a recoger tu imagen / y eres mejor que todas tus imágenes / porque eres linda desde el pie hasta el alma / porque eres buena desde el alma a mi / porque te escondes dulce en el orgullo / pequeña y dulce / corazón coraza // porque eres mía / porque no eres mía / porque te miro y muero / y peor que muero / si no te miro amor / si no te miro // porque tu siempre existes dondequiera / pero existes mejor donde te quiero / porque tu boca es sangre / y tienes frío / tengo que amarte amor / tengo que amarte / aunque esta herida duela como dos / aunque te busque y no te encuentre / y aunque / la noche pase y yo te tenga / y no.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 177 | diciembre 2013 | “Muchacha de Ipanema”: un testimonio de pase 
» Imago Agenda Nº 145 | noviembre 2010 | La cicatriz: clínica de un cuerpo desierto 
» Imago Agenda Nº 141 | julio 2010 | Dinero: amor, goce y castigo ante la pregunta ¿Qué es ser un padre? 
» Imago Agenda Nº 124 | octubre 2008 | Estrago materno 
» Imago Agenda Nº 118 | abril 2008 | La langue: la madre de Babel 
» Imago Agenda Nº 102 | agosto 2006 | El silencio de la Bestia: clínica de un cuerpo infome 
» Imago Agenda Nº 97 | marzo 2006 | Amor al padre y fines de análisis 
» Imago Agenda Nº 90 | junio 2005 | Mujer Alfa 
» Imago Agenda Nº 84 | octubre 2004 | El escrito y la locura de amor, en Joyce 

 

 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com