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El Otro, la trama intersubjetiva, la palabra y el analista
  Por José Milmaniene
   
 
La constitución del sujeto parte de un universo heteró-nomo, en el cual se existe nada más que como subjetividad vacía y dependiente, para arribar –si el proceso de subjetivación resulta logrado– a la autonomía del ser. El ser de la significación ignora aún el (sin)sentido que lo habita, por lo que se requiere de una lectura hermenéutica que posibilite la necesaria interpretación de los designios ocultos y los deseos inconscientes que lo conforman.
En un primer momento somos nada más que pura pasividad objetivada, invadida por los signos y las letras que cifran nuestro destino, y luego nos apropiamos de las palabras, las que recién al hacerse nuestras, nos constituyen como sujetos en este mismo y esencial acto.

En tal sentido la trascendencia del acto de lectura opera como una verdadera metáfora de la constitución subjetiva en tanto se transita de la pasividad heterónoma a la actividad autónoma. Antes de leer, carecemos de las palabras, y luego de leer poseemos los significantes que desocultan y revelan el Ser.
Los textos fundacionales de la cultura son más que elocuentes al respecto: inscriben en el psiquismo las secuencias significantes que portan las enseñanzas y los mandatos, en un nexo de interacción, tal como lo indica el nombre mismo de la Biblia hebrea (Torá), que significa a la vez mandato y enseñanza. Nos constituimos como sujetos de la Ley a través de las enseñanzas, que siempre imponen normas que nos alejan del goce, tal como lo patentizan los Diez Mandamientos. Al imponernos el límite subjetivante, se nos transmite un modelo de ser, basado en la identificación con el valor de la palabra.
La escritura opera entonces con la autoridad que le confieren el maestro y el legislador, y quizás sea éste el modo y la figura primordial del Otro en la trama intersubjetiva, dado que el Otro trama nuestra obediencia a sus mandatos, los que portan el germen de la transgresión, efecto de toda autoconciencia culpable.

El niño inerme, mero oyente pasivo, recibe el mandato inau-gural del “no matarás”, exigencia ética ineludible, que debe ser reconstruida, para poder ser redicha, ahora sí, en la voz propia.
Los mandatos y las enseñanzas del Padre sitúan al sujeto en el eje ético del “heme aquí” bíblico, en tanto el sujeto se debe poner, merced a este decir, a disposición del Otro, acudiendo al auxilio de sus necesidades para mitigar su dolor. No se trata de un mero estar aquí sino de un ofrecerse activo y anticipado al Otro, aún antes de su llamado y de su demanda. El mandato fundamental reside, pues, en evitar toda violencia para luego poder presentarse ante el Otro sin sentir que nada ni nadie me obliga a hacerlo, salvo mi disposición ética esencial La responsabilidad infinita que nos liga al Otro supone la actitud decidida, sin preguntas que cuestionen la causa de tal deber, dado que si esto sucediera sería la manifestación de nuestra incapacidad de acceder a la dignidad de lo humano. Nuestra responsabilidad por el Otro no se asienta, pues, en ningún pacto contractual que aluda a la reciprocidad, y debe ejercitarse sin condicionamiento alguno, lo que supone la asimetría en toda relación ética, dada la ayuda desinteresada que debemos brindar a nuestro semejante.

El sujeto surge entonces como respuesta al llamado del Otro ante el cual debe comparecer, al modo como lo hace sin reservas en el mito Abraham ante Dios.
La relación intersubjetiva se constituye pues en el interior del lenguaje, generada en la Voz impersonal del gran Otro que habla a través de los textos fundacionales del orden socio-simbólico, por lo que teoría de la intesubjetividad debe ser entendida en el registro lingüístico, que es el que posibilita la instalación del par intersubjetivo primordial Mismo-Otro.
La relación entre sujetos no está basada, pues, ni en la contemplación, ni en la percepción, sino en el habla, y el Rostro del Otro del cual emerge la voz y la mirada nos confronta con la exterioridad pura, alteridad irreducible con la cual se tiene un compromiso aún antes de cualquier conocimiento, y una relación no-incluyente que se debe asentar en el diálogo y la conversación.
Quiero advertir empero que el Yo trata, a favor de su narcisismo constitutivo, de reducir toda alteridad a lo mismo, por lo cual todo esfuerzo ético debe estar destinado a evitar el goce que procura la reducción de toda alteridad a la mismidad. Si el Otro resulta colonizado por mí, o peor aún, se instala en mí, el vínculo intersubjetivo deviene en mera relación instrumental no-ética, que interrumpe el necesario movimiento de lo mismo hacia lo radicalmente Otro, por lo cual el decir pierde entonces su estatuto ético en aras del dicho ontológico.

Las palabras no sólo sirven para comunicar a los interlocutores, sino que permiten básicamente la realización del sujeto en el acto de la mediación interlocutiva misma, precondición de la faceta de revelación en el Ser que deriva del acto de hablar. Pero de todos modos la realización del sujeto y la revelación de la Verdad que lo constituye se articulan de un modo ambiguo, dado que si bien la revelación pertenece al orden de lo simbólico, siempre se atisba lo real en tanto lo imposible de decir.
El sujeto recibe la palabra interpelante y convocante del Otro, bajo el modo de la audición pasiva, y luego de un complejo proceso de interiorización “espiritual” (ruaj significa en hebreo espíritu y hálito, modelo pneumático), adviene el sujeto hablante activo, que ya está en condiciones de trascender la pasividad y el riesgo inherente del masoquismo primordial. La obediencia a los mandatos parentales otorga consistencia subjetiva y se pueden entonces generar acciones sobre el mundo.

El núcleo pasional del Yo –en tanto ego imaginario y forma alienada del ser– resulta así acotado y deviene en el sustento de una subjetividad que puede lograr efectos ético-políticos y no meramente místicos, dado que a pesar de estar signado por la humildad y la piedad, no rehuye la tarea transformadora.
Sin la presencia disruptiva y traumática de la alteridad bajo el modo de la Voz de la Ley que Revela la invocación amorosa del Padre, no podrá existir la autonomía que otorga la Redención, efecto y causa de todo acto decidido y responsable. Si el sujeto quedara atrapado en su narcisismo merced a un fuerte déficit ético, no podría siquiera acceder al orden normativo y carecería de esta condición que los judíos designan como “ser un Mensch” (hombre) en el sentido cabal del término.
El encuentro con la alteridad del Otro genera una fisura en el ser, verdadero desgarramiento subjetivo, que permite quebrar la coraza Yoica e instalar el vacío en su núcleo mismo, acto del cual surge la pregunta insoluble por el Ser. Entonces las categorías ideológicas, asentadas en los dichos imaginario-narcisistas, resultan destituidas en aras de un decir que alude a la verdad del deseo. El decir preanuncia el acto decidido y responsable, que inscribe el núcleo de goce en un pacto desiderativo, el cual al poner límite al Yo del narcisismo, tiene efecto subjetivante.
La Revelación acontece en el momento en el cual el sujeto sella el pacto con el Otro de la Ley, y la Redención sucede en la medida en que el sujeto construye un vínculo ético con el semejante, basado en el acto de dar-se.
El sujeto nace pues en el interior de una escena dual entre un Yo situado en estado de escucha pasiva frente a la llamada invocante del Otro, y la respuesta parlante que reafirma la fidelidad al Pacto con la Palabra permite que emerja el Tú. Sólo se puede entablar un (des)encuentro Yo-Tú, cuando el mismo está mediado por el lenguaje normativo, instancia de mediación que precave de las recaídas especulares en las cuales el Yo se confunde con el Tú, en una reverberación indistinguible.

De ahí la importancia de la Palabra para fundar la intersubjetividad, dado que cuando aquella claudica o se repudia, la fusión agresiva entre los sujetos se torna inevitable. El diálogo Yo-Tú requiere pues del decir que lo constituya, más allá del contenido de los dichos que lo plasmen. Aún el disenso, la discusión, la discrepancia y las divergencias conceptuales, sostienen a los sujetos como distintos, dado que cuando la palabra falta surge en acto el silencio pasional que fusiona a los sujetos en una simbiosis letal. Obviamente el diálogo que se instala en la dialéctica intersubjetiva adquiere toda su potencia cuando supone las intervenciones de características interpretativas simbólicas, alejadas de la autorreferencia y la susceptibilidad.
Se plantea la opción de asumir el Yo autónomo, no meramente egocéntrico, sino aquél que porta la categoría de la alteridad en tanto lo Otro en lo Mismo: subjetividad responsable que deja de ser rehén de su propio narcisismo, dado que pasa a asumir el dolor del semejante como propio. Surge así el ser de la significación en el interior del lenguaje, dado que la esencia del lenguaje está dada por la relación constituyente con el Prójimo.
El lenguaje supone el límite liberador, dado que el habla resulta la precondición para la emergencia del Otro, en tanto el fantasma narcisista originario pre-discursivo se asienta en la fantasía de totalidad Yoica omniabarcativa. Si el infans no logra incluirse en el lenguaje –a favor del resentimiento, la arrogancia, y la criminalidad– naufraga en el autismo y el aislamiento.

El psicoanálisis actual reivindica el valor de la palabra como instrumento privilegiado y esencial en el complejo tránsito de la Mismidad a la Alteridad, y podemos pensar a toda patología como la detención, en determinados puntos de fijación sintomáticos, de tal movimiento. En el punto mismo donde claudica el deseo del analista, desplazado por la impronta de su narcisismo que invade la escena, se instala un baluarte de difícil resolución. El diálogo se destituye en aras de un eco especular, donde se permutan y oscilan los lugares y se suele observar en tales casos, que el analista tiende a ocupar un lugar simétrico al del analizante. El Otro en el dispositivo analítico supone la asimetría del registro simbólico, dado que el analista sólo puede operar como el mediador evanescente entre el goce del paciente y las palabras que intentan dar cuenta del mismo, únicamente cuando se lo respeta en su antecedencia en el Saber.
La dificultad del análisis reside en que existe una fuerte tendencia por parte del analista en recaer en su propio goce narcisista u objetal, tentado por la alta tensión libidinal que impone toda “confesión” transferencial. La tarea de sacrificar sus goces en aras de la emergencia del deseo del analista en tanto tal, supone un trabajo constante sobre su propia subjetividad y sobre sus complejos inconscientes, tendiente a negativizar sus pasiones, para posibilitar así que el paciente logre asumir la castración.

La omnipotencia del analista, su falta de humildad, su arrogancia teórica, la soberbia en la portación de sus emblemas profesionales o institucionales, sus fidelidades teóricas, sus afectos pasionales, suelen conspirar contra la emergencia lograda de su función, que es la que en definitiva permite la consecución del proceso psicoanalítico.
La política de hacer consciente lo inconsciente supone la autolimitación de toda expansión narcisista yoica por parte del analista, para que emerja el deseo inconsciente del paciente, claro está, siempre que el deseo que surja en el analista sea el de encontrar la cifra oculta de las razones inconscientes del paciente, para lo cual debe por ende sustraer sus propios deseos en tanto persona real. Obviamente las inevitables fallas en la función del analista, son el resultado de la brecha que se instala entre la persona real del analista y la función que debe encarnar. Son en consecuencia esas falencias las que derivan en extravíos o detenciones en la cura, y las mismas suelen presentarse como efectos de retorno transferencial-resistencial por parte del analizado. El analista en tanto intérprete, debe estar atento a las fuertes transferencias recíprocas que se instalan ente él y su paciente, y no debe descuidar por lo tanto los destellos sintomáticos y las puntas de real angustiantes que le advierten y anuncian que se encuentra amenazado por sus propios goces, con el consiguiente riesgo de actuaciones contratransferenciales, escotomas, puntos ciegos en la lectura del material, o la pérdida de la necesaria neutralidad ideológica.
 
 
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