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   Psicoanálisis y Tecnociencia

Nagasaki, mon amour
  Por Mario Pujó
   
 
Desde tiempos inmemoriales, la superioridad instrumental define el curso de las batallas y el resultado de las guerras. Los cinéfilos recordarán cómo, en la secuencia inicial de 2001, Stanley Kubrick ficcionaliza visualmente la evolución técnica de la potencialidad ofensiva de las armas; lo que evoca una verdad consuetudinaria: quien posee el poderío bélico, posee también el dominio y el ejercicio del poder real. Las ventajas tecnológicas se imponen a las astucias de la táctica, doblegando los ardides que la desesperación suele acicatear en el ingenio de quien se sabe militarmente más débil.

El desarrollo de la tecnología bélica arrastra, por sí misma, ineludibles consecuencias éticas. Así, a comienzos del siglo XX, las guerras se cobraban un diez por ciento de víctimas civiles y un noventa por ciento de víctimas militares; pero después de la Primera Guerra Mundial las proporciones tienden sencillamente a invertirse. Los civiles, es decir, los hombres y mujeres corrientes, los ancianos y los niños, pasan poco a poco a convertirse en el principal objetivo de las acciones militares: ellos constituyen cada vez más abiertamente la presa privilegiada de misiles, cañoneos, atentados terroristas y ataques preventivos que pretenderían evitarlos. Ellos son el punto de mira de las premeditadas masacres que se consuman cotidianamente en nombre de imbatibles ideales como el de libertad, justicia, seguridad o el indeclinable derecho de los Estados a defenderse.
Ingresamos de lleno en la era de la guerra total. El adversario no conforma ya un ejército, una milicia o un batallón. No viste de uniforme ni se recluta en el cuartel. Puede aparecer en cualquier parte, en todo momento. Surgir de la tierra, caer desde el aire, estallar en el subterráneo, incendiar el templo, demoler la escuela. Para atajarlo, se incita impúdicamente a aislarlo, detenerlo, amurallarlo, doblegarlo. Destruir su vivienda. Incinerar sus ídolos. Humillarlo, torturarlo, denigrarlo, fotografiarlo.

El enemigo es otro: ajeno, extranjero, impropio. En la aparente semejanza de sus rasgos habita lo extraño: una lengua rara, una cultura lejana, un dios inverosímil. Es imperativo exterminarlo cuanto antes.
La invención del aeroplano y su uso militar hicieron fácticamente posible la destrucción aérea de las ciudades, lo que indujo una modificación radical en el desarrollo y la ética de los conflictos. Los recursos indispensables para la sobrevida de la población, el agua, el alimento, la energía, los medicamentos, los edificios, se convirtieron en objetivos aún más ponderados y codiciados que la posición y el despliegue de los propios combatientes. Dos ciudades pueden ser consideradas paradigmáticas de esta transformación: la vasca Guernica, bombardeada por la Luftwafhe en el año 1937 e inmortalizada por Picasso en la pintura homónima, e Hiroshima, ciudad japonesa destruida por la explosión nuclear del 6 de agosto de 1945, vale decir, hace exactamente sesenta años. Los norteamericanos doblegaron a Hiroito aplicando lo que se denomina un ippon, un golpe drástico y certero. La rosa radiactiva produjo una cantidad de muertes instantáneas nunca antes vista. A las 8.36 hora local, Little Boy estalló a 580 metros de altura, con una potencia equivalente a 12.500 toneladas de TNT. Ocho mil alumnas de las mejores escuelas congregadas en un ejercicio de defensa civil fueron pulverizadas de inmediato en la plaza principal. El número de víctimas fatales se calcula en 200.000, un verdadero récord en la historia universal de la infamia. ¿El fin justifica los medios? La solución demostró ser más horrenda que la dificultad. ¿No habría alcanzado una única bomba para demostrar la indiscutible superioridad tecnobélica consolidada desde entonces?

Tres días después, el 9 de agosto de 1945, Fat Man, una bomba de plutonio equivalente a 22.000 toneladas de TNT, estallaba en el macrocentro de Nagasaki. El azar parece haberlo querido así: Kokura, la ciudad elegida inicialmente, había amanecido cubierta de nubes; y, por su parte, el piloto erró el blanco en poco menos de 3 km. Gracias a ello, sólo hubo que lamentar 72.000 muertes.
El realismo trágico supera la imaginación. El discurso científico no supo contentarse, en la concreción de su infierno estival, con una sola golondrina. Y aunque sea bíblicamente cierto que no hay Sodoma sin Gomorra –sin llegar a descifrar qué preferencia hizo sexualmente célebre a esta ciudad–, ¿era acaso militarmente necesaria la devastación de Nagasaki? ¿O su inmolación responde simplemente a la necesidad sacrificial de una nueva experimentación in vivo, tomando en consideración que el proyecto nuclear requirió, durante años, de un presupuesto varias veces millonario y del trabajo mancomunado de los físicos y matemáticos más notorios de Occidente?
La comprobación de la experiencia, en la reiteración del fenómeno, consagra el frío positivismo de la razón práctica. Siniestra alianza entre tecnología y tanatología que reconoce su precedente histórico en la famosa contribución del Dr. Guillotin a la Modernidad: esa higiénica máquina de decapitar que, como en una secuencia ineluctable, parece predecir la serie libertad, fraternidad, igualdad, ¡acefalía! La ciencia pierde la cabeza cuando pone en evidencia la culminación de su sistemático reverso pulsional en los campos de exterminio nazis.

En la más famosa expiación pública de la culpa concretada a comienzos de ese mismo siglo XX, Alfred Nobel, multimillonario inventor del TNT, instituyó una recompensa internacional homónima para consagrar a los que se destacasen en las más diversas áreas de la actividad humana. En una singular muestra de ironía, parte de la rentabilidad obtenida a costas de la más expeditiva y eficiente tecnología bélica de muerte, es empleada para celebrar anualmente la subordinación del conocimiento científico a la búsqueda de la paz y la preservación de la vida. Si vis bellum, para pacem.
 
 
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