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¿Qué significa investigar en psicoanálisis? (1)
  Por Silvia Amigo
   
 
Yo triunfo donde fracasa el paranoico.
Sigmund Freud

¿Puede el psicoanalista abstraerse con displicencia de los alcances, sobre la “subjetividad de la época”, de la coyuntura que nos toca vivir, marcada como nunca antes por los fabulosos avances de las ciencias biológicas, en particular de la genética y las neurociencias en los albores del siglo XXI?

Un científico de la talla de Sydney Brenner2 afirma, y esta afirmación es aceptada sin discurso por el lector promedio, que, muñido de la secuencia del genoma humano y de una computadora suficientemente potente, estaría en condiciones de calcular por entero al organismo. Nótese ese “por entero” que otorga a la frase su alcance aterrador, dado que borra al mismo tiempo cualquier incidencia de otra clase de determinaciones para el organismo (sean éstas celulares, químicas, fisiológicas o culturales) y elimina de un plumazo toda eventualidad de contingencia. Según esta afirmación de Brenner ya todo “está escrito”, no hay posibilidad alguna de la novedad del azar o de la poiesis de un acontecimiento no calculado.
La pretensión de las neurociencias de curación integral por exclusiva vía farmacológica, (basada en particular en su estudio de las hormonas intracerebrales y de la química de los conectores íntersinápticos) conllevan como consecuencia que, por ejemplo, se constate que, en los EEUU (pero no sólo sucede esto allí), la cifra de niños de menos de diez años medicados para remediar su pretendido síndrome disatencional ronde el 35%. Los médicos clínicos no vacilan en recetar habitualmente, entre otros psicofármacos, a los inhibidores de la recaptación de la serotonina. Esto sin pensar siquiera que el contacto con un profesional del área “psi” resulte necesario. Apoyado en las grietas que disimula esta maquinaria… ¿científica? el oscurantismo (proliferación de sectas, pseudo misticismo new age, medicinas alternativas) hace su agosto.

Podemos los analistas declararnos espantados por este estado de cosas. Pero hace tiempo que damos la espalda al debate con la genética o las neurociencias, abroquelados en nuestros consultorios, como si la verdad de que nuestro discurso fuera capaz de triunfar espontáneamente, sin participación nuestra.3 Ignorando, además, que una verdadera demanda de análisis tiende a ser un fenómeno en vías de extinción, hecho del cual cualquier analista novel puede dar testimonio. Considerar inútil y hasta casi “contagioso” iniciar un debate serio sobre lo que está sucediendo contradice de cabo a rabo la recomendación del mismo Lacan de quien nos reclamamos deudores, cuando insta a retirarse de escena a aquél que diere la espalda a la subjetividad de su época. Un psicoanalista, así lo veremos, está en posición de poder situar con alguna nitidez qué se debe exigir a una afirmación para que resulte científica. Si así procediera, podría demostrar, por ejemplo, que la afirmación antecitada de Brenner no es científica.
Lo mismo vale decir sobre la prescripción de psicofármacos no acompañados de una situación dialógica y transferencial. ¿Por qué no se trata de ciencia?
Para aceptar ese envite el psicoanalista debería haber hecho suya la convicción de Lacan sobre la identidad del sujeto de la ciencia y el del psicoanálisis. ¿Cuántos analistas reconocidos y respetados estarían dispuestos a poner en práctica las consecuencias de esa convicción? ¿Qué es científico y qué no lo es? Y sobre lo qué sí es científico, ¿qué intervención es dable esperar de un psicoanalista, quien opera sobre el mismo sujeto que el de la ciencia?
Lacan, a diferencia de Freud, no tuvo para el psicoanálisis una aspiración científica, ni profesó una creencia en la ciencia, pero la interrogó continuamente. La pregunta sobre la relación del psicoanálisis con la ciencia lo desveló, lo trabajó toda su vida. Y lo atenazó sus últimos años.

Comencemos considerando a Koyré4. Para éste hubo un corte entre el mundo antiguo y su episteme y el mundo moderno y su ciencia “moderna” (esto es: la escritura matematizada de la naturaleza). Este corte lo hace pasar Kojève por el filo del cristianismo, en el momento histórico en que éste triunfa a escala imperial. Se universaliza para Occidente el centramiento en el monoteísmo, judío en su origen, que abroquela el ser en un único Dios de donde parte la ley. Sin llegar a desmentir a Kojève, Lacan subraya que en el Renacimiento los cristianos cultos estudian la cábala, no sólo vuelven a la letra griega. La relación a una letra vaciada de sentido, manera judía de relacionarse con la letra, resultará crucial para el advenimiento de la ciencia.5 Es Galileo quien realiza en acto este corte. La investigación natural en el sentido de Galileo no consiste en una simple recopilación de los datos sensibles, sino en un ordenamiento de los mismos por la Razón matemática, en la cual están fundadas las relaciones legales de los fenómenos.

Lacan precisa en el siglo XVII la datación exacta del nacimiento de la ciencia moderna, ubicándola en el gesto cartesiano de proferir el cogito. Pienso, dudo, esa es mi única certeza, afirma Descartes. Certeza basamentada en un pensamiento vacío de cualidades sensibles. Este pienso causa, para Descartes, el advenimiento del ser (la música del ser, ironiza Lacan). Pienso, luego soy. El ser deja de ser divino, le corresponde al único pensante sobre el planeta: el parlêtre. El cogito cartesiano expropia a Dios del ser y lo deposita en el hombre, dejando a un lejano Dios la tarea abstracta de cuidar del valor de verdad de lo que engendra como saber la máquina cogitante. De este desglose del ser a partir del pensamiento nacen a un tiempo la formidable eficacia y la temible forclusividad del cogito.6

La eficacia: Dado que aquello que no piensa carece de ser, el hombre (pensante lenguajero) podrá avanzar sobre la res extensa, por ejemplo la naturaleza, de forma ilimitada e irrestricta. Mientras que antes la naturaleza era sagrada, tan criatura de Dios como el hombre. La acción del pensamiento sobre la naturaleza hará surgir las proezas tan loables como temibles de las ciencias naturales: desde el aumento espectacular de la expectativa de vida hasta la hoffmaniana clonación de seres humanos. Podemos situar en tres ítems su forclusividad:
1) El separar la sustancia pensante de la extensa envía al abismo de la extensión a todo lo que no piensa, incluido el cuerpo propio.7 Sobre esta separación sin esperanza, el psicoanálisis ofrecerá una solución formidable.
2) Creer que se puede pensar todo, sin resto. Esta pretensión lleva a Lacan a afirmar que la ciencia forcluye la cosa, no el sujeto.8 Pero entonces ¿por qué se ha hecho una muletilla entre analistas la afirmación de la forclusión del sujeto por la ciencia?
3) Resulta forclusivo el cierre de fronteras entre verdad y saber. Un saber hipertrófico se desentiende progresivamente de sus consecuencias de verdad.
Aún otra reflexión de Lacan. En “La Tercera” afirma que del cogito no se deduce el ser, (denunciando aquí el “error de Descartes”), sino que, del pensamiento se desprende goce. Pero a este desprendimiento de goce la ciencia lo rechaza.
La ciencia moderna, esto es, el cálculo matematizado de “todo” lo extenso (he ahí, no lo olvidemos, el cuerpo) no quiere saber nada del goce, que no puede no aparecer sino como error en la cuenta, arruinando la “elegancia matemática” de la Mathesis Universalis.
Entonces, ¿qué posición adopta Lacan cuando denuncia la forclusividad del cogito sobre la cosa, su rechazo del goce, su envío del cuerpo a la extensión y al mismo tiempo afirma (sin que puedan caber dudas, no necesariamente que sea cierto, pero sí que Lacan así lo afirmó) que el sujeto de la ciencia y el del psicoanálisis es el mismo? Aclara el punto recordar que Lacan coloca al sujeto como producto antinómico del advenimiento de la ciencia.9 Para decirlo de otra forma: allí donde hay ciencia se produce sujeto; pero a este sujeto que ella misma crea lo coloca como correlato a la vez producido y excluido (sin representación posible, pues) en la Mathesis Universalis.
El psicoanálisis va a operar justamente sobre esta exclusión antinómica, realizando, a mi juicio, la más eficaz intervención que se conozca sobre el sujeto de la ciencia. Porque a este sujeto el análisis lo representa en la cadena de pensamientos, lo sutura allí. Y celebra el “error de cálculo” que esta representación impone, arruinando la pretensión de exactitud del ideal cartesiano.

Recordemos que suturar es emplazar en la cadena un representante de aquello que ella misma excluye.10 Al operar esta sutura del sujeto al pensamiento, reabre las fronteras entre saber y verdad, colocando en la bisagra la operación sujeto. Crea además el gozne que articule pensamiento y extensión al poner sobre el mundo un nuevo ente, que pasa airoso la prueba de la navaja de Occam: la pulsión. A esta solución nos referíamos más arriba. Bisagra articuladora entre lo psíquico (pensamiento) y lo somático (extensión). Con estos gestos ampara los derechos de la Cosa, haciéndola inaccesible, proponiendo al objeto a, su envoltura, como límite infranqueable a soda avanzada del verbo cogitante sobre lo real de la extensión. Al hacer imposible y además prohibido el acceso a la cosa, el psicoanálisis introduce en la consideración científica al Nombre del Padre. Hace, además surgir al sujeto dividido por este objeto, que cae entre uno y otro de los representantes que le provee.
El psicoanálisis recibe con buen talante el error de cálculo que el representante del sujeto y el desprendimiento de goce imponen a todo lo calculable. Al no rechazar el goce de su Discurso, el psicoanálisis se encuentra mejor colocado para que no se le pase por alto cuándo y dónde éste nos hace embrollar los pies. Así la consideración del goce en los engranajes del pensamiento permite, no evitar el error, pero sí localizarlo y actuar sobre él. Esta intervención sin par del psicoanálisis hace reposar, por ende, al edificio de la ciencia sobre lo contingente, precondición de lo imposible y de lo necesario.
Así, bien lejos nos hallamos de que todo esté escrito en el genoma.

Volvamos al principio. Un psicoanalista que no dé la espalda a las cuestiones que releva la ciencia podrá demostrar que la afirmación de Brenner no es científica. No lo es porque no crea sujeto alguno, ni siquiera como correlato antinómico de la máquina cogitante. Asimismo podrá afirmar que la medicación prescripta sin correlato transferencial y dialógico tampoco lo es. Y esto por las mismas razones que acabamos de desplegar. Esta afirmación de Brenner y el uso irracional del psicofármaco no son científicos, sino que dependen, no de la ciencia, sino de la ilusión totalizante (y muchas veces totalitaria) del discurso de la ciencia. Este discurso, que suele asumir la combinatoria del discurso del capitalista, discurso de dominación, que sí forcluye al sujeto. No le deja siquiera el lugar de correlato antinómico. Resistir la dominancia mundial de este Discurso es lícito, pero no por ello debemos dejar a la ciencia de lado, como si ella engendrase por sí misma ese discurso. Lo cual es frecuente, pero no es forzoso. Depende en gran medida del psicoanalista que se utilicen los avances de la ciencia sin resbalar por el tobogán de su discurso.

Entonces, la ciencia engendra al sujeto como su correlato antinómico, forcluye la cosa, cierra con candado la frontera entre saber y verdad, envía al cuerpo propio a las tinieblas de la extensión. Pero no forcluye al sujeto. Esta forclusión la lleva cabo no la ciencia, sino la ilusión totalizante del Discurso de la ciencia.11 Se entiende entonces que Lacan haya afirmado a lo largo de toda su obra que el psicoanálisis es hijo de Descartes y del Siglo de las Luces.
Si se aceptaran estas reflexiones podría concluirse que el análisis se encuentra en posición (si y sólo si no da la espalda a los interrogantes que saca a la luz la ciencia) de 1) Establecer una distinción valiosa entre lo que es científico y lo que se disfraza de tal bajo los oropeles del discurso de la ciencia. 2) En caso de establecer que algo es científico, el psicoanalítico puede, y entonces debe, como ningún otro discurso, operar allí la representación del sujeto en el pensamiento, estableciendo como límite de su incumbencia al objeto a, envoltorio de la Cosa que la ciencia arriesga forcluir. 3) Esta operatoria reabre las fronteras entre saber y verdad, introduciendo a la verdad en la emergencia misma del error de cálculo. Verdad del goce que no puede no engendrar el cifrado.

Si el psicoanalista continuara dando la espalda a un debate franco y abierto con la ciencia, correría el riesgo de contribuir a borrar de la faz de la tierra un discurso (el analítico) cuya eficacia de cura no conoce par. Porque, de no asistir a ese debate, se impondrá (como ya sucede en los Estados Unidos) la fascinación del discurso de la ciencia. Contribuyendo con su reticencia a esa progresiva desaparición propiciaría además (lo sepa o no, pero debiera saberlo) el florecimiento de las propuestas oscurantistas (que acompañan en paralelo el ascenso sideral del discurso de la ciencia), que restarían como único refugio del sujeto forcluido.
Para finalizar: ¿por qué traer a colación la frase freudiana “yo triunfo donde fracasa el paranoico”? Para el paranoico nada es casual, no existe el azar, la tyché (encuentro incalculable con la buena o la mala fortuna). Para él todo lo que ocurre ha sido calculado con certeza. El psicoanálisis triunfa sobre la paranoia pseudo científica (el ideal de la ciencia, decía Lacan, es la paranoia lograda, lo paranoide de la magia), la paranoide certeza religiosa de que las cosas son como son porque Dios así lo quiso y la cogitación de pretensión universal del Discurso de la ciencia. Freud triunfa porque se deja ser la dupe de lo real, porque acepta como límite la muerte y como fundamental de la contingencia. Este triunfo del analista le recuerda al astuto que no todo estaba escrito, que no todo resulta calculable.
Cualquier niño a quien su Otro no obstaculice demasiado podrá darnos un ejemplo de investigación en psicoanálisis. Como se verá, esta parte de la clínica y desde allí avanza hacia la formalización. No hay, en psicoanálisis, investigación sin práctica. ¿Tiene mi madre un falo? Claro, pues yo soy ese falo. ¿Tiene mi madre un falo? No, por supuesto, porque ni puedo ni me está permitido ocupar ese lugar. He aquí que se inicia toda investigación del pequeño científico que es el parlêtre. La entrada en la cogitación se lleva a cabo no sin haber errado el cálculo, creando el centro de todo concepto en psicoanálisis: el agarre (Begriff) bien formalizado de una fecunda paradoja. 


1. Ponencia presentada en el panel “Ciencia y psicoanálisis” de las VII Jornadas de carteles de la EFBA.
2. Esta afirmación de Brenner aparece en Genes and development: molecular and logical themes, citado por Evelyn Fox Keller en Le siècle du gène. Gallimard. París. 2003.
3. Freud pensaba, por el contrario que la verdad tiende espontáneamente a ser reprimida. Lacan, por su parte creía que, si no mediaba alguna estrategia para que la verdad se sostenga, ésta tendía a tomar el lugar de la escoria.
4. Jean Claude Milner, La obra clara, Manantial, Buenos Aires, 1996. Particularmente el capítulo “El doctrinal de la ciencia”.
5. El seminario. Libro 21. Les non dupes errent, sesión del 24 de abril de 1974.
6. Puede consultarse, de Silvia Amigo Clínica de los fracasos del fantasma, Homo Sapiens, Rosario, 1990. Capítulo 11, “La práctica del psicoanálisis en el fin de siglo”.
7. Este gesto forclusivo de envío del cuerpo a la extensión aparece comentado por Lacan el 10 de enero de 1960, durante su seminario El acto analítico, innédito.
8. La forclusión de la Cosa por la ciencia aparece comentada el 3 de febrero de 1960 en el seminario L’éthique de la psychanalyse, du Seuil, París. 2004.
9. Jacques Lacan, “La science et la vérité”, en Écrits, Du Seuil. París 1966.
10. Ver Viviana Dreidemie y Silvia Amigo, “La lógica del significante”, en Suplemento de las notas, N° 4, EFBA.
11. Esta diferenciación entre Ciencia y discurso de la ciencia es desarrollada por Héctor Yankelevich en su artículo inédito “La psychanalyse et les sciencies, aujourd’hui”.
 
 
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