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   Lacan y el cine

El escudo de la reciprocidad
  Por Daniel  Zimmerman  y María Bernarda Pérez
   
 
La alienación es el punto pivote gracias al cual puede y debe ser mantenido, para nosotros, el valor de la instauración freudiana, nos recuerda Lacan en la clase del 1º de febrero de 1967 del seminario sobre La lógica del fantasma; y retoma la elección alienante entre lo que es ofrecido en un “no pienso” a un “no soy”, Lacan anuncia en un tono que caracteriza como humorístico: cogito ergo Es, en oposición al cogito ergo sum a propósito de la cuestión del Otro barrado.
Lacan subraya su reserva por el término “intersubjetividad” y, entre los equívocos a los que da lugar en el orden psicológico, pone en primer plano el estatuto de la reciprocidad; un escudo (que a veces es confundido con armadura) que, en psicología, está hecho para establecer todos los desconocimientos relativos al desarrollo psíquico, en la medida que sostiene que la madurez del sujeto se instauraría en algún momento del desarrollo. Al concebir al sujeto como definido en tanto efecto del significante, los procesos –recuerda Lacan– hay que articularlos como circulares entre el sujeto y el Otro. Un proceso que, aunque circular, es disimétrico y, por su naturaleza, sin reciprocidad.

Aquellos que hayan leído o hayan visto en el cine Las tribulaciones del estudiante Törless –añade Lacan– tendrán una imagen descollante y gruesa a la vez de tal estatuto de la reciprocidad, en lo que a la buena ubicación respecta, en ese colegio de profesores que supervisan y que no quieren saber nada, que no se involucran en esa atroz historia. Antes de investigar en qué etapa, en cuál estadio, un individuo será capaz de considerar que el yo y el tú son recíprocos –advierte finalmente– los educadores harían mejor en preguntarse cuáles son las vías que posibilitan que un niño se sitúe como siendo, por su existencia misma, la víctima de los fantasmas de sus compañeritos.
Tras haberla mencionado en su seminario sobre El objeto del psicoanálisis, Lacan vuelve a hacer referencia a la novela de Robert Musil y a la adaptación cinematográfica realizada por Volker Schlondorff en 1966.
A propósito de la película, el director reconoció: “Si admitimos que el cine es un arte, el artista sin ética no existe. Creo que en mi cine los temas son siempre los mismos; abordo a personajes que tienen dificultades para vivir con los otros”. Si bien en El joven Törless solamente el protagonista parece atravesar ese camino “iniciático” que le permitiría llegar a la madurez, el infierno no son sólo los otros: él mismo en su pasividad también está implicado en lo que es objeto de su cuestionamiento.
Al dejar entrever que la adultez sólo se alcanzaría después de atravesar ciclos de confusión ética y sexual, ofrece a Lacan la oportunidad de retomar su crítica a esa psicología (que en otro momento llegó a calificar como “alpina”) que postula la reciprocidad.

Un imposible freudiano: Habíamos subrayado en nuestra entrega anterior (Imago Agenda nº 91) que El joven Törless ha sido considerada una parábola del nazismo. Al respecto, es interesante señalar que en la película nadie es inocente. Törless no hace nada para dar fin al tormento aplicado a su compañero; él mira, pero crece su conciencia contra ese deseo de mirar el castigo. La víctima, Basini, al provenir de una clase social diferente, no pertenece a ese lugar; por su parte, los ejecutores de tan peculiar justicia sostienen su accionar en el deseo de hacer el bien. Toda posición sádica, para poder ser calificada propiamente como tal, está acompañada de una identificación masoquista,
Törless intenta mantenerse afuera, inocente, racionalizando que el mundo no es bueno ni malo sino una combinación de ambas cosas –Lacan subraya el carácter de alternancia de ese bien y ese mal–. Pero este reconocimiento no lo libra de su implicación: “cuando se trataba de asumir una determinada responsabilidad y obrar de acuerdo a ella”, dice el relato, “Törless renunciaba; perdía el interés en el asunto y se desanimaba”. En su descargo ante los profesores afirma: “no puedo remediar que las cosas no sean como ustedes quisieran”. El profesor de religión replica, intentando dar sentido a su enigmática explicación. “¿Usted quiere decir que sentía un natural horror por la falta de su compañero y que el espectáculo del vicio en cierto modo lo hechizaba, así como la serpiente atrae a su víctima?” Recordando lo que llama su tremenda tempestad, Törless replica que es algo que no puede aprehenderse por medio de la razón o los conceptos.

El sujeto capta su existencia de ser vivo como sufriente; es decir, como sujeto del deseo. Y es en la experiencia intersubjetiva que ese deseo se hace reconocer. El sujeto humano se encuentra en relación con su mismo ser como desprendido; y queda en una posición tal con respecto al Otro que, tanto en lo que capta como en aquello de lo que goza, se trata de algo distinto de una relación de objeto. La definición misma de la alienación es la de estar en el lugar de objeto actuado por el Otro.
De lo que se trata es de situar lo que atañe a la dimensión del Otro en el rumbo de renovar el estatuto del sujeto como rector de la existencia y en relación al objeto que lo sostiene en su vacilación. El yo se distingue radicalmente del sujeto. Puede operar como sujeto; pero para ello debe exiliarse del goce.
La comisión docente resuelve castigar a Basini con la expulsión y prescribe a Törless (confundido por dar una importancia desmedida al factor subjetivo) continuar su educación fuera de la institución. La carta que envían a su hogar con esta recomendación llega simultáneamente con la del joven pidiendo a sus padres que lo saquen de aquel lugar porque no se siente cómodo. Esos profesores, que no quieren saber guiados por una lógica pedagógica fundada en un esquema de adaptación, estarían en una lógica diferente si alcanzaran a preguntarse por el objeto a.
 
 
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