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   La Interconsulta

Interconsulta en infancia
  ¿dónde está el sujeto?
   
  Por Esteban  Levin
   
 
Para comenzar cabría preguntarnos: ¿quiénes son los niños de la interconsulta?
Darío con sus 6 años deambula sin otro interés más que golpearse. Camina golpeando las cosas (paredes, ventanas, estufas, muebles, vidrios...) y su cuerpo, en especial el rostro: no se lo puede detener. No registra al otro, no habla, permanece inalterable, escéptico. Vive en un cuerpo sin dolor, indescifrable.
Al verlo por primera vez, me conmueve: me duele su falta de dolor.

A los 6 años María no puede sostenerse de pie. No camina ni habla, los temblores le repercuten en todo el cuerpo, tornándolo inestable. Al moverse se cae, babea, tiembla, gesticula en la tristeza. Su mirada vivaz alumbra y alienta el contacto con ella. Mirándonos en silencio, en la demora registro la vibración de mi cuerpo.
¿Sería posible conectarse con ella sin vibrar frente al desamparo?
Cristina tiene 12 años, no se mueve, está parada en el cuerpo, endurecida sin gestualidad, se balancea inclinando el peso del cuerpo en una y otra pierna. Da la imagen de una estatua pétrea, inexpugnable e inconmovible.
Frente a ella me inmovilizo, registro el profundo exceso de la letanía que dura sin pausa. Desde esa opacidad consistente busco una fisura, una variable, una intuición para encontrar lo diferente.

Martín a los 10 años no se comunica, gira objetos y realiza movimientos estereotipados. Cuando lo veo por primera vez está tirado en el piso, la mirada se dirige al suelo. Totalmente hipotónico, aplastado, se queda profundamente dormido. El rostro en el suelo, el cuerpo desvencijado, aplanado en el piso, tal vez su único sostén.
Procuro moverlo, hablarle, hacerle algo, pero no hay respuesta. Por unos instantes quedo perplejo, desolado, comparto con él la caída, la agonía de un dormir sin sueño...
¿Será eso lo imposible de representar? Y entonces... me angustio. ¿Qué hacer, cómo actuar?
A sus 6 años, Ariel se presenta mostrando estereotipos todo el tiempo, con una soga, con sus manos. El rostro asustado y triste delimita el exceso de sufrimiento que se enuncia porque habla escuetamente, tenuemente en tercera persona. No sonríe, continuamente (con la cabeza agachada) mueve la soga, la agita, tengo la sensación de que habla con ella.

Decido comenzar a dialogar con la soga. ¿Será éste un modo de armar una relación con él y la tristeza?
Alberto es un niño que tiene 4 años, muy temeroso, está atento a todo lo que pasa, tenso en la postura corporal está muy angustiado, repite palabras y frases que parecen no tener sentido ni hilación una con otra. No entra en el juego, se queda mirando objetos o se aisla en ellos.
Alberto reproduce cuentos de memoria, los narra con todos los detalles, sin emocionarse ni conmoverse. Siento que no puede entrar en el cuento, lo bordea sin salida, pero ¿cómo entrar y salir del cuento para que un acontecimiento se inscriba?
Necesito encontrar la respuesta en la misma escena del cuento que no cuenta, salvo el hastío de lo mismo siempre. ¿Podré entrar en la irrepresentable escena para contar otro cuento?

Carla, es una niña de 11 años, se autoagrede, golpea puertas, tira del pelo, pellizca, no habla. A veces grita, no se comunica con sus compañeros, no esgrime ninguna demanda. El sonido inmóvil del dolor se presentifica drásticamente en sus gritos anónimos.
¿Cómo abrir un eco distinto si Carla no demanda? ¿Podré encontrarme con ella respondiendo a su grito?
Juan a los 10 años dice algunas palabras y pellizca. El pellizco de él es siempre idéntico a lo que es, pellizca encerrándose. La dureza del pellizcar extenúa la perpetuidad sin cambio. Es un pellizco irreversible que no miente, certero destruye.
Cuando lo conozco no deja de pellizcarme, pellizca descontrolado... En el límite retiro su mano-garra de mi brazo y vuelve a agarrarme. En ese vértigo desgarrante mi cuerpo queda marcado: lleva la huella de una marca sin piel, sin sombra, indivisible se pierde despojada de imagen.
La escena del pellizco se reproduce inmóvil, persistente; coagulándose insiste en la solidez de la garra, en la desazón y de-sesperación sensible. En la parodia del equilibrio estallado, turbulento, Juan existe.

A los niños de la inter-consulta generalmente se los clasifica, tipifica, selecciona e institucionaliza en prácticas terapéuticas, clínicas y educativas especiales de acuerdo con pautas, pronósticos, diagnósticos que estigmatizan la estructuración subjetiva y el desarrollo.
Pretendemos de este modo encarar la inter-consulta, incluyéndonos en el otro espejo, apartándonos de lo que supuestamente estos niños no pueden hacer, ni crear, ni decir, ni representar, ni simbolizar, ni jugar, para ubicarnos fervientemente a partir de lo que sí pueden construir, pensar, imaginar, hacer, decir y realizar aunque parezca extraño, desmedido, intraducible, caótico o imposible. Desde allí pensamos la inter-consulta como un lugar a crear e inventar en el marco interdisciplinario de la infancia.
La inter-disciplina sólo existe cuando el saber de cada disciplina, sea clínica, terapéutica, pedagógica o educativa, no alcanza para comprender la problemática del niño y su familia. Es ese no saber, el desconocimiento, el que produce e invoca la inter-consulta con el objetivo de construir y habitar un nuevo saber no sabido por nadie, por ningún profesional, ni ninguna disciplina.

El desarrollo psicomotor de un niño (con o sin problemas en el desarrollo) siempre es disarmónico y nunca autónomo. Lo que nos lleva a considerar que la interdisciplina no es un método, un enfoque o una técnica generalizable. Ella es efecto de la falta de respuesta, de las fallas, del fracaso de cada disciplina. Por ello es tan difícil crearla, producirla y realizarla, pues va en contra de todo saber instituido hegemónicamente y del propio narcisismo.
Afirmamos que la inter-consulta dentro de un marco interdisciplinario es un saber inventado, que no pertenece a ninguna disciplina, por el contrario, denuncia las fallas, la incompletud del saber y es justamente allí donde los que se preocupan por el niño pueden angustiarse (porque no saben), debatir, intercambiar, reflexionar, re-crear y des-cubrir inventando nuevas tácticas y estrategias inter-disciplinarias para la singularidad de cada niño y su entorno familiar.
Planteamos la interdisciplina como un acontecimiento que no se puede anticipar sino que en tanto tal delimitará, por un lado, la diferencia en lo idéntico de cada disciplina y, por otro, sólo podrá leerse por los efectos discursivos y simbólicos de dicho acto en el cual el niño podrá reflejarse en la alternancia de la imagen estructurante.

Como invención, la interdisciplina no es nunca lo que ya se sabe, pero tampoco lo que no es sabido. En esa paradoja se rompe la supuesta certera correspondencia entre el niño y la patología, el docente especial con lo especial del niño, los terapeutas especialistas con lo especializado del niño para recuperar lo infantil de cada infancia.
La inter-consulta implica la mirada interdisciplinaria como espacio de apertura y creación de un saber no sabido ni consolidado antes de dicho acto. En la infancia los niños nos abren las puertas para pensar el universo infantil más allá del malestar en las aristas litorales y acertijos cuyos laberintos secretos no dejan de conmovernos, introducirnos en ellos es el digno desafío al cual no podemos renunciar.
Retomemos el primer interrogante: ¿Quiénes son los niños de la interconsulta? Son aquellos que no pueden construir lo infantil de la infancia. Por lo tanto: ¿Seremos capaces de dejarnos desbordar por ellos y en la inter-consulta inventar un nuevo saber que rescate al sujeto?
 
 
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