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   Colaboración

El objeto a en los lazos sociales (4º parte)
  2) El judío como objeto a, o los impases del ante-antisemitismo (cont.)
   
  Por Slavoj Žižek
   
 
Y esto nos permite arrojar una nueva luz sobre la noción milneriana de “Judíos” como el obstáculo para la Europa unificada: ¿qué pasaría si la persistencia de la lógica antisemita, lejos de ser el anverso necesario de la Europa no-toda, fuera por el contrario una indicación de la tendencia a concebir a Europa como un Todo limitado con la necesidad de una excepción constitutiva? El objetivo debiera ser –de ese modo– luchar por una Europa no-toda como una verdadera nueva forma política que emerge lentamente entre los impasses de la “unificación” –esta Europa no-toda no necesitará más al “Judío” como su obstáculo-límite, como su excepción constitutiva. ¿Qué pasaría si una tal Europa fuera una Europa de excepciones, una Europa en la cual cada unidad fuera una excepción? En pocas palabras, ¿y si ésta fuese la “solución al problema judío” –que todos nos volvamos “Judíos”, objetos a, excepciones–? Es decir, ¿no sucede acaso que en el imperio global “posmoderno” lo que todavía era la “excepción judía” se está convirtiendo cada vez más en la regla estándar? Un grupo étnico particular que participa completamente en la economía global mientras que simultáneamente mantiene su identidad al nivel del cuádruplo de Milner, es decir, a través de sus mitos culturales fundacionales y rituales que se transfieren de generación en generación. Mil-ner pierde este punto clave en cuanto a que falla en captar el funcionamiento real del imperio global emergente del no-todo: en él, todas las identidades particulares no son simplemente “licuadas”, fluidificadas, sino mantenidas –el Imperio prospera en la multiplicidad de identidades particulares (étnicas, religiosas, sexuales, de estilo de vida...) que forman el anverso estructural del campo unificado del Capital–.

En eso reside la más profunda ironía que se le escapa a Milner: él falla en advertir la ambigüedad radical de su tesis sobre la excepción judía como resistente a la universalidad moderna. Cuando Milner sitúa al Judío como insistiendo en el cuádruplo de la tradición familiar, contra la disolución de esta tradición en el no-todo de la modernidad, repite así el cliché antisemita estándar según el cual, los mismos judíos están siempre en las primeras filas de la lucha por la mezcla universal, multi-cultural, confusión racial, liquidación de todas las identidades, nómades, plurales, subjetividad cambiante –con la excepción de su propia identidad étnica–. La apasionada apelación de los intelectuales judíos a las ideologías universalistas está sujeta al entendimiento implícito de que el particularismo judío quedará exento, como si la identidad judía no pudiera sobrevivir si los judíos viven codo a codo con otra gente que también insiste en su identidad étnica, es decir, como si en cierto desplazamiento aparente, los contornos de su identidad sólo se aclararan cuando la identidad de los otros se ve borrosa. De este modo, la alianza entre Estados Unidos y el Estado de Israel es la cohabitación extraña de dos principios opuestos: si Israel en tanto estado étnico por excelencia representa el Cuádruplo (tradición), Estados Unidos –mucho más que Europa– representa la sociedad del no-Todo, la disolución de todos los lazos tradicionales fijos. De ese modo, el Estado de Israel efectivamente funciona como el pequeño a del Gran A de Estados Unidos, el carozo éx-timo de la tradición que sirve como el punto mítico de referencia del agitado no-Todo de Estados Unidos.

Tan radical como pueda parecer, la idea de Milner encaja perfectamente en uno de los dos clichés que invade el espacio público europeo en lo tocante al conflicto israelí-palestino. En un extremo, los musulmanes continúan funcionando como el Otro constitutivo de Europa: la oposición principal de la lucha ideológico-política actual es entre la Europa tolerante, multicultural y liberal, y el Islam militante fundamentalista. Cualquier organización política o inclusive cultural musulmana es inmediatamente desechada como si fuera una amenaza fundamentalista a nuestros valores centenarios. Un ejemplo es Oriana Fallacci con su tesis acerca de que Europa ya ha capitulado espiritualmente: ya se trata a sí misma como una provincia del Islam, temerosa de afirmar su identidad política y cultural1. Desde esta perspectiva, la distinción entre antisemitismo y antisionismo es una farsa: cada crítica de la política israelita es una máscara (y una nueva forma de apariencia) de antisemitismo. La defensa europea de la paz en Medio Oriente y su solidaridad con Palestina es percibida como la continuación del viejo antisemitismo con otros significados... En el otro extremo, están aquellos para los cuales la ocupación de la Franja Occidental es simplemente el último caso de colonialismo europeo, y la evocación del holocausto es políticamente instrumentalizada por completo para legitimar su expansión colonial, y los mismos estándares ético-políticos deberían aplicarse a todos, incluidos los israelitas. Desde este punto de vista, el hecho de que los musulmanes árabes continúen funcionando como el Otro constitutivo de Europa es precisamente lo que uno tiene que someter a un análisis crítico que debería “deconstruir” la imagen de la amenaza islámica fundamentalista... El verdadero rasgo enigmático es cómo (nuevamente, en una suerte de brecha aparente) esos dos puntos completamente opuestos pueden coexistir en nuestro espacio público: es posible reclamar, al mismo tiempo, que el antisemitismo es nuevamente dominante en su versión “posmoderna”, Y que los musulmanes continúan funcionando como la figura del Otro cultural-racial. ¿Dónde está la verdad en esta oposición? Definitivamente, en ningún tipo de territorio central que evada los dos extremos. Deberíamos mejor afirmar la verdad de ambos extremos, concibiendo cada uno de los dos como el síntoma de su opuesto. La idea de que los judíos se transformen en un Estado-Nación ¿no implica el fin del judaísmo? ¡Con razón los nazis apoyaban este plan! Los judíos representaron el “Cuádruplo” precisamente para mantener su identidad sin un Estado-Nación. La única posición consistente (teórica y éticamente) es no rechazar tales alternativas y reconocer ambos peligros: “¿La crítica del antisemitismo o la crítica de la política sionista? ¡Sí, por favor!” –lejos de ser opuestos exclusivos, los dos están conectados por un lazo secreto. Efectivamente hay antisemitismo en mucha de la izquierda contemporánea, es decir, en ecuaciones directas de lo que el Estado de Israel está haciendo en los territorios ocupados, con el holocausto nazi, con el razonamiento implícito: “Los judíos ahora le están haciendo a otros lo que les fue hecho a ellos, de modo tal que ellos no tendrán más el derecho de quejarse por el holocausto”. Y efectivamente está la paradoja de que los mismos judíos que predican el “crisol” universal, son los que más insisten en su identidad étnica. Así como existe la triste tendencia entre algunos sionistas de transformar shoah en holocausto, la ofrenda sacrificial que garantiza el especial status judío. Un ejemplo de esto es Elie Wiesel, quien ve al holocausto como equivalente a la revelación en el Monte Sinai en su significación religiosa: los intentos por “des-santificar” o “desmitificar” el Holocausto son una forma encubierta de antisemitismo. En este tipo de discurso, el holocausto es efectivamente elevado a un agalma único, tesoro escondido, objeto a de los judíos –ellos están dispuestos a dejarlo todo excepto el holocausto... Recientemente, luego de haber sido atacado por un judío lacaniano que me acusaba de ser un antisemita disimulado, le pregunté a un amigo en común acerca del por qué de esa reacción extrema. Él respondió: “Deberías entender al tipo, él no quiere que los judíos sean privados del holocausto, es el foco de sus vidas”.

No es de extrañar que Miller sea aquí solidario con Milner: recientemente, hasta fueron co-autores de un librito que se opone al procedimiento predominante de evaluación. Lo que marca este libro es su completa y final integración en el espacio de la democracia liberal parlamentaria –Miller recientemente escribió que es un deber del psicoanalista participar en los debates de la ciudad, especialmente si conciernen nuestro campo de salud mental: los psicoanalistas deben aspirar a ser reconocidos como parte hablante en el diálogo y las decisiones a ser tomadas por los políticos y administradores que vayan a determinar el futuro de la práctica analítica–. “La operación Evaluación hace que uno tenga que pasar de su estado singular del ser a un estado de uno-entre-otros [...] acepta ser comparado, acepta volverse comparable, accede a un estado estadístico [...] pero en psicoanálisis estamos sujetos a lo singular, no comparamos [...] recibimos a cada sujeto como si fuera la primera vez, como incomparable.”2 Aquello con lo que los psicoanalistas tratan es el sujeto, y cada uno es único: el sujeto no puede reducirse a un diagnóstico común o a una lista de síntomas o problemas. La necesidad de un acercamiento empírico y un rendimiento de cuentas apunta a desacreditar las terapias periféricas o aquellas que prometen curación instantánea, pero ¿no es precisamente lo que están requiriendo las empresas aseguradoras, demandando ver resultados luego de ocho sesiones? Los psicoanalistas necesitan estar allí y rendir cuentas de lo que hacen por aliviar el descontento contemporáneo y sufrimientos y modos de goce; necesitan ser rápidos y eficientes, pero sin renunciar a sus principios –el desafío es ir desde el lenguaje privado, lo que es dicho en la privacidad de una oficina y entre pares profesionales, a un lenguaje y debate público–.3 En una de sus “participaciones en debates de la ciudad”, Miller elaboró además este punto: “Es muy difícil [...] encontrar la justa medida de cómo advertir al público contra problemas, pero mayormente, en su mayoría, no crear pánico [...] Los analistas, los psicoanalistas de hoy, deben ser capaces de llevar a la Nación, a sus representantes [...], cierta cantidad de saber que ellos poseen, y pueden ciertamente ocuparse de esas olas de pánico que explotan periódicamente.”4 El trasfondo teórico de esta línea de pensamiento es aclarado en la carta pública de Miller a M. Accoyer, el diputado francés responsable por la nueva regulación legal del status del psicoanálisis:

“Es un hecho que la demanda por las prácticas de escucha de los psi no han dejado de emerger desde los últimos diez años; las consultas por niños se han multiplicado; se espera ahora que el psi pueda ponerse en el lugar de los antepasados para asegurar la transmisión de valores y la continuidad entre generaciones. La escucha del psi, calificado o no, constituye el almohadón compasivo necesario para la ‘sociedad de riesgo’: la verdad, obligatoriamente entregada a sistemas abstractos y anónimos, da origen –dialécticamente– a la necesidad de atención personalizada: ‘Yo tengo mi psi’, ‘Yo tengo mi coach’ [...] Todo indica que la salud mental es una apuesta política para el futuro. La destradicionalización, la pérdida de figuras, el desorden de identificaciones, la deshumanización del deseo, la violencia en la comunidad, los suicidios entre los jóvenes, los pasajes al acto de los enfermos mentales insuficientemente monitoreados debido al estado de escasez que la psiquiatría tiene que soportar: la ‘Bomba Humana’ en Neuilly, las matanzas en Nanterre, los ataques contra el Presidente y el Mayor de París. Todo esto es, desafortunadamente, sólo el comienzo (cf. USA) [...] Pero es también un nudo estratégico. El Psicoanálisis es mucho más que psicoanálisis: es constitutivo –o reconstitutivo– de vínculo social, que está atravesando un periodo de reestructuración probablemente sin precedentes desde la revolución industrial.”5

La miseria intelectual de estas reflexiones no puede sino golpear el ojo: primero, las perogrulladas estándar, sociológicas-pop, sobre la deshumanizada “sociedad de riesgo” con sus sistemas anónimos, abstractos y no transparentes regulando a los individuos, luego el rol pseudo-personalizado del psiquiatra como brindando el “amohadón compasivo”, es decir, como (re)constituyendo el lazo social –o, mejor–, el semblante de tal lazo, dado que, como se desprende claramente de la propia descripción de Miller, las vidas de los individuos continúan siendo manejadas por sistemas opacos y anónimos, nada puede hacerse aquí, es el destino de nuestra modernidad tardía (¿suena familiar?). En la obra de Brecht La medida, el joven camarada humanista queda shockeado ante el sufrimiento de los trabajadores que fueron contratados para sacar los botes del río, porque sus pies descalzos se lastimaban en las piedras filosas; entonces el joven toma algunas piedras lisas, corre a la par de los trabajadores y pone las piedras en la huella de sus pies para prevenir que los pies se les lastimen, mientras los mercaderes ricos que observaban y habían empleado a los trabajadores, aplaudían y comentaban con aprobación: “¡Bien! ¿Ha visto? ¡Esto es verdadera compasión! ¡Así es como se debe ayudar a los trabajadores sufrientes!”

¿Está Miller proponiendo un rol similar para los psicoanalistas? ¿El poner almohadones debajo de sus pacientes para prevenir su sufrimiento?
Por supuesto, preguntarse si –tal vez– algo puede hacerse para cambiar el imperio indiscutido de los sistemas anónimos y opacos, es una pregunta que no está ni siquiera prohibida, pero simplemente ausente, “fuera de cuestión”... En la propia descripción de Miller, los psicoanalistas sacan ganancia del “desorden de identificaciones” actual: cuanto más seria es esta crisis, ¡más negocios hay para ellos!” ESTO, y ninguna dimensión socio-crítica, es el verdadero contento detrás de la protesta masiva de los psicoanalistas en Francia. Su demanda al Estado es: “¿Por qué no me dejas sacar ganancia de esta crisis?” Entonces, de la noción de Lacan del análisis como subversivo de identificaciones, estamos obteniendo analistas que funcionan como una especie de service de reparación mental, proveyendo identificaciones artificiales... un modelo de cómo no proceder, un caso ejemplificador de concesión por adelantado del terreno al enemigo contra el cual se lucha. Los analistas deben participar en los debates de la ciudad, ¿por qué, exactamente? ¿Para convertirse en una “parte hablante reconocida en el diálogo y las decisiones a ser tomadas por políticos y administradores”? Los analistas deben rendir cuentas de lo que hacen por “aliviar el descontento contemporáneo y el sufrimiento y modos de goce”, ¿de verdad? ¿Y las coordenadas teóricas dentro de las cuales uno formula su posición? La más aburrida y vieja insistencia hermenéutica en la singularidad del individuo que no debe ser transformado en una unidad estadística, reducido a uno-en-la-serie-con-otros... ¿Dónde están los días en los cuales era claro para todo crítico intelectual que esta insistencia en la singularidad del sujeto era meramente el anverso de la “cuantificación”, siendo ambas caras de una misma moneda (ideológica)? Uno no debe aceptar simplemente el objetivo de colaboración con los políticos y administradores para aliviar el descontento contemporáneo y el sufrimiento; mejor sería preguntar cómo tales descontentos subjetivos se generan por el mismo orden social cuyo suave funcionamiento ellos perturban, es decir, cómo el descontento subjetivo en la civilización es un descontento que es co-sustancial con la civilización misma. Hay una cruel ironía en el hecho de que la orientación lacaniana perdió su borde crítico socio-político en el mismo momento en que sus representantes decidieron intervenir en los debates políticos públicos. ¡Mucho más subversivo era el viejo “elitismo” arrogante de Lacan! Hay situaciones en las cuales el deber de los analistas es no participar en debates, en tanto dicha participación, aún si pretende ser crítica, significa la aceptación de las coordenadas básicas del modo en que la ideología dominante formula el problema.

Traducción del inglés por Mariana Gomila

1. Mientras que el público francés está consternado por haberse enterado de que el 9% de los franceses muestra actitudes antisemitas, ninguno está particularmente shockeado por el hecho de que el doble de franceses muestran actitudes anti-musulmanas.
2. Jacques-Alain Miller, Jean-Claude Milner, Voulez-vous etre évalué?, París, Grasset, 2004, p. 9.
3. Me fío aquí del reportaje de María Cristina Aguirre, disponible en www.amp-nls.org/lacaniancompass1.pdf
4. La transcripción de la emisión radiofónica de J.P. Elkabbach con J.A. Miller, y M. Accoyer, que participan por teléfono, en Europa, núm. 1, 31-10-2003, está disponible en lacan.com. Para más detalles sobre esta intervención, ver Apéndice I en Slavoj Zizek, Iraq: the Borrowed Kettle, Londres, Verso Books, 2004.
5. Jacques-Alain Miller, Letter to Bernard Accoyer and to Enlightened Opinion, París, Atelier de psychanalyse appliqué, 2003, p. 23.
 
 
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