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   Las nuevas modalidades del goce

La cultura de la imagen:
  ¿del homo sapiens al homo videns?
   
  Por Enrique Guinsberg
   
 
Vivimos en el un mundo de imágenes, que incluso muchas veces saturan, reemplazan conceptos y quieren hacer creer que ofrecen la realidad mejor que los análisis sobre ésta (que, por supuesto, también pueden ser tan confusos y equívocos como las imágenes).
Ante tal peso por la hegemonía televisiva, ¿será cierto lo que no hace mucho planteó Giovanni Sartori en un libro (Homo videns. La sociedad teledirigida, Taurus, Madrid, 1998) ya convertido en un clásico? En realidad su tesis no es nueva, pero su éxito mundial responde a la fuerza, claridad y contundencia con que la expone. Y porque el autor, conocido politólogo, se convierte así en otro portavoz de la ya gran cantidad de hombres de cultura preocupados por el auge de los medios audiovisuales y sus consecuencias, no sólo sobre todas las actividades humanas, sino también sobre las características del hombre mismo. Es entonces importante hacer referencia a un libro central para las relaciones entre subjetividad y cultura, que se acerca a una problemática que el mundo psi –al menos su mayoría domesticada y bizantina que no pasa del análisis de la influencia de los niveles microsociales (familia, etc.)– se empecina en no ver y menos estudiar.
Desde la página inicial Sartori expone su idea central: “La tesis de fondo es que el vídeo está transformando al homo sapiens, producto de la cultura escrita, en un homo videns para el cual la palabra está destrozada por la imagen. Todo acaba siendo visualizado. Pero ¿qué sucede con lo no visualizable (que es la mayor parte)? [...] El acto de telever está cambiando la naturaleza del hombre. Esto es el porro unum, lo esencial, que hasta hoy día ha pasado inadvertido a nuestra atención. Y, sin embargo, es bastante evidente que el mundo en el que vivimos se apoya sobre los frágiles hombros del ‘video-niño’: un novísimo ejemplar de ser humano educado en el tele-ver –delante de un televisor– incluso antes de saber leer y escribir” (p. 11-12).

Y páginas más adelante concluye categóricamente: “Si esto es verdad, podemos deducir que la televisión está produciendo una permutación, una metamorfosis, que revierte en la naturaleza misma del homo sapiens. La televisión no es sólo instrumento de comunicación; es también, a la vez, paideía, un instrumento ‘antropogenético’, un medium que genera un nuevo ánthropos, un nuevo tipo de ser humano” (p. 36).
Postura tan importante como contundente, que va bastante más allá de las múltiples y conocidas críticas que hace décadas se le hace a la televisión como alienante, productora de una “realidad” que dice poco de la realidad (sin comillas), e infinidad de otras cuestiones. Porque aquí se le atribuye un cambio sustantivo en la propia naturaleza humana, haciendo decaer notoriamente el aspecto intelectual y cognoscitivo de los sujetos por reemplazarlo por imágenes que no lo anulan pero sí lo reducen notoriamente. Es cierto, las imágenes pueden decir e ilustrar mucho acerca de muchas cosas ¿pero alcanzan a darle su significación para comprenderlas realmente? Es evidente que algunas imágenes hablan más que mil palabras, como lo fueron, por ejemplo, las de las torturas de soldados norteamericanos sobre prisioneros iraquíes o los cadáveres de las Torres Gemelas, razón por la que ambas fueron censuradas ¿pero qué dicen sin el marco contextual que las explica?
Quienes trabajamos en universidades y observamos cotidianamente la notoria baja de lectura de diarios y libros en estudiantes, que reemplazan su información por lo que ofrece la televisión (o incluso Internet), vemos nítidamente no sólo una baja en el nivel de conocimiento acerca de la realidad local y mundial, sino la presencia de contenidos ideológicos cercanos al poder, y también una marcada simplificación producto de los flashes a que la cultura de la imagen reduce lo que presenta y del maniqueísmo con que lo hace. El hecho de que nunca un valioso texto literario pudo convertirse exitosamente en una buena película –salvo algunos de pura acción y limitados valores conceptuales– es un interesante ejemplo de esto.

Pero esta cultura televisiva de la imagen no se limita a ella sino que, por su peso y la preferencia del público, se extiende cada vez más a publicaciones (diarios y revistas) que juegan con mayor cantidad de fotografías, colores muchas veces innecesarios, y consiguiente reducción de texto de manera de que se vea más y se lea menos. Es innecesario destacar el empobrecimiento conceptual que esto produce, sobre todo en la capacidad de abstracción, sobre todo cuando el contenido dominante de las imágenes presentadas es en general superficial.
Otra conclusión del autor citado también es preocupante al describir al que denomina video-niño, “el niño que ha crecido ante un televisor”: “¿Este niño se convierte algún día en adulto? Naturalmente que sí, a la fuerza. Pero se trata siempre de un adulto sordo de por vida a los estímulos de la lectura y del saber transmitidos por la cultura escrita. Los estímulos ante los cuales responde cuando es adulto son casi exclusivamente audiovisuales. Por lo tanto, el video-niño no crece mucho más. A los treinta años es un adulto empobrecido, educado por el mensaje: ‘la cultura, qué rollazo’”.
Todo lo indicado, de manera alguna, significa negar ni el valor de la imagen ni su uso, sino se trata de una visión crítica de la utilización no armoniosa junto con otras formas que permitan y desarrollen la capacidad de pensar. Es cierto que el fomento a la cultura de la imagen proviene del desarrollo de tecnologías que la promueven (cine, televisión, etc.) y que por conocidos motivos la hacen atractiva, mas hay poderosas razones para pensar que el sentido actual de su utilización no es casual, y se busca justamente para no favorecer un proceso intelectivo cada vez mayor, lo que podría ser peligroso para el poder. El cine absolutamente mayoritario es un buen ejemplo al preferir películas de baja calidad y con contenidos cercanos a la idiotez, en vez de las que fomenten un mayor nivel artístico, ayuden a pensar, etc.

Podrá decirse que esto es consecuencia de los afanes comerciales de quienes la producen, que se da a la gente lo que ella quiere, que hacen lo que Freud llama calmantes en El malestar en la cultura... es real, pero también se conocen unas consecuencias que no se tienen en cuenta ni interesan, por lo que se convalida lo que hizo definir a Hollywood como “la fábrica de sueños”.
Cultura de la imagen que hoy impregna todo, llegando al mundo de la política a través de una mercadotecnia que anula la búsqueda del pensar para elegir, y reemplazarla por frases contundentes, contextuadas con la fotografía del candidato, el logotipo del partido o cosas similares. Hablamos genéricamente entonces de la reducción de los procesos intelectuales y su cambio por las simplificaciones e impactos emocionales.
La conclusión es tan categórica como todas las afirmaciones: “Continúa siendo verdad que hacia finales del siglo XX, el homo sapiens ha entrado en crisis, una crisis de pérdida de conocimiento y de capacidad de saber” (p. 61).
En la segunda parte Sartori destaca mediante La opinión teledirigida, como “la televisión invade toda nuestra vida, se afirma incluso como demiurgo” (p. 65), y que la video-política “hace referencia sólo a uno de los múltiples aspectos del poder del vídeo” (p. 66), tanto en las democracias como en las dictaduras. El panorama que presenta obviamente no es optimista, ya que, si una condición básica para la constitución de una opinión pública es la de estar informado, esto no puede ocurrir “con la televisión en la medida en que el acto de ver suplantó al acto de discurrir [...] Con la televisión, la autoridad es la visión en sí misma, es la autoridad de la imagen. No importa que la imagen pueda engañar, aún más que las palabras, como veremos más adelante. Lo esencial es que el ojo cree en lo que ve; y, por tanto, la autoridad cognitiva en la que más se cree es lo que se ve. Lo que se ve parece ‘real’” (p.72).

Algunas de las conclusiones de las páginas finales del libro vuelven a mostrar la opinión de Sartori acerca de la incidencia televisiva sobre la subjetividad del hombre de nuestro tiempo: “De modo que la visión de conjunto es ésta: mientras la realidad se complica y las complejidades aumentan vertiginosamente, las mentes se simplifican y nosotros estamos cuidando a un video-niño que no crece, un adulto que se configura para toda la vida como un niño recurrente” (p. 128); “Lo que nos espera es una soledad electrónica: el televisor que reduce al mínimo las interacciones domésticas, y luego Internet que las transfiere y transforma en interacciones entre personas lejanas, por medio de la máquina” (p. 129).
Y una afirmación ¿pesimista o real?: “En este trabajo, he insistido en la noción de animal simbólico porque no postulo que el hombre sea un animal racional. Su racionalidad presupone un lenguaje lógico (no sólo un lenguaje emotivo) y un pensamiento abstracto que se desarrolla deductivamente, de premisa a consecuencia. Por consecuencia nuestra racionalidad es una potencialidad y, asimismo, un tener que ser, difícil de lograr y fácil de perder; es sólo una parte de nuestro ser. Pero es la condición sine qua non, la condición imprescindible, la condición necesaria. Y, sin embargo, el animal racional está siendo atacado profundamente, más de cuanto lo ha estado nunca” (p. 132).
Para quienes hemos trabajado, y lo seguimos haciendo, sobre las aportaciones de los medios –en particular los electrónicos– sobre la subjetividad1, los planteos de Sartori no pueden menos que ser vistos como valiosos y provocadores más allá de la discusión que pueda hacerse sobre los mismos. Si bien sus señalamientos muchas veces pecan de no tener matices y rozar lo apocalíptico, tienen el enorme valor de haber logrado que se lean como antes no había ocurrido, provocando una importante discusión sobre una problemática candente, que es de esperar continúe y se profundice sobre todo por parte del mundo psi que cada vez comprende más la importancia de los medios sobre la subjetividad.
Para terminar, ¿el ser humano realmente es sapiens (o sólo lo es en potencia)? Y como dicen los noticieros televisivos, vamos a ver las imágenes...

El autor es docente e invetigador de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México.
 
 
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