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   Jean-Paul Sarte: 100 años de su nacimiento

La diferencia*
  Por José Eduardo Abadi
   
 
“El asombro –nos dice Heidegger– sostiene y domina por completo la filosofía”. A este asombro como origen filosófico, le sucedió “la duda como método” y, a ésta, la “certeza” como consumación y objetivo de la metafísica. La certeza como método y circularidad científica: lo real es lo comprobable científicamente, y sólo es comprobable lo que encaje, y corrobore, el método científico de comprobar, su inexorable poder de asimilación. Su asimilación por reducción.
Heidegger parece proponer o constatar otra pasión –otro pathos–, otro padecer. Un padecer capaz de abrirnos comprensivamente a la realidad como acontecimiento y no como esquema racional, como torrente y no como represa. Un pathos capaz de abrirnos a la abismaticidad de la realidad, una abismaticidad que se anuncia en nosotros como angustia. Como “el temple de ánimo fundamental”.

Cuando en Ser y tiempo su autor nos habla del paso de la “existencia inauténtica” a la “existencia auténtica”, nos habla de la angustia, nos estamos encontrando una vez más, como en el “salto”, con Kierkegaard. Es Heidegger mismo quien confirma su diferencia y dependencia del filósofo danés: “es Kierkegaard quien ha analizado con mayor penetración el fenómeno de la angustia”, pero añadiendo, añadiendo para distanciarse, que éste se ciñe exclusivamente a la dimensión psicológica del fenómeno que para él, para Heidegger, es del orden de lo ontológico, del develamiento de lo esencial, del acontecimiento del Ser.
“Nada de lo que es ‘a mano’ y ‘ante los ojos’ dentro del mundo funciona como aquello ante lo que se angustia la angustia”. Heidegger distingue, como ya lo había hecho Kierkegaard, entre angustia y miedo. Nosotros agregaríamos, entre un sentir ontológico –el de la angustia– y un sentimiento óntico: el miedo. El miedo es siempre temor de algo, de lo ente, de lo que ponemos o imaginamos “ante los ojos”. “El temor –dice Heidegger– es angustia caída en el mundo”. Es la huída de la angustia, la que huye de la nada representándola, enfeudándola en un algo, un algo a lo que temer. Proyectándola y combatiéndola. Acallando, en el fragor de ese combate, su llamado hacia la nada.
Si el temor es huida, la angustia es sendero: huella de la nada, grieta en el asfalto del camino inauténtico. Es el llamado que nos saca de esos algos con los que nos identificamos, el llamado que nos invita a ir más allá de “la cárcel de los entes”. Nos invita a verlos en su totalidad, a verlos como nada o, como tan gráficamente se dice en inglés, como no-thing, como no-cosa. La angustia nos revela que el ente, su totalidad, no es: es mera contingencia. Lo hace derrubiando los cimientos de su imaginaria solidez, la que nuestra razón les da.

En la angustia, como en el opus nigrum de la alquimia, la solidez se diluye, la fluidez nos arrastra hacia una nueva solidez, una nueva revelación, la que nos hace Heidegger: “El puro Ser y la pura Nada son lo mismo”.
Recortemos ahora un pasaje de La náusea donde Sartre nos dejó una irrefutable descripción de ese momento en que la nada se revela sumergiéndonos en ella. El momento en que los entes la develan revelando su radical alteridad, la de no subordinarse a la condición de objeto:

Si me hubieran preguntado qué era la existencia, habría respondido de buena fe que no era nada, exactamente una forma vacía que se agregaba a las cosas desde afuera, sin modificar su naturaleza...
Éramos un montón de existencias sin la menor razón de estar allí, ni unos ni otros... De más: fue la única relación que pude establecer entre los árboles, las verjas, los guijarros... También yo estaba de más.
Soñaba vagamente en suprimirme, para destruir por lo menos una de esas existencias superfluas. Pero mi misma muerte habría estado de más... yo estaba de más para toda la eternidad.
La palabra Absurdo nace ahora de mi pluma... Y sin formular nada claramente, comprendía que había encontrado la clave de la existencia, la clave de mis náuseas, de mi propia vida. En realidad, todo lo que pude comprender después se reduce a este absurdo fundamental...
Lo esencial es la contingencia. Quiero decir que, por definición, la existencia no es la necesidad. Existir es estar ahí, simplemente; los existentes aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible deducirlos...Pero ningún ser necesario puede explicar la existencia; la contingencia no es una máscara, una apariencia que puede disiparse; es lo absoluto, en consecuencia la gratuidad perfecta. Todo es gratuito: este jardín, esta ciudad, yo mismo. Cuando uno llega a comprenderlo se le revuelve el estómago y todo empieza a flotar... eso es la náusea.


Nos demoramos largamente en este párrafo sartreano ya que, en pocas páginas de la literatura, encontramos una descripción tan gráfica del insoslayable momento en que la existencia revela su nada, en que esa nada nos revela nuestra propia existencia. Con un lenguaje de clara extracción heideggeriana, Sartre nos describe la experiencia que la angustia –aquí plasmada como náusea– revela, la nada hacia la que la angustia conduce. No obstante, me atrevería a hacer mías las palabras con las que Heidegger deslindó su propio camino de el de Kierkegaard: también Sartre está describiendo una nada psicológica, óntica. Una nada que es espejo y no trasparencia, una nada que aún es algo. Nauseabunda nada pero no desgarrante apertura. Una nada que no se abre a lo que la caída de los entes abre, lo que dejando de ser despejan:

En la clara noche de la angustia de la nada –ahonda Heidegger– la manifestación original de los entes como tales acontece: que hay Ser y no nada... Eso que nunca y en ningún lugar es un ente se revela a sí mismo como eso que es diferente de todos los entes, eso que llamamos Ser.

Esa paradoja, esa diferencia, es a la que la filosofía de Sartre no accedió, la gratuidad que no estalló celebración, a la que la náusea no se abrió. Quizá, porque como nos dice Heidegger:
Nosotros somos tan finitos que no somos capaces, por nuestra propia decisión y voluntad, de enfrentar cara a cara a la nada.


* Extraído de La palabra inicial. La mitología del poeta en la obra de Heidegger, Madrid, Trotta, 1997.
Imago Agenda agradece a Rogelio Fernández Couto por la gestión de los artículos que componen esta sección.
 
 
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