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   Jean-Paul Sarte: 100 años de su nacimiento

Viaje a la náusea
  Por Juan Horacio  Lamarche
   
 

Ante la inesperada y feliz invitación de Leandro Salgado a participar de este recuerdo de Sartre reviví inmediatamente mi época de estudiante de filosofía en la década del ’70.1 Entonces, en mayor o menor medida, en nuestros ámbitos, todos éramos sartreanos Es cierto, la mayoría sólo habíamos leído fragmentos de los densos y áridos estudios del existencialista francés. Sin embargo, conocíamos perfectamente su prólogo a Los condenados de la tierra de Franz Fanon, admirábamos su crítica al eurocentrismo, el llamado a una rebelión del Tercer Mundo. Por otra parte, un compañero de facultad, un pintoresco uruguayo, nos aseguraba haber asistido en París a un curso de Sartre; le creíamos, y más todavía, yo lo envidiaba secretamente. Entonces se respiraba la revolución. Cómo no entusiasmarnos al leer frases del tipo “hay que cambiar la piel, desarrollar un pensamiento nuevo, tratar de crear un hombre nuevo.” En mi caso, sólo eso me sedujo del pensamiento de Jean Paul: su vocación libertaria, su lucha continuada en las calles, sus extraños amores con Simone; era un ideal que sintonizaba con ese tiempo riesgoso, ambicioso. Sus libros filosóficos no me atrajeron y cuando a principios de los ’80, ya en otro país, despedazado, leí la ya clásica discusión teórica de los ’40 con Heidegger sobre el tema del humanismo, mis preferencias se orientaron al alemán.

Sin embargo, para describir mi mayor y más intensa experiencia con Sartre debo remontarme más atrás, a los ’60, a una adolescencia voraz de literatura, no tanto de filosofía todavía; fue entonces cuando me encontré casi naturalmente con La náusea. Esa es mi huella sartreana imborrable. En estos días no encontré el libro en mi biblioteca, me lo prestó una querida amiga con la que compartí en mi relectura algunas sintonías en rayas de lápiz. De él solo registraba nítidamente dos episodios. Uno, en que el personaje describe el rostro de un mozo encargado del café Mably, “de un aire canallesco muy positivo y tranquilizador”2 (p.18); el efecto de esa lectura hizo que buscara ese rostro en los mozos de nuestros cafés de Buenos Aires, el desparecido Paulista de Avenida de Mayo, La Giralda y La Paz. La otra situación era del mismo personaje esperando la llegada de una mujer con la que imaginaba una escena amorosa: esa fantasía ya invalidaba la acción por venir; de más está decir que transportaba esos pensamientos a alguna de las tumultuosas y desesperadas pasiones de la adolescencia. En relecturas semejantes suele asomar, y asomó, el prejuicio del posible desencanto. Pero esta vez no ocurrió la temida frustración. Reencontré asombrado los mismos climas textuales entrecortados, reflexivos, densos, intempestivos. Días atrás, en viaje al dictado del curso anual en la FCPA me desvié para visitar a mi amigo y maestro, el notable epistemólogo y pensador Juan Samaja. Entre otros temas le transmití mi actual experiencia con La náusea. Él me relató brevemente el final de la novela, cuando Roquentin escucha un viejo disco de jazz cantado por una negra. Curiosamente hacía minutos, en un asiento del FC Mitre, había leído una escena similar en los principios del libro, que se recuperaría en el monumental final.
La náusea es una novela filosófica extraña, despareja, multívoca, pasional. Mediante un juego de lenguaje, diría que la esencia de La náusea es la noción no esencial de náusea, y retomando a Heidegger, su esencia es la existencia. Hay un personaje que experimenta la náusea, Antoine de Roquentin, del que se rescatan a través de papeles de su diario, unas tres semanas del año de ficción 1932. Antoine es un escritor de 30 años que viene de largos viajes y se instala en Bouville para investigar la vida del Marqués Adhemar de Robellon, un aventurero de fines del siglo XVIII, personaje de carácter gris y monótono enredado en oscuras cuestiones de poder. El protagonista se aloja en el Rendez-vous des Cheminots, administrado por Francoise, mujer con la que se relaciona sexualmente casi a diario. Lleva una vida solitaria, el recuerdo y la añoranza de una historia de amor en París con Anny, intercambiando algunas charlas de biblioteca con el Autodidacto, un lector enciclopédico infatigable.

¿Qué es la náusea? No hay definición. Roquentin comienza a ser poseído por ella: “La náusea no está en mí; la siento allí en la pared, en los tirantes, en todas partes a mi alrededor. Es una sola cosa con el café. Soy yo quién está en ella.” (p.32). Sin embargo, el corte de la náusea suele abrir otros tiempos, del orden del acontecimiento. Esto leía en el viaje Victoria-Acasusso rumbo a la casa de Juan. La criada Madeleine gira la manija del fonógrafo, se escucha un rag-time, la voz de una negra “Some of these days/You’il miss me Money” (p.35). La náusea desaparece: “Hay otra dicha: fuera está esa banda de acero, la estrecha duración de la música, que atraviesa nuestro tiempo de lado a lado, y lo rechaza y lo desgarra con sus puntitas secas; hay otro tiempo” (p.34).
La náusea es una nada, su filiación con la angustia es innegable, con la de Kierkergaard, precursor del existencialismo, pero también con esas nociones propias de la primera posguerra, el “malestar” freudiano, la “decadencia” spengleriana, y por sobre todo la “angustia” heideggeriana. Para éste último la angustia es el enfrentamiento no a un ente que atemoriza sino al mundo en tanto tal. Leemos en nuestra novela: “No me sorprendía, sabía que era el Mundo, el Mundo completamente desnudo el que se mostraba de golpe y me ahogaba de cólera contra ese ser gordo y absurdo. Ni siquiera podía uno podía preguntarse de dónde salía aquello, todo aquello, ni cómo era que existía un mundo más bien que nada” (p.152).

La náusea surge de una especial apertura al mundo y de una suspensión de él, es una epokhe husserliana sin el regreso a una ciencia pura y apodíctica sino a la propia existencia: “y de golpe estaba allí, clara como el día: la existencia se descubrió de improviso. Había perdido su apariencia inofensiva de categoría abstracta, era la materia misma de las cosas” (p.145). La existencia es una inversión maldita del cogito. “Soy, existo, pienso, luego soy; soy porque pienso, ¿por qué pienso? No quiero pensar más, soy porque pienso que no quiero ser, pienso que... porque… ¡puf!... Huyo, el innoble individuo ha huido, su cuerpo violado.” Violación del cogito y del humanismo se respiran en muchas páginas de la novela. Un antihumanismo que tal vez no sea tan contradictorio con su texto de 1946, El existencialismo es un humanismo, tan duramente criticado por Heidegger.
En suma, la existencia sartreana es corporal, no es la descarnada apertura heideggeriana: “La existencia no es algo que se deja pensar de lejos: es preciso que nos invada bruscamente, que se detenga sobre nosotros, que pese sobre nuestro corazón como una gran bestia inmóvil; si no, no hay absolutamente nada” (p.149). Hay en Sartre una experiencia de lo absoluto, pero ligada al absurdo, a la gratuidad. “El mundo de las explicaciones y razones no es el de la existencia.” Requentin desconfía de las palabras, de su poder de esencializar y describir necesidades: “Lo esencial es la contingencia” (p.149). Sin embargo, la náusea no excluye la existencia, más bien la provoca: “Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad. Me dejé ir hacia atrás y cerré los párpados. Pero las imágenes, en seguida vigilantes, saltaron y vinieron a colmar de existencias mis ojos cerrados: la existencia es un lleno que el hombre no puede abandonar” (p.151).

Llega la despedida de Roquentin de Bouville, de la patrona Francoise, de su Robellon, luego de un breve y frustrado reencuentro parisino con Anny. El final de La náusea es a toda orquesta, me lo había anunciado Samaja. Roquentin pide a Madeleine escuchar el disco a dos horas de su partida, la de un hombre de ’30 años que ha desechado su historia. Ella gira la manivela del fonógrafo, la negra canta “Some of these day/You’il miss me Honey”. Antoine siente una transfiguración a través de la música del viejo disco rayado, “¿No podría yo intentar...? Naturalmente, no se trataría de una música…, ¿pero no podría en otro orden?”(p.197).
Y concluye La náusea, con la emoción que Sartre pone en la palabras de Roquentin: “Quizá un día, pensando precisamente en esta hora, en esta hora lúgubre en que espero, con la espalda agobiada, que llegue el momento de subir al tren, quizá sienta que el corazón me late más rápidamente, y me diga: fue aquel día, aquella hora cuando comenzó todo. Y llegaré –en el pasado, sólo en el pasado- a aceptarme.
Cae la noche. En el primer piso del Hotel Printania acaban de iluminarse dos ventanas. El depósito de la Nueva Estación huele fuertemente a madera húmeda; mañana lloverá en Bouville.”

 
1. No quiero dejar de mencionar a mi amigo Juan Carlos Gorlier, con quien compartí mi primer viaje a La náusea, en estas circunstancias en que reactualizo la experiencia.
2. Sartre, Jean Paul, La náusea, traducción de Aurora Bernardez, Buenos Aires, Losada, 2002.

 
 
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