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   Colaboración

El objeto a en los lazos sociales (3º parte)
  29 El judío como objeto a, o los impases del anti-antisemitismo.
   
  Por Slavoj Žižek
   
 

¿Qué sucede con el objeto a cuando pasamos del otro lado de la modernidad: de la dinámica capitalista al poder del Estado moderno? Recientemente Jean-Claude Milner ha intentado elaborar este punto; y su punto de partida1 es que la democracia está basada en un cortocircuito entre la mayoría y el Todo: allí, el ganador se lleva todo, tiene todo el poder, aún si su mayoría es de apenas unos doscientos votos entre millones, como fue el caso de las elecciones estadounidenses del año 2000 en Florida: “la mayoría cuenta como todo”. En La historia de VKP (b), la biblia stalinista, hay una paradoja excepcional cuando Stalin (quien fue colaborador anónimo de ese libro) describe el resultado de la votación en un congreso partidario a fines de la década del ’20: “Con una amplia mayoría, los delegados aprueban por unanimidad la resolución propuesta por el Comité Central” –si el voto fue unánime, ¿entonces desapareció la minoría?–. Lejos de denunciar algún sesgo “totalitario” perverso, esta identificación es constitutiva de la democracia como tal.

El status paradójico de la minoría como “algo que cuenta como nada” nos permite discernir en qué preciso sentido el término demos al que refiere democracia, “incesantemente oscila entre el todo y el no-todo /pastout/”: ya sea que el lenguaje de los Todos limitados se enfrente a la figura de lo ilimitado, o que lo ilimitado se enfrente con una figura del límite”2. Es decir, hay una ambigüedad estructural inscripta en la noción misma de demos: designa tanto el no-Todo de un conjunto ilimitado (todos están incluidos allí, no hay excepciones, sólo una multitud inconsistente), o el Uno de EL Pueblo, que tiene que ser delimitado respecto de sus enemigos. Grosso modo, la predominancia de uno u otro aspecto define la oposición entre las democracias americana y europea: “En la democracia en América (EEUU), la mayoría existe, pero no habla (la mayoría silenciosa), y cuando habla se transforma en una particular forma de minoría”.3 En Estados Unidos, la democracia se percibe como el campo de interjuego de múltiples agentes, pero ninguno encarna el Todo, es decir, que todos son “minoritarios”, mientras que en Europa, la democracia se refiere tradicionalmente al imperio de Un-Pueblo. Sin embargo, Milner saca de esto una conclusión elegante acerca de qué está sucediendo hoy: en contraste con Estados Unidos –que es predominantemente “no-Todo” como sociedad, en su economía, cultura e ideología– Europa está yendo mucho más lejos hacia constituirse como un no-Todo político ilimitado, a través del proceso de unificación europea, en la cual hay lugar para cualquiera, independientemente de la geografía o cultura, hasta Chipre y Turquía. Sin embargo, una tal Europa unificada sólo puede constituirse bajo la condición de un borramiento progresivo de todas las tradiciones y legitimaciones históricas divisorias: en consecuencia, la Europa unificada está basada en el borramiento de la historia, de la memoria histórica.4

Fenómenos recientes, tales como el revisionismo del Holocausto, la ecuación moral de todas las víctimas de la Segunda Guerra Mundial (los alemanes sufrieron bajo los bombardeos de los Aliados no menos que los rusos e ingleses; el destino de los colaboradores nazis liquidados por los rusos después de la guerra es comparable a las víctimas del genocidio nazi, etc.) son el resultado lógico de esta tendencia: todos los límites estipulados son potencialmente borrados a favor del sufrimiento abstracto y la victimización. Y esta Europa –y esto es a lo que Milner está apuntando desde el principio–, en su misma promoción de la apertura ilimitada y tolerancia multicultural, nuevamente necesita la figura del “Judío” como obstáculo estructural a este impulso (drive) a la unificación ilimitada; no obstante, el antisemitismo actual no es más el antiguo antisemitismo étnico; su foco se ha desplazado desde los Judíos como grupo étnico hacia Estado de Israel: “en el programa de la Europa del siglo XXI, el Estado de Israel ocupa exactamente la posición que el nombre “Judío” ocupaba en la Europa de antes del corte del ’39 al ’45.”5 De este modo, el antisemitismo actual puede presentarse como un anti-antisemitismo: lleno de solidaridad para con las víctimas del Holocausto, con el único reproche de que –en nuestra era de disolución gradual de todos los límites, de fluidificación de todas las tradiciones– los judíos querían construir su propio Estado-Nación claramente delimitado.

Las paradojas del no-Todo entonces proveen las coordenadas de las vicisitudes del antisemitismo moderno: en el temprano antisemitismo moderno (ejemplificado por el nombre de Fichte), los judíos eran denunciados por su delimitación, por su permanencia en su estilo de vida particular, por su negativa a disolver su identidad en el campo ilimitado de la ciudadanía secular moderna. Con el imperialismo chauvinista de fines del siglo XIX, la lógica se invirtió: los judíos eran percibidos como cosmopolitas, como la encarnación de una existencia sin límites, “desarraigada”, la cual como un intruso cancerígeno, amenazaba con disolver la identidad de cada comunidad étnica particularmente delimitada. Hoy, sin embargo, con el movimiento hacia la globalización post-Estados-Nación, cuya expresión política es un Imperio sin límites, los judíos son nuevamente lanzados al rol de los que permanecen adheridos a un Límite, una identidad particular. Son percibidos cada vez más como el obstáculo en el camino hacia la unificación (no sólo de Europa, sino también de Europa y el mundo árabe).

Así, Milner localiza la noción de “Judíos” en el imaginario ideológico europeo como lo que obstaculiza la paz de la unificación, que tiene que ser aniquilada para que Europa se unifique, razón por la cual los judíos son siempre un “problema” que demanda una “solución” –Hitler es meramente el punto más radical de esta tradición. No es de extrañarse que hoy, la Unión Europea se esté volviendo cada vez más antisemita, en su flagrantemente sesgada crítica a Israel: el concepto mismo de Europa está manchado de antisemitismo, razón por la cual la primera obligación de los judíos es “librarse de Europa”, no por la vía de ignorarla (sólo Estados Unidos puede afrontar ignorarla), sino echando luz sobre el lado oscuro del Iluminismo Europeo y la democracia... Entonces, ¿por qué los judíos fueron elevados al rol de obstáculo? ¿Qué significa el Judío? La respuesta de Milner es radical: mucho más que una forma de existencia delimitada por una tradición, mucho más que el apego obstinado a un Estado-Nación –la cuadruplicidad (el Cuádruplo) /quadruplicité/ de lo masculino/femenino/padres/niños, del intercambio generacional como un pasaje simbólico sostenido por la Ley6. El horizonte último del actual triunfo posmoderno de los Límites, no es ya del Cristianismo, sino más bien del sueño New Age neopagano de conquistar la diferencia sexual como indicio de nuestro lazo a un cuerpo singular, de la inmortalidad a través de la clonación, de nuestra transformación de hardware en software, de humano en post-humano, en entidades virtuales que puedan migrar de una encarnación temporaria a otra –aquí están las últimas líneas mismas del libro de Milner:
“Si la modernidad es definida como la creencia en una realización de sueños ilimitada, nuestro futuro está plenamente delineado. Nos conduce a través del anti-judaísmo absoluto, teórico y práctico. Para seguir a Lacan más allá de lo que explícitamente formuló, los cimientos de una nueva religión son de este modo afirmados: el anti-judaísmo será la religión natural de la humanidad por venir.”7

La figura del “Judío” es elevada así a ser indicio de un límite propiamente ontológico: simboliza la finitud humana misma, la tradición simbólica, el lenguaje, la Ley paterna, y, en la declaración “lacaniana” de Milner sobre el antisemitismo como inscripto en la identidad europea misma, “Europa” simboliza el sueño (griego y cristiano) de la parusía, de un goce pleno más allá de la Ley, libre de cualquier obstáculo o prohibiciones. La modernidad misma está impulsada por el deseo de ir más allá de las Leyes, hacia un cuerpo social transparente autorregulado; la última cuota de esta saga, el actual neopagano y posmoderno Gnosticismo percibe a la realidad como completamente maleable, permitiéndonos a los humanos el transformarnos –nosotros mismos– en una entidad migratoria que flota entre una multitud de realidades, sostenida sólo por el Amor infinito. Contra esta tradición, los Judíos, de una forma radicalmente antimilenaria, persisten en su fidelidad a la Ley, insisten en la insuperable finitud de los humanos, y, en consecuencia, en la necesidad de un mínimo de “alienación”, razón por la cual son percibidos como obstáculo por cualquiera que se incline hacia una “solución final”...
En tanto los Judíos insisten en el horizonte insuperable de la Ley y resisten la Aufhebung cristiana de la Ley en Amor, son la encarnación de la irreductible finitud de la condición humana: ellos no son sólo un obstáculo empírico para el pleno goce incestuoso, sino que son el obstáculo “como tal”, el principio mismo del impedimento, el exceso que perturba y que no podrá ser nunca integrado. Los Judíos son así elevados al (rango de) objeto a (notre objet a, el título del libro de François Regnault sobre los judíos)8, el objeto-causa de (nuestro occidental) deseo, obstáculo que efectivamente sostiene el deseo y en cuya ausencia nuestro deseo mismo desaparecería. No son nuestro objeto de deseo en el sentido de aquello que nosotros deseamos, sino en el estricto sentido lacaniano de lo que sostiene nuestro deseo, el obstáculo metafísico a la plena autopresencia o goce pleno, el cual debe ser eliminado para que advenga del goce pleno y que –dado que este goce no barrado es estructuralmente imposible– retorna cada vez con más fuerza –como una amenaza espectral– cuanto más se aniquila a los judíos.

La debilidad de la versión de Milner del antisemitismo puede especificarse como una serie entera de niveles interconectados. Primero, todo lo que encontramos más allá de la Ley ¿es realmente sólo el sueño de un goce pleno, de modo tal que Lacan aparece como el último defensor de la Ley paterna? No es el discernimiento fundamental del último Lacan precisamente que haya un obstáculo inherente al goce pleno operando ya en la pulsión que funciona más allá de la Ley: el “obstáculo” inherente a cuenta del cual la pulsión envuelve un espacio curvo, es decir, es capturada en un movimiento repetitivo alrededor del objeto, no es aún la “castración simbólica”. Para el último Lacan, por el contrario, la Prohibición –lejos de simbolizar un corte traumático– entra precisamente para pacificar la situación, para librarnos de la imposibilidad inherente inscripta en el funcionamiento de una pulsión. Segundo problema: ¿no es la tradición del judaísmo secularizado una de las fuentes claves de la modernidad europea? La última formulación de un “goce pleno más allá de la Ley”, ¿no es discutiblemente encontrada en Spinoza, en su noción del tercero y más elevado nivel de conocimiento? La idea misma de revolución política moderna “total” ¿no está enraizada en el mesianismo judío, tal como lo dejó en claro –entre otros– Walter Benjamin? La tendencia misma hacia lo ilimitado, que necesita a los judíos como su obstáculo, tiene de este modo su fundamento en el Judaismo. El tercer rasgo problemático concierne a las premisas políticas de Milner: “El nacimiento del Estado de Israel probó que la victoria y la justicia pueden ir de la mano”9. Lo que esta afirmación oblitera es que el modo en que se constituyó el Estado de Israel, desde el punto de vista de Europa, fue la realización de la “solución final” al problema judío (el deshacerse de los judíos) sostenida por los Nazis mismos. Es decir, el Estado de Israel, ¿no fue –para dar vuelta lo dicho por Clausewitz– la continuación de la guerra contra los judíos con otro significado (político)? ¿No es la “mancha de injusticia” que atañe al Estado de Israel? El 26 de septiembre de 1937 es una fecha que cualquier interesado en la historia del antisemitismo debiera recordar: en aquel día, Adolf Eichmann y su asistente abordaron un tren en Berlín para visitar Palestina: Heydrich mismo le dio permiso a Eichmann para aceptar la invitación de Feivel Polkes, un alto miembro de Hagana (la organización secreta sionista), para visitar Tel Aviv y discutir allí la coordinación de las organizaciones alemana y judía para facilitar la emigración de los judíos a Palestina. Ambos, alemanes y sionistas, querían que la mayor cantidad de judíos como fuera posible se mudara a Palestina: los alemanes los preferían fuera de Europa Occidental, y los sionistas mismos querían a los judíos en Palestina para sobrepasar en número a los árabes. (La visita falló porque, debido a unos disturbios violentos, los británicos bloquearon el acceso a Palestina; pero Eichmann y Polkes sí se encontraron unos días más tarde en El Cairo y discutieron la coordinación de actividades alemanas y sionistas)10. ¿No es este extraño incidente el caso supremo de cómo los nazis y los sionistas radicales compartían un mismo interés –en ambos casos, el propósito era una especie de “limpieza étnica”, es decir, cambiar violentamente la proporción de grupos étnicos en la población? ¿No son hoy más bien los palestinos, esos “judíos entre los árabes”, quienes son una clase de objeto a, la intersección de las dos bandas, de israelíes y árabes, el obstáculo para su paz?

Hay un gran hecho enigmático, aunque obvio, acerca de los neoconservadores, una pregunta que debe ser formulada: ¿por qué no son antisemitas? Es decir, basados en sus coordenadas ideológicas, ellos tendrían que haber sido antisemitas. La única respuesta consistente es: porque el sionismo mismo de hoy, como está encarnado en las políticas predominantes del Estado de Israel, ya es “antisemita”, es decir, reposa sobre la cartografía ideológica antisemita. Recuerden la típica caricatura de Yassir Arafat en los diarios: la cara redonda con nariz grande y labios gruesos, en un cuerpo pequeño, redondeado y torpe... ¿resulta familiar? No es de extrañarse: ¡es el viejo dibujo cliché del judío corrupto de los años ’30! Otra confirmación más del hecho de que el sionismo es una especie de antisemitismo. De esta forma, no es simplemente que el fundamentalismo religioso neoconservador apoya a Israel porque, en su visión de Armageddon, la batalla final tendrá lugar luego de que el Estado de Israel emerja nuevamente, las razones son más profundas.11 Lo que se debería afirmar, contra los sionistas, es el verdadero espíritu cosmopolita judío claramente discernible en el discurso de Freud dirigido a la sede de Viena de B’nai B’rith en su 70° cumpleaños, donde articuló su desconfianza básica sobre la experiencia patética de identificación nacional: “Cada vez que sentí una inclinación hacia el entusiasmo nacional, luché para suprimirla como si fuera dañina y errada...” Y, para evitar un malentendido –su desconfianza incluía también la identidad judía–, en su carta a Arnold Zweig de 1932, Freud hizo una observación extrañamente premonitoria: “No puedo reclamar compasión en absoluto por la devoción mal dirigida que transforma un pedazo de la Pared de Herodes en una reliquia nacional, ofendiendo así los sentimientos de los nativos”.

La ironía que se le escapa a Milner es que hoy son los musulmanes, no los judíos, quienes son percibidos como una amenaza y obstáculo a la globalización: es un lugar común del periodismo el señalar que todas las grandes religiones mundiales encontraron una forma de vivir con la modernización capitalista, con la excepción del Islam, razón por la cual el conflicto presente es a menudo descripto como entre el Occidente democrático y el “fascismo islámico”. No obstante, la debilidad crucial del análisis de Milner concierne a la completa ausencia (apenas sorprendente) de la economía de mercado y el dinero en la emergencia del antisemitismo: ¿qué hay del “Judío” como la figura en la cual se materializa (reifica) el antagonismo social, como la figura que representa el capital financiero (“no-productivo”) y la ganancia en la esfera del intercambio, y que nos permite de ese modo eludir la explotación inscripta en el proceso de producción mismo, y sostener el mito de la relación armónica entre Capital y Trabajo, una vez que nos deshicimos del parasitario intruso judío? Es aquí que la lógica de Lacan del no-todo encuentra su uso apropiado: significativamente, a pesar de que Milner señala que la tesis de que “todo es político” pertenece al no-todo (¿un recordatorio de su juventud maoísta?), despliega la dimensión social del no-todo sólo bajo el disfraz del Todo inconsistente/ilimitado, no bajo el disfraz del antagonismo que corta a través del cuerpo social entero (“lucha de clases”). La figura antisemita del Judío nos permite confundir el No-Todo del antagonismo social constitutivo, transponiéndolo en el conflicto entre el Todo social (la noción corporativa de sociedad) y su Límite externo, el intruso judío que –desde afuera– introduce desproporción y degeneración.


Traducción de Mariana Gomila.
1. Ver Jean-Claude Milner, Les penchants criminels de l’Europe democratique, París, Verdier, 2003.
2. Ibíd., p. 42.
3. Ibíd., p. 141.
4. Milner evoca la guerra post-Yugoslavia de principios de los ’90 como un “ejemplo particularmente revelador” (Op.cit., p. 66) de este borramiento: para dar cuenta de este conflicto, hay que retrotraerse a las figuras históricas, las cuales –como ácidamente lo sitúa Milner– son “anteriores al Tratado de Roma”, a la Segunda Guerra Mundial, al Tratado de Versalles, al Congreso de Viena, etc. Perpleja por esta intrusión de la historia, Europa alza sus manos y tiene que recurrir a los Estados Unidos... Lo que tenemos aquí es un “ejemplo particularmente revelador” de la ignorancia del mismo Milner: la referencia a la historia, a las “antiguas pasiones y cuentas no saldadas que explotan nuevamente”, fue uno de los lugares comunes desde donde la Europa Occidental percibió a la crisis post-Yugoslavia; todos los medios y los políticos repitieron sin cesar el cliché de que –para entender lo que estaba pasando en la exYugoslavia– había que saber sobre cientos de años de historia. Lejos del rechazo por parte de Europa Occidental a confrontar el “peso de la historia” en los Balcanes, estos espectros del pasado sirvieron más bien como una pantalla ideológica que resucitó para permitirle a Europa evadir la confrontación de los hitos políticos reales de la crisis post-Yugoslavia.
5. Ob. cit., p. 97.
6. Ob. cit., p. 119.
7 Ob. .cit., p. 126.
8. Ver Francoise Regnault, Notre objet a, París, Verdier, 2003.
9. Jean Claude Milner, ob. cit., p. 74.
10. Ver Heinz Hoehne, The Order of the Death’s Head. The Story of Hitler’s SS, Harmondsworth, Penguin, 2000, pp. 336-337.
11. Razón por la cual, tanto los judíos neoconservadores como los antiguos antisemitas muestran animosidad hacia la Escuela de Frankfurt. De acuerdo con el nuevo barbarismo ideológico, la Escuela de Frankfurt apareció en escena como un momento histórico preciso: cuando el fracaso de las revoluciones marxistas socio-económicas se tornó manifiesta, la conclusión fue que ese fracaso se debió a una subestimación de la profundidad de las bases espirituales occidentales cristianas, de modo tal que el acento de actividad subversiva cambió de ser una batalla político-económica a ser una “revolución cultural”, un paciente trabajo intelecutal-cultural de socavar el orgullo nacional, la familia, la religión y los compromisos espirituales, etc. –el espíritu de sacrificio por el propio país fue desechado porque tenía que ver con la “personalidad autoritaria”; la fidelidad marital se supuso que expresaba represión sexual patológica; siguiendo el lema de Benjamin acerca de cómo cada documento de cultura es un documento de barbarismo, los más altos logros de la cultura occidental fueron denunciados por encubrir las prácticas de racismo y genocidio...

 
 
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