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   Psicoanálisis y Psicoterapias

By Pass
  Por Mario Pujó
   
 
Soy argentino y, desde luego, amo a Maradona. Aunque también, desde luego, y porque soy argentino, no sólo lo amo. Digamos que experimento hacia Maradona esa mezcla de sentimientos encontrados que Freud bautizó con el nombre de ambivalencia, dualidad característica que supo reconocer como base y sustrato de los síntomas neuróticos. ¿Constituiría entonces Maradona una suerte de síntoma argentino?
Sostener sin atenuantes semejante afirmación supondría un forzamiento y hasta alguna extrapolación que, aún así, no dejaría de rozar la verdad de una íntima convicción nacional. Entiéndase: no se trata de la universal hainamoration con la que Lacan asocia ineludiblemente el amor al odio, pasiones cuya continuidad experimentamos diariamente en las alternativas de la transferencia, y cuyo paradigma ampliado (ilusión - decepción - rencor) la psiquiatría ha creído discernir en las vicisitudes de la erotomanía. En su versión atenuada, esta secuencia nutre habitualmente las relaciones sociales, y no sabría expresar de por sí ninguna singularidad. No obstante, no es difícil reconocer en los sentimientos controversiales que demuestra suscitar el más grande jugador de todas las épocas de esa apasionada –y siempre apasionante– epopeya del fútbol mundial, cierta especificidad que involucra a nuestra historia como país y atañe eventualmente a nuestra subjetividad como nación. De hecho, esas controversias no hacen más que actualizar la turbia ambivalencia de la que evidencian ser objeto nuestros héroes, en todas las áreas y circunstancias, desde los tiempos de la colonia. Virreyes, asambleas, triunviratos, juntas y directorios, nuestros gobernantes demuestran ser víctimas propicias del revisionismo espontáneo que mana de la desconfianza del ciudadano de a pie, aún y a pesar de que maneje un taxi. Cierta ambigüedad tiñe la memoria de nuestros próceres, aún la de los menos cuestionables, desde San Martín hasta el Che Guevara, pasando por Saavedra, Rivadavia, Sarmiento, Rosas o Perón; sin olvidar, claro está, a la mundialmente reconocida Evita, cuya notoriedad no la salva de una sospecha que ha adquirido –ópera mediante– dimensión universal. Así, a la indiscutida grandeza de uno se le reprocha falta de coraje, y a la innegable valentía del otro, su fanatismo; a la defensa de los intereses de la patria se le atribuye el interés por los propios intereses, y a la descomunal gesta educativa, un indisimulado cipayismo. Debemos admitirlo, la honra intachable de aquellos grandes hombres que pueblan los manuales escolares sobrevive apenas el tiempo de la escuela. Lo que se agrava si se piensa que su templanza debía modelar nuestro carácter y nuestro espíritu soberanos.

No es un consuelo: la suerte de nuestros héroes populares se revela aún más desdichada. Gatica, Bonavena, Monzón, el box es contundente a la hora de catapultar ídolos que se desmoronan, con escasas neuronas vivas, en las ciénagas de una denigración sin fondo.
¡Ah! ¡Triste sino el de los argentinos! ¿No reconoce Gardel, el más nítido exponente de nuestra idiosincrasia, un inocultable –y largamente ocultado– origen francés? Referencia ine-ludible, el tango compendia perfectamente esa dualidad intrínseca que aceptamos como inherente a nuestra identidad cultural: la música de Buenos Aires –cosmopolita, pueblerina, universal– hegemoniza la representatividad de la nación toda. Lamentos de bandoneón, el sentimiento triste que se baila presentifica la intimidad de nuestro ser, no sin que la nostalgia de sus letras y el patetismo de sus personajes, sus noches, sus compositores, sus intérpretes –rostros deformados por la bohemia, corazones quebrados sin ilusión–, nos enrostren los vestigios de un goce cuya melancolía nos seduce y nos horroriza a la vez.
De Villa Fiorito al Festival de Cannes, rostro deformado por la bohemia, corazón quebrado sin ilusión, la figura de Maradona no sólo genera amor sino también espanto. Jugador inigualable, bestia indómita, mano de Dios. ¡Cuántos cánticos! ¡Cuántas alegrías! Un pueblo entero se cobija en su nombre y lo corea como desafío, proclama, consigna de guerra: ¡una ovación!
Desde luego, no sería difícil ver en Maradona la metáfora de un país que, apoyado en el don divino de sus riquezas naturales, llega de la nada a tenerlo y a perderlo todo, en un abrir y cerrar de ojos, simplemente por soberbia, negligencia, inconciencia, chantismo, falta de seriedad. La figura de Maradona se prestaría fácilmente a ello.

Atleta único, provoca en verdad escozor su predisposición a encarnar, de manera descomunal –proporcional a su figura colosal–, la grosera caricatura del hombre irresponsable, conducido irreflexivamente por sus impulsos, incapaz de refrenarse o sofrenar sus mociones, a las que se entrega de un modo gozosamente irracional. Vale decir, su tendencia a erigirse en una suerte de paradigma del hombre pulsional que la sociedad de mercado parece concebir como prototipo del sujeto que la habita y al que dirige su oferta.
Esa es la relación que Maradona evidencia sostener con el objeto. Consumidor mayúsculo de cocaína, basta acercarle un micrófono para constatar que sus palabras son expulsadas sin medir su alcance ni sus consecuencias, es decir, sin tomar en cuenta la existencia del Otro. Ese Otro al que ignora cuando pone su voluminosa figura al servicio de la campaña Sol sin drogas, para simultáneamente declarar: «Soy, fui y seré drogadicto».
Capaz de las más notables proezas en el plano deportivo, se confiesa absolutamente carente de voluntad, totalmente incapaz de decir no a la voracidad que lo embarga. Muerto el perro se acabó la rabia: la reducción anatómica del tamaño del estómago reduce obligatoriamente el tamaño de la ingesta. Veremos ahora a un Maradona más delgado, su figura mejorada, dispuesto a entrenar a las inferiores de Boca –palabra que, en su caso, refiere antes a una zona erógena que a un equipo de fútbol–. El by pass gástrico efectiviza así el by pass del sujeto. Y Maradona deviene entonces un exponente privilegiado de ese “nuevo hombre” pulsional que parece proponernos la posmodernidad.
 
 
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