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   El secreto en psicoanálisis

Secreto, intimidad, vergüenza y misterio.
  Por Raúl Yafar
   
 
Vertientes del Secreto: La temática del secreto ha hecho su ingreso en el psicoanálisis casi desde su constitución misma. Trasladándose desde la idea de “secreto profesional”, originada en las profesionales liberales, se transformó en secreto analítico como tal.
Voy a dejar en, este breve texto, de lado dos cosas: 1) el ríspido tema de la difusión pública (ateneos, conferencias, publicaciones) de los materiales clínicos relativos a analizantes –donde la expectativa diferida “hasta que los tratamientos terminen” sólo pospone lo que sigue siendo un tema de controversia–, y 2) alguna peregrina idea que he escuchado más de una vez de que el deseo es siempre “secreto” pues se hurta metonímicamente a la palabra –o algo así–, donde la consideración supuestamente “estructural” está puesta al servicio de, al modo obsesivo, no pensar nada, pues toda diferencia conceptual termina despeñándose en la más pura ubicuidad.

En realidad, desde el punto de vista del conocimiento sobre otro no veo qué podría contarnos un analista sobre un sujeto que no esté determinado en las generales de la ley de cualquier lazo entre parlantes. Desde el punto de vista de los efectos de saber en el lugar la verdad, efectos tan singulares, no veo que aún los podamos trasmitir en una generalidad científica. Por último, si algo hay para testimoniar de un análisis se supone que eso lo hará quien ha devenido analista a través de él.
Creo que este tema tiene otras vertientes interesantes a considerar. Incluso, como intentaré hacer, nociones con las cuales contraponerse. Tres puntos, entonces, a destacar en una primera mirada: 1°) aquello que permite confundir muchas veces al psicoanálisis con una “confesión”, 2°) el secreto en relación con la sexualidad y 3°) el secreto en relación con lo ético-moral.

1°) Como pacto explícito o implícito lo que en la sesión se diga “quedará”, como un saber conciente –mezcla de datos e impresiones subjetivadas–, exclusivamente entre los protagonistas del encuentro. Esto se sostiene en la proposición clásica, la regla de libre asociación, que sintéticamente apuesta a que el “paciente” se torne “analizante”. Ella afirma que éste debe decir lo que se le ocurra, sin omitir ni censurar nada en ello, lo que implica... que cuente todos sus “secretos”. Pero esto va más allá aún, pues el saber “producido” por el trabajo analítico descubrirá otras articulaciones posibles de la cadena histórica del analizante y estos “secretos” no sabidos, sepultados por la represión en un “pasado” que recién allí devendrá historia, tampoco serán aprovechados públicamente. El hilo subjetivo aquí no se tramaría sólo con signifi­cantes, sino con cadencias de goce apresadas en el síntoma. Pero como sea, si el método deviene a los ojos del tercero una incitación curiosa, allí asoma la idea de confesión religiosa.

2) Hay otra vertiente en conexión con la sexualidad, donde la realización de lo secreto es lo único que permite sostener la actividad viviéndola placenteramente. Sabemos que un tópico casi universal de los hallazgos del psicoanálisis es que por la vía de la clandestinidad y la exacerbación del apetito gozoso que provoca, ese disfrute que se pretende sustraído del Superyó hizo entrada precoz en la conceptualización del psicoanálisis. Hay una línea importantísima de la clínica que se refiere a lo que Freud llamaba degradación de la vida amorosa. Casos donde el deseo se sostiene mal, salvo que se haga consistente por la vía de la ocultación –más típicos del erotismo femenino, pero no solamente–. Aquí el secreto no es personal, lo que podría relacionarse con la particularidad del sujeto, trabajando “a favor” de éste, sino que atañe a lo que se hace “contra” el otro, en apoyatura de su ausencia, sosteniéndose en el filo de su existencia en las penumbras. Aunque ese otro sea virtual –puede ser un marido evaporado o un padre fallecido–. Sólo así el placer encuentra sus vías, su aparente destino, una fugacidad que de todos modos sea intensidad soportable.

3) Todas aquellas vicisitudes de la vida que implican no sólo la transgresión de la costumbre, sino el delito franco son un terreno donde el analista siempre corre el riesgo de “tropezar” –uso tropiezo en sentido opuesto al de “los no incautos yerran”–. El analista coparticipa no sólo de las infidelidades y diversas mentiras cotidianas de los pacientes, sino que puede escuchar la confesión de un hurto o incluso de un asesinato. ¿Cuál es el punto –si es que éste existe– más allá de cual ya no es posible escuchar? ¿Es particular o hay una ética que la comunidad analítica debe discutir en su conjunto? En una reflexión más general, que se puede enlazar con los dos puntos anteriores: el tema de la represión durante los años oscuros de nuestra historia nos ha traído dolorosos ejemplos y discusiones al respecto. ¿Se puede/debe atender o no a un represor? ¿y a un mero golpista? ¿y al que confiesa en análisis que está por participar de un operativo o atentado ilegal, aunque éste tenga motivaciones ideológicas? Y sin introducirnos en la política: ¿qué hacer, como mencionaba recién, si se nos comunica un asesinato? ¿o tan sólo un robo –y no me refiero a un acting out aislado o repetido por angustia, al estilo del cuadro de la llamada cleptomanía– donde es afectado muy gravemente un tercero? Esto entronca con el vasto tema de qué hacemos los analistas con las acciones usualmente llamadas canallescas: ¿hay diferencia conceptual para nuestro oídos analíticos entre una infidelidad compulsiva, repetitiva, ostentosa hasta la crueldad, y un daño corporal propinado en condiciones de neta superioridad física –o una violación–? Y el tema es más complejo: aquellos materiales donde es flagrante que un progenitor goza de un hijo (como siempre, impunemente), y no es éste el analizante –como niño o adulto que rememora–, sino que escuchamos al agente activo de ese acto, que es relatado con culpa y/o delectación ¿Dónde está el borde de los secretos desde el cual habría que saltar hacia fuera, cuando nuestra práctica se teje siempre en las mallas de todos ellos? Repito, ¿dónde está ese borde?

Porque claro está, se me dirá –retorno de la ubicuidad–, en la medida en que en la escucha flotante todo significante deja de ser privilegiado a nivel de su aparente significación de signo, en realidad lo que termina ocurriendo es que todo secreto se evapora como tal. Un secreto es aquello que tiene significación densa. Porta con el peso de su contenido. Y el secreto en psicoanálisis, siempre una de las figuras obscenas del goce superyoico, tiende a no existir.
El problema es que pese a todo, hay secretos... y secretos.
Voy a contraponer ahora el secreto a tres nociones que me resultan como apertura todavía más interesantes.

Intimidad, espacio del sujeto: En primer lugar, quisiera contraponer ahora a la noción de secreto –en todas sus vertientes, profesionales, psicoanalíticas, clínico-neuróticas; dado que éste siempre implica, y de este modo se manifiesta, un matiz siempre ambiguo, prófugo, incluso obsceno, como dije–, la pobremente considerada noción de intimidad.
Íntimo es el espacio propio del sujeto desplegado en sesión, espacio que recrea el punto de verdad de toda realización subjetiva. Podemos trazar un arco que se subtiende desde el juego en la infancia hasta la inspiración artística, desde la efusión religiosa hasta el descanso de los amantes después del amor. Winnicott captó bien que la intimidad es propia porque es apropiada, que el desgaste del cuerpo demanda, como correlato subjetivo, un respeto por la delimitación inexpugnable de los fantasmas singulares, respeto del que el psicoanálisis ha hecho, la llamemos así o no, una ética.
Siempre que en el curso de un análisis se recortan los resabios de una repetición infantil endemoniada –donde el goce de la pulsión mal estructurada la ha oscurecido–; siempre que deja de atronar el narcisismo en su ridículo, pues cuando es acto vacío se contrapone a la afirmación subjetiva –que no es siempre egocéntrica–; siempre, digo, que se recorta c) la ferocidad del Superyó, enemigo de la castración donde se realiza la apuesta del sujeto; siempre, siempre que el psicoanálisis logra sus fines... entonces disminuye el secreto y se elevan las esferas del deseo al espacio de la intimidad.
Intimidad no implica soledad real, pues hay intimidad compartida –de cada uno con cada uno–. Allí, el goce del deseo, lo que llamamos castración, se hace escena del sujeto. La intimidad realizada ha abolido la diferencia entre lo público y lo privado. Y si va más allá de esa trampa es porque es despliegue del sujeto en relación consigo mismo. Aunque ese despliegue sea en fuga, un disparo-novedad que se hace huella antes de desaparecer esperando un nuevo juego.

Vergüenza y localización subjetiva: La segunda noción es crucial en la ética del psicoanálisis. Nuestra cultura, enemiga de la pulsión, no delimita las diferencias entre la vergüenza y la pacatería, el remilgo, las conductas melindrosas. La pacatería, supuesta forma de moderación, es esa vocación por ahondar los secretos llevándolos hasta la frontera del Superyó, lugar hasta donde se empuja al sujeto para acorralarlo. Y es meramente una contracara, en negativo, de la conducta impúdica, “zarpada”, mostrativa. La pacatería, que es falsa delicadeza, que parece tacto pero no contiene pudor sino codicia, tiene por hijo al acting-out.
La vergüenza está más cerca de convocar la ternura, llama a la intimidad que el otro puede brindarnos. Por eso está más cerca de la manifestación casi física de senti­mien­tos, de esos momentos donde no se ha podido evitar “existir” subjetivada­mente ante el otro –sea un analista, un amigo, un amante–, un otro que atestigua de lo que así se suscita. La vergüenza está más cerca del sonrojo, de la torpeza, de perder cualquier idea de completud o superioridad. Más cerca de actuar casi sin poder evitarlo y avergonzarse porque algo se expresó. Más cerca de algo que (nos) rebasa. Un primer gesto inaugural es siempre el primero que uno da, pues es un asombro que renace igual que la primera vez.
No hay experiencia mayor o menor “en” el lazo transferencial-amoroso, hay sólo experiencias puntuales “de” amor –una de ellas es la que proviene de la pulsación del inconsciente–. Y atravesarlas es lo que da pudor. Cuando en la neurosis se cultiva la moralina y el remilgo –lo que hace al sujeto súbdito del Superyó–, aparentemente opuestos a la ostentación, intentando ampararse más allá de toda vergüenza, siempre se termina quedando más acá del deseo del sujeto.

En síntesis, 1) el pudor y su demonio indicador de la revelación falofánica; 2) la vergüenza como marca de la división subjetiva; 3) la sorpresa como vocación por el hallazgo; 3) el embarazo ante los ruegos del ideal del Yo; son todos, en suma, fenómenos clínicos inapreciables –podríamos agregar la risa en otro registro– en los que se indica al analista la localización del sujeto.
Son todos nombres adecuados cuando se consigue modular la angustia subjetivándola, sea en el análisis –donde ese afecto es guía de la clínica–, sea por fuera de éste.

El otro y su misterio: Por último el misterio. Cuando apartándose del prójimo-próximo, el sujeto se hace no deudor sino acreedor de su mirada, consigue deslindarse de los lazos “simbióticos”, es decir, del ámbito del llamado por Winnicott “objeto subjetivo”. Allí puede irrumpir la alteridad irreductible del semejante. El otro es un “altero”, una distancia sin medida –no por infinita sino por no mensurable–. Con ello se abre el área de su misterio, sea como revelación inquietante, como pausa, como enigma a (no) revelar.
En el silencio de cada sesión –y no hablo de cualquier silencio, así como hay múltiples formas del llanto, hay infinidad de matices en el silencio– acontece lo que Lacan llama el sentimiento de la “presencia” del analista. Este súbito presentarse de lo innominado-innominable, que lo torna testigo de la alteridad absoluta del único punto donde el Otro, a través de otro, se hace asintóticamente vecino pero extraño para siempre.
Es decir, para siempre partenaire ignoto en esa tragicomedia de la vida que gira en torno a lo imposible de saber, en enunciaciones del sujeto donde éste calla para retumbar mucho mejor –si es escuchado–, en cada uno de esos instantes donde la verdad intenta decirse a través de raros encuentros.
 
 
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