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   Innovaciones en psicoanálisis

Innovaciones en el psicoanálisis
  Por Fernando Ulloa
   
 

Estimulado por el libro que estoy escribiendo, bajo el título de trabajo –no el definitivo– La salud mental en el campo público-político, centraré las innovaciones, en el intento de reconceptualizar –desde el psicoanálisis– el confuso, antiguo y aún controvertido, concepto de Salud Mental.

Figura compleja y polifacética la mente. Unida a la salud –término que no le va en menos– adquiere un fuerte arraigo en el imaginario colectivo. En este imaginario –con algo de imaginería– la salud mental y la enfermedad comparten apellidos; se entrecruzan, oponen y confunden. La salud mental puede llegar a aparecer como lo contrario de la enfermedad, no sólo la mental, sino las del cuerpo que también tiene sus razones senti-mentales.
Mal podría ser lo opuesto, cuando la salud mental configura, reactualizada, un recurso que optimiza cualquiera linaje de la clínica. Basta pensar en aquellos operadores de la salud, que comienzan a curarnos con su actitud hacia nuestra dolencia. Actitud, en el sentido de disposición hacia la acción. Cuando esta actitud unida eufónicamente –con un leve matiz diferencial en la escritura– a la aptitud, en el sentido de apto por eficaz, señalan variables importantes de la salud mental, dentro mismo de la clínica. Ambos términos son funcionales entre sí, ya que la mayor eficacia acrecienta la actitud y viceversa.

Al escenario de tales innovaciones lo denomino numerosidad social, sólo cuando el psicoanálisis opera en los ámbitos sociales. ¿Por qué numerosidad? Si al dueto analista/analizado –soporte de la neurosis de transferencia, la primera y más genuina institución psicoanalítica que generó Freud– se le suma una serie de sujetos de cuerpo y habla presentes, comienza a conformarse tal numerosidad. La suma se extiende hasta límites razonables. Por un lado la dimensión de un recinto que acepte una, dos, si es necesario tres rondas, haciendo posible la mirada reciproca. Del mismo modo, tratándose de equipos, el límite dependerá del número de integrantes que lo constituyen, según sus incumbencias. Aquí también lo pertinente es la ronda.

El ser perceptor y percibido es el inicio del sujeto social, sujeto por cierto bastante más complejo en su constitución. Asimismo, la palabra es dicha y escuchada en reciprocidad. Dado que el discurso siempre tiene algo de exclusivo, esto marca también el inicio de un sujeto singular. En síntesis cabe suponer que la numerosidad social configura un campo donde cuentan tantos sujetos de cuerpo presente como sujetos hablantes cuentan. Ya aludí a lo básico del sujeto social y el singular, lo son en simultaneidad, facilitando la operativa psicoanalítica.

De hecho, ambas reciprocidades configuran un acto de habla mirado, fundamento de la dramaturgia. De ahí que si una imagen vale por un montón de palabras –si éstas están presentes, al menos en el observador–, el efecto per, pensado como intensidad emotivo-intelectiva sostenida en el tiempo, multiplica a pleno el valor de la palabra. Este efecto sostenido, está ilustrado por términos como persistente, permanente, perpetuo, en ocasiones perjudicial. De ahí la vigencia milenaria del teatro y de ciertas ceremonias rituales.

Vuelvo al efecto per. Me fui familiarizando con él a medida que exploraba la memoria, precisamente perelaborativa. Tomé el término del texto “Recuerdo, repetición y elaboración”; en él Freud menciona el vocablo como un verdadero trabajo elaborativo –working through, dirán Laplanche y Pontalis– en el sentido contrario del aforismo freudiano “repetir para no recordar”. Volveré sobre esto.
Fue un gran adelanto advertir la función de herramienta psicoanalítica –equivalente a la interpretación, en la neurosis de transferencia– que cumple un debate crítico en la numerosidad social. Es que el debate crítico, auxiliado por procederes críticos –enseguida me ocuparé de ellos– permite operar la única transferencia que es pertinente manejar en la numerosidad social: la intertópica que va haciendo conciencia de lo inconsciente. Lo cual obliga al psicoanalista que allí opera, a considerar no sólo la tópica inconsciente sino también la conciente.

Dicha memoria perelaborativa cobra dos formas: una, son las ocurrencias; la otra los toques de ánimo. Las ocurrencias –como memoria perelaborativa recuperada– van fragmentando la fórmula aforística y paradojal de la que Freud se valió para presentar la transferencia intertópica. Aforística, porque lo es el clásico “repetir para no recordar”. ¿Por qué paradojal? Porque el vienés recurrió a un obstáculo, precisamente ese repetir para no recordar, para presentar la transferencia intertópica.

Con las ocurrencias sucede algo obvio; se hicieron posibles en momentos relativamente tardíos en la evolución del niño, éste ya tenía suficiente estructura psíquica como para que tuvieran representación y por consiguiente memoria. Una memoria en algún momento hundida bajo los efectos de la represión secundaria. Esa que lleva precisamente a repetir un comportamiento, para no recordar, tal vez, las frustraciones que conlleva esta ocurrencia.
Con los toques de ánimo sucede algo distinto, en la medida en que ocurrieron dentro de lo que Freud llama las primerísimas experiencias de un lactante, aun no había suficiente estructura psíquica para tener representación memorable. Pero quedaron inscritas en la precaria estructuración psíquica del niño. Por eso, cuando en el debate crítico algo las activa, se ponen de manifiesto bajo la forma de fastidio, frustración, enojo, a veces irritación u otros estados de ánimo capaces de generar maneras de ser.

La memoria, recuperada por las ocurrencias y los toques de ánimo inmemorables cuando son reactivados, pasan a la conciencia donde el tiempo fluye como fluye el pensamiento. Puede decirse que esta temporalidad consciente –sobre todo en las ocurrencias y, en menor grado, en los toques de ánimo– también transcurre para ambos, haciéndolos envejecer; pierden así sus efectos. Cuando esto ocurre, configuran una legítima cura transferencial, claro que intertópica, donde lo inconsciente va haciendo conciencia… porque esos toques de ánimo, no memorables, sí son explícitos para el titular.

Por eso un psicoanalista –en trance de operar su oficio en la numerosidad social–, además de tomar en cuenta lo inconsciente, hará otro tanto con todo el aparato psíquico, en especial con esa conciencia que se acrecienta, en beneficio de las instituciones, que ven facilitada la posibilidad de decidir acciones que encaminan sus políticas. Fue de Luis Horstein –y con él acuerdo– de quien tomé la idea de considerar la totalidad del aparato psíquico.
Hannah Arendt decía de las acciones, que de ellas sólo se puede consignar la fecha en que se decidió emprenderlas. La filósofa política, señalaba algo singular respecto de estas acciones, que ellas tienen una suerte de autonomía errática, en cuanto a dirigirse a los objetivos previstos. Lo cual permite plantear una fórmula elemental de la política: un accionar sobre las acciones. Con el recaudo de considerar que no siempre las acciones tienden a seguir un camino caprichosamente. Entonces corresponde discernir –en cuanto a esa autonomía– si no serán los objetivos los inadecuados. Toda una complejidad que requiere talento político y no sólo “talante personal”, en quien dirige –para el caso– un programa de Salud Mental como una importante variable política. En este sentido, dicha modalidad de salud, concuerda con una comunidad en serio organizada democráticamente.
Es en una sociedad así organizada, donde la Salud Mental adquiriría plena vigencia, en acuerdo con la distribución de los derechos de cualquier naturaleza: derechos humanos, derechos civiles, derechos ciudadanos, la no discriminación, en ningún aspecto, de las mujeres, ni tampoco de las razas o las religiones.

Una Salud Mental, así configurada, contiene varias características. En primer término se trata de una producción cultural. Para ser inscrita en la cultura, además de la movilización dada en sede terapéutica, se requiere una movilización política, de ahí que dicha salud constituya una importante variable política.

Además –tomando en cuenta que las mayores carencias saludables ocurren en ámbitos de la marginación– esta salud también tendrá valor de contrapoder, en el sentido de poder hacer pese a las condiciones adversas. Un contrapoder aunado a la capacitación que los operadores van adquiriendo, debate crítico mediante.

Dos palabras acerca de los procederes críticos, ya prometidas y para ir cerrando este texto. Dos palabras que coinciden con los dos principales procederes. Cuando un psicoanalista, adiestrado en la conducción y escucha de ese debate, logra hacer retroceder la intimidación tan frecuente en la confrontación de ideas, el lugar vacante es ocupado por lo que llamo la resonancia íntima.

En esta resonancia lo que alguien dice es escuchado en coincidencia o en disidencia. La coincidencia acrecienta la confianza y el consenso, a cuyo amparo crece ese debate y las tomas de decisiones que de ahí emergen. Pero son las disidencias –cuando no restablecen intimidaciones, en general narcisísticas, pues también hay posturas ideológicas necesarias de ser sostenidas– lo que verdaderamente enriquece el resultado debatido.

El segundo proceder crítico es la elección de un analizador, lo suficientemente abarcativo para concitar el interés de todos, pero también acotado para que el debate no sea sobre el cosmos, sino sobre lo que ahí puntualmente ocurre. Cuando se va agotando ese analizador, casi espontáneamente va apareciendo otro. Así se organiza una capacitación que garantiza un pensamiento consistente, capaz de tolerar distintas ideas dentro de un equipo. El resultado también implica cierto carisma en los miembros que lo constituyen, el necesario para impulsar la organización de esa comunidad tan lastimada. Suelo decir que los miembros de ese equipo, al impulso de ese debate, operan sus incumbencias: con toda la mar detrás. Precisamente el título definitivo del libro será La Salud ele-mental. Con toda la mar detrás. Pero esta es otra historia, que no cabe en esta apretada reseña sobre innovaciones en el psicoanálisis.

 
 
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