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   Comentario de libros

Una temporada con Lacan
  Pierre Rey, Letra Viva, 2005
   
  Por  Letra Viva
   
 
Lacan de pie ante el marco de la puerta. El ceremonial de los billetes deslizados en su mano en el límite exacto en que cada paciente, ni por exceso ni por defecto, sopesado por él, pudiera sentir la obligación y, por esa vía, volver a la realidad.
A juzgar por el nudo que estrechaba mi garganta cuando le anunciaba que no tenía con qué abonar la sesión, era mi caso. Supongo que, desde el inicio del análisis, ajustaba sus tarifas según la impresión que daba el cliente, según la angustia o su probable status social. Algunos francos para tortura de los más insolventes, fortunas para la seguridad ostensible de los otros: era necesario que la suma requerida, sin importar cuál fuera el caudal de recursos de su práctica profesional, interfiriera con el umbral más allá del cual, dejando de ser desdeñable, molestara, privara.

Recién a ese costo liberaba el terreno y liberaba del yugo de la gratitud. Se volvía a empezar de cero: nadie debía nada a nadie.
Obligaciones. Él sabía que yo me levantaba tarde.
—Hasta mañana, a las seis.
—De acuerdo.
—Seis de la mañana…
—Oiga…
Me estrechaba la mano. Al día siguiente, salía de casa sin haber pegado ojo. Repetía el experimento hasta tener la seguridad de que yo me había habituado a sus exigencias. Habría hecho falta no poco más para hacerme renunciar: ya había mordido el anzuelo.
Si me hubiera pedido que fuera a su encuentro en las antípodas, para una entrevista de veinte segundos, a una tarifa de diez millones, habría encontrado el dinero, y habría ido. Cuando tienen esa fuerza, es imposible cortar los lazos de la transferencia. Yo no me planteaba el problema en esos términos, no tenía opciones: cuestión de vida o muerte.
Sin embargo, teóricamente es tan fácil interrumpir…
Cuando se produce, la ruptura aparece no bien el riesgo se hace manifiesto. Las certezas se agrietan. El analizante también.
Ya no hay modo de mirar a la cara esa verdad que él acudió a enfrentar, no bien se olfatea las primeras evidencias de su develamiento. Ya apenas comenzada la travesía sus piernas flaquean. Mirada ansiosa por encima del hombro. Bastaría con unos pocos pasos atrás para recuperar, intactas, las ilusiones reconfortantes que forjaban su yo con muletas, triunfos de antaño, coraza de cultura, pantalla social. Hacia delante, el negro absoluto. Nada garantiza ver algún día el final del túnel (¿quién le garantizó alguna vez que existía una?).

La duda susurra y roba la respuesta: ¿por qué no remontar el camino?
En cuanto a esa duda, no la engendran los desconocidos, sino el peso agobiante del miedo. Para reprimirla mejor, se la sepultaba bajo una batería de pretextos cuya acumulación termina por justificar la eventualidad de la huida. Uno cede a ella, que se paga con una herida abierta de la cual goteará la amargura, hasta el infinito.
Un conejo me sustrajo del desastre de mi cobardía.
Yacía en el fondo de una zanja, entre la lúgubre llanura de escarcha esparcida por el frío glacial del invierno. Me acerqué a él. Era lamentable en la muerte: helado, rígido; su piel gris roída por las polillas se desprendía en lonjas. Tendí la mano: en ese momento, el cadáver tuvo una suerte de espasmo que impidió que mis dedos lo rozaran. Maravillado de que pudiera encerrar un último destello de vida, quise, a medio camino entre el horror y la compasión, tomarlo en brazos para darle calor. Nuevo sobresalto.
Con pesadez, se alzó sobre sus patas y se tambaleó de un modo penoso sobre la tierra quemada por el hielo.
Más avanzaba hacia él, más se alejaba a pequeñas sacudidas torpes. Pero yo no quería hacerle daño, sino simplemente ayudarlo, abrigarlo, cuidarlo.
Salvarlo.

Nada que hacer. Sin importar mis esfuerzos por atraparlo, una y otra vez escapaba de mí, y me dejaba una indecible sensación de angustia. Cuando me desperté, el conejo estaba tan lejos como cualquier sueño que se escabulle. Este, uno de los primeros que fue tema de análisis, estaba al alcance del primero que se acercara, yo incluido. No demandaba ser descifrado y no presentaba más misterio que la página de palotes propuesta como ejercicio a los chicos de preescolar.
Sí hacía falta que me atraparan, y me avivara: inclusive fui incapaz de captar claramente y en seguida el mensaje que contenía, en cierta forma un lamentable estado de la cuestión. Pero, sin llegar a distinguir el motivo, me parecía que ese conejo no merecía ser relegado a la fosa común de los sueños muertos.
Mucho más tarde, a través de las mil y una trampas que me tendían, llegué a atrapar, uno tras otro, la mayor parte de mis sueños. Más penetraba en ellos, más sofisticado se volvía, para que su sentido me permaneciera vedado, la elaboración de las metáforas que conformaban la trama manifiesta de los siguientes. Me hizo falta mucho tiempo para tomar conciencia de que pese a la increíble variedad de sus tramas siempre me contaban, en su latencia, la misma historia. Apenas me abría camino en su significación, cambiaban el código de su silabario para conservar un tiempo de ventaja, ante la eventualidad de una nueva interpretación, una distancia.
 
 
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