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   Psicoanálisis ad honorem

Honorarios, una variable en la construcción del semblante
  Por Alejandro Del Carril
   
 

Los cambios socioeconómicos acaecidos en las últimas décadas forzaron a los analistas que hasta ese momento se negaban, a revisar la modalidad estandarizada obsesivamente por la IPA, para el ejercicio de la práctica analítica: cantidad, frecuencia y duración de las sesiones, el pago en sus diferentes variantes, la atención “gratuita”, etc.

La renovación teórica efectuada por Lacan aportó elementos valiosos para poder repensar las condiciones que permitieran llevar a cabo los análisis. Como decía Emilio Rodrigué, “si no fuera por Lacan el psicoanálisis habría muerto en las calles de París allá por el año ’68”.
En los comienzos del siglo XXI los analistas que nos consideramos deudores de su enseñanza contamos con elementos que nos permiten practicar el análisis sin quedar encorsetados por parámetros standarizados, que por ser tales sólo atienden a las generalidades, dificultándole al analista el poder maniobrar de acuerdo a la singularidad que se presenta cada vez y en cada caso.
Las “libertades” que nos tomamos en relación con las normativas nos obligan a someternos a uno o más análisis que tratamos de llevar a cabo tensando al máximo su desarrollo, lo que lejos de permitirnos “descansar” en los reglamentos nos impone el ejercicio riguroso de revisar la marcha de los análisis que conducimos, el goce que nos habita en nuestras intervenciones y las consecuencias que éstas tienen en los analizantes.
Pero, como toda teoría, la psicoanalítica por más elaborada que sea, no puede dejar de producir ideología. Este es uno de los efectos imaginarios de toda articulación significante.

Podemos señalar algunos ejemplos:
1. La estandarización lacañosa de las sesiones breves, que lejos de atenerse a la lógica temporal del discurso analizante, se adapta a los ideales del discurso capitalista, time is money. Su consecuencia: el rechazo al trabajo del inconsciente que en el mejor de los casos, aborta el análisis y en otros produce actings, pasajes al acto, fenómenos psicosomáticos o una masa de analistas identificados con un Lacan idealizado a partir de algunos rasgos extraídos por algún discípulo o ex-analizante, sin llevar a cabo sobre dichos relatos un trabajo crítico mínimamente riguroso.

2. La utilización de términos como el de sujeto sin tener en cuenta la definición del mismo que da Lacan, como lo representado por un significante para otro significante, para utilizarlo en forma análoga al de individuo (no dividido), ignorando que aquél no es un ente autónomo sino que se produce en discurso. Es a partir de éste, en tanto forma de lazo social, que se producirá el sujeto. Es por esto que el trabajo del analista se va a encontrar marcado por las instituciones en las que éste trabaje y/o en las que se forme. La continuidad moebiana existente entre el análisis en intensión y en extensión es una cuestión insoslayable en la formación del analista.

Es en este sentido que pretendo abordar el análisis de lo que sucede en algunas instituciones donde se atiende gratuitamente a los pacientes y/o donde los analistas trabajan ad-honorem o por pagos ínfimos.
No me cabe ninguna duda de que muchos colegas trabajan seriamente en estos lugares y producen efectos analíticos, pero he sido testigo de una serie de prácticas que dejan mucho que desear.
Como decía Granoff: “Podemos decir, siguiendo a Lacan, que la especie humana es relativamente razonable salvo en dos terrenos donde está verdaderamente más loca que un plumero: el sexo y el dinero, entonces es tan vano querer apegarse a testimonios de decencia en el nivel del dinero –de la decencia burguesa- como en el nivel del sexo”.1
Por lo tanto, un análisis deberá abordar, tarde o temprano, estas cuestiones que se encuentran presentes en todas las vicisitudes de la existencia.
Claro que pagar y cobrar son actividades que no se llevan a cabo solo a través del dinero, forma ésta que suele ser la más barata. Se paga también con sometimiento, sufrimiento, enfermedades, muerte, etc… o con trabajo u objetos que tengan valor simbólico. Por otra parte, el analista además de pagar como lo señalaba Lacan en “La dirección de la cura…” puede cobrar, también en experiencia adquirida, formación, relaciones con colegas, etc.
Una cuestión fundamental es tener en cuenta que lo que paga el analizante no es lo mismo que lo que cobra el analista. A cada uno el acto lo afectará de acuerdo a las modalidades de goce de su economía libidinal. No habrá análisis posible sin un acuerdo mínimo en este aspecto. Acuerdo que es preponderantemente simbólico-imaginario, por lo señalado anteriormente, y que vela un real, que no hay relación sexual y que cada uno se las arregla como puede con su goce.

Aquí es donde suelen surgir ciertos inconvenientes. Algunas instituciones se ofrecen, implícita o explícitamente, como cotos de caza de pacientes, ya sea siguiendo la ideología privatizadora, haciéndolo bajo cualquier condición, o en aquellas que se ofrecen “bonos contribución” por un período de tiempo, aumentando el honorario una vez cumplido ese plazo.
Lejos de criticar en forma general prácticas tales como el aumento del precio de las sesiones o el pasaje a un consultorio privado, me interesa analizar la lógica en que suelen sostenerse gran parte de estas prácticas, ya que su consecuencia más común es la interrupción de los tratamientos comenzados o la continuación de los mismos bajo condiciones tales que impiden que el tratamiento desemboque en un análisis.
Esto pasa cuando el analista no se considera bien pagado mediante las modalidades que enumerábamos al principio (formación, experiencia, etc.) y desea cobrar más dinero. Entonces, lo que termina imponiéndose es la lógica del dealer: “el primero te lo regalo, el segundo te lo vendo”. Cuando el colega es un simple neurótico y está realmente en análisis, en el mejor de los casos, suele sintomatizarlo y extraer de allí las consecuencias, como le sucedió a ese que el día en que se vencía el plazo para que el paciente pagara con el bono contribución, lo que implicaba un aumento en el precio, tuvo que interrumpir abruptamente la sesión cuando sus intestinos lo requirieron con premura. La interpretación no se hizo esperar: “¡lo cagaste!”
O aquella paciente que habiendo regateado el precio en la primera sesión fue advertida de que a los tres meses se le cobraría lo que el analista pretendía. Llegado ese momento, la paciente, que hasta ese entonces venía trabajando bien, reaccionó diciendo: “¿Pero cómo? Yo creí que entre nosotros había algo más que dinero”. Y se fue para nunca más volver.

Este tipo de contratos, cuando se generalizan, responden a la lógica del yo. Se piensa así que el contrato analítico es como el contrato de alquiler: “como yo te avisé, ahora te lo exijo”. Se olvida, de esta manera, que el inconsciente responde a otra lógica y que es ella la que estructura la transferencia. Como en el segundo ejemplo, para esta paciente la rebaja de cinco pesos era la muestra inequívoca de la renuncia por amor del analista. Hubiera hecho falta un trabajo analítico a fondo, con el tiempo que para ello fuera necesario, para llegar a cuestionar esa creencia. Siempre y cuando el analista hubiera estado dispuesto a cobrar la cantidad acordada el primer día hasta que la dinámica transferencial permitiera dejar caer el semblante amoroso y producir el aumento deseado.
Los semblantes que se arman y desarman en cada análisis responden a las modalidades de goce de cada analizante sostenidos por el analista desde su saber hacer inconsciente, producto del trabajo analítico realizado sobre sí mismo. No responden a estrategias del yo.

Un hombre de mediana edad consulta padeciendo una implacable neurosis obsesiva. Además, tenía en el pene unas llaguitas. Se había pasado gran parte de su vida adulta trabajando para llevarle dinero a su mujer que se encargaba de administrarlo. La única forma de poner cierto límite a esta compulsión a responder a la demanda de dinero la encontró quedándose sin trabajo. Pese a sus quejas de ser un desocupado todos sus movimientos para salir de ese lugar eran autosaboteados. No tardó mucho en agenciarse una amante que le aportaba el dinero necesario para mantener a su familia. Pasado un tiempo de análisis, durante una sesión declaró que su situación económica había empeorado y no podía concurrir más. Le dije que siguiera concurriendo y que más adelante me pagaría las sesiones. Concurrió algunos meses hasta que pudo volver a pagar. Objetivamente su situación económica no había variado en nada, pero subjetivamente sí, no podía pagar. Al poco tiempo de retomar sus sesiones pagas dio a entender que tenía dificultades nuevamente y que no sabía si podría continuar. Esta vez dejé la decisión de su lado y continuó concurriendo y pagando. Convinimos un plan de pago en cuotas para la deuda que había acumulado. Mientras tanto, seguimos trabajando, sobre todo, con construcciones y con las fallas lógicas del discurso, ya que casi no producía formaciones del inconsciente. Entre otros cambios realizados, se separó de su mujer para irse a vivir con la amante.

Como resultado de un arduo trabajo analítico pudimos llegar a conjeturar que en las llaguitas se encontraba holofraseada la demanda materna: ¡ya guita!, que se había vuelto más apremiante para él a partir de la muerte de su padre, acaecida a los ocho años de edad. Dicha conjetura se vio confirmada el día que pagó la última cuota de la deuda, cuando comentó que las llaguitas del pene habían mejorado y que su prepucio ahora se corría más cómodamente. El analizante comenzaba así a asomar la cabeza.


1. Wladimir Granoff, Lacan, Ferenczi y Freud, Buenos Aires, Epeele, 2004.

 
 
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