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   Psicoanálisis ad honorem

El dinero, condiciones
  Por Hugo Dvoskin
   
 
El dinero suele irrumpir en la clínica psicoanalítica ligado a lo descontextuado, a lo fuera del artificio del tratamiento, incluso bajo la emergencia o la pregunta “y si no puede pagar, ¿qué hacer?”

“No pasa nada”: “Salimos, fuimos al cine, fuimos a comer, estuvimos hasta las tres de la mañana hablando pero no pasó nada”. “No pasó nada”, “¿cómo nada?”. “no pasó nada de eso”, y “eso” es lo sexual. Sin embargo, la salida concluyó a las tres de la mañana, se conocieron, hablaron, quedaron en volver a verse. Pese a eso que pasó, el paciente insiste: “no pasó nada, entendés”. Luego de cierto número de encuentros con la mujer tienen relaciones sexuales, el paciente dice “nosotros estamos saliendo así, pero con ella no pasa nada, sólo nos encontramos para coger”. Si antes “no pasó nada”, ahora “no pasa nada”. Antes no pasó nada porque no tuvieron relaciones sexuales, ahora no pasa nada porque solamente tienen relaciones sexuales.

Esa “nada” que no pasa se dialectiza con un algo que se espera que pase y que capitonea ese encuentro dándole cierto sentido, lo almohadilla ya sea por la vía de lo sexual, ya sea por la vía de aquello que no siendo sexual es necesario que pase para que “algo pase”.
Los psicoanalistas solemos hacer una promesa al recibir a quien nos consulta: “lo escucho”. No es una promesa de felicidad, ni siquiera podría asegurársele una mejoría con nuestro procedimiento. Esta promesa a su vez supone un artificio, un conjunto de variables para que tenga lugar. Este conjunto de pautas incluye la frecuencia, los horarios, los períodos vacacionales, los feriados, las faltas y... el dinero. El dinero, en consecuencia, aparece como una de las variables del artificio para posibilitar –vía la asociación libre– el despliegue de la hiancia que habita entre percepción y conciencia. El artificio en psicoanálisis incluye el pago explícito y en forma efectiva. En otros dispositivos –la confesión, por ejemplo, que bien puede ser pensada como una terapéutica– el pago se realiza de forma indirecta y no supone que el pago, ya sea éste simbólico o económico, implique que la otra parte –el sacerdote– cobre por ello. Es un pago institucional, se le dona a la Iglesia. Cabe diferenciar pago y dinero. El hecho de que un pago se realice por otras vías “cortocircuita” la cuestión, pues no se trata de metaforizar el pago sino de abordar el lugar específico del dinero, de determinar la singularidad de lo que se cobra. En el sueño bíblico que Daniel interpreta –al que hemos hecho referencia extensamente en “De la obsesión al deseo”1– Dios mismo mide dos veces como si Él mismo desconfiara de la precisión de una medición. Podría decirse “murphyanamente” que cualquiera sea la medida será, en cierto sentido, incorrecta. Si la medida es imprecisa, el resultado es dialectizable. Se tratará, en consecuencia, de poner (de decidir) alguna medida.
“Alguna medida” que da cierto valor en oposición a lo que podría ser “sin valor”, incluido el sin valor de la cobardía para cobrar. Falta de valor que queda ligado al no “pasó nada” del comienzo.

Dinero = ...: El dinero aparece privilegiadamente en la teoría psicoanalítica en la ecuación fálica donde queda en equivalencia de valor con el falo: 

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_________________
1. Hugo Dvoskin, De la obsesión al deseo, Buenos Aires, Letra Viva, 2001, p. 29.
2. Miguel Sicilia, “Las cartas recuperadas se cobran”, en El Otro, núm. 82.
3. Hugo Dvoskin, Los mismos distintos lugares. Buenos Aires, Xavier Bóveda, 1997, p. 80.

= pene = hijo = heces = dinero = regalo

En esta ecuación el dinero sustituye un inexistente: del falo sólo hay suplencias ya que el falo, en tanto premisa universal del pene, refiere al órgano sexual (eréctil) que tendrían todos y que, en consecuencia, nadie tiene. En la ecuación y a la hora del pago, el dinero cubre mal aquello que no es posible cubrir pues se pretende cubrir lo que no hay. Si el falo es medida, la fisura en las equivalencias (por ejemplo sesión = dinero) está en la estructura.
Si bien es un dilema que “eso” se cubra, se plantea el problema con relación a qué sucede cuando “eso” ni siquiera se pretende cubrir. De hecho, el análisis consiste en soportar que eso no sea “cubrible”, en soportar la castración y el duelo ante la pérdida estructural del objeto pero se mantiene lejos de cualquier canallada que intente hacer equivaler la “no relación sexual” con la resignación o la impotencia. Si fuera necesaria una comprobación en la vida cotidiana, la depresión post-parto evidencia la insuficiencia de todo objeto para cumplir satisfactoriamente la completud. La insaciabilidad por el dinero, la avaricia, es otro nombre posible de esta imposibilidad –en este caso del dinero– de cubrir el agujero con un objeto.

El dinero, a su vez, es un nombre del intento de cubrir lo “incubrible”. Consecuencia de lo anterior y dada la ineficacia para cumplir completamente su cometido, el dinero supone un malestar en la clínica del que el procedimiento tendrá que dar debida cuenta.
La falta de pago tiñe melancólicamente el relato aun de aquello que es acorde con su deseo. ¿Qué teoría cabe para quien no paga con dinero su análisis? El sujeto neurótico siempre produce teoría de aquello que le resulta incomprensible. La imposibilidad de habitar el sin-sentido fuerza a la neurosis a la producción de teorías –sexuales infantiles– sobre aquello que aparece como agujero en el discurso. Que un profesional no cobre por su trabajo debe incluirse como uno de esos enigmas. Puesto que habrá otros que sí pagan, puede tener una teoría económica que de todos modos no lo satisfaga. Si nadie paga el trabajo queda desdibujado y entra en el terreno de aquí “no pasa nada”. “Este profesional trabaja de otra cosa, ahora bien, si trabaja de otra cosa ¿qué es lo que hace cuando me atiende? ¿quizás sean prácticas?” Del lado del profesional, luego de la jornada de trabajo en la que no ha cobrado nada, podría decir “hoy no pasó nada”. Nos reencontramos con el “no pasa nada” y el “no pasó nada”.

El sujeto probablemente formule alguna teoría relacionada consigo mismo. Conjeturemos. Una posibilidad podría referir a la pena, a la lástima que se le tiene por no contar con el dinero para pagar. Se produce una juntura entre la falta de valor de la sesión y el poco valor que se atribuye. Hemos colaborado a su melancolización, con poco –“sin cobrar”– hicimos mucho –“él no vale”–. Sin embargo, en muchas oportunidades, en el trabajo clínico el resultado del no pago queda ligado a la suposición de ya haber pagado. Si en un caso me lo merezco por valer poco, en el otro, me lo merezco por mucho. Esta segunda versión suele tomar el giro del resentimiento por el cual “ya pagué”, “me lo merezco” para desembarcar en “me lo deben”. “Con lo que ya me ha pasado en la vida no tengo por qué pagar. La vida me debe un resarcimiento por los daños infringidos”. Ahora bien, un resentido es alguien que se ve imposibilitado de implicarse en el texto propio. Sus responsabilidades quedan siempre enmascaradas en las culpas de otro. Si las faltas y las culpas no están en mí, la labor analítica se ve impedida.

Sacar la cuestión del dinero, o introducirla bajo el formato de evitarla (o no cobrar), crea más elementos para que el deseo mismo quede fuera de tratamiento, más allá del cliché “paga por otro lado” (aun cuando el sintagma sea cierto).
El “no quiero pagar”2 lleva la cuestión al límite de lo irresoluble y cabe al menos intentar dialectizarla bajo el modo “quiere no pagar”, en la que algún deseo se sitúa del que deberá dar cuenta, ahora de su deseo, no de la justicia. Es un difícil desafío clínico que la praxis le permita el viraje que lo lleve de su posición de acreedor a la de deudor, que en términos fenoménicos implica dejar de ser un resentido para poder encontrar los lugares para agradecer.
En Los mismos distintos lugares hice una referencia a un analista que consulta preocupado por su paciente que no quiere pagarle… él no paga por la sencilla razón de que, a su vez, no le pagan. “Su posición de acreedor le da forma a la pregunta ¿qué es un padre? Y responde que su padre no sabía serlo, no le daba el dinero del que él consideraba ser acreedor puesto que aunque no se lo mereciese, el padre lo tenía”3. Acaso un pedido de anticipo de herencia, de lo que de todos modos quizás llegaría a ser de él.

Alejado de la ficcional y canallesca posición del american way de haberse hecho sólo “sin deberle nada a nadie”, el “querer no pagar” –aun cuando lo sitúe en términos de querer “robar” o quedarse con “algo del otro”– permite situar el interés del sujeto por el objeto, allí su deseo por lo cual entrarían a jugar diferentes modos de pago: ¿cuánto paga por no pagar?
El no cobrar pone al tema del dinero en los bordes de ser un tema tabú. Freud lo llamaba “crear una embajada” y era uno de los mejores formatos para todo tipo de resistencia. De “eso no se habla” y dado que “casi” todo podría correlacionarse con “eso”, no se habla de “casi” nada: una nueva vuelta que evidencia que se podría estar imposibilitando el tratamiento que se pretende posibilitar. Se encuentra aquí un nombre y un límite al trabajo hospitalario (en la doble acepción del término).
Que no se pague no deja de relacionarse con la cuestión sacrificial ¿del analista?, ¿del analizante? ¿No estará en juego también la reflexión de Isaac al ir en sacrificio: “Padre, falta el cordero” (nuestra moneda de pago), ¿por qué yo no pago? ¿Por qué tú no cobras? ¿Acaso no falta el cordero? ¿Acaso soy un conejillo? ¿Dios proveerá (a los profesionales)?
Quizás cuando de “eso se hable”, cuando algo de “eso pase”, cuando “eso” almohadille aquello de lo que se habla, quizás entonces, el tratamiento comience y el tratamiento puede tomar debida distancia del furor curandi de hacer el bien, del honor de ser analista que se dibuja como promesa detrás del ad honorem.
 
 
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