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   Colaboración

¿Relaciones? entre Derecho y Psicoanálisis
  Por Marta Gerez Ambertín
   
 

La bibliografía sobre las relaciones entre Derecho y Psicoanálisis crece incesantemente. Abundan las teorizaciones sobre la Ley, Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología es expurgado hasta en su mínima frase y cada vez se hacen más jornadas y congresos para hablar del tema. Lejos de todo ello, sin embargo, se yergue –sordo a tanta disquisición– el edificio tribunalicio, el sistema jurídico penal y procesal penal.
Al estudiar los Expedientes Judiciales –que contienen desde la notitia criminis hasta la sentencia conclusiva– se advierte sin dificultad el abismo que separa a “los hechos” –o mejor decir, los hechos devenidos “texto” que es el expediente– de las hipótesis, tesis, teorías o “saberes” que se elaboran sobre los mismos.
Entre las múltiples sorpresas que los expedientes deparan se encuentra aquella que mencionaba Foucault: “los ‘expertos’ dicen cosas como para caerse de espaldas, cosas que todo el mundo finge considerar como exposiciones técnicas de alta competencia”. Para Foucault, recién después de toda esa “liturgia” los jueces aceptarán realizar la incómoda tarea de “castigar”.

En un caso de violación se pregunta al forense si “puede certificar el ilícito” y éste informa que encontró “una vagina complaciente que presenta desgarros en horas 6, 9 y 12, la niña perdió su virginidad física”. Pero el supuesto “ilícito” era una violación, no una vagina complaciente o no (nótese, además, el uso de conceptos como “virginidad física” lo que aludiría a una probable “virginidad psíquica” o “moral” o vaya a saber qué).
En otro caso el juez solicita que un asistente social recabe información sobre la opinión de los vecinos de un imputado por abuso sexual a su hijo (es casi como si se solicitaran los “chismes” del barrio). Diez folios y varios días insumidos en la tarea del perito no ofrecen nada realmente útil. La experiencia (que indudablemente cualquier juez penal o de familia debe y puede tener) indica que en la mayoría de estos delitos hasta los familiares más directos desconocen (o fingen desconocer) el hecho, ¿podrían hacerlo los vecinos?; ¿es que se suele violar a los hijos en público? Así, el informe aludido señala que los vecinos: a) no lo conocen, b) lo conocen pero no tienen opinión formada del imputado, c) las veces que trataron con él el trato fue correcto. ¿Qué puede indicar esto? ¿Acaso la inocencia? ¿Acaso la culpabilidad? Ni la una ni la otra.

Una pericia psicológica a un supuesto uxoricida dice: “El perfil presentado [...] refleja un individuo primitivo, con débiles condiciones de control emocional y de participación en el sentido común, factores que reducen su capacidad de adaptación al medio circundante”. ¿Individuo primitivo?, ¿control emocional?, ¿sentido común?, ¿adaptación?, ¿es que todos estamos contestes en lo que estos “conceptos” pueden ser?
Obvio mencionar las aberraciones del famoso DSM IV para el cual quien viola el derecho de los demás –por caso el derecho a transitar impedido por un piquetero– es un “psicópata” (vid F60.2 Trastorno antisocial de la personalidad [301.7] DSM-IV).

¿Que algunos de estos “informes” o “estudios” son risibles? Claro que lo son. Y los primeros en reír deben ser los que los hacen... y los segundos los que los leen (jueces, defensores, fiscales, etc.). Sumarse al jolgorio -como muchas monografías que tratan la relación entre Derecho y Psicoanálisis hacen- es fácil. Lo que, empero, se torna más difícil, es ofrecer una variante ya que el nuestro es un sistema penal donde los aspectos subjetivos del delito tienen tanto o más valor que los objetivos, donde el juez deberá considerar la calidad de los motivos que determinaron al sujeto a delinquir (Código Penal Art. 41 inc. 2º) para establecer las penas. Obviamente, las cosas serían “aparentemente” más simples si nos rigiera un “Código” que ordenara: “al que roba se le cortará la mano”. Y caerían las manos tanto del indigente hambriento como las del millonario corrupto. Muchos delitos pasionales se resolverían rápidamente si aplicáramos el Levítico: “Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos” (20:10) (la cursiva es mía).

Hay en Derecho una buena expresión para eso: “summum ius, summa iniuria”, es decir, la aplicación estricta de una norma puede devenir notoria injusticia.
En síntesis, al que no le guste el sistema penal actual de penar junto al acto “los motivos” del acto, puede probar con aquel que pena exclusivamente el acto. Sirve aquí aquello de “Al que no le guste la educación que pruebe con la ignorancia”: al que no le guste que se investigue cómo es o fue el sujeto del delito, qué lo llevó a transgredir la ley, etc., pruebe un sistema donde ese dato se excluya absolutamente de la investigación judicial bastando averiguar quién hizo qué para, automáticamente, aplicar la sanción.

Pero advirtamos que ya en las “codificaciones” más antiguas los “motivos” del acto criminoso son tenidos en cuenta. Por ejemplo, tanto el Código de Hammurabi como el hebreo distinguen entre el homicidio deliberado y el homicidio accidental; hoy diríamos: distinguen dolo de culpa.
Desde el momento en que el sistema considera las motivaciones del delito ya no se juzga sólo al delito sino, y fundamentalmente, al delincuente: ¿cómo es el sujeto del delito? ¿por qué hizo lo que hizo? Para saberlo se apela a psiquiatras, testigos, psicólogos, vecinos, grafólogos, asistentes sociales, etc. que producen discursos como los citados. Por tanto, o cambiamos el sistema jurídico y lo convertimos en lo que se conoce como derecho penal objetivo (con leyes como las del Levítico) o, intentamos, cuando menos, mejorar las instituciones y sus prácticas, y, fundamentalmente, reelaborar las formas de concebirlas; pero es dudoso que eso pueda lograrse evitando siquiera pasar por el edificio de Tribunales, leyendo Foucault pero no los Códigos Penal y Procesal Penal, estudiando Lacan y nunca un expediente judicial.

Mientras es deseable y fructífero que se profundicen las investigaciones en las que desde el psicoanálisis se analiza el derecho, la justicia, la ley, etc., es preciso que también lo hagan aquellas de psicoanalistas que trabajan la discursividad del momento en que la normatividad vigente subsume el hecho dentro del derecho, cuando los sujetos sufren sobre sí al Ius Puniendi; en última instancia, cuando son atrapados en el proceso penal por una batalla de discursos de curiales, peritos, fiscales, testigos, jueces de instrucción y sentencia... inculpados... y víctimas.
Es lo que hemos intentado en el segundo volumen de Culpa, responsabilidad y castigo en el discurso jurídico y psicoanalítico (Letra Viva, 2004) que condensa un trabajo –aún en marcha– tanto con integrantes del sistema judicial como con los documentos –“textos”– que ese sistema produce. Es en las manifestaciones concretas del dispositivo judicial –que sólo es posible conocer en los expedientes judiciales y los códigos de fondo y de procedimiento a que esos expedientes aluden– donde se advierte meridianamente que el delito es percibido, en muchos casos, como una orientación individual y patológica respecto del sistema normativo compartido; lo cual habrá que refutar con algo más que críticas al DSM IV o sonrisas ante los informes periciales. Y para eso es imprescindible “abismarse” en el proceso penal mismo pues de allí se extraerán los elementos para intentar –como dijimos– maneras de concebir sus instituciones y sus prácticas.

El psicoanalista es el único que posee una experiencia dialéctica del sujeto, decía Lacan, ¿podrá aportar, entonces, a la tarea ineludible del juez de imponer sanciones a los actos dañosos tal como ordena a ese juez la normativa vigente? ¿aportar en el conocimiento de ese sujeto que sufrirá el Ius puniendi tanto para que la sanción se corresponda propiamente con el acto, para que no sea desproporcionada en relación al sujeto del acto, como para que, verdaderamente, tenga efectos sobre el que la sufrirá?
Hemos desarrollado estas hipótesis en un trabajo de y con los expedientes del proceso, de los cuales es fácil reírse... nosotros hemos preferido procurar escucharlos y hacerlos hablar.

 
 
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