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   El cuerpo implicado del analista

El cuerpo del analista
  Por Sergio  Rodríguez
   
 
El cuerpo del analista tiene cabeza. A veces sirve, a veces no (la cabeza). A veces con pelo; a veces, no. A veces teñido, a veces no (el cabello). A veces con implantes capilares algunos varones, y de siliconas algunas mujeres (éstos, no en la cabeza). El cuerpo tiene cara. Hay caras clásicas, que tiran a imitar a Freud: barbita, bigote, anteojitos redondos en los más atávicos, a última moda en los más agiornados. Casi infaltable, la pipa. También están los que les (¿nos?) gusta posar de marginales y rebeldes. Pelos al viento, mirada de: ¡qué me importa la mirada que atraigo!, andar apurado. Los más copiados de Freud, caminan con pasos largos, cansinos o lentos... ¡vaya a saber! Espalda gibosa, representa ante el mundo cuánto pesan las miserias neuróticas1 que cargan diariamente.

Ellas: De jóvenes, bellas, esbeltas y provocadoras, como la mayoría de las jóvenes y más aún cuando los libros de Freud las incitaron a abrir el corral de su libido. Pasados los años, los kilos hacen su obra y no siempre con el estilo de Botero2. Cada kilo que suben, agregan alguna pulsera o collar a las muchas que ya llevan y algún color en sus ropas, que de jóvenes no se animaron a usar. En estos últimos diez, quince años, se han agregado las cirugías estéticas. A veces bien, a veces mal, Mirtha Legrand y Ernestina Herrera de Noble, muestran. Claro que no todas se hacen tantas operaciones. También hay señoras que mantienen su compostura y se ubican en la edad que portan cuando eligen vestimentas. Algún buen análisis las ha ayudado a hacer un duelo adecuado por lo que va perdiendo su cuerpo. Además, si anduvo bien, les facilitó descubrir que con el paso de los años se pierde en el cuerpo y se puede ganar en otros terrenos.

Los hombres nos apretamos el cinturón lo más que podemos y corremos. Algunos damos vueltas en Palermo. Otros en la cinta del Gym o de la casa, siempre en el mismo lugar. Resulta curioso correr para no avanzar, y sí, retroceder en kilos y colesterol. Casi suena metafórico. En fin, como diría una cueca, el cuerpo de los analistas: casas más, casas menos, ¡igualito que los demás! Con algunos rasgos del oficio: ocho, diez horas sentados, oyendo sobre el dolor de existir, y recordando el propio si estaba olvidado.

A sabiendas o no, siempre funciona como herramienta. El hombre de las ratas se cruzó con Ana al entrar a una sesión. Para lo simbólico de Pablo Lorenz, ella formaba parte del cuerpo de Herr Doktor. Esa noche soñó con unos lentes de bosta. La ambición anal tomó como resto diurno al síntoma de Freud3. Otra vez, el doctor le convidó té con arenques y el paciente soñó un coito con la señorita de ano a ano, ejecutado con un falo de arenque fecal. Fueron dos de los sueños más importantes del susodicho. En ambos, de una manera simbólica, el cuerpo de Freud estuvo presente.

Recuerdo un analista que, fundamentándose en la abstinencia y la neutralidad analíticas, criticaba mi consultorio por estar poblado de máscaras, fotos y cuadros. El de él, tenía las paredes blancas sin un solo adorno, al igual que mesitas y muebles. Eso sí, no faltaba la poblada biblioteca con las obras completas de Freud, Lacan, Melanie Klein y muchos otros libros de autores psicoanalíticos, más varios de ficción y filosofía. Es imposible ser opaco. Freud, Ferenczi, Melanie Klein, Winnicott, Anna Freud, Lacan, fueron absolutamente públicos. Sobre lo que no hay que informar es sobre lo que se cree sobre el paciente. Le hice observar que sus paredes blancas y sus libros, daban tanta o más información sobre él, que el aquelarre que puebla mi consultorio sobre mí.

Y para bien y para mal. Piezas del aquelarre han jugado funciones importantes en sueños y otras formaciones del inconsciente de muchos que se analizan o analizaron conmigo. Recuerdo un señor empresario muy serio y creyente religioso que me habían derivado. Se me sentó enfrente y comenzó a contarme sus cuitas de amor. Más de sesenta años, siempre había sido estrictamente fiel y monógamo. Pues bien, a la vejez, viruela. Estaba perdidamente enamorado de una joven secretaria y esto lo desesperaba. Él quería a su esposa, hijos, familia y no quería tener ningún traspié que pusiera en peligro esos vínculos. Estaba convencido de que estaba loco. Freud ya decía en Psicología de las masa y análisis del yo, que el enamoramiento es un estado de psicosis transitoria (¿Sería por su experiencia con Lou Andrea Salomé?) Bueno, pues este señor estaba absolutamente convencido de que había enloquecido. En un momento tuve que salir un instante. Cuando volví me dijo: “Mire doctor, lo estuve pensando y yo con usted no me puedo analizar. Si usted tiene tantas máscaras no puede arreglar mi locura.” Tenía su razón, él deseaba desenmascararse y suponía que alguien tan afecto a las máscaras no lograría hacerlo. Era la primera entrevista, demasiado temprano para decírselo, así que opté por darle la mano y no resistirme a que buscara un analista serio. La transferencia, que en los comienzos de su ir instalándose, suele ir haciéndolo de una manera imaginariamente real, suele tomar fuertemente como referencia lo que los ojos creen ver en la mirada que mira, las vestiduras, los gestos, la respiración, la escenografía del consultorio. Los oídos: en la voz y las palabras que oye o que no escucha, etc. del candidato a psicoanalista. Están los analistas que dan tímidamente la mano, casi como un colgajo, los que aprietan fuerte, los que aceptan besitos y los que no, igual que con el tuteo, etc. Ya en situación, los que creen conveniente prolongados silencios iniciales interrumpidos a lo sumo por un carraspeo (son humanos) o con uno o dos: ajá. Cada uno de esos estilos, que en algunos son simples inhibiciones evitativas, produce efectos en quien consulta: fugas, desbloqueos, idealizaciones, etc. Lo importante no reside en a qué molde responder sino en estar atento a observar qué semblante, qué apariencia se está portando, para adecuarlo según las reacciones que van produciendo en quien consulta. Lo que hay que buscar es que la transferencia se instale para, analizándola, ir destituyéndola y curando al ser parlante que reclama eso de nosotros. Habrá que ir atravesando lo imaginario, el engaño de la mirada, del oído y la piel, para que lo simbólico, especialmente lo significante (lo que representa un sujeto para otro significante4) horade lo real, reordene el goce acercándolo a los deseos del analizante.

El que demanda tratamiento, también se nos aparece. Nosotros los psicoanalistas también somos parletres, a pesar de aquellas/os que se empeñan en disimularlo tras los oropeles de erudiciones universitarias (pesadamente humanas). Sufrimos lo mismo y de lo mismo que nuestros analizantes: la castración del lenguaje y sus consecuencias. Ergo, en todos los encuentros nos encontramos con desconocidos velados tras sus propios semblanteos. Tratamos de ir leyendo en cada enunciación el efecto sujeto dividido que la misma produce, para comunicársela si estamos en tiempo adecuado.
Dicha operatoria se produce a partir de cómo se encadena en cada circunstancia nuestro nudo de cuatro5, con el del analizante. De ahí que no sea poco común que la mejor interpretación y/u operación7 provenga de alguna formación del inconsciente del analista. Suele vehiculizarla el deseo del analista y darle efectividad de verosimilitud. También, que poco a poco, golpe a golpe8, repetición a repetición, podamos ir construyendo las escenas fantasmáticas que soportan los deseos de cada analizante. Nuestro yo quedará en stand by sí y sólo sí, nos dejamos llevar como objetos a por dicha articulación entre los dos nudos. Se producirá entonces, entre analista y analizante un tercer anudamiento al que contribuirá decisivamente el cuarto nudo de cada uno, poniendo en escena el encadenamiento correspondiente a ese instante del análisis, su semblante. Esta cuestión es la que le da relevancia al análisis del analista. Cuando ha funcionado bien y más cerca ha llegado de su final, el inconsciente del analista y la estructuración borromeica que atrapa su ser de objeto a9, queda en mejores condiciones de posibilidad para que curse el deseo del analista, semblantee la causa del deseo del analizante y dirija la actividad en la cura. Suele ser lo más habitual que para que ello ocurra, el analista ha debido visitar a más de un analista para su propia cura.
Se puede así, como efecto de lo real de la situación analítica, tamizada por la relación del analista con su inconsciente y su anudamiento según las condiciones de posibilidad en que lo dejaron los análisis cursados, posicionarse debidamente en el:

Discurso del analista

El cuerpo del analista toma parte en el acto del analista o en su aborto.
La vieja metáfora que planteó Freud de que el analista tiene que funcionar de espejo para las proyecciones del paciente, conserva todo su vigor si la tomamos como tal y no como una metonimia. ¿Qué quiero decir con esto? En primer lugar que es imposible que el cuerpo del analista funcione como un vidrio plateado que refleje sin más ni más, la imagen invertida de la periferia del paciente. La dotación pulsional del psicoanalista, sus relaciones con goces diversos, los deseos que lo habitan entrecruzándose con el deseo del analista, hacen de él un ser hablante con un cuerpo de carne y hueso que ningún análisis transforma en una gota pura de simbólico, como le gustaba ironizar a Ricardo Estacolchic. En El seminario. Libro 1 Lacan planteó, exagerando, pero por reducción a lo fundamental que no había otra resistencia que la del analista. Luego en seminarios sucesivos habló de las resistencias del yo, del discurso, del goce, incluida la del significante y de las del superyó en los analizantes. Pero todas ellas pueden hacerse presentes también en el analista y muchas veces a través de su cuerpo y no sólo de sus palabras. Por ejemplo, un corte prematuro o un alargamiento perjudicial de una sesión o de un análisis, pueden estar dando indicio de ansiedad, hasta angustia y a veces embelesamiento del oficiante, ante una presencia demasiado real de un síntoma o un rasgo de carácter del analizante o de una presencia imaginariamente cautivante. También, de un odio renegado hacia el mismo o hacia alguna posición sacrificial del ser hablante en cuestión, en relación al (O)otro. De la misma manera, el olvido de la cita para una entrevista o sesión. O un tropiezo con el vuelco de alguna infusión sobre el/la paciente. Recuerdo que una vez, hace muchos años, atendía a un joven marginal y homosexual por quien había tomado una simpatía que me empujaba a “buscar su salvación”. Su horario era el de las 15 hs. Llegué a mi consultorio a eso de las 14 hs. y me pegué un baño. Cuando eran las 14.30 sonó el timbre, yo ya me había bañado, secado y me estaba peinando. Pensé que era una persona de mi conocimiento. Me puse la toalla como un taparrabo y cual no sería mi sorpresa al encontrarme con la presencia de dicho paciente. Lo hice pasar a la sala de espera, terminé de vestirme y desarrollamos la sesión en la que apareció un recuerdo infantil, cuatro años de edad, en el que el padre le pintaba las uñas y le peinaba las pestañas y las cejas. Ese mismo padre era el que lo había traído a la primera consulta. Evidentemente el cuerpo del analista operó, como resistencia y como intervención. El resultado fue favorable pero podría no haberlo sido. ¿Qué madeja de fantasías inconscientes lo había hecho a él adelantar su llegada y a mí recibirlo en esas condiciones? Sólo conocemos la que emergió a través del relato sobre esos hábitos del padre. Pero lo que es evidente es que la escena disparó el recuerdo, aunque tal vez lo no evidente haya funcionado disparando la escena desde el campo de la causa: ese padre perdido, ya que ahora se oponía a lo que había cultivado.
Por suerte el cuerpo del analista tiene pies. Y los pies suelen tropezar. Tal vez por eso Lacan solía decir que pensaba con los pies.

____________________
1. Sigmund Freud., Nuevos caminos de la terapia psicoanlítica, en AE, tomo XVII.
2. El artista plástico colombiano.
3. Ver Emilio Rodrigué, Sigmund Freud.El siglo del Psicoanálisis, Buenos Aires, Sudamericana, 1996.
4. Lacan desde Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis
5. Imaginario, Simbólico, real y sinthome.
6. Me parece un significante más adecuado que intervención, por su plurisemia y por su relación con obrar y con cortar (en cirugía)
7. Como dice Miguel Hernández a través de la voz del entrañable Joan Manuel Serrat
8. Cf. Jacques Lacan “La tercera”, en Intervenciones y textos, 2, Buenos Aires, Manantial, 1988 y el seminario inédito El Sinthome
 
 
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