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   El cuerpo implicado del analista

El cuerpo como resistencia
  Por Daniel Paola
   
 
En el inicio del psicoanálisis Freud genera el concepto de representación. Representación de cosa es un concepto distinto de representación de palabra. Se trata de un concepto primordial que es necesario considerar para abordar el tema del cuerpo. Así como existe la división entre cosa y palabra, la representación oficia de puente entre una y otra.
La Vorstellung es una aparición escénica porque para Freud existe otra escena necesaria donde alojar al inconsciente. Una forma de decir anticipada en la que lo real existe en tanto un imaginario le da cuerpo.

Representante de la representación, es la forma en la que se expresa la pulsión, siguiendo la enseñanza de Lacan. El movimiento generado de una escena a otra, que por mi parte considero propio del movimiento que se establece entre real e imaginario, crea un lugar llamado cuerpo con su impacto. Ese impacto que es la reproducción como acto sexual, es la repetición como marca en el lenguaje que parasita, en el mejor de los casos tratado como inconsciente.
Esa marca en el lenguaje que parasita se puede leer como obtrescena en Lacan, según mi lectura, en tanto no hay posibilidad de eludir la obscenidad si de otra escena inconsciente se trata. El cuerpo resulta lo que se dice obsceno y la dirección de la cura implica un máximo de reducción de esa obscenidad. Esa obscenidad debe ser considerada en primer lugar por el analista en su cuerpo.1
Representación es sinónimo de movimiento: un sujeto es un significante para otro significante. Se trata del espacio donde es posible la metáfora y la metonimia, si se considera el psicoanálisis deudor de la transmisión lacaniana.
La representación es justo lo que no puedo ver en cuanto hay escotoma sin excluir que otro sí lo vea. Sin ser el agujero de lo simbólico, la representación es lo que permite descubrirlo. Cuando el síntoma se presenta coagula el movimiento y el cuerpo se inhibe. De aquí me surge la idea del vaciado de la representación, vaciado de síntoma como coágulo.

La pulsión es parcial porque su circuito funciona si una función es incapaz de alcanzar pleno sentido. La representación carece de un pleno sentido. La elación maníaca toca el sentido, pero su consecuencia es la fragmentación corporal.
Nuestra creencia psicoanalítica apunta a que no hay iniciación de ningún tipo, tardía o temprana, que determine una normalidad sexual, entendiendo por normal la ausencia de síntoma. Toda iniciación convoca a alcanzar algo que es el falo pero el falo se presenta único tras un velo de sentido. El falo como x más allá del órgano que se privilegie pone en impasse al goce, incluso al goce por él mismo convocado.
Ese impasse resulta de la excepción que se encuentra en el inicio de la sexuación: la función que establece una posible iniciación falla. A partir de esta falla que determina como falsa cualquier iniciación, no hay posibilidad de alcanzar el sentido y a esto se lo denomina castración.2
Aquí aparece el cuerpo del analista. No porque se diferencie de otro cuerpo y tenga una característica particular, sino porque en transferencia, y en lo relativo al cuerpo, se puede sostener o no la vigencia de esta falla como falsus.

El cuerpo es una idea. Una idea que varía como cualquier idea. No es el mismo cuerpo el que habita la resonancia magnética que el de los humores de Hipócrates. No es el mismo cuerpo el del colesterol antes que después de la sinvastatina. Será falsus Hipócrates como la sinvastatina.
El cuerpo es una idea anti-inconsciente y el inconsciente con el síntoma conversivo bien que lo aloja allí expresando su rechazo. Cuanto más se produce inconsciente y el sujeto se descubre no-inocente de alguna causa, más se vacía lo que Freud denominó representación.
La situación analítica descubre al sujeto analizante adorando su cuerpo y empleando más trabajo que el que el síntoma puede cargar en eludir la verdad que implica la representación: “tu no me ves desde donde yo te miro” tal cual Lacan transmitiera en su seminario El objeto del psicoanálisis.3

El tema de la representación fue en extenso tratado por Freud. En la “Tercera”, Lacan ubica la representación en lo real y al cuerpo en el imaginario del nudo borromeo.4 Es indisociable el vínculo representación-cuerpo-síntoma. La eficacia del análisis consiste en la rectificación del síntoma en función de un vacío de representación para que la idea de cuerpo se acepte como maleable hasta el punto de aceptar su inexistencia. La idea del cuerpo no debe confundirse con lo que podría denominarse soma. Pero es tanto más maleable cuanto más reposa sobre la inexistencia subjetiva, que es característica de lo somático.
Aquella frase me parece que también podría decirse así: “te miro desde donde no puedes verme”. Por un lado la mirada, pulsión escópica, hace constitución del sujeto. Pero del otro lado no está ese mismo sujeto. Está excluido.

Siempre seremos mirados desde donde no podemos vernos. Ahí apunta, según mi criterio, la dirección de la cura. El sujeto que está a pleno, poseído por la mirada de la cual es capaz, debe pasar por cierto colapso hasta ubicarse donde no puede verse. Si esto se sostiene sin tanto esfuerzo es porque el síntoma ya no tiene una propiedad tan pregnante. El cuerpo representa en ese momento una inexistencia.
Si se piensa en la existencia como castración y, entonces, como orden lógico, esto no quiere decir que no exista lo que no existe. El cuerpo del analista debe estar, respecto del analizante, en el punto justo en cual haya vacío de representación. O sea que para el analista es imprescindible que su síntoma no haga escena, de manera que la palabra del analizante pueda hacer impacto por su peso. La letra del analizante pesa en el cuerpo del analista si la representación del analista ha sido vaciada de síntoma de manera suficiente en un análisis.
Pero resulta que esto es por completo imposible. Si uno se entusiasma con ese ideal que nunca debería no dejar de intentarse, puede acabar mal ya que la representación siempre se opaca porque uno como analista cree fervientemente que está escuchando. Y si está escuchando se establece una creencia en lo que se oye.

Pero si se establece una creencia en lo que se oye se excluye que el analista como cualquier sujeto no puede verse desde donde es mirado. Es común que el analista caiga en la falsa creencia de poder excluirse de aquello que la representación establece en tanto alguien mira desde donde no puede verse. Se genera así la creencia del oído perfecto que oye todo. Enloqueseoye.
El ideal, aclaro, no debe ser una mala palabra. Quiero decir que siempre hay que considerarlo como punto de partida, y así es como supongo perfecta la posición en la que creo que puedo ser balanza del peso de la palabra del analizante. Pero de inmediato la primer dificultad: aparece el oído perfecto que anula la representación que se ha vaciado para establecer una “invasividad”. Es el síntoma del analista.
Justo allí es donde habría que ubicar lo real de la transferencia. Justo en el lugar de la resistencia del analista. ¿Por qué tendría que pasar de otro modo? Tantos años dedicados a la transferencia y a la resistencia ¿no serán porque el enigma a resolver es justo el que toca al cuerpo del analista en su existencia?
El punto de partida de la transferencia puede alojarse en un cuerpo de un analista que se presenta existente en su inexistencia y que oye, si se me permitiera decirlo, el peso de la palabra de su analizante. Pero allí no acaba la cosa. Es inevitable que algo se escapa, se carga en la cuenta de la existencia de la representación en tanto falla de la función pulsional. Lo inaudible, lo invisible.

El punto ciego que concierne a la descripción freudiana de “Consejos para el médico…”, es inevitable más allá del análisis del analista hasta el punto de aceptarlo como eterno retorno. Es inconcebible la idea de la inexistencia de estos puntos ciegos. No se trata de que el analista debe analizarse hasta eliminarlos por completo porque son ineliminables, como lo es la cáscara de su síntoma. Solo que deberá saber que allí es donde justo radicará, la mayor potencia de la interpretación si el analista es capaz de descubrir donde es que se lo mira, llevando lógica a una inexistencia.
Después se seguirá de manera equivalente, ya que descubrirse en un síntoma en este juego de escondidas no elimina que el juego sigue sin fin y por aquí podría pensar lo interminable de todo análisis. El silencio del analista en cuanto al entramado de toda esta secuencia sigue manteniendo vigente el concepto de abstinencia.

El cuerpo del analista es imprescindible para el desarrollo de la transferencia. En un punto de partida será maleable en tanto inexistente para dar cabida al peso de la demanda del analizante. Pero la imposibilidad de la eliminación del síntoma para el analista en tanto ser mortal y hablante determinará que tarde o temprano algo hará impacto en la raíz que sostiene ese cuerpo como existente. Allí el cuerpo del analista se hace presente, pero en el sentido de presencia como resistencia. Se nota allí el rigor mortis por anticipado, con lo cual no sirve de nada hacerse el muerto.
Porque, si también el analista es ser mortal y hablante, adorará su cuerpo en sus infinitas variantes: léase bolsillo, amor propio, rivalidad o cualquiera de las imaginerías posibles sostenidas como exceso frente a la castración. El analista sabrá dilucidar como un enigma dónde es que se encuentra aquello invisible que lo toca y que es preciso reconocer para que la voz cobre valor invocante.
Ese enigma se resuelve vía signo como retorno de lo real para cada uno, en el lugar donde nos sabemos habitados por el lenguaje pero nos domina una referencia gestual. El gesto, imperceptible por quien lo ofrece, es el resorte del encuentro con el signo para el “alguien” que es el analista y para el encuentro con la representación y la serie significante.

Un breve ejemplo. Ella me preguntó, al iniciar la sesión, si el tic-tac que escuchaba era de un nuevo reloj. Le dije que no. Que el reloj estaba allí desde siempre. Respondió que lo escuchaba recién ahora. Luego empezó a enumerar los castigos propinados frente a la desobediencia de su pequeño hijo. Que ella seguía y seguiría retándolo todo lo que hiciera falta por más que llorara o incluso se hiciera encima, si no aguantaba viajar en auto a la velocidad que a ella le pareciera mejor.

Un niño era pegado o gritado o maltratado. Era el fantasma. Los movimientos pulsionales sádico-masoquistas y escoptofílicos-voyeuristas que me obligaban a ver la escena, no desconocían mi cuerpo. Y claro que también tengo fantasma y fui presa de su obscenidad (¿o alguien cree que el deseo del analista es algo puro y especial?). Decidí no intervenir porque no era cuestión de realizar la misma escena en la cual alguien rete y el otro llore hasta el límite de lo tolerable. Fue interminable y pasó la sesión sin que pudiera hacer otra cosa que escuchar con una molestia hasta dolorosa. Hasta que al pasar me contó que su esposo le había dicho que la desobediencia no era absoluta ya que el hijo en común se había comprometido con él en distintas tareas.
Le dije que ella estaba escuchando algo nuevo y que aunque el reloj estaba allí desde siempre, el tic-tac del marido había empezado a sonar de una manera distinta.

1. La cita pertenece a Jacques Lacan, L´insu…, clase del 19 de abril de 1977, inédito.
2. Cf. Jacques Lacan, “El atolondradicho”, en Escansión, núm. 1, Buenos Aires, 1984.
3. Cf. Jacques Lacan, El objeto del psicoanálisis, clases del 18 y 25 de mayo de 1966, inédito.
4. Cf. Jacques Lacan, “La tercera”, en Intervenciones y textos 2, Manantial , Buenos Aires, 1988.
 
 
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