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   El cuerpo implicado del analista

El analista interesado
  Por Oscar Lamorgia
   
 
Toxicidades. Una bala interesó seriamente un órgano vital, rezan con lamentable frecuencia las noticias policiales. El órgano interesado, padece los alcances de algo que, viniendo desde afuera, pasa a convertirse en el eje de la vida/muerte de quien con su cuerpo habrá de facilitar –de allí en más– un forzado hospedaje.
El cuerpo del analista1 suele verse interesado en los términos antedichos por la toxicidad del significante. ¿Sería excesivo denominar a esto intoxicación simbólica? Presumo que no.
Por otra parte, el discutible galardón de “cloaquistas de almas” se nos revela en toda su magnitud, cuando luego de una jornada de trabajo detectamos alguna sensación de apaleamiento en el cuerpo.
Los pacientes que presentan un Fenómeno Psicosomático grafican en su padecer un mecanismo paradójico: El FPS está de-sabonado de la cadena significante, al tiempo que la etiología de la lesión se vincula a un significante parásito, aunque degradado a su cara signo: Jean-Claude Milner lo denomina interjección, en tanto que los perros de Pavlov acostumbran llamarlo campanilla.

Entre significantes. Es harto frecuente observar cómo, a pesar de que gracias a Lacan sostenemos que lo inconsciente es transubjetivo, muchos colegas que se reconocen deudores de su enseñanza continúan enarbolando frases del siguiente tenor: “de inconsciente a inconsciente”; “el inconsciente del analizante...”; “el inconsciente de cada uno...”; etc. Con lo cual se pierde de vista que se analiza al poema y no al poeta. Que sea el poeta quien levante la cosecha de ese análisis será –obvio es decirlo– una consecuencia residual, mas no su meta última.
Nos dice Lacan en el libro XI de El seminario: “El inconsciente se manifiesta primero como algo que está a la espera, en el círculo, diría yo, de lo no nacido. No es extraño que la represión eche cosas allí. Es la relación con el limbo de la comadrona que hace abortos. Esta dimensión ha de evocarse, con toda seguridad, en un registro que nada tiene de irreal o de real, pero sí de no realizado”.2
Pensarlo de otro modo implica escotomizar (o en algunos casos forcluir) uno de los tres pagos que –para el analista– el maestro francés establece en su escrito “La dirección de la cura y los principios de su poder”: El analista –es lícito recordarlo aquí– paga con su persona.
Al respecto, cabe señalar que los tres pagos, en rigor, no se sostienen todo el tiempo. Ello sólo sería posible para un analista “de libro”. Habrá momentos de desfallecimiento del analista y estará en cada quien, en su savoir-faire, capitalizarlos hasta donde ello sea posible.
En uno de los tantísimos destellos de inspiración a los que Juan David Nasio nos tiene acostumbrados, establece una suerte de definición de la interpretación analítica de un modo que nos permite ilustrar adecuadamente lo escrito líneas arriba:
- (La interpretación analítica) es lo reprimido del analizante, surgiendo por boca del analista.
O mejor aún:
-(La interpretación analítica) es el retorno en el analista, de lo reprimido del analizante.
Se torna así evidente que, dado que no se trata prioritariamente de personas, si procedemos a tachar analista y analizante, tendremos que la interpretación es homeomorfa con el retorno de lo reprimido.
Entonces:
-(La interpretación analítica) es el retorno en el analista, de lo reprimido del analizante.
Aplicando análogo criterio, podemos evaluar lo que ocurriría si en el momento mismo de verbalizar algo a su analizante (me abstengo en forma deliberada de decir: interpretar3), el analista cometiese un lapsus. ¿Quién, de los personajes en juego, habrá de atribuirse la propiedad de dicha formación de lo inconsciente?
¡El lapsus es de quien lo profiere! dirán algunos con cierto derecho. No obstante, es de suponer que el equívoco en cuestión ha sido suscitado en relación con significantes maestros respecto de los cuales, el analizante posee carta de ciudadanía.
Todo ello sin contar con un postulado de Jean Allouch que resulta en extremo sagaz: Un lapsus del analista suele poner las cosas en su lugar.
Es decir que un lapsus al que el analista presta involuntariamente su carne, con frecuencia renueva el filo de una escucha adormilada por la dimensión yoica.
¿Entonces?

Trayectoria de boomerang. Hace ya unos cuantos años acudió a mi consulta un hombre –a quien llamaremos E. – abrumado ante el advenimiento de su separación matrimonial. Se trataba de un matrimonio signado desde su inicio por la disfuncionalidad y la violencia, tramitada esta última de las maneras más variopintas, sólo que “una más que satisfactoria vida sexual había operado como una eficaz ancla” que mantuvo el status-quo varios años más de la cuenta. Subrayo la palabra ancla.
La esposa, a quien él necesitaba degradar en todos los terrenos posibles, jugó durante bastante tiempo la “mano complementaria” del juego que él proponía. Llegado el caso, fue ella quien planteó la separación, incurriendo él en una serie de maniobras dilatorias apelando a la defensa de un paisaje hogareño que otrora él mismo había denostado. Sin abundar en detalles del caso, dado que no hace a la cuestión de esta nota, me interesa resaltar que no escapaba al conocimiento de este caballero que la situación en la que estaba incurso era desgastante y nociva para la pareja en cuestión, así como que la misma entrañaba un daño colateral para las dos hijas de ambos.
Despejado el marco de las quejas estériles y de las contradicciones que les daban soporte, fue quedando al descubierto que lo esencial era el temor a comenzar de nuevo, y por sobre todas las cosas, a tener que hacerlo en soledad.
Por aquella época, yo mismo me encontraba en un atolladero respecto de mi propio divorcio, que si bien no poseía los meandros que atormentaban a mi analizante, sí contenía aristas ligadas a ideales de familia que me mantenían suficientemente trabado como para poder decidir.

Así las cosas, ocurrió en una sesión algo que supo impactar fuertemente en los dos partenaires de la escena analítica, a saber, el Sr. E. y este escriba.
El hombre había –tal como solía hacer con agobiante frecuencia– tomado la palabra para pendular entre la seguridad de la escena doméstica y la angustia omniabarcativa que significaba irse de su casa, comenzar de nuevo, sentirse solo en un departamento que habría de alquilar, etc.
Fue justo allí cuando se me impuso el armado de la siguiente analogía:
Analista: —¿Vio la película Titanic?
E.: —Sí... todavía está en cartelera...
Analista: —¿Reparó en el hecho de que luego del choque con el iceberg, había parte del pasaje que no quería ir a los botes salvavidas? Al parecer, la perspectiva de salir a mar abierto en una noche cerrada se tornaba menos promisoria que la de permanecer aferrado a un barco enorme y lujoso, aunque partido al medio...
E.: —¿?
Analista: —Aún así, los pocos que pudieron salvarse, estaban en los botes...
Puedo asegurar que el impacto de esa intervención fue altísimo... fundamentalmente para mí.
El peso de mis palabras fue sentido en mi carne, conmocionando sendos yoes, ideales y fantasmas.
Me sirvo porque me sirve, de una cita extraída del libro de Bungaku Hakusi (alias iniciático de Eugene Herrigel): “—Me temo –respondí– que ya no comprendo nada; hasta lo más sencillo se me vuelve confuso. ¿Soy yo quien estira el arco, o es el arco que me atrae al estado de máxima tensión? ¿Soy yo quien da en el blanco, o es el blanco que acierta en mí? ¿El Ello es espiritual, visto con los ojos del cuerpo, o corporal, visto con los del espíritu? ¿Es ambas cosas o ninguna? Todo eso: el arco, la flecha, el blanco y yo estamos enredados de tal manera que ya no me es posible separar nada. Y hasta el deseo de separar ha desaparecido. Porque, apenas tomo el arco y disparo, todo se vuelve muy claro, muy unívoco y ridículamente simple.
—En este mismo instante –me interrumpió el maestro– la cuerda del arco acaba de atravesarle a usted por el centro.”

____________
1. La expresión El cuerpo del analista entraña una cierta dimensión de oxímoron, debido a que sintagmas tales como semblante de objeto a; función sin funcionario; etc., parecen indicar que analista y cuerpo estuviesen regidos por la misma lógica que el instrumento que en física se denomina sistema de vasos comunicantes.
2. Las cursivas son mías.
3. Porque el sesgo interpretativo podrá ser precisamente legitimado por la operación que paso a describir.
 
 
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