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   El cuerpo implicado del analista

La vasectomía de Freud como post-scriptum de Más allá del principio de Placer
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
Una vez dejados atrás los sesenta y dos años, edad que tenía por cifra segura del término su vida, parece que Freud sustituyó el pálpito de padecer una muerte inminente por el de haber entrado en el declive de la decrepitud. El 17 abril de 1923 escribe a Ferenczi: “Me parece que la curva se está dirigiendo hacia abajo desde Más allá del principio del placer. En ese trabajo hay todavía un montón de ideas y está bien escrito; [en cambio] Psicología de las masas se aproxima a la banalidad, y este El yo y el ello es notoriamente oscuro, está artificialmente montado y es de un estilo horrendo.”1 Declaraciones de este tipo, que son las perlas buscadas por el insomnio de los biógrafos del psicoanálisis, suelen resultar irrelevantes para el analista. ¿Qué valor tiene un autocomentario semejante para quien se forma con la obra de Freud? Un valor enorme, si fuese acertado admitirlo como una apreciación justa; insignificante, en cambio, si se tratara de una autocrítica melancólica, un reclamo de adulación al discípulo o un tanteo heurístico. Al primer Lacan, por ejemplo, no le hubiese conmovido mucho saber de esta carta a Ferenczi, puesto que él encontraba, debido al sesgo de su práctica clínica y a la afición por la sociología durkheimiana, acuerdos inspiradores leyendo Psicología de las masas y desafortunadas diferencias leyendo Más allá del principio del placer.
Los caminos recorridos por Freud para alcanzar una idea y las opiniones que le merecía más tarde son datos esenciales para una psicología de la creación; pero no siempre vienen al caso cuando se trata de medir la validez de esa idea. ¿No siempre o nunca vienen al caso? Responder nunca es dar el último empujón al de-salojo del sujeto, equivale a adherir al postulado del positivismo lógico según el cual el contexto de descubrimiento de una hipótesis no es pertinente para justipreciar la validez de esa hipótesis. En la crítica literaria, la misma asepsia tuvo su temporada cuando los New Critics perseguían la llamada falacia intencional (el error consistente en criticar y juzgar una obra a partir de la intención del escritor y tomando en cuenta si quedó satisfecho o no, en lugar de centrarse en la obra misma).2 Esa filosofía y esa crítica forjaron la espada de dos filos con que el pensamiento anglo-sajón de la década de 1950 desollaba todo lo que oliera a anécdota. Freud estuvo cerca de empuñarla con veinticinco años de anticipación. La respuesta que dio a Fritz Wittels con sus secuelas muestra lo espinoso que es juzgar una teoría en el cruce de su condición doble: la de haber empezado como ocurrencia perpleja de alguien y la de haberse convertido en doctrina impersonal sobre algo.

“Lo verosímil no es siempre lo verdadero”. En diciembre de 1923, Fritz Wittels, un desertor de la Asociación Psicoanalítica Internacional, acercó a Freud la galerada de una incómoda biografía del padre del psicoanálisis. Días después, recibe en retorno una lista de críticas y correcciones. En particular, Freud busca disuadirlo de publicar la conjetura de que Más allá del principio del placer no es más que el efecto de un duelo, el de su hija Sophie, muerta a los veintiocho años (“Por cierto, en un estudio analítico sobre otra persona yo abogaría por la misma correlación entre la muerte de mi hija y los itinerarios del pensamiento en Más allá. Sin embargo, esa correlación es falsa, Más allá fue escrito en 1919, mientras mi hija disfrutaba de una salud floreciente. Ella murió en enero de 1920. En septiembre de 1919 yo hice llegar el manuscrito del libro a varios amigos de Berlín, para que lo leyeran. Sólo faltaba la parte sobre la mortalidad o la inmortalidad de los protozoarios. Lo verosímil no es siempre lo verdadero”).3

Empezando por Ernest Jones, los biógrafos que sucedieron a Wittels no se dejaron convencer del todo por esta réplica. En primer lugar, ¿hasta dónde era veraz? Freud pudo haber reaccionado embarazosamente al sentir, vuelto en su contra, el poder de seducción que Wittgenstein detestaba en la mayor parte de las interpretaciones psicoanalíticas. La ingeniosa conjetura Wittels encajaba tan bien en el imaginario freudiano que tenía altas posibilidades de ser aceptada a ciegas por sus adeptos y ser tomada como la refutación de Más allá. “Mucha gente frente a esto, sacudirá la cabeza en señal de duda”, le escribe preocupado a Eitingon. Además, incluso si la interpretación del duelo por Sophie daba realmente en el clavo, ¿merecía tanto crédito? ¿No es posible que el dolor supremo de un padre oficie de partera de una verdad? ¿O, acaso, la verdad sólo puede extraerse con las pinzas impasibles del bienestar? Freud pudo haber rumiado consideraciones semejantes, deduciendo la inutilidad práctica de atacar racionalmente el poder persuasivo de la conjetura y, entonces, a la manera del atizador que arrojara al suelo Wittgenstein como única réplica a una conferencia de Popper, él pudo haberse inclinado a cortar por lo sano con la mentira de que Más allá estaba concluido en 1919, excepto el pasaje sobre los protozoarios. De hecho, lo que prevaleció después no fue ni el triunfo de la aclaración de Freud ni el recelo con que se sostuvo que la aclaración era una fábula, sino una reserva menos radical, que leía la respuesta a Wittels de la siguiente manera: hacia fines de 1919 solamente estaban listos los primeros cinco capítulos de Más allá, restando todavía dos, puesto que el asunto de los protozoarios abre el capítulo seis. Muy recientemente se descubrieron los papeles de la primera versión; pero antes de consultarlos, hagamos memoria de lo influyente que llegó a ser la psicologización de Más allá debida a Wittels.

Schur, Pérez y Derrida. Max Schur fue de los primeros que restringieron la conjetura del duelo a lo que Freud admitía haber escrito bajo los efectos de la muerte de Sophie. En el segundo tomo de Sigmund Freud, enfermedad y muerte en su vida y su obra, se detiene particularmente en la primera página del sexto capítulo (“Todo ser vivo —dice Freud— tiene que morir por causas internas. (...) Estamos habituados a pensar así, y nuestros poetas nos corroboran en ello. Quizás nos indujo a esto la consolación implícita en esta creencia. Si uno mismo está destinado a morir, y antes debe perder por la muerte a sus seres más queridos, preferirá estar sometido a una ley natural incontrastable, la sublime Necesidad, y no a una contingencia que tal vez habría podido evitarse”). Siguiendo la brecha de Schur, Carlos Pérez destacará que en las páginas que siguen a ese nuevo comienzo: “no hay el análisis de un mito sino la producción de un mito teórico (...) [el] de la esperanza de encontrar una muerte por razones internas, es decir, la teoría de la pulsión de muerte”.4 Y hay que subrayar que la curiosidad de ambos, por éstas y otras varias precisiones secundarias acerca de cómo se generó la escritura de Más allá, no responde ni exclusiva ni preferentemente al deseo del biógrafo. No son los enigmas de la vida de Freud, sino los enigmas de la teoría psicoanalítica lo que les incumbe. Se sirven de la información biográfica en tanto recurso para evaluar las ideas de Freud. Para Schur, la incidencia de lo privado en la argumentación de Más allá habría apartado a Freud de sus hábitos racionales de exposición (“Lo que resulta pertinente a nuestro tema es el insólito método de razonamiento mediante el cual Freud llegó a estos conceptos. Esto sugiere que este ensayo, probablemente más que la mayoría de los otros escritos de Freud, tenía múltiples determinantes de su vida íntima. El punto en el que Freud se apartó de su exposición empírica y firmemente razonada, se encuentra relacionado con su empleo del concepto del principio del placer en el contexto de sus especulaciones.”)5 Con todo, Schur no se expide acerca de la validez del resultado: la hipótesis de la pulsión de muerte. Pérez, en cambio, sostiene que el registro del resultado sería exclusivamente sintomático: al menos en esta ocasión, lo privado no habría conseguido sobrepasar la propia empalizada y elevarse a concepto general (“...llego a una divisoria de aguas con los analistas que afirman que Freud tuvo ante sí un claro vislumbre clínico que no abandonaría a pesar de no encontrar claros fundamentos. Para este modo de pensar, la tesis de la pulsión de muerte consiste en el resultado de la clínica de Freud. Si así fuera, acoto, cabría esperar en esta obra una fecundidad de referencias clínicas [...] que brillan por su ausencia. Mi opinión es que se trata de una especulación-síntoma.)6
Entre los herederos de Wittels también sobresale Jacques Derrida con “Especular —sobre «Freud»”, incluido en La tarjeta postal. Si bien se presenta como el más severo crítico (“En el estilo de la psicobiografía más aplastante, no ha dejado de asociarse la problemática de la pulsión de muerte con la muerte de Sophie. Una de las miras era reducir la prenda psicoanalítica de esta ‘especulación’ tan mal aceptada a un episodio más o menos reaccional”), no objeta, por supuesto, desde el positivismo lógico sino que, acto seguido, propone un wittelsismo más sutil (“No se plantea siquiera para nosotros el dar crédito a tal conexión empírico-biográfica [...] El paso que buscamos es otro, y más laberíntico, de otro laberinto y de otra cripta”).7 Cualquier intento de resumir el inolvidable comentario de lectura en cámara lenta de ciento cincuenta páginas que hace Derrida del texto de Freud me colocaría en ridículo; sin embargo, no omitiré recordar que, a la larga, el laberinto no será otro que el de la retórica de la argumentación de Más Allá y que, después de dejar una rápida flor en la de Nietzsche, la cripta vuelve a ser la misma, la de Sophie. Es lo que aparece condensado en su interpretación de que Más allá está construido en siete capítulos para llegar al séptimo cielo del más allá de la hija perdida, Sophie, que, puertas adentro, era llamada por los padres “nuestra hija del domingo” (“La última palabra del capítulo [sexto] hubiera podido ser la última del libro. [...] ¿Qué queda aún por añadir? Nada tal vez, sino un séptimo capítulo, al final de una semana agotadora, nuestro capítulo “del domingo” [...] Que bajo ciertos aspectos este capítulo no añada nada, es algo que podría sellar la especulación sobre la cifra.”)8 Aunque sensiblera, es una solución bella. Por eso quizás haya sido lamentable que en 1993 cayese en desgracia.

La responsable fue Ilse Grubrich-Simitis. “Inesperadamente —nos cuenta— encontré la primera versión [la de Más allá] durante mis investigaciones en la Biblioteca del Congreso de Washington”.9 En un sobre estaban guardadas las dos versiones. La segunda y definitiva, que dio lugar al libro que conocemos, habría comenzado a escribirse a fines de mayo de 1920, cuatro meses después de la desgracia familiar, y quedó concluida en julio. En cuanto a la primera versión, todo indica que arrancó a mediados de marzo de 1919 y que fue enviada a Berlín en septiembre, tal como Freud le informó a Wittels. El cotejo de las dos versiones muestra una única y gran diferencia, la de la inclusión —prevista por Schur y Pérez— del extenso capítulo seis, un tercio del libro. Grubrich-Simitis subraya que el último capítulo ya estaba en la primera versión y que sobrevivió con escasas modificaciones, entre ellas la de que su primitivo número 6 del encabezamiento fuese tachado y reemplazado por el 7. Este detalle deja maltrechas varias de las especulaciones de Derrida, que llegó a sugerirnos a los lectores de Freud que tacháramos ese siete y pusiéramos, en su lugar, Pos-scriptum... Ahora bien, de estas novedades documentales no se deduce automáticamente la refutación de Wittels; la misma Grubrich-Simitis admite que “...la especificación concreta del concepto de pulsión de muerte seguramente no fue del todo independiente de la experiencia de esas pérdidas. El lector puede percibir el eco de las dos recientes desgracias justo al comienzo del nuevo capítulo, donde Freud retoma la asunción, examinada antes, de que todo ser vivo está destinado a morir por causas internas y considera que la gente, incluyendo a los poetas, hace suya esta idea, porque es consoladora, «la sublime necesidad».”10

Freund castrado, Freud vasectomizado. La segunda desgracia a la que allí se refiere es la muerte de Anton von Freund, un doctor en filosofía y a la vez un rico industrial cervecero que en tan solo un año, 1918, se había convertido en analizante, candidato a analista, Secretario General de la Asociación Psicoanalítica Internacional y principal benefactor económico del psicoanálisis. Freund falleció cinco días antes que Sophie. Aunque ninguno de los autores que cité más arriba deja de mencionar el episodio, todos lo hacen escuetamente, como un eco secundario del dolor por la hija. Postulo, en su lugar, la siguiente hipótesis wittelsiana: Más allá no sería principalmente una especulación nietzscheana encubierta (según la construcción de Derrida), ni una especulación-síntoma (quiero decir, no más que casi cualquier otro título de Freud); tampoco un texto que, ahogado por las lágrimas, pierde el rumbo de la empiria clínica. Más allá del principio del placer es, en cambio, el cuaderno especulativo de un historial inédito, el del caso Anton von Freund.

Freund había consultado a Freud como una medida desesperada o deseo último después de haber recibido el diagnóstico de un cáncer avanzado de testículo. Ante la arrasante urgencia, se intentó un dispositivo de doble comando: el analista era Freud, cuando viajaba a Viena, y Ferenczi mientras permanecía en Budapest. El (los) análisis avanzaba(n) entre mejoras y recaídas. Aunque esperanzadas, las cartas entre los analistas nunca ceden a las grandes ilusiones (“será seguramente la primera vez que un hombre psicoanalíticamente formado compartirá sus observaciones íntimas hasta el momento de morir”); discuten las respuestas psicóticas debidas a la castración quirúrgica de Freund (“En unas pocas semanas un miembro de su Sociedad será curado de su excursión a la psicosis y regresará como un neurótico semi analizado”); acordarán a favor de la eutanasia.11 Pero la construcción del caso Freund hay que buscarlo menos en los sobres del correo que en las carpetas del escritorio de Freud y hay que atender, además, a cómo Freud le pone el cuerpo a su última teoría del cuerpo.

Por razones de espacio me limitaré a un único pero refulgente indicio, muy guardado en el laberinto de Más allá. Es Schur quien lo señala, aunque lo hace fuera del capítulo acerca de Más allá, seguramente porque no lo aborda como analista sino desde el papel de médico de Sigmund Freud: “[Además de su operación del maxilar, Freud] también se sometió a otro tipo de procedimiento quirúrgico. En Más allá del principio del placer y en otros artículos, Freud había mencionado la obra del endocrinólogo Steinach, que fue uno de los primeros descubridores del funcionamiento de las células intersticiales de los testículos, que producen la hormona sexual masculina. Llegó a la hipótesis de que la ligadura de los conductos espermáticos daba por resultado una hipertrofia relativa de las células productoras de las hormonas sexuales, dando lugar así a un ‘rejuvenecimiento’ del organismo. En aquellos tiempos no había hormonas sexuales inyectables eficaces. Como se consideraba que la formación cancerosa era, en parte, resultado del proceso de envejecimiento, el procedimiento de ligar los conductos, que recibió el nombre de ‘operación de rejuvenecimiento de Steinach’, era considerado útil para prevenir una reaparición de la enfermedad. No logré saber quién le había aconsejado a Freud someterse a la ligadura en aquella época, hasta que me dijo que había sido él mismo quien lo había elegido, y que se había llevado a cabo (es una operación menor) el 17 de noviembre de 1923.”12

Aunque es inexacto que Steinach figure en Más allá, sí aparece nombrado en “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina”. Y no hay que olvidar que, en el medio de la redacción de Más allá, Freud se hizo tiempo para terminar Lo siniestro, escribir el caso de la joven homosexual y la nota necrológica de Freund. Steinach pertenece, entonces, a la bibliografía no declarada de Más allá. Al respecto, creo que la vasectomía de Freud (de aspiraciones absurdas vista desde la oncología de hoy) muestra hasta qué punto toda la historia de la mortalidad o la inmortalidad de los protozoarios y sus respectivas equivalencias en el cuerpo humano, en la división entre células somáticas y germinales, no fue mera consolación. ¿La decrepitud era el retorno a lo inorgánico?, ¿la muerte, un resultado del desequilibrio por claudicación de las hormonas de Eros?, ¿Freund, un caso perdido de antemano por afectar el soporte material de la vitalidad? Tan seriamente tomó estas especulaciones que, además de letra impresa, fueron también cicatriz. Eso es ponerle el cuerpo a la teoría... Acto heroico como pocos, sí, pero tan ilusorio como cualquiera. Digamos, para preservar algo de la belleza derridiana, que la vasectomía fue el post-scriptum de la versión luctuosa de Más allá.

El joven Lacan, gracias a que adhería a una sociología —la de la teoría durkheimiana acerca de la caída del padre— no menos falaz que la endocrinología a la que se entregó Freud, pudo pensar en otra pulsión de muerte y no creer que el remate esotérico de Más allá era Freud en la cima de su madurez. A nosotros, que no estamos a tiempo para creerle ni a Durkheim ni a Steinach, la vasectomía inútil de Freud puede servirnos de moraleja: el verosímil de las ciencias de la época (casi) nunca es lo verdadero.

1. Cit. en Grubrich-Simitis, Ilse [1993], Back to Freud’s Text. Making Silent Documents Speak, Yale University Press, New Haven and London, 1996, p. 261.
2. Cf. Wimsatt, William y Beardsley, Monroe, The Verbal Icon, Univ. Press of Kentucky, 1954, pp. 3-20 .
3. Carta de S. Freud a F. Wittels del 18 de dic. de 1923, cit. en Jones, Ernest, Vida y obra de Sigmund Freud, vol. 3, Paidós, Buenos Aires, 1976, p.51.
4. Pérez, Carlos D., La lectura de la sombra. Psicoanálisis / literatura, Letra Viva, Buenos Aires, 2000, p. 162.
5. Schur, Max [1972], Sigmund Freud: enfermedad y muerte en su vida y su obra, Paidós, Barcelona, 1980, v.2, p. 476.
6. Pérez, Carlos D., op. cit., p. 163.
7. Derrida, Jacques [1980], La tarjeta postal: de Sócrates a Freud y más allá, Siglo xxi, ed. aumentada, México, 2001, pp. 310-11.
8. Ibid., p. 364.
9. Grubrich-Simitis, Ilse [1993], op. cit., p. 183.
10. Ibid., p. 190.
11. Cf. The Correspondence of Sigmund Freud and Sándor Ferenczi, Vol 2 (1914-1919), Harvard Univ. Press, Cambridge, Massachusetts, 1996, p. 341.
12. Schur, Max [1972], op. cit., v.2, p. 540 n.12.
 
 
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