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Modos de relato
  Por Daniel Rubinsztejn
   
 
Introducción. Lo que se dice en un análisis no queda, lo sabemos, encerrado en las paredes del consultorio. Analistas y analizantes1 comentan, relatan en diferentes situaciones algo de lo que ha ocurrido en alguna sesión. Freud recomendaba a los analistas postergar para el momento de finalización del análisis la construcción del caso. Pero irremediablemente y a pesar de la recomendación freudiana, a veces los analistas hablamos de algunos análisis en curso, mucho antes de su final: viñetas, ejemplos, casos. Quizás porque la angustia se sitúa a veces del lado del analista, o porque el silencio necesario durante las sesiones empuja a hablar fuera de ellas.
En contextos de supervisión, de conferencias, de ateneos, de ensayos e incluso de charlas informales entre colegas, los analistas relatamos diferentes casos; a veces para ilustrar, otras para intentar suplir una argumentación.
Esos relatos son formas de decir que dan cuenta de la posición de analista, de cómo se está implicado en lo que se dice. En este sentido, presento en este texto una serie de fragmentos de relatos de analistas que me han resultado claves para pensar cómo y quién transmite lo que se dice en un análisis.

Relatos:
1) “Estuvimos trabajando...el tema”.
Estuvimos, cree que hay un nosotros en el diálogo analítico. Sabemos que es imposible un nosotros sin que exista la expulsión de los otros, los chivos expiatorios que no son nosotros. Toda afirmación de una masa (vg.: Ud. y yo) lleva a la segregación de quienes no comparten el Ideal común.
Este nosotros deshace la asimetría necesaria que permitiría que el diálogo sea fructífero y que surja alguna verdad, un jamás pensé en eso.
Tal vez, hablar a destiempo de los análisis, sea un modo de relato que sufre la dificultad de sostener abstinencia... de un nosotros.
2) “Un paciente me dijo”.
Me, cuando piensa que es a él (me dijo a mí) a quien le hablan, rechaza prestar su persona a los fenómenos de transferencia y éste préstamo es el que da lugar a las preguntas que guían la escucha en un análisis: ¿a quién le habla? y ¿quién habla? Me, (me dijo a mí) podría ser el resultado de un olvido radical: no se trata de una dualidad.
3) “Lo que le pasa al paciente”.
Le -acusativo, dativo- lo considera objeto. Habla sobre el paciente. Cuenta que algo le pasa... objetivamente.
Una zona artificial, un engaño necesario permite que el analizante hable. El analista, que forma parte del concepto de inconciente, no queda en una posición ni de objetividad ni participa con su subjetividad.
En esa extraña zona minada por esa sustancia explosiva, la libido, la presencia del analista se sitúa en el núcleo del síntoma, en los fantasmas, en las series psíquicas. En este lugar no hay objetividad pero tampoco subjetividad, salvo la contratransferencia, es decir, los prejuicios del analista.
A veces, la pasión de objetivar lleva a la injuria del diagnóstico: ¡es un obsesivo!
Cada vez que se alcanza a situar estados de transferencia en los análisis, se realiza en acto la abstinencia de ejecutar (¡Sí, es una ejecución!) un diagnóstico objetivo.
4) “Tengo un paciente que...”.
Tengo, no se abstiene de poseer, ni de dominar. Como quien dice: tengo un auto o un perro. Tengo, ama sugestionar.
Cuando no hay registro de significantes puros en la bitácora analítica, hay fascinación por el sentido. Y por supuesto, el sentido requiere un dueño. Freud reduce lo que escucha a la función de puros significantes. Es a partir de esa reducción que el análisis opera.
Un relato: “Estoy en el mar, capitán de un pequeño navío. Veo cosas que se agitan en la noche de un modo que puede tratarse de un signo... si soy un ser humano escribo en mi bitácora: a tal hora, en tal grado de longitud y latitud, percibimos esto y lo otro. Esto es lo fundamental. La distinción del significante está ahí. El acuse de recibo es lo esencial de la comunicación, en tanto ella es, no significativa, sino significante... está ahí justamente para no significar nada. La experiencia lo prueba: mientras más no significa nada, más indestructible es el significante.
A cada minuto nuestra experiencia nos hace sentir que hay significantes de base sin los cuales el orden de las significaciones humanas no podría establecerse.”2
5) “Se verifica así”.
Verifica ha llegado desde las ciencias, y según parece, insiste en quedarse a vivir entre nosotros. Quiere vestir con seriedad a nuestra práctica, hacerla concordar con la teoría y alejarla de mitos, espectros y ensayos. Si nos encuentra distraídos, no duda en llamar a su prima-hermana: la casuística.
6) Tú dices la verdad.
No es enunciado. Es la condición de enunciación que se establece desde el deseo del analista. Es performativo porque pone en acto la hipótesis: “habrá sujeto”, en la medida en que sea escuchado algún significante (puro) que represente al sujeto para otro significante. En el contexto del engaño transferencial podría escucharse, decirse, alguna verdad, es decir una nueva articulación significante, que conmueva el orden sintomático.
Entonces, le-me-tengo-nosotros-verifica, se desvanecen en el aire, en un viento que si se orienta por el juego significante podría llevar el análisis a su final. No dejarse3 jugar por él, solidifica lo que podría ser sólo tiempos de resistencia (del analista) que, una vez cristalizados reducen el análisis a conversaciones ajenas al deseo. Aclaro: en lugar de tú dices la verdad, dominaría un tú y yo hablamos sobre ti. Eres objeto... de nuestras conversaciones.

Para finalizar, reitero la hipótesis: Habrá sujeto... sólo si hay lectura de una nueva articulación de significantes. Porque el acto analítico es la lectura del acto. Por eso, el sentido de lo que se ha dicho o hecho queda sancionado por quién escucha... leyendo. Así, un sujeto que permanecía indeterminado, es citado por el acto (por un mandato: ¡Tú!) a su pregunta fundamental. El mandato introduce la pregunta, el llamado al sujeto, a la pregunta del sujeto. Se delega, se otorga así la palabra, hay confianza.
En cambio una orden hace del otro un objeto, constata que es un objeto, no da lugar a ninguna pregunta. Sólo hay certeza.
La lectura en transferencia hace haber sido, porque instaura el tiempo del sujeto.

1. Freud sugería a sus analizantes que no hablaran sobre sus análisis, porque hacerlo podría favorecer la resistencia, al banalizar el diálogo analítico. Quizás prefería que el análisis hable en el analizante. Una marca de haber sido analizante sería esperable de alguien que haya transitado por esa experiencia. En los últimos años, con el dispositivo del pase, se ha intentado darle la palabra al analizante (en general, una vez que ha finalizado su análisis), con el fin de investigar el salto de analizante a analista. Omito la referencia a testimonios de pase, porque considero que los resultados de esta experiencia merecen ser revisados en otra ocasión.
2. Lacan, J. (1955): El seminario. Libro 3. Las psicosis, Bs. As., Paidós, 1984, pp. 268s y 285.
3. ¡Tan distinto a creerse el artífice de ese juego!
 
 
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