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   Psicoanálisis en el mundo

Freud, Lacan y Japón
  Por Kazushige Shingu
   
 

Freud nació cuando Japón se hallaba aún en estado de aislamiento. Sus días jóvenes transcurrían cuando la información acerca de Japón era escasa. No puede imaginarse que algún discurso que pudiera suscitar el interés por Japón en él lo circundara. Y sin embargo, menciona este país en uno de sus libros, aunque de modo exiguo: se trata de Tótem y tabú (1913).
Aquí, Freud cita las descripciones de Kaempfer (1727) del Mikado a partir de un libro de Frazer, como ejemplo de interesantes tradiciones donde se imponían ultrajantes tabúes al rey. Freud escribe lo siguiente: “La idea según la cual la monarquía de los tiempos primordiales era un despotismo en que el pueblo sólo existía para sus gobernantes es de todo punto inaplicable a las monarquías que aquí consideramos. A la inversa, en ellas el gobernante sólo vive para sus súbditos; su vida sólo posee valor mientras él cumple los deberes de su cargo y regula el curso de la naturaleza para beneficio de su pueblo”.

He aquí un relato que ya tiene dos siglos: “El Mikado no cree adecuado a su dignidad y santidad tocar el suelo con los pies; si quiere ir a alguna parte, tienen que llevarlo en hombros. Menos todavía podrá exponer su sagrada persona al aire libre, y el sol no merece el honor de alumbrar sobre su cabeza. Tanta es la sacralidad que se adscribe a todas las partes de su cuerpo que no se puede recortar sus cabellos y barba, ni cortar sus uñas. Pero a fin de que no presente un aspecto demasiado descuidado lo lavan de noche, mientras duerme: dicen que lo que se quita de su cuerpo en ese estado sólo puede concebirse como un hurto, y este último no agravia su dignidad y sacralidad. En tiempos más antiguos, debía permanecer sentado en el trono durante algunas horas cada mañana, pero era preciso que permaneciera como una estatua, sin menear manos, pies, cabeza u ojos; sólo así, se creía, podría él conservar el sosiego y la paz en el reino. Si por desgracia se volviera hacia uno u otro lado, o durante unos instantes dirigiera su mirada a una sola parte de su reino, estallarían la guerra, la hambruna, los incendios, la peste o alguna otra gran calamidad que devastaría el país.”

Bajo el peso de su oficio sagrado, los reyes se volvieron ineptos para ejercer su dominación en los asuntos reales, y éstos se abandonaban en manos de personas inferiores pero prácticas, preparadas para renunciar a los honores de la realeza. Se volvían entonces los gobernantes temporales mientras que la supremacía espiritual, carente de cualquier significación práctica, quedaba en los anteriores reyes tabú. Es de conocimiento familiar hasta qué punto esta hipótesis encuentra confirmación en la historia del Japón antiguo.
Esta descripción me recuerda a una paciente catatónica que luego de despertar de su sopor refirió su experiencia durante el estado inmóvil: “Creía que si movía mis miembros o dedos, aún muy poco, los cuerpos de los demás se despedazarían. Por eso me mantenía dura y rígida”. Aquí encontramos una experiencia extraordinaria de unidad con el mundo como totalidad. De igual modo se imponía un extraordinario tabú de movimiento sobre el Mikado. Esta especie de tabú no es una especialidad japonesa. De hecho, Freud cita un informe sobre una tribu que perdió su candidato a rey a causa de este tipo de usanza extremadamente antinatural. De acuerdo con Freud, debemos leer en ella una expresión de ambivalencia por parte del hijo hacia su padre.

Por supuesto, no sabemos con certeza si la ilustración de Kaempfer era exacta o confiable, pero no es imposible que el Shogun (gobernante en la práctica) hiciera gran caso del tabú sobre el Mikado para asegurar la posición de subordinación política de éste y afianzar así su propia dominancia. Si así fue, el Shogun del gobierno de Edo hubo de ser un psicólogo freudiano de gran tacto, y puede suponerse que este tipo de manipulación de la dinámica social de la nación es una tradición del gobierno japonés que se mantuvo hasta después de la Primera Guerra Mundial, cuando se suscitó un delicado debate acerca de la cuestión de si el Tenno (el Mikado de la época) era responsable o no de la contienda.
Otro episodio sobre Japón citado por Freud es el de la tribu Ainu. Si recordamos la relación histórica entre la corte real japonesa y los Ezo (término despectivo para los Ainu) –y a pesar de que no conocemos la intención de Freud– la combinación parece equilibrada. Freud nos relata acerca de varios atuendos “animistas” de los Ainu, y sobre la famosa Fiesta del Oso.
Desde luego, la Fiesta del Oso es un buen ejemplo de ceremonia totémica, en el que todos los miembros de la comunidad participan para matar al animal-tótem, lo devoran y realizan luego el duelo. El duelo es seguido por una orgía fanática, dado que – habiendo devorado al animal– los miembros se hallan imbuidos de una vida sacra, identificándose así de modo mutuo. Aquí Freud señala que el animal totémico es un sustituto del padre, la ambivalencia hacia el cual se indica bien por la coincidencia del duelo y la fascinación durante la fiesta.

La interpretación freudiana, que explica de igual modo el tabú del Mikado y el oso-tótem en virtud de la ambivalencia, puede parecer excesivamente monótona. Pero Freud reconoce aquí la notable importancia del animismo que rodea la vida de la tribu Ainu, y podemos advertir que se trata precisamente de lo que falta en el tabú del Mikado: el modo de pensamiento animista, por decir así, se reprime dentro del cuerpo del Mikado y ya no es accesible para cada sujeto de la nación. Freud dice que el animismo es la perspectiva más consistente y abarcadora del mundo. Puede devaluarse en tanto superstición, pero aún sobrevive bajo la superficie del lenguaje actual, de las creencias y la filosofía.
De hecho, el argumento animista se encuentra con frecuencia en revistas y periódicos, especialmente en frases conclusivas de contextos ecológicos. Lo que se evalúa como desideratum es la experiencia emocional de unión con la Naturaleza. Según este tipo de argumento, el sistema de lenguaje se sumerge en la Naturaleza para ser capaz de abarcar cualquier otro argumento. El animismo se convierte entonces en lo mismo que la “omnipotencia del lenguaje”, como Freud lo presenta. En cualquier caso, es indispensable para explicar el mundo (esto es, tener una Weltanschauung).

El Japón del Mikado, luego de varios años de guerra de conquista contra los Ezo, se empobreció en animismo. Fue el Budismo el que vino a compensar dicha falta. El Budismo predicó que en cada árbol y en cada brizna de hierba reside Buda. La prédica puede no ser ya auténtico Budismo, pero enfrentado a la demanda de animismo por parte del pueblo japonés, el Budismo no vaciló en proveerlo. Encontró su propia función en tal provisión, y alcanzó un enorme sistema ecléctico con las religiones autóctonas preexistentes (conocidas como confluencia de Buda y los Dioses). A través de esto, los japoneses contemporáneos pueden ya llevar sus vidas munidos de una política religioso-imperialista susceptible de absorber su ambivalencia hacia los padres y una filosofía religioso-animista confiable en cualquier momento.
Sin embargo, aspectos más esenciales del Budismo se infiltraron en Japón y se preservaron hasta hoy. En este punto encontramos algunos comentarios de Lacan, quien visitó Japón al comienzo de los sesenta y de los setenta. En su Seminario sobre “La Angustia” –precisamente luego de su primera visita– introdujo con entusiasmo una imagen japonesa de Buda, haciendo circular la foto. Se dice que era un Nyo-i-rin-Kan-non. “Nyo-i” quiere decir “según la voluntad”. Como el psicoanálisis tiene en cuenta el deseo, la palabra japonesa debe haber llamado la atención de Lacan. Enseña al auditorio que la proposición Budista central es “el deseo es ilusión”. Si esto fuese cierto, el sujeto que “quiere” enseñar tal verdad debe ser borrado como ilusorio, pero antes de tal desvanecimiento dicho sujeto puede aparecer como nuestro objeto de deseo. Asimismo podemos decir que si el deseo desea ser verdadero, deberá desear tener la verdad como objeto. Y si este deseo debe realizarse, su verdad debe llegarnos como un objeto destinado a ser una ilusión. Si este objeto de deseo desaparece, se dice que es Buda, pero en el último momento antes de desvanecerse aparece como Kan-non.
La castración simboliza el último desvanecimiento del deseo. Del “más allá de la castración” algo extraño nos llega, para aparecer como nuestro objeto de deseo. De ese modo Lacan introdujo la imagen de Buda. La explicación concuerda bien con el modo en que los japoneses hablan de Buda en la vida cotidiana, y hasta les ayuda a advertir más su propia relación con Buda. Si la mayor parte de las imágenes de Buda son hechas con una sexualidad ambigua, debe relacionarse con la castración.

En ocasión de su segunda visita, estudió el idioma japonés. Durante su investigación fue presa de una idea singular. Comenzó a sospechar que los japoneses no necesitaban el psicoanálisis ni eran analizables, a causa de su idioma. Ya que, de acuerdo con la mencionada forma de vida constituida entre la política del Mikado y el animismo de Buda y los Dioses, se hallan en equilibrio entre On-yomi y Kun-yomi (dos modos de leer-pronunciar signos), lo que impide el proceso de represión verdadera, o la afánisis del sujeto en relación al lenguaje. El sujeto nace y existe en estado de ser atrapado por esos dos modos de leer-pronunciar. Puede encarnarse en las líneas (rasgos) de la caligrafía japonesa. Diría que los sujetos japoneses son visibles para ellos mismos en la forma de ideogramas. Como si los hombres de negro en la escena del Bunraku oscilaran de lo visible a lo invisible, y viceversa.
Ya no sólo dividido entre discurso y escritura, el sujeto japonés se halla fragmentado en el sistema de palabras-cortesía de su lenguaje. Hay muchas expresiones modales de acuerdo con la situación social, y la gramática requiere diferente “declinación” según dichas modalidades; hay también muchas palabras para los pronombres de primera, segunda y tercera persona. Pese a tal fragmentación, o –de modo más exacto– debido a ella, el sujeto japonés mantiene su unidad en virtud del principio de la constelación, por el que puede verse reflejado en la jerarquía social-institucional, que debe ser eterna como los astros. Por lo que parecen exentos de la ansiedad de la afánisis que puede revelarse en algún momento de la vida. Para tales personas, el psicoanálisis puede no ser posible o necesario.

Es cierto que hay gran discrepancia entre un piadoso hombre japonés frente a la imagen de Buda, descripto por Lacan en su Seminario, y el sujeto japonés satisfecho por la fragmentación que le provee una unidad ilusoria denunciada por Lacan en Lituraterre, pero ambas son descripciones verdaderas de los japoneses. Si debemos decidir entre las dos, es nuestra la decisión, con ayuda del psicoanálisis o sin ella.


Traducción de Roberto Neuburger
Kazushige Shingu, profesor de la Universidad de Kyoto. Ha recibido el Premio Suntori por Obras Académicas y Culturales 2000 y Secretario del Grupo Franco-Japonés del Campo Freudiano. Recientemente ha sido publicada la traducción inglesa de su libro Rakan no seishin-bunseki (“El psicoanálisis de Lacan”).

 
 
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