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El "nombre de los lobos" o lo que no cesa del sentido del retorno a Freud
  Por Claudio Glasman
   
 
Una cuestión preliminar: Una nueva consigna domina el psicoanálisis: “El último Lacan”. Sintagma que menos que localizar momentos de una enseñanza lógicamente inconclusa alienta ilusiones de progreso, evolución e incluso la creencia de que existe la última palabra, aunque esta palabra esté presentada como nudo y última clínica. De diferentes modos algunos psicoanalistas lacanianos han intentado localizar el momento de ruptura de Lacan con Freud, a veces apoyándose en concepciones tomadas de la epistemología de la ciencia como las de ruptura, salto o cambio de paradigma. Otras, tratando de ubicar cual es el seminario del corte, o más patética y edípicamente, del golpe de gracia asestado a Freud.
El seminario 24, L’ Insu..., parece que podría dar un sostén a esta ilusión que oscila entre el progreso racionalista y un ideal de evolutivo dominio. Así como en la década del ‘70 se hablaba del “joven Marx”, hoy se podría hablar de un joven Lacan, freudiano. La “traducción” al francés, como Lacan la llama, del Unbewuste freudiano a l’une-bévue, cambiaría, con el cambio de nominación, el objeto del psicoanálisis, a partir de allí, el Inconsciente freudiano ya no sería el nuestro porque “el nuestro” no es el inconsciente es l’une-bévue. A partir de ahora habría nuestra “La-una-equivocación”, con perdón de la expresión.

En pocas palabras, la idea de superación es, más allá de los argumentos lógicamente serios, un fantasma neurótico que se apodera del discurso psicoanalítico y que requiere ser interpretado.
La perspectiva de este pequeño ensayo es simplemente otra. Intenta mostrar cómo la lectura de Lacan hace posible volver de otro modo al punto de partida, es decir a los textos fundadores, afectados de un olvido no contingente. En términos de política, leer de nuevo a Freud por y con otros medios. Retorno crítico, lo que Lacan llamó “actitud freudiana”. Esto quiere decir que, en el límite, un analista debería estar siempre dispuesto a optar por el saber singular del decir analizante.
El texto que sigue intenta tomarse en serio la afirmación de Lacan de que la clínica es re-interrogar lo que Freud ha escrito.

Algunas observaciones sobre la formación del síntoma como formación del padre: El hombre de los lobos es sin duda uno de los historiales más discutidos de Freud. Es seguramente el más rico en dificultades y el más afectado por un fracaso fructífero. Convendría remarcarlo: no toda dificultad ni todo fracaso son en sí mismos fructíferos. Fructíferas, si las hay, son las consecuencias.
En un trabajo anterior, ensayando un modo de formular la trayectoria del análisis, proponía el siguiente quiasmo: un movimiento que va “de la fijación de un término (sintomático) al término de una fijación (fantasmática)”. Todavía sostengo que esto es lo que no ocurrió en el tratamiento del hombre de los lobos. A éste análisis lo leeríamos como “de la fijación de un término (sintomático) hasta su reemplazo por otro término fijo”. Una fijación, esta última, que dejó de ser transferencial, para convertirse en momificado lazo hipnótico-sugestivo. El sujeto del análisis terminó siendo “hombre de los lobos de Freud”. Y así y desde entonces permanece fijado su “nombre analítico” al nombre del padre del psicoanálisis. Las razones de esta adhesiva-nominación fantasmático-transferencial pueden ser varias, pero se ha señalado con justa razón que la fijación de un plazo, de un término forzado al tratamiento no fue ajena a este momificado y mortificado final. Recordemos, sin embargo, que dicha maniobra fue el intento de conmover al paciente de su “dócil apatía”, de su “condición de enfermo” nombre casi eufemístico del masoquismo que había logrado instalarse como comodidad gozosa en la escena transferencial. Elección de una satisfacción pasivizante ante la posibilidad del horror de una vida autónoma. No es el único caso ni es tan excepcional que se prefiera las seguridades obtenidas por la servidumbre a un amo a la angustia de decidir... según su deseo.

Hay psicoanalistas que encontraron antecedentes de esta maniobra sugestivo-hipnotizante en la interpretación del sueño nuclear de este análisis.
El blanco crítico apuntado fue que cuando Freud interpreta el sueño no duda en afirmar que “el lobo no podía ser sino el primer sustituto del padre”. Yo mismo siguiendo un texto de Jean Allouch y E. Porge (“El término del hombre de los lobos”) había afirmado en un texto anterior (“La creación del síntoma”) que Freud había perdido con esta interpretación la multivocidad, el múltiple empleo de un mismo material, la definición del síntoma fóbico como “un significante para todo uso”, cuando afirma que el lobo soñado “sólo podía ser un sustituto del padre”. Lo que este comentario crítico había omitido o desestimado y que ahora me resulta fundamental es que el texto leído dice que el lobo era “solo el primer sustituto...”. Y este detalle, el rasgo de primer sustituto, ahora es el que me parece decisivo y cuestiona la anterior crítica. Es que es insistente la importancia que otorga a la localización de este carácter “primero” tanto en éste como en otros casos: primer sueño de angustia, primer sustituto del padre, incluso es con la figura del lobo que se constituye el “primer síntoma pasajero” en la cura.
Quisiera ahora proponer que este carácter de “primer sustituto” hace a la función de acto del síntoma. Y es esta función de inaugurar, iniciar, comenzar lo que hace del síntoma un acto de palabra en tanto acto performativo. Es por la vía del síntoma, en tanto sustituto del padre, que se instaura para el sujeto la función paterna. El síntoma no reproduce al padre que se tenía sino que “hace” al padre que hacía falta, no constata, lo instituye. Toda una concepción, un cuestionamiento radical del signo y de la representación son practicadas por Freud. Sustitución de lo que en realidad no había hasta el momento que se sustituye: la sustitución en verdad instituye. El síntoma da forma a lo que opera en la estructura: la función del nombre del padre. Hace padre porque por su vía se comienza un desa-simiento, una separación, un corte que aunque fallido hace a la restitución de la castración. El síntoma, punto de almohadillado, es un punto de partida.

También sostiene el síntoma una función de nominación. Recordemos que el lobo será el primero de la serie de los “padres”, es decir un número: lobo, león, Dios, Diablo, Maestro, al fin y por término final... Freud. Es decir que el temor-fóbico es un antecedente de lo que será en el mismo historial el temor de Dios en el tiempo de la neurosis obsesiva. Modos de inscribir al padre en su función. Ya se trate de los lobos o de Dios la función que se suple está sostenida, figurada, formada por un no-hombre del padre: el síntoma es un significante sacralizado ya sea animal o divino.
El problema no fue tanto que el lobo fuera el primer sustituto del padre sino que Freud, ubicado en la serie de los significantes de los nombres del padre, se convirtió en el “último y supremo” dando por terminada, es decir interrumpida, la tarea de declinación o desasimiento... del goce del Padre. Dicho en otras palabras: la dificultad mayor no consistió en que fue “sólo el primer sustituto” sino que Freud no pudo evitar ser consagrado como última fuente de “autoridad y fe”. La fijación de un término dio por coagulado al término sintomático pasando regresivamente del tener (miedo a) al ser el hombre de... Freud. Si el síntoma es también un nudo, falló en el trabajo del análisis llegar hasta ese otro nudo: el ombligo del texto o castración.

Sería necesario en este como en otros análisis poder distinguir un comienzo (sintomático) que no cesa de intentar inscribir un origen (fantasmático) que no cesa de no perderse. Esa falta de ser, de identidad o esencia en el origen es lo que se reconstruye, si se llega, como fin del trabajo del análisis. Esta distinción entre comienzo y origen, entre primer y primario marca también los dos tiempos de la eficacia de tiempo diferido.
Para finalizar, me resulta notable un detalle del comentario de Freud cuando da justificaciones y advertencias de su maniobra temporal. Freud sentencia: “el león salta solo una vez”. No deja de ser casi un chiste la solemne sentencia ya que justamente uno de los animales de los que el sujeto temía “ser devorado” era nada menos que... el león. Conjeturo que la fijación del término respondió involuntaria pero satisfactoriamente a la demanda de ser devorado, figuración oral del pegado. Y como en el cuento al fin y al cabo Freud... se lo comió. Recordemos, por último, que la función del síntoma en este caso era separar, al hijo del goce... del padre. Nombre de una fijación transferencial: S.P. terminó siendo el hombre de los lobos de S. Freud.
 
 
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