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   Colaboración

Vertientes del fantasma
  Por Néstor Bolomo
   
 

El fantasma es soporte del deseo, dice la definición. También dice Lacan que el sujeto se soporta en el fantasma. Ahí donde el significante, no digamos que lo abandona, pero lo empuja sí, hasta el extremo de su desaparición, de su afanisis.
Pero el sujeto también se vale del fantasma. Se calienta con él, para decirlo de un modo poco académico.

Hay ahí, en estas dos vertientes, en el soportarse en y en el servirse de algo que un cuadro como Print Gallery de Maurits Escher parece sugerirnos. El sujeto ve el cuadro pero resulta envuelto por él. No parece tan distinta la situación en el sueño, la situación del soñante, que no sólo produce el sueño y lo ve: al mismo tiempo lo habita. No parece tan distinta tampoco la existencia misma, en la que construimos nuestra realidad y nos alojamos en ella. Hay una extraña dialéctica ahí que imagino próxima a la del fantasma y el acto.

El acto ¿es fantasmático? ¿Es interior al fantasma? ¿O más bien tiene lugar cuando el fantasma desfallece? Me parece que es un acto el que da lugar a un fantasma. Que en el acto el sujeto no es sujeto del fantasma. No se sostiene del fantasma. Quizá lo que voy a decir es un abuso y una degradación de la banda de Moebius que se ha vuelto una figura para todo uso. ¿Pero no podría ilustrar ella el recorrido del sujeto como un tránsito del fantasma al acto y del acto al fantasma?

El fantasma es el soporte del deseo, pero no es el deseo. Si el deseo es encuentro, encuentro inesperado, logrado en tanto fallido; si es apuesta y puesta en juego, no se ve que el fantasma, en su permanencia y en su continuidad sea apuesta. Es más bien refugio. De ahí que el neurótico abuse de él. Es cierto que puede hablarse de deseo como cuando hablamos de deseo insatisfecho o imposible o prevenido, pero se trata de un deseo cautivo del fantasma que carga con esa pregnancia del fantasma al punto que en ocasiones Lacan lo define –al deseo obsesivo, por ejemplo– como un deseo en función de defensa frente al deseo.

Sin duda hay que distinguir fantasmas y fantasmas. Quiero decir, funcionamientos distintos del fantasma. El fantasma tiene una función de anticipación. Enciende la mecha y lleva al sujeto hasta el umbral del acto. Me animaría a decir hasta el umbral del deseo. ¿Está bien decirlo así? ¿El deseo es acto? Me hago estas preguntas sin haber repasado las respuestas que da Lacan. Pero me parece que si no hay algo de la dimensión del acto no hay deseo. Y que la metáfora como una de las figuras del deseo entraña el acto.

Ahora: hay fantasmas que raramente llevan al acto. El sujeto prefiere seguir gozando en soledad o rumiando sus pensamientos. Lo decía de un modo muy gracioso y certero hace poco aquí Elí Morales: la posición neurótica es si lo hubiera hecho... o si lo hubiera dicho.... El fantasma es defensa. Ciertamente respecto de lo real, pero también respecto del deseo aunque no del mismo modo. Es anticipo del acto que vendrá pero que no puede asegurar y recomposición imaginaria, premio consuelo, respecto del acto que no hubo.

En todo caso el fantasma lo que provee es una certeza de goce, pero ¿es eso el deseo?

Por otra parte se puede argumentar que el perverso pasa del fantasma al acto. Sin embargo me parece que el acto perverso es un acto enteramente interior al fantasma. El perverso va a fondo en su fantasma. Se extenúa en él. El acto perverso tiene el argumento de su fantasma. Es homogéneo con su fantasma. Por eso es monótono y reiterado. Y por eso, a diferencia del verdadero acto, no cabe esperar nada nuevo del acto perverso.

Si hay en el sujeto de la neurosis horror al acto es porque hay horror a abandonar por un instante el fantasma. Ese instante es el del deseo y es ante eso que el neurótico retrocede. Aunque en su fantasma la culpa lo mortifique o la reiteración de sus pensamientos y sus fantasías terminen aburriéndolo mortalmente y llevándolo al peor escepticismo y la apatía.

Bueno, voy a argumentar ahora en contra de lo que he dicho.

He confundido la estructura del fantasma con las fantasías que esa estructura aloja. No hay deseo sin fantasma ni hay sujeto sin fantasma. Y el deseo, las figuras del deseo, son provistas por el fantasma. El deseo, el acto deseante no es sin el fantasma.

Respondo a esas objeciones: estoy de acuerdo en que no hay deseo ni sujeto sin fantasma pero no he afirmado lo contrario. El fantasma es condición del deseo pero el deseo escapa al fantasma. O debería escapar.

Ahora: ¿las figuras del deseo, son provistas por el fantasma? ¿Tiene el deseo figuras? ¿Qué serían las figuras del deseo? ¿Son esos rasgos, perversos o no, de los que a veces se habla; rasgos de la figura propiamente hablando o de la posición más activa o más pasiva, más voyeur o más exhibicionista, etc.? Puede ser: pero esos rasgos no son el deseo, porque todo el mundo cuenta con esos rasgos pero no todos saben o pueden hacer algo con ellos.

El deseo es precisamente saber hacer algo con ellos. Permitirse se dirá, o más lacanianamente autorizarse, pero no es lo mismo autorizarse que darse permiso. La cuestión es que el sujeto haya re-conocido, vuelto a leer, esos rasgos. Es decir que no coincida con ellos. Y esa operación implica lógicamente, una salida del fantasma. Y esa autorización, curiosamente, no implica la realización de un fantasma –de ese lado estaría más bien el “permitirse”–. La autorización entraña el acceso a una diferencia con el goce del fantasma, por lo cual, lo más probable, es que ese acceso cada vez, conmueva al fantasma.

El deseo amenaza al fantasma y es por eso que el sujeto no habla de éste, lo mezquina, y se preserva en él. El fantasma rechaza la asociación libre. Y en cierto modo no precisa de ella porque el fantasma está ahí, conciente o inconsciente pero “a mano”. Y el sujeto, el sujeto neurótico, sabe que es en el significante donde el deseo se pone en juego.

Cuando estamos en el goce del fantasma estamos en el goce más estúpido y por supuesto nadie quiere salir de allí, por lo menos no antes de empezar a sentir un olor a podrido que suele ser motivo de consulta.
El deseo pues –disculpen el lugar común pero no me parece mal subrayarlo– no es el goce. Eso es decir que el deseo es la castración y no el fantasma donde el sujeto se guarece de ella.
Me parece que insistir en esta demarcación cuenta, porque el análisis, que sabemos que no cura por el amor, tampoco cura por el goce.

Ahora, he salteado la primera de las objeciones, quizá la más importante: la referida a distinguir la estructura del fantasma, del fantasma –digámoslo así – imaginario.
Quizá sea una objeción válida si consideramos al fantasma como el resultado de una operación lógica, la de la alienación, que divide al sujeto a la vez que al obligarlo a una pérdida forzada lo “condena” al fantasma.
Está todo bien, pero resulta que el fantasma resitúa ese objeto como objeto tapón.

Por cierto que no es el mismo. Tiene una función de suplencia del objeto perdido y es lo que le da todo su atractivo, la que funciona como cebo, para el deseo. Pero ya que hablamos de figura, si hablamos del fantasma como estructura, deberíamos distinguir ese objeto tapón del objeto considerado a veces por Lacan como puro soporte, puro marco, que enmarca la pérdida del objeto. Y paradigma de eso es el objeto mirada.

Todos recuerdan el sueño del Hombre de los Lobos que Lacan da como paradigma del fantasma: porque es un cuadro; porque tiene un marco que es la ventana abriéndose y eso se redobla en la mirada de los lobos. Una ventana podría decirse, que comunica o insinúa el horror del goce del Otro y del sujeto mismo. Pero tenemos ahí una dimensión del fantasma y del objeto que no sostienen al sujeto en su sueño. Precisamente salta de la cama. Podríamos pensar ahí el punto de fuga del fantasma, todos recordamos que cuando Lacan ilustra –o si se prefiere da la estructura del fantasma con el plano proyectivo– hay un punto decisivo que es ese punto de fuga. Quizá pueda decirse que esa fuga, que no es fuga del sujeto sino fuga de goce para que el sujeto pase hacia el deseo, está obstaculizada en la neurosis por la consistencia que el sujeto da al Otro y a su goce. Pero si hay algo que puede nombrarse como travesía o atravesamiento o más allá del fantasma, me parece que necesariamente tiene que pasar por allí.

 
 
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