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   ¿Psicoanálisis legalizado?

El psicoanálisis como máquina molecular
  Por Juan Carlos Volnovich
   
 

Primera “legalidad”: la búsqueda del reconocimiento por parte de aquellos a quienes les adjudicamos el
poder de reconocernos como psicoanalistas
.

El psicoanálisis argentino es un producto traducido y transculturado. La “traducción” es el sistema de mediaciones a través del cual frecuentemente intentamos resolver la distancia entre el centro y la periferia1, entre el texto (europeo-dominante) y la lectura (la reinscripción crítica de los signos importados según códigos propios). Para cualquier periferia dependiente de los centros de organización, distribución y circulación del psicoanálisis metropolitano, el desafío teórico reside en saber desplazarse por la complejísima trama que supone la transferencia de conocimientos. Si se pretende seguir empleando la metáfora de la traducción como imagen de la operación intelectual típica de las elites psicoanalíticas locales respecto del centro, es necesario reconocer, entonces, que suele ser todo el campo el que opera como matriz de traducción. Por precaria que sea la existencia de ese campo, de ese contexto particular, es innegable que funciona como escena de reelaboración; como estructura metabólica de los modelos traducidos. Por eso no sería arriesgado suponer que aún los psicoanalistas locales adictos al psicoanálisis francés lejos están de ser meros imitadores de figuras importadas y, mucho más lejos aun, de cumplir con la función de colonizadores-colonizados.

Para empezar, entonces, deberíamos poner en duda la imagen que tiende a mostrar “nuestro” psicoanálisis –el psicoanálisis argentino– como un eco diferido y deficiente del psicoanálisis europeo. Después, tener en cuenta la dificultad que surge al descubrir la multiplicidad de paradigmas psicoanalíticos que circulan en nuestro medio, la mutación permanente de los mismos y los avatares de una práctica (des)dibujada por la intensa interacción con la metrópoli. Así, el psicoanálisis local se ha visto permanentemente presionado por las instituciones centrales (IPA, AMP) para que se integre al “desarrollo” en posición subordinada. Tal parecería ser que las instituciones metropolitanas que administran la herencia freudiana y la herencia lacaniana prefieren nuestro rostro mimético, nuestra expresión ecolálica, cuando no, las piezas de museo, antes que una producción original. Los argentinos hemos logrado un cierto reconocimiento por parte de los “dueños” del psicoanálisis, hemos cantado “presente” en el mercado editorial del “Primer Mundo”, no tanto por nuestras contribuciones actuales como por las obras consagradas, representativas de nuestra “pasada” época de gloria.
Mientras el proyecto de la modernidad dominó en la cultura (décadas del cuarenta al ochenta), el centro –en tanto origen y fundamento de irradiación psicoanalítica– universalizó el paradigma dominante. La metrópoli que irradiaba su luz de sabiduría y conocimientos hacia una periferia sombreada reservó a la flor y nata local la tarea de administrar el Modelo traducido, y pontificar sobre los atrasos y avances referidos al mismo. Centro y periferia sellaron, así, su histórica relación de jerarquía y obediencia en la dupla original-copia que transcribe el dogma de la colonización cultural: el original como sentido primero y único depositado en el centro, y la copia como reproducción mimética en lengua subordinada. En el imaginario social de la modernidad, el peso del Modelo como original –su valor como núcleo de la razón, la verdad y el poder– descansó en la supremacía del origen como jerarquía fundacional.

Pero ocurre que con la pérdida de la fe en los absolutos, con el desmembramiento del centro de la modernidad, algo empieza a cambiar en la periferia. Tal vez es un poco apresurado afirmar que el derrumbe del fundamento (mono-eurocentrista) de una universalidad hasta ahora fuera de toda sospecha, ayude a liberar, finalmente, a la periferia de la tiranía del Modelo como ejemplaridad de sentido, pero no es del todo disparatado interrogarse acerca del impacto ocasionado en la periferia por efecto del texto plural y diseminado del descentramiento. Así, cuando desde la periferia avizoramos un centro con varios psicoanálisis, y no con uno solo, podemos alentar la ilusión de asistir al ocaso de un férreo monopolio. De súbito resulta posible que haya otros; que en el propio centro haya otros centros aunque su presencia no descarte la permanencia de un poder hegemónico sostenido que sólo permite anticipar el advenimiento de un pregonado pluralismo en el que se diluyen las identidades. Aun aceptando que la práctica de la “fragmentareidad” lejos está de ser un ejercicio libre de determinaciones –es decir: independiente de los condicionamientos materiales que regulan los juegos del lenguaje administrados por el poder central– la precariedad de un discurso que ya no se rige monológicamente por una razón dueña de sí misma y legitimadora de certezas cumplió un papel importantísimo para el estímulo de una producción local que ha dado sobradas muestras de saber cómo se desafía el mito originario de una voz canónica que basa su autoridad en la huella fundacional del texto.
Por eso, en cierto sentido, la “legalidad” del psicoanálisis argentino se basa en las operaciones teórico-discursivas instrumentadas desde nuestra posición periférica no sólo por haber construido frases propias con un vocabulario y una sintaxis recibida sino, también, por haber subvertido las interpretaciones codificadas por los pactos de lectura hegemónica, desviándolos hacia resignificaciones originales que han logrado conquistar la atención del destinatario metropolitano desde que fingen compartir su mismo vocabulario (la simulación, la parodia, el reciclaje y la apropiación mimética) al tiempo que construye fórmulas no programados por la semántica del centro.

La otra “legalidad”: adoptando las reglas que rigen el Mercado

Aquí estamos ante el triunfo de la paradoja. El psicoanálisis que ha sido incorporado al sistema, que es parte del establishment, tal vez la psicología más divulgada y popular, insiste en reivindicar su condición de outsider. Siendo como lo que es, quizás el último de los metarrelatos triunfantes que aun perdura, sigue representándose a sí mismo como incómodo y contestatario al sistema que, hace tiempo, ya lo incorporó oficialmente. Y –a qué ocultarlo– los psicoanalistas colaboramos para sostener éste equívoco. Cuando nos declaramos libres del discurso del amo y “Dios nos libre y nos guarde” de convertirnos en amos del discurso, los psicoanalistas nos ubicamos en tierra de nadie, aunque estemos en el hospital y en la universidad o, si acaso, en tal o cual posición de jerarquía de una de las innumerables instituciones psicoanalíticas que inundan nuestras ciudades. Desde esa tierra de nadie opinamos y pontificamos sobre las trabas al deseo, las restricciones administrativas, la pedagogía represiva, el poder médico y hasta criticamos a la propia institución psicoanalítica que impone dogmas y verdades sagradas. Guiados por el incorruptible objetivo de ayudar al sujeto a descubrir una verdad sobre sí mismo, y sobre sus relaciones con los demás, podemos, incluso, declararnos subversivos. No intentamos curar a nadie porque el intento de curar es un gesto vanidoso del cual conviene apartarse. Ni curar, ni siquiera analizar ya que –somos los primeros en reconocerlo– ésta es, misión imposible. Y, sin embargo, allí estamos. Allí vamos. En el campo de la “salud mental” (vaya uno a saber que tiene que ver el psicoanálisis con la “salud mental”) nutriendo el universo de los servicios de psicopatología, de psiquiatría, de cuanta clínica, hospital o sistema de prepaga exista; corriendo un poco tardíamente (pero corriendo, al fin) en el circuito académico, en las asignaturas de grado, en los posgrados, en las maestrías y en los doctorados (vaya uno a saber qué tiene que ver el psicoanálisis con la excelencia académica) para recubrir con títulos oficiales la desnudez de una práctica que circula trasvestida. Arropados con la inocencia de la extraterritorialidad social, cuando no en el heroísmo de una oposición solitaria al orden establecido, los psicoanalistas gozamos del prestigio que una profesión respetable y respetada nos depara al tiempo que clamamos para que se nos reconozca en nuestra práctica esencialmente bastarda, asocial, clandestina. Tal contradicción parecería basarse en un principio de irrealidad, si no fuera que ciertos intereses corporativos fundados por intereses económicos, la vuelve inteligible.

Las leyes del “mercado” amenazan al psicoanálisis desde fuera y desde dentro. Desde fuera, por el avance de los predicadores de todo tipo (evangélicos a la cabeza) y por las neurociencias que antes que enfrentarlo para destruirlo han descubierto que Freud tenía razón en todo lo que afirmaba: que la disciplina positiva que ellos dominan vino a confirmar “científicamente” aquello que en el psicoanálisis es pura retórica, de manera tal que podríamos seguir sólo con las neurociencias (y, de paso, con los laboratorios de especialidades médicas que subsidian sus investigaciones en nombre del avance del conocimiento de la mente). Ellas llevan en su seno un psicoanálisis diluido y... desactivado.
Desde dentro, al ignorar como las instituciones distorsionan y tienden a silenciar todo aquello que ponga en riesgo lo instituido al tiempo que no reparan en el precio del peaje que el psicoanálisis tiene que pagar para ser bien recibido e incluirse en el santuario de la salud mental y de la universidad.

Contra la potencial “revolución molecular” el Mercado opone una implacable “recuperación molar”. Exige que el psicoanálisis se circunscriba a una profesión, que respete los límites de una profesión liberal para que, de ahí en más, todo sea comprensible y no haga falta otra cosa que aplicarle las generales de la ley. Una institución (APA, APdeBA, AEAPG, etc.) y sus experts2 será la encargada de ofrecer servicios para el trípode teoría-supervisión-análisis y poder así, asociadas con universidades públicas o privadas (pero siempre aranceladas), extender el título de Doctor en Psicoanálisis; otra deberá velar por el nivel de la docencia (CONEAU) y por la ética; las empresas de salud (TIM, Galeno, SPM, Osde, Doctos, Ineba) asumirán a precio vil el ejército de especialistas, el sistema judicial estará listo para sancionar las violaciones a las normas, la industria del juicio florecerá (negligencia y/o malapraxis); las compañías aseguradoras se asegurarán de un público cautivo, y todos tranquilos y contentos asistirán con un sobrecito de Prozac y otro de Rivotril al funeral del psicoanálisis.

Hace tiempo ya, Felix Guattari sostenía que poco importa si las asociaciones, las escuelas psicoanalíticas, desaparecen, y hasta si la propia profesión de psicoanalista desaparece, siempre y cuando el análisis del inconsciente subsista como práctica y según modalidades novedosas. Pero, en este caso, no se trataría de un inconsciente de especialistas, sino de un campo al cual cada uno pudiera tener acceso sin necesidad de preparación alguna; territorio abierto por todos lados a las interacciones sociales y económicas, directamente ligado a las grandes corrientes históricas y, por ende, no exclusivamente centrado en los conflictos de la familia y del Edipo. Guattari aspiraba a que el análisis del inconsciente deviniera asunto de todos. Pero, para eso, el psicoanálisis tendría que renovar su método, diversificar su abordaje, enriquecerse en el contacto con otros campos de la creación. En resumen: hacer exactamente lo contrario de lo que el psicoanálisis oficial hace. “La designación de los individuos en los puestos de producción no solo depende de los medios de coerción o del sistema de remuneración monetaria. Depende, fundamentalmente, de las técnicas de modelización de los agenciamientos inconscientes operados por los equipamientos sociales, por los medios de comunicación de masas, por los métodos psicológicos de adaptación de cualquier tipo. Sólo la recuperación de las máquinas técnicas por las máquinas deseantes, lo que yo denomino una ‘revolución molecular’, permitirán liberar a las masas de reproducir las relaciones de dominación”3.

____________________
1. El concepto de “centro y periferia” fue introducido por Raúl Prebisch en un estudio económico que realizó para la CEPAL, en 1949. Estos términos teóricos -centro, periferia- sugieren que en la economía global existen dos tipos de países y que las relaciones entre ellos se caracterizan por una creciente desigualdad.
Por mi parte, adelanto que “europeo”no es sinónimo de central, tanto como “argentino” no es sinónimo de periférico. Subscribo, además, lo que afirma Remi Hess (Centro y Perifería, Privat, Toulouse). Me refiero a la manera en que los profesionales, los intelectuales, aceptan por delegación actualizar el centro en la periferia. Esta actualización toma la forma de la gestión de equipamientos del poder central: la ocupación de los territorios del control social. Una casta de privilegiados controla, en nombre del Estado, lo que debe ser enseñado y los que debe ser omitido respecto del saber social.
Así, queda claro que el poder central –que en un principio era localizable en el nivel nacional– se encuentra desplazado cada vez más en el lejano nivel supranacional. El poder central se ha vuelto periférico al encontrar nuevos lugares de concentración de poder. De modo tal que nos vemos enfrentados a la tendencia a organizar bolsones de centralidad en la periferia; bolsones en los que se reedita el poder despótico del centro.
2. En la jerga burocrática del Estado el expert alude a quien posee un notorio saber dentro de una especialidad. Expertismo (como neologismo) alude al conjunto de normas y códigos que regulan la actividad de los especialistas.
3. Guattari, F: El inconsciente maquínico y la Revolución Molecular. México. 1981.

 
 
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