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   ¿Psicoanálisis legalizado?

El analista en regla
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 

¿Perjudica o beneficia a los analistas que la ley jurídica regule explícitamente su situación?
A esta pregunta ya he contestado en una colaboración anterior para Agenda; si el legislador, como es el caso de Francia, descubre lo que él denomina un “vacío legal con respecto al psicoanálisis”, cualquier decisión normativa que adopte, sea la que sea, totalitaria, liberal, instaurará un dispositivo forzosamente censurador porque el Estado moderno, macrocefálico o afectado de osteoporosis como el nuestro, tiende a considerar la vida como bien supremo y para el psicoanálisis, si obra conforme a sus premisas, no hay bien último y quizá ni siquiera penúltimo.

Que haya habido instituciones psicoanalíticas que solicitaran, sin éxito, formar parte de una comisión de salud pública que reglamente las prácticas psicológicas y entre ellas la psicoanalítica; que esta circunstancia haya provocado una feroz contradicción entre aquella sobada frase –“el analista se autoriza por sí mismo”– y el lamentable pedido al Estado que diga, por favor, que lo haga, quién tiene derecho a ejercer el psicoanálisis; que ahora, habiendo fracasado ese ruego por ¿vergüenza?, ni siquiera se quiera hablar del asunto, y se maldiga en voz baja a los que reflotamos el tema, forma parte del lamentable estado de cosas sobre el cual no quiero volver.
Porque muy bien puede ocurrir lo que un colega me decía: “A lo mejor no necesiten reglamentarnos porque nosotros, hoy, nos reglamentamos solos”.

¿Qué quiere decir esto? Algo muy simple: la ley jurídica1 tiene ciertos presupuestos ideológicos que pueden ser cubiertos de muy distinta manera. Quizá el psicoanálisis, tal y como lo practicamos, no tal y como predicamos que lo practicamos, haya terminado por adaptarse, pese a su léxico antiadaptativo, a ciertas funciones sociales que son, indudablemente, la condición de su éxito, éxito que como tal es una derrota porque allí sólo puede aparecer como opción vicaria al fracaso del sacramento religioso.
Es preciso recordar el último capítulo de Los cuatro conceptos en el cual muestra cómo hay una operatoria sacramental en toda identificación con el cuerpo y la sangre del dios ausente. La definición de Strachey del fin del análisis como identificación no con el yo del analista sino con su ideal, más que una teoría, es un síntoma de lo que el psicoanálisis ha sido históricamente, como ese punto del cual debe constantemente desviarse la clínica y que sin embargo ofrece el máximo de resistencia porque allí se condensan las resistencias sociales más tenaces e insidiosas.

Creer que el uso de una terminología teóricamente correcta, pulcra, muestra de que el analista es un ser educado y respetuoso de las convenciones estipuladas, es una protección contra el sacramento social, es, en el mejor de los casos, una prueba de inhibición de pensamiento. Decir, como lo ha dicho Foucault, que el análisis es heredero de la confesión religiosa, es abrir puertas ya abiertas. El punto, el punto decisivo, es saber qué y cómo operamos con esa demanda. Si la confesión hubiera conservado sus poderes tradicionales, si la absolución eclesiástica tuviera aún la eficacia que tuvo antaño, el psicoanálisis, digámoslo como ejercicio contrafáctico, en el caso de existir no hubiera superado el estado de curiosidad teórica.
La demanda social sigue reclamando que el malestar de la cultura, del cual la neurosis es defensa y protesta, sea aquietado fortaleciendo las “debilitadas” identificaciones paternas. Hacer del “mal” neurótico un “buen” neurótico; remendar al padre que se viene a pique con toques de maternazgo y con bonhomía, y con ironía, comprensión, capacidad de vivir con discreción, ¡oh cuántas virtudes! que antes se expresaban en lenguaje kleiniano y ahora adoptan el estilo del vademecum lacanioso.

Para separarse de ese reclamo, el analista debería tener una fuerza de independencia y de sentido crítico que justamente falta en regla en las corporaciones, donde se generalizan diversas modalidades del psicoanálisis estandarizado.
Se habla de análisis de control como algo distinto de la supervisión, pero por todas partes –y ya sé que hay excepciones, de sobra lo sé y de ésas todavía respiramos, todavía– vemos el infierno de la supervisión en el cual el discurso del paciente es tabulado según reglas simples de inclusión en patrones degradados: el fantasma, confundido con alguna frase perdida que es impersonal, el objeto a reducido a una etiqueta, el síntoma psiquiatrizado por las definiciones binarias de manuales más absurdos y tontos que el DSM 4; se habla de escucha y se repiten una por una todas las frases consabidas que ahora están disponibles en el servicial compact disc de Lacan, pero ¿qué escuchan los alumnos atribulados, aturdidos por una indigesta universidad, sometidos a las consignas de los pequeños maestros con los cuales, se dice, se están formando? ¿Qué escuchan sino una singularidad que no se sabe dónde hay que poner hasta que el instructor de la tribu lo calma llevándolo a las aguas calmas de la buena teoría?

De su parte, los viejos amos, protegidos por la progresiva afasia y las dignidades conferidas por la edad, repiten, décadas más tarde, los mismos ritos aunque con distintos contenidos léxicos, que sus antecesores de la IPA, que es siempre como el viejo y anhelado tronco del Partido Comunista para los disidentes de todos los pelajes; estos viejos amos, digo, siguen empeñosos, cada vez más lentos, cada vez más temerosos de la inminente jubilación, bisbiseando la esotérica práctica de esos nudos de los cuales ya nada pueden decir o, ¡oh maravilla!, caen sobre conceptos nunca del todo aclarados como el de sublimación y ponen a cuenta de él torpezas que un espiritualista timorato del siglo XIX hubiera tenido vergüenza en sostener.
Ya se sabe: para ellos, gente cansada, es cierto, tengamos en cuenta el atenuante, la sublimación es la pequeña coartada para seguir visitando exposiciones pictóricas, revisar viejas revistas de decoración, asistir a los conciertos de Baremboin o Argerich, o disfrutar, liberalmente, de un buen tango, o hablar delicada o sentimental u obstinadamente de los bienes culturales en cuyo aroma se inciensan.
Y políticamente, ah, políticamente, nuestro psicoanalista políticamente correcto es un ser impecable: ayer hombre de izquierda, hoy demócrata un poco blando y un tanto escéptico. Es un ser en regla: sabe hablar francés, citar a quien corresponda y se promete, en esta época de tímido renacimiento del libro nacional, publicar en algún momento sus memorias.
Quizá no debería exagerar; esta situación no es privativa del psicoanálisis; el derrumbe intelectual se lee, ya a cielo abierto, en todos los ámbitos.
El intelectual es hoy un intelectual en regla.


__________________
1. Insisto en hablar de “ley jurídica” porque el uso habitual del término “ley” sin restricción lleva a confusiones bastante temibles. Es decir, hay leyes en plural y no una ley de leyes que regularía el conjunto de las así llamadas leyes sociales desde su “fundamento”. Desde luego, la ley de prohibición del incesto, en tanto prohibe lo imposible de cometer, es una excepción de excepciones y así, lejos de estar, como suele miserablemente suponerlo el estructuralismo, en la “base” de la sociedad, está en los márgenes, perturbando el orden y no asegurándolo, como quiere establecerlo esa versión moderna del positivismo que es el estructuralismo. Se dirá que Levi-Strauss hizo de esta ley la condición del intercambio exogámico; pero para él la madre es un bien y no un objeto de goce imposible, lo cual introduce una inevitable homonimia cuando hablamos de incesto.

 
 
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