Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   El tiempo en análisis

La brecha del tiempo
  Por Luis Vicente Miguelez
   
 
En el psicoanálisis como práctica y en lo que puede llamarse la doctrina del psicoanálisis la experiencia está en su núcleo. Si consideramos este hecho en virtud de los tiempos que corren llegamos a la conclusión de que es algo bastante anacrónico. La experiencia está desapareciendo de nuestra cultura. Giorgio Agamben, en un libro que se titula Infancia e historia y que precisamente lleva por subtitulo Ensayo sobre la destrucción de la experiencia plantea su desaparición como algo prototípico de nuestra época. El psicoanálisis que va a contramano de lo prototípico, recupera la experiencia y la coloca en el centro de su praxis.

Dice Agamben: “Actualmente ya nadie parece disponer de autoridad suficiente para garantizar una experiencia, y si dispone de ella ni siquiera es rozado por la idea de basar en una experiencia el fundamento de su propia autoridad, por el contrario lo que caracteriza al tiempo presente es que toda autoridad se funda en lo inexperimentable y nadie podía aceptar como válida una autoridad cuyo único título de legitimación fuese una experiencia.” Y agrega más adelante que “la humanidad ha perdido la experiencia, lo cual no significa que hoy ya no existen experiencias pero éstas se efectúan fuera del hombre”.
La repetición rutinaria, la banalidad de lo cotidiano destruyen la experiencia. Esto no quiere decir que las experiencias no nos ocurran pero sí que no nos apropiamos de ellas y quedamos tomados por la vorágine de la repetición de lo mismo, o por su contracara, como señalaba Kierkegaard, por la locura de la ambición por lo novedoso.

La ciencia contemporánea ha contribuido también a dar por tierra con la experiencia como fundamento del conocer y, en el camino de la exaltación del conocimiento puro, la convierte en experimento.
Transformada de la mano del pensamiento científico en experimento o en caso, deja de referirse a sujetos reales y pierde también su carácter temporal y singular. La experiencia, tal como la conocían los antiguos, quedó perdida.
Ahora bien, aunque se la minimice, por menos crédito que el mundo contemporáneo le dé, la experiencia, sencilla y necesariamente, ocurre. El hombre no habla desde siempre. Por consiguiente tiene que entrar en el lenguaje, tiene que hacer la experiencia de apropiarse de la lengua. Cada vez que alguien dice “yo” pone al descubierto la escisión entre el lenguaje como tesoro de signos, como cúmulo semiótico y como habla. La condición más importante del ser humano no es tanto que hable sino que no hable desde siempre, es decir, que deba introducirse en la lengua, apropiarse del habla, para lo cual tendrá que tomar la palabra que le viene del Otro, del Otro que es la lengua y hacerla propia. Deberá, en el plano de lo paradojal que formula Winnicott, crear lo que le es dado, o lo que es lo mismo “deberá apropiarse de lo que ha heredado para hacerlo suyo”.

Agamben sitúa en esta característica, en el hecho de que el ser humano no hable desde siempre –la definición de “infante” es “aquel que aún no habla”– el fundamento de la experiencia. Cada vez que el hombre entra en la lengua pasa de la infancia, de ese lugar de no hablante, a hablante, pero también cada vez que toma verdaderamente la palabra, se debe situar en la lengua y se produce este movimiento, que es un acto de enunciación.
Un sujeto habla, pero ¿desde dónde habla? ¿Desde qué lugar y desde qué tiempo habla? No es algo evidente. Toda interpretación construye de alguna manera las coordenadas de tiempo y espacio donde situar la enunciación. En ese sentido, la experiencia del psicoanálisis construye historia, en tanto no la pensemos a ésta como una evolución cronológica, como una secuencia temporal de hechos.
Por el contrario, para alguien que habla, la historia es la posibilidad de dar lugar a los acontecimientos fundamentales de su vida. El psicoanálisis produce en el tiempo lineal, homogéneo y rectilíneo una brecha, un corte que se vuelve tiempo pleno y real para el sujeto. La experiencia del análisis modifica la concepción del tiempo, afecta la temporalidad lineal en la que estamos inmersos, la del tiempo como algo ajeno, como medida universal de lo que nos pasa. La brecha del tiempo produce un fenómeno distinto, cobra éste otra densidad, se constituye como un sitio, un lugar posible en el cual un sujeto se puede reconocer, en tanto es tiempo de enunciación, tiempo desde el que habla, tiempo propio. A esto me refiero como la construcción de la historia temporal de cada sujeto en la experiencia del análisis.

La denomino brecha pues hay algo del orden del corte, de la ruptura, en la linealidad y el continuum temporal. Es la brecha el lugar donde puede habitar un sujeto. Nietzsche expresa, en los términos de su filosofía, que el superhombre es quien logra hacer del así fue, un así lo quise. Elevarse por medio de su voluntad por encima de la corriente fugaz de los hechos. El pasado que no dependa de nuestra decisión tiene sólo el efecto de vaciar de sentido al presente.
Si para el psicoanálisis el pasado no queda clausurado por lo que ya fue, es porque hace de la historia la manera particular en que cada uno “decide” tomar lugar.
Entender el pasado, descubrir el pasado, rememorarlo, deducir el porqué se dieron las cosas de esa manera y no de otra es una práctica de investigación y de conocimiento, pero no tiene efecto de cura analítica. La apuesta de la práctica psicoanalítica es que no hay una clausura de lo que ya fue, de lo que ya ha sido, por el contrario, la apuesta psicoanalítica hace del pasado algo vivo donde el sujeto puede tomar posición y decidir en consecuencia. Construir el pasado no es tanto recordar sino poder elegir una de las múltiples direcciones posibles que se habilitan en el momento en que el sujeto logra tomar nuevamente la palabra, y a su vez la posibilidad de habitar un presente que no esté determinado absolutamente por lo que ya fue.

Ahora bien, lo que vivenciamos cotidianamente es que el pasado acompaña como un aura la actualidad, pero sin haber sido nunca a la vez actual. Esto es consecuencia de que la temporalidad subjetiva está determinada por su anudamiento a lo pulsional. Vendría a introducirse así en nuestra representación temporal una especie de nostalgia por el pasado en tanto el objeto de la pulsión se recrea como perdido en cada nuevo hallazgo. La temporalidad que nos constituye está expresada fundamentalmente en dos frases freudianas: “el hallazgo del objeto es volver a encontrarlo”; “la realidad es lo posible de ser reencontrado”.
Esta sensación de pasado indefinido que acompaña a lo actual responde a esta lógica del reencuentro. Todo acontecimiento pareciera estar acompañado de una forma de anterioridad, de lo que ya fue.
Esta connotación del pasado sobre el presente la hallamos expresada, en forma extrema, en el fenómeno de déjà vu. El sujeto percibe que lo que está viviendo es idéntico a algo que ya ha vivido, no puede decidir cuándo, pero tiene la certeza de que es una repetición idéntica de algo que ya vivió. La explicación que Bergson da al fenómeno de déjà vu en un artículo que se titula “El recuerdo del presente y el falso reconocimiento”, es sumamente interesante. El título “recuerdo del presente” es de por sí un oxímoron, presenta una situación paradojal respecto a lo actual y la memoria, y anticipa lo que va a postular respecto de ella.

Para Bergson el fenómeno mostraría, con la lente de aumento de lo que nosotros denominamos la psicopatología de la vida cotidiana, el funcionamiento de la percepción y de la memoria; postula que en la percepción y la memoria “normal” se da una condición similar, aunque oculta, a la que se presenta en el déjà vu. Plantea que, a diferencia de lo que comúnmente se supone, la inscripción del recuerdo coincidiría con el momento de la percepción. Considera erróneo suponer que primero tenemos la percepción de las cosas y luego, cuando están fuera de la percepción, se recuerdan como algo del pasado. Por el contrario, percepción y recuerdo se establecen en forma simultánea y opuesta. Por lo tanto toda percepción porta el signo del pasado, de un pasado indefinido, de un “ha sido” que se inscribe en bajorrelieve como pasado general.
“Todo momento de nuestra vida –manifiesta Bergson– ofrece, pues, dos aspectos: es actual y virtual, percepción de un lado y recuerdo de otro. Se escinde al mismo tiempo que se opone. Lo que se desdobla a cada instante en percepción y recuerdo es la totalidad de lo que vemos, oímos o experimentamos, todo lo que somos con todo lo que nos rodea”.

En el mismo artículo presenta al futuro como un recuerdo del porvenir. Dice textualmente: “¿No anticipamos en cada momento algo del momento siguiente?” Este instante que va a venir está ya invadido por el instante presente; el contenido del primero es inseparable del contenido del segundo, si el uno es, a no dudarlo, un recomenzar de mi pasado, ¿cómo el instante por llegar no lo seria igualmente? [...] Así me encuentro sin cesar, frente a lo que está a punto de llegar, en la actitud de una persona que reconocerá y que por consiguiente conoce. Como yo no puedo predecir lo que va a suceder, veo que no lo sé, pero preveo que voy a haberlo sabido, en el sentido de que lo reconoceré cuando lo perciba… colocándome –concluye Bergson– en la extraña situación de una persona que siente conocer lo que sabe que ignora.”
La idea expresada es que si en el momento presente anticipo algo del futuro, éste adquiere la modalidad que tiene el presente. ¿Cuál es la modalidad que tiene el presente? Que se inscribe ya como recuerdo. Por consiguiente, una anticipación del porvenir se convierte en un recuerdo del futuro, se configura como futuro anterior.
“Lo habré sabido” remite al futuro de un pasado, como si ya se hubiese realizado ese futuro. El sujeto pareciera desdoblarse en un narrador que, situándose temporalmente en el futuro, cuenta algo que aún no le ha pasado al personaje pero que el narrador ya sabe que le pasó.

Coincidentemente con esto se considera que el fenómeno del déjà vu es acompañado por una sensación de extrañamiento, por una vivencia de desdoblamiento del sujeto, como si fuera espectador de lo que está viviendo. También durante su ocurrencia ciertas palabras familiares se vuelven extrañas, y quien lo experimenta tiene la sensación de que fueron dichas con anterioridad, adquiriendo una connotación de rareza. Esto nos pone sobre la pista de lo que nos permitirá dar una explicación al porqué de la concurrencia simultánea de la percepción y el recuerdo.
Toda palabra tiene una función de uso y una función de mención. Se usa la palabra y al mismo tiempo se puede hacer mención de ella y referirla al código. Hacer una mención es ponerla en relación con el tesoro de la lengua, con la dimensión sincrónica del lenguaje.

Una palabra puede ser sacada de la dimensión de uso y pasar a la de mención en una misma frase, si esto ocurriera simultáneamente se produciría una situación parecida a la del recuerdo del presente.
En este sentido, el antes no datable que se origina en toda percepción, puesto a cielo abierto por el fenómeno de déjà vu, es efecto de la lengua preexistente. Es lo ya dicho como enunciado potencial de la lengua, es lo percibido que en tanto pasa por la grilla de la significación encuentra en la condición misma del lenguaje humano el hecho de que éste remite al “entonces” de la lengua. Habría, por consiguiente, una potencialidad que precede todo acto perceptivo.
Agamben definía la experiencia en general como la manera de hacer de ese entonces de la lengua un estado actual y propio, es decir, la experiencia como la manera particular en que alguien al tomar la palabra se inscribe en ese entonces que es la lengua.
Cualquier representación está acompañada pues, de un antes sin fecha, es el efecto nostálgico que se le adhiere. Proviene de que la lengua anticipa lógicamente al habla. Como si viviéramos sin saberlo en un déjà vu eterno, la sensación que se produce es que no hay nada nuevo bajo el sol. Podríamos decir que habría exigua historia; poco nos distancia entonces, de lo que los antropólogos han denominado sociedades frías, sin historia, que mediante ritos transforman los acontecimientos en estructura eterna. Por el contrario, producimos historia en la medida en que hay lugar para la experiencia, si por experiencia entendemos aquello que se resiste a ser únicamente recuerdo del presente. La experiencia resiste ese efecto estructural de convertir lo actual en memoria, asimilar el decir con lo ya dicho.
Si todo queda reducido a lo que ya fue, nada vale la pena, como plantea Nietzsche. Es el imperio del nihilismo. Si todo remite al pasado en una suerte de determinismo absoluto, en un futuro establecido por ese devenir no hay lugar para lo nuevo.

Cuando la palabra refiere, siempre es remisión al pasado, pero también la palabra tiene efecto de realización, lo que los lingüistas denominan el aspecto performativo del habla. El efecto realizativo de la palabra en el momento en que se produce la interpretación impide el eterno retorno de lo mismo; abre una posibilidad para lo nuevo como apuesta, como asombro. El acto psicoanalítico da cabida a lo nuevo en la historia personal, da lugar a la experiencia que genera lo contrario al déjà vu. El dispositivo del psicoanálisis –dicho esto en términos muy generales– procura conformar un espacio donde se pueda jugar algo del orden de la decisión, y de la palabra en su forma de enunciación realizativa.
Ahora bien, uno se puede también imaginar un análisis enfermante, que al pretender dar cuenta de una determinación absoluta, de un volver permanentemente a lo que ya ha sido, no produciría ningún acto, no posibilitaría ningún corte.
El acto analítico es por el contrario el medio de producir un corte en esa temporalidad inapelable de recuerdo del presente, posibilitando un encuentro con lo real, que no es del orden de lo traumático en tanto historiza esa experiencia. Es decir hace del destiempo en el tomar la palabra una oportunidad de escritura del acontecimiento.


Bibliografía
Giorgio Agamben, Infancia e historia. Ensayo sobre la destrucción de la experiencia, Editorial Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2001.
Henry Bergson, La energía espiritual. Ensayos y conferencias, Editorial Claudio García & Cia, Montevideo, 1945.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 47 | marzo 2001 | Identidad y lazo social  Fronteras, pasajes, diversidad

 

 
» AEAPG
Agenda de Seminarios a Distancia 2019  Comienzan en Agosto
 
» Centro Dos
Conferencias de los martes  martes 20:30 - entrada libre y gratuita
 
» Fundación Tiempo
Posgrados en Psicoanálisis con práctica analítica  Inicios mensuales. Duración: 12 meses.
 
» La Tercera
Seminarios y actividades 2019  Sábados, 10:30 - 14:00 hs. salvo donde se indica
 
» AEAPG
Curso Superior en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes  Inscripción 2019
 
» Centro Dos
Seminarios Clínicos  Segundo cuatrimestre
 
» Centro Dos
Talleres Clínicos  Segundo cuatrimestre
 
» Centro Dos
Seminario 8 de Jacques Lacan  Segundo cuatrimestre
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com