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   El tiempo en análisis

Tiempo sin relojes
  Por Liliana Donzis
   
 
Jorge Luis Borges en el cuento El tiempo y J. W. Dunne escribió: “No sé que opinará mi lector. No pretendo saber qué cosa es el tiempo –ni siquiera si es una cosa– pero adivino que el curso del tiempo y el tiempo son un solo misterio y no dos”.
La pregunta por el tiempo ha sido abordada desde la antigüedad hasta nuestros días por variadas disciplinas. Es así que este interrogante reconoció en el devenir de la historia diferentes conjeturas. Las matemáticas, la física y aun la poesía no han dejado, cada una de ellas a su modo, de situar la cuestión del tiempo.

Enigmas propuestos por la constelación de los astros o transcurrir del cuerpo del ser hablante corroen la experiencia humana.
Hans Baldung, notable pintor del siglo XV, nos legó en certeras y bellas pinceladas un lienzo que tituló: Las Edades y la Muerte. En este cuadro –hoy en el Museo del Prado de Madrid– se destacan un niño, una joven, una dama madura y un anciano que, cadavérico, se acerca a la muerte. Cuatro figuras que al contrastar entre sí ponen de relieve un mismo enigma: el tiempo y su transcurrir.
El psicoanálisis retoma y hace suya la pregunta por el tiempo. El tiempo no es sólo el laberinto infinito de las generaciones sucesivas. Por una parte, la dimensión temporal no escapa al derrotero auspiciado por la articulación inconsciente y sexualidad, y por otra la transferencia como tiempo del sujeto en el análisis.

Tiempos de análisis, tiempos secuenciales de la apertura y cierre del inconsciente en cuya pulsación se contornea el objeto por medio del acto analítico. La escansión, el silencio, el corte, son algunos de los instrumentos de una medición que nada tiene en común con la relojería tradicional sino que, al enlazarse al saber textual, saber inconsciente, hacen al acto analítico.
Sigmund Freud reconoció la pregunta por el tiempo y ofreció una torsión en el saber de su época. Propuso un nuevo rumbo al señalar que el inconsciente se sitúa fuera del tiempo cronológico. El inconsciente freudiano no reconoce la categoría del tiempo como sucesión. En la atemporalidad del inconsciente, lo reprimido es inalterable al paso del tiempo. En esta lógica la escena analítica es su paradigma, allí por retroacción se ilumina la anterioridad. Para Freud en el camino de la formación de síntomas, en la neurosis, la segunda escena resignifica la primera, por lo tanto es en un a posteriori que se redimensiona el primer tiempo, del que se predica: “habrá sido”. La correspondencia entre pasado y porvenir, indica un orden que va del porvenir al pasado. Así “el retorno de lo reprimido no viene del pasado sino del porvenir”.

En el capítulo “Lo inconsciente”, de la Metapsicología explicita: “Los procesos del sistema inconsciente se hallan fuera del tiempo, esto es, no aparecen ordenados cronológicamente, no sufren modificación ninguna por el transcurso del tiempo. Carecen de toda relación con esta categoría. La relación temporal se halla ligada a la labor del sistema conciente”.
Para Freud el proceso primario se nos muestra bajo las condiciones del fenómeno onírico y de las neurosis cuando los procesos del sistema inconsciente producen transferencias de carga al sistema preconciente, e implican en determinadas ocasiones, la efectuación de una regresión a una fase anterior. Esta regresión es tópica mientras que los efectos subjetivos del tiempo se ligan al sistema percepción-conciencia.
Si bien Freud deja del lado de la conciencia la sucesión temporal, acentúa la regresión como factor de peso en el camino regrediente, desde lo preconciente a la fase anterior inconsciente. Este es el punto que marca para Freud el antes y por ende el después, es decir la síncopa temporal.

Jacques Lacan en los albores de su enseñanza comenta respecto de lo temporal: “Sólo podemos salir del laberinto del tiempo reconociendo que el elemento tiempo es una dimensión constitutiva del orden de la palabra y su sentido último sitúa al sujeto frente al analista, el tiempo es su relación existencial ante el objeto de su deseo”. Por una parte sitúa la temporalidad en relación con la subjetividad como efecto fantasmático como así también anuncia el acto analítico en el que centra las dos acepciones de la transferencia freudiana. Acto que años más tarde en el seminario de 1968 implicará el: “cesa de no escribirse”. El acto demarca un antes y un después del sujeto al instituir al sujeto mismo. Como así también, por esta vía, Lacan trató de subrayar la posición del analista en la transferencia y de dialectizar en la serie significante la escansión para relanzar al sujeto en su interrogación.
Desde estos ejes la lógica del tiempo que se pone de relieve en los diferentes tiempos de un análisis implica asimismo que analista es un lugar no verificable a priori sino a posteriori. Repetición e invento en cada vuelta de un análisis hasta un final posible, en el cual por retroacción se eslabona y relee el acto inaugural. De este modo el tiempo en análisis es la transferencia como tiempo del análisis.

En la cura, en transferencia, la temporalidad subsume el tiempo del inconsciente, a-temporal, por la puesta en acto del montaje de escenas fantasmáticas que se construyen en el análisis mismo. Puesta en acto de la realidad del inconsciente que recorre entre significante y objeto escenas coaguladas que velan lo real. Y su matiz de realidad lo forja el deseo.
¿Qué incidencias hallamos en la práctica del análisis con niños a partir de la lectura de la clínica?
La niñez es un momento lógico en la estructura de las neurosis y un tiempo de producción de la pulsión. Freud en 1905 dice claramente: “La pulsión se produce en la niñez”. La pregunta por la estructura del sujeto en la infancia se abre a una nueva consideración que concierne a las operaciones que instituyen al sujeto, como asimismo la chance del análisis en el tiempo de producción y de fijación de la pulsión.
El análisis de niños verifica un tiempo de transferencia, de efectos de transferencia en análisis que concluyen, por razones de estructura, inconclusos.

La niñez es un campo heterogéneo, en ella se reparten diferencias y tiempos. En esta perspectiva las operaciones de la sexualidad infantil, que a su vez son condición de estructura, permiten despejar y diferenciar los tiempos del sujeto del tiempo cronológico; se considere éste desde un sesgo etario o evolutivo. El psicoanálisis implica una temporalidad cuya síncopa es sin relojes.
El desarrollo genético descripto tanto por las teorías evolutivas como por las estructuralistas que se desplegaron en la segunda mitad del siglo XX y, en particular los estadios definidos por Jean Piaget, no nos proporcionan, a la hora del análisis, eficacias en la práctica clínica.

Ahora bien, el psicoanálisis plantea una temporalidad que difiere de la cronología, y la clínica con niños nos propone más de una vez las paradojas de las edades de la vida, como también en la práctica con niños nos llegan preguntas y afirmaciones provenientes de otros discursos que se interesan por la niñez, tales como la pedagogía o la pediatría, que esperan las eficacias y adquisiciones que provienen y dependen de los tiempos de la constitución del sujeto pero cuya medida difiere del psicoanálisis. Paradojas que nos conducen, más de una vez, a perder de vista diferencias sumamente valiosas. A guisa de ejemplo las distinciones lógicas entre origen e inicio, estructura e historia, edad y tiempo.
En más de una ocasión se intenta saldar estas preguntas con la apelación a los tiempos instituyentes, sin mayor tramite que esta frase retórica y sin que medie qué se entiende por la misma, pues no es unívoca.
Tal vez resulte obvio pero vale explicitarlo, no estamos ante el mismo niño en el tiempo de la alienación fundante en la que aún no ha operado la torsión de retorno, que en el tiempo del latente descripto por Freud, latencia que nos dice del trabajo de la pulsión en relación con la intrincamiento de la misma bajo el imperio del nombre del padre. Los resortes de los padecimientos y síntomas que se presentan, también difieren entre sí en uno u otro momento.
Entre estos dos momentos se efectúa una travesía, que concierne al pasaje de la lengua materna a la lalangue. Pasaje indicado por el síntoma estructurante del sujeto en la niñez.
Para concluir, Freud propuso el movimiento subjetivo en tiempo de futuro anterior, el porvenir se sedimenta de huellas pasadas que se actualizan por retroacción, allí donde hubo fijación libidinal se regresa. Motivo que permite al neurótico vivir de su pasado, sin advertirlo. Es así que en el análisis del adulto la transferencia opera pisando las huellas de ese camino regrediente e implica otorgar a la niñez una temporalidad que se eslabona en tiempos de identificación, de ritmos pulsionales, de secuencias con olor a goce y a trauma. Tiempos heterogéneos se ponen en juego, tiempos que poco tienen que ver con el “según pasan los años”.

Tiempo sin relojes. Tiempos del sujeto que eslabonan las ligazones efectuadas y en el acto del enlace engendran espacios nuevos. En la niñez se ligan elementos en apariencia heterogéneos que se transforman mutuamente para otorgar al sujeto un cuerpo ligado a la lengua. Lo real del cuerpo habitará el espacio creado, armado con los efectos de transmisión de la lengua.
El niño modela y organiza en tiempos melodiosos de voz y de mirada, con la insistencia pulsional que el Otro imprime: el espacio, la casa, el domicilio de los tiempos instituyentes. El tiempo en este caso implica un tiempo de pasaje sellado por los gajes del padre, un pasaporte que permite un pasaje transformador de la estructura generando un destino subjetivo al niño.
Los tiempos del sujeto se pueden contar en tiempos de reloj pero su cronómetro no es éste, y tampoco se vincula con el espacio físico euclidiano, aunque pueda medirse en él. El espacio-tiempo que Lacan rediseña a partir de la espacialidad topológica recrea la niñez en el acto instituyente del empalme RSI, real, simbólico e imaginario.
En el “cesa de no escribirse” se sella un antes y un después para el sujeto. Lacan articula el corte que introduce la Verneinung, la negación, que nos permite situar la discontinuidad. Propongo no homologar la escritura borromea del sujeto con la construcción del fantasma y la lógica que le concierne, aunque en ella ya estén presentes los tres registros: RSI
La niñez es una de las formas del tiempo. El niño entra en el mundo y palidece por efecto del lenguaje y la función de la palabra que viene del Otro. Palabra de la que deberá apropiarse para que ésta haga diferencia. Iniciación, iniciaciones que no son ajenas a las operaciones de castración que abren al parlêtre el trabajo de proliferación del significante.
La niñez es tiempo, tiempo de empalme RSI y tiempo de producción de la pulsión en su enlace a una escena apenas sugerida por la contingencia del objeto, que en el mejor de los casos modela la actividad lúdica y gráfica de los niños. La niñez es tiempo y por ende la concepción de la temporalidad que subyace en el psicoanálisis influirá, de modo explícito o implícito, en la dirección de la cura.
 
 
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