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   El tiempo en análisis

El tiempo de la sesión
  Por Enrique Loffreda
   
 
Sabio es quien monotoniza la existencia, puesto que entonces cada pequeño incidentetiene un privilegio de maravilla.
El cazador de leones no tiene aventuras más allá del tercer león.

Fernando Pessoa

¿Cuánto dura una sesión? De las muchas temáticas conflictivas dentro de la práctica analítica, la duración de las sesiones se destaca por su notable carga de prejuicios. Desde quienes modelan su clínica a partir de enfoques radicalizados hasta aquellos que prefieren eludir el cuestionamiento funcionando con cierto nivel de inercia, encontramos un amplio abanico de usos y costumbres.
Para algunos analistas, trabajar o no con un tiempo fijo es entendido como un test de fidelidad o rechazo a las enseñanzas de Lacan. No creo que la duración de las sesiones sirva de tal referencia en tanto conozco colegas lacanianos que trabajan con tiempo fijo y algunos a pesar de no serlo, sin mucho criterio adoptaron el sistema de las sesiones cortas.
Ante semejante panorama, no deja de ser estimulante ventilar el tema con la esperanza de generar alguna polémica y aportar razones que permitan, no ya un acuerdo, pero sí al menos un cuadro menos confuso.
Pueden resultar muy válidas las razones esgrimidas pero no podemos desconocer la influencia de los escrúpulos por la intangibilidad de la herencia, pues si lo hacía el maestro (Freud o Lacan en el tema que nos ocupa), proponer modificaciones no resulta sencillo.

En general tienen escasa difusión las descalificaciones cruzadas entre quienes trabajan con tiempo fijo y aquellos que lo hacen con tiempo variable; públicamente todos dicen respetar la otra forma de trabajo, pero en privado es frecuente escuchar críticas demoledoras.
La posibilidad de generar un intercambio choca con dos factores a tener en cuenta: por una parte la tendencia a realimentar las propias razones en el interior de cada parroquia, generando una progresiva endogamia conceptual. El otro motivo por el cual sospecho que el diálogo se dificulta considerablemente se relaciona con las diferencias existentes respecto al concepto de técnica.
No tenemos de la llamada “teoría de la técnica psicoanalítica” (curioso oxímoron tan difundido) una definición clara que permita su discusión. Tanto en su cuestionamiento como en su defensa se incluyen, a mi entender, algunos temas correspondientes a la conformación del dispositivo y otros que deben ser incluidos como particularidades del estilo, creando con esta mezcla un campo confuso y heterogéneo.

Son numerosos los argumentos que impugnan la llamada teoría de la técnica, muchos de los cuales comparto plenamente, pero el hecho de rechazar la pertinencia de tal teoría no implica la inexistencia de una técnica, tomada en su originario sentido como techné (arte, saber, oficio), es decir todo aquello que no puede ser aprendido ni desarrollado desde el conocimiento teórico.
No resulta posible tratar aquí el problema de la técnica en psicoanálisis pues excede el marco de este pequeño comentario, pero resulta indispensable considerar algunos puntos aunque sea de manera tangencial.
Para abordar concretamente el problema que nos ocupa: la duración de las sesiones ¿es una cuestión técnica? Si lo fuera, para validar algún criterio sería necesario recurrir a una teoría y nos veríamos entrampados en la vieja historia (¡otra vez teoría de la técnica!).
Si fuera una cuestión de estilo, la defensa de una u otra posición carecería de sentido en tanto los estilos no se discuten. Resultan genuinos cuando responden a una construcción propia a partir de la experiencia personal y se convierten en lamentables caricaturas cuando son producto de imitaciones serviles.
Si en cambio se tratara de una cuestión de procedimiento y definiéramos la duración de las sesiones como determinante en la conformación del dispositivo, allí sí cabría confrontar razones para establecer el sentido de una u otra práctica.
Pero para poder abordar el tema de la duración de las sesiones, resulta necesario hacer una breve aproximación a dos conceptos íntimamente ligados: el tiempo y la repetición.

Tiempo y repetición en Freud Tanto en su correspondencia como en alguna de sus obras, Freud mostró un marcado interés en relación con el problema del tiempo. A pesar de no haber producido un desarrollo específico sobre el tema, son muy importantes las referencias concretas referidas a la temporalidad. Una en particular ha sido repetida con frecuencia, aunque dando lugar a dudosas interpretaciones; me refiero a la conocida sentencia que encontramos en “Más allá del principio del placer” donde afirma: los procesos anímicos inconscientes son en sí “atemporales”. Esta frase merece ser aclarada en tanto encierra cierta dificultad conceptual. En principio debemos reparar en las comillas del texto original pues indican alguna condición particular de esa atemporalidad, aspecto aclarado en el mismo párrafo cuando la relaciona con la representación del tiempo del sistema P-Cc, dando a entender que no se trata de la ausencia de todo tiempo posible pues lo inconsciente se convertiría en ese caso, al decir de Lacan, en una “realidad impensable”.
Fuera de la representación de ese tiempo imaginario del sistema percepción-conciencia, otro tiempo, el de la resignificación, posibilita un ordenamiento al que Freud otorgó particular importancia (resulta significativo que la palabra “Nachträglich” estuviera frecuentemente subrayada en sus escritos). Este tiempo no cronometrable, posibilita un ordenamiento retroactivo y permite una reformulación original de la historia del sujeto, pero no anula ni reemplaza el tiempo vigente del sistema P-Cc con el que todo analista, quiéralo o no, deberá trabajar.

Otras nociones que aportan claves para la comprensión del tiempo las encontramos en el “Proyecto...” y en “El problema económico del masoquismo” con los conceptos de período y ritmo, que giran en torno a la necesidad de una repetición.
Precisamente con respecto a la repetición se sumaron algunas confusiones alrededor de la llamada “compulsión de repetición”. Freud emplea por primera vez este concepto en “Recordar, repetir, reelaborar”, trabajo donde afirma “que el analizado repite en vez de recordar”. Al colocar además la repetición “bajo las condiciones de la resistencia”, fue entendida por algunos como algo que interfería en el desarrollo del análisis.
En su Seminario 11, Lacan decide colocar como uno de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis a la repetición. Todo psicoanalista hubiese aceptado de buen grado los otros tres (inconsciente, pulsión y transferencia) como fundamentales, pero incluir la repetición marcó una ruptura con respecto a lo desarrollado hasta entonces.
Entender la repetición como re-petición, posibilita escuchar ese pedido que se reitera respondiendo a una función básica de lo inconsciente.
Si al popular refrán “perro que ladra no muerde” le añadimos “mientras ladra” cambiamos radicalmente su significación, pues entenderemos entonces el ladrido no como un seguro de no ser atacados sino como la antesala de un posible mordisco. Del mismo modo podremos pensar: “sujeto que repite no recuerda... mientras repite”, porque esa petición insistente demanda la necesidad de darle un nuevo sentido, creando a partir de la resignificación una marca en la historia. Esto será posible en tanto dentro del tiempo del análisis un acto sea capaz de precipitar esta transformación del ciclo repetitivo.

Acto e interpretación: Quizá no resulte ocioso puntualizar cierta particularidad del acto y su valor dentro del psicoanálisis, pues aunque Lacan dedicara su decimoquinto seminario a desarrollar con minuciosidad el tema, todavía hay quien supone que se trata de una acción intempestiva ejecutada ex profeso, con el objeto de lograr algún propósito prefijado. Recordemos al respecto que Lacan establece claramente en el seminario aludido que “el acto es su interpretación” y que de ninguna manera puede ser buscado, pues su aparición sólo se dará en condiciones adecuadas como un encuentro sorpresivo, no sólo para el analizante sino también para el analista. Según mi parecer, la constancia del dispositivo analítico deberá proveer el marco dentro del cual se posibilite la irrupción del acto, (eso es: su interpretación) pues sólo en el horizonte de una monótona invariancia se puede recortar la diferencia producida a partir de la repetición que demanda lo nuevo.
La interrupción de las sesiones haciendo caso omiso del tiempo cronológico, buscando producir un efecto determinado, pareciera no coincidir con la definición de acto analítico que nos aportara Lacan.
Sabemos que fue el propio Lacan el inventor de las sesiones cortas y ultra cortas pero cierto es que por algún motivo nunca propuso tomar esta característica de su clínica como una cuestión doctrinaria y de ningún modo objetó la tarea de aquellos psicoanalistas a los que respetaba y trabajaban con tiempo fijo. Esto, teniendo en cuenta que no escatimaba críticas contra quienes distorsionaban el sentido de las enseñanzas de Freud, me lleva a pensar que no consideraba su posición respecto a la duración de las sesiones como un capítulo cerrado.

Me parece entonces prudente reflexionar sobre los inconvenientes de la fluctuación del tiempo de las sesiones, pues aunque fuera empleada por el maestro, no parece favorecer la constitución del dispositivo analítico.
Escansión es el término que se ha manejado reiteradamente para designar la interrupción de las sesiones. Evito emplear esta palabra, correctamente utilizada por Lacan, pues en nuestro medio se ha usado en algunas ocasiones invirtiendo su significado de “medida del verso”, convirtiéndose en un verso sin medida. En su curiosa metamorfosis llegó a transformarse en un neológico verbo de la primera conjugación.
Más allá de las críticas, debiéramos supeditar todas las razones a la eficacia, pero lamentablemente chocamos con las dificultades inherentes a las presentaciones clínicas, pues salvo raras excepciones, sólo sirven para reafirmar las convicciones del presentador y poco aportan al debate.
Personalmente creo necesario recuperar el valor de la paciente espera del acto, y esto es lo expresado por Pessoa de manera brillante: un modo de jugar en la repetición a la espera del “incidente” que nos maraville.
Está claro que si se confunde la estabilidad de ese “monotonizar” con una rigidez sintomática al servicio de la resistencia (la del analista, claro está) esto acarrearía nefastas consecuencias para el desarrollo del análisis y en ese caso sólo cabría sugerir una seria revisión del análisis del propio analista. Pero suponer que para contrarrestar el peligro de una posible rigidez debemos introducir variantes intempestivas, nos haría correr el riesgo de convertir al analista en un “cazador de leones” sin aventura posible “después del tercer león”.
 
 
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