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   El tiempo en análisis

Nosotros pasamos, no el tiempo
  Por Sergio  Rodríguez
   
 
Las “sesiones breves” se “naturalizaron” entre algunos psicoanalistas de origen lacaniano. Toman como referencia particularmente a Miller (Jacques-Alain) a algunos de sus seguidores y a periféricos como Gerard Pommier. Se apoyan también en lo que varios pacientes de Lacan hicieron saber sobre el manejo del tiempo de las sesiones en sus últimos diez años de práctica. Lacan no publicó, que yo sepa, ningún escrito en defensa de estandarizar la brevedad de las sesiones.

Voy a imaginar un sueño repetitivo de Lacan. Volvía y volvía en el transcurso de su análisis con Löwenstein. Soñaba lo siguiente: Estaba cómodamente reclinado en el diván y sorpresivamente el analista le interrumpía la sesión. El durmiente se despertaba angustiado, con la sensación de haber sido echado. Despierto, le venía el recuerdo de que ese día se había aburrido durante toda la sesión y había creído percibir un sentimiento parecido en su analista. Otras veces, por el contrario, le advenía el recuerdo de que algo dicho a los pocos minutos de iniciada la misma había aparecido como una revelación tan impactante, que el resto del tiempo había sido, como si no hubiese existido. Cada vez que le contaba una de estas pesadillas a Löwenstein, éste le interpretaba la resistencia, o la rivalidad y el odio contra él. Dichas interpretaciones no le hacían mella y los sueños de angustia volvían y volvían. Mientras, Lacan afilaba sus lecturas de Freud, se encontraba con Las estructuras elementales de parentesco de Levi Strauss, con Hegel y sus planteos sobre el deseo humano. Le costaba entender algo que había entrevisto, que manejar las sesiones según reloj no respondía a ninguna lógica que no fuera imaginaria. Un día concluyó: Ya que el inconsciente es atemporal y el ciframiento de sus formaciones es por après coup, las sesiones hay que manejarlas por una lógica que esté estrechamente ligada a estos descubrimientos freudianos. Experimentó con sus pacientes de más confianza y con los que estaba más seguro que disponían de una estructura R.S.I., capaz de soportar el experimento. El trabajo se tornó mucho más eficaz. Como contrapartida, sus colegas de la IPA lo estigmatizaban. No se horrorizó, peleó. A veces bien, a veces mal, pero no cedió. Los que si cedieron, fueron esos sueños repetitivos que Löwenstein no le había sabido interpretar.
Si non è vero, è ben trovato, ¿verdad?
En los albores de su enseñanza publicó: “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma”. Desde entonces, Lacan insistió en que la certidumbre de interpretación, de desciframiento del inconsciente, surge en tres tiempos que se producen en la relación entre analista y analizante: el instante de ver, el tiempo de comprender y el momento de concluir. Y prefirió ser expulsado de la Asociación Psicoanalítica Internacional, antes que dejar de observar y hacer operar el tiempo desde esa lógica. La experiencia transcurrida luego de ese artículo inicial, permite situar dicha lógica en relación con los tres registros en que se articula la experiencia humana: Imaginario, Simbólico, Real.

Dichos tiempos reformulan, precisándolas y dándoles posibilidad de ser utilizadas como herramientas, dos observaciones de Freud. La de la atemporalidad del inconsciente, y la de la producción de sentido de sus formaciones por retrosignificación. La primera advirtió la sustracción del inconsciente del tiempo cronológico. La segunda afincó dicha producción en dependencia del lenguaje y lalengua. Fue él quien advirtió que para que se produzca significación hacen falta al menos dos escenas significantes, de las cuales la segunda va a significar a la primera. Y también que dicho significante es emitido desde quien queda constituido como Otro. Recuerde el lector, las dos escenas descriptas por Freud en el “Proyecto de psicología para neurólogos” como necesarias para la constitución del síntoma.

El gran acierto de Lacan consistió en captar, después de apreciar el valor del aporte de Levi Strauss y de Charles S. Peirce a la lógica simbólica, la relación estrecha que había entre las teorías de Freud sobre las representaciones, la producción de sueños, síntomas y actos fallidos, con las elaboraciones de Saussure sobre: signo, significante, significado, significación. Su esquema de los tres tiempos para la lógica del acto, no hace más que atenerse, con el trasfondo de Strauss y Peirce, a esas elaboraciones conceptuales de Freud y de Saussure. De ahí su obstinación en defender su modo de manejar el tiempo de las sesiones. Se le transformó, y con razón, en una cuestión de principios para el ejercicio de su práctica. Una interrupción de sesión en el momento acertado, produce la escansión, el corte necesario, la puntuación adecuada, para que ocurra la retrosignificación precisa de la enunciación emergida. Ese momento, a partir de una certidumbre anticipada, no puede renunciar a la función de la prisa. Dicho en criollo, si por mucho madrugar no amanece más temprano también es cierto que buey lerdo bebe agua turbia. Es importante no confundir esta función de la prisa, con estar apresurado. Esto le ocurre a los analistas breves. El tipo de intervención del analista, preconizada por Lacan, deja sin lugar a la producción de enunciados que velen, oscurezcan, lo que aquella enunciación metaforizó del sujeto del inconsciente: su deseo. Corta el goce del significante (del hablar por pura satisfacción narcisista). Fenoménicamente, el resultado es advertible por el cambio de posición de dicho sujeto entre el comienzo de la sesión, copado por enunciados que distorsionan y velan sus deseos, y ese preciso instante en que la metáfora atraviesa la barrera resistencial indicando el momento de concluir. La interrupción, a través de la pérdida de la comprensión que aparentemente le daban los enunciados armaditos, lo lleva a volver a buscar una comprensión que se le escapa.

A partir de “esa base más estrecha, pero más segura”1, Lacan inicia un recorrido. En él, irá desbrozando las consecuencias de que la experiencia humana se vaya dimensionando entre los tres registros, sobre la base de la primacía del significante. Real, Simbólico e Imaginario son consecuencia de que “un significante es lo que representa un sujeto para otro significante”. Esta definición de significante a la que Lacan arriba avanzada su enseñanza (1964), diferencia al significante como concepto psicoanalítico, de las definiciones lingüísticas, dándole función precisa en su relación con el inconsciente. Se diferencia así a la lingüistería2 de la lingüística, sin que eso signifique diferencias de valoración, sino de demarcación de territorios de saber. El cuarto nudo discernido sobre los finales de su investigación, no dejará de responder a la matriz significante lingüesteril.
El camino que venía recorriendo Lacan a partir de su discriminación de los tres registros en 1953, toma ese año 64 un derrotero fundamental a partir de que precisa –en lo que se ausenta sin necesariamente haber estado presente– la definición del objeto a como causa del deseo, y del a que causa la división del sujeto por la castración (insuficiencia) del significante para recubrir lo real. Ese derrotero le permite discriminar, particularmente en Encore (1972) otra función del mismo, la de objeto de goce en lo que se presenta encarnado en el cuerpo y/o en los significantes. Tenemos entonces al a funcionando atrapado entre los tres registros: en lo imaginario –recubierto de vestiduras que encubren lo radical de su falta–, en lo real –siendo esa falta misma– y en lo simbólico –tomando la función paradojal de representar valores imposibles de mensurar y desde los que, fallidamente, se intenta significar a lo real–.

Llegado a ese punto, el manejo del tiempo en las sesiones deja de ser exclusivamente herramienta de puntuación y pasa también a formar parte de estrategias y tácticas para construir la apariencia adecuada del analista (“semblant”), para que resulte causante y soporte, del deseo de analizarse. También, en las circunstancias convenientes, obstáculo al goce del significante cuando éste se transforma en valla para el deseo de analizar. Definamos al deseo de analizar, no simplemente como el de ir a llevar quejas al analista o el de recibir pacientes en consulta sino como el más duro para el sujeto, ir a encontrarse con su real, con el deseo desconocido, con lo que los ideales fracasan en velar, con lo que genera la angustia. Para el psicoanalista ya no se trata sólo de saber puntuar, sino también manejar la presencia del analista como tal o como sustracción, ausencia y por lógica, la resistencia más difícil, la de lo real soportada en lo no simbólico del Ello. Lo que se hace a través de silencios, de la duración de las sesiones, de la frecuencia y la regularidad o irregularidad de estas, como vestiduras de ese objeto que se escurre en presencia. Se puede preguntar ¿si lo real es incognoscible, como el analista puede apercibirse de su presencia? Es incognoscible pero presenta indicios para abordarlo. Detectarlos, formará parte de la habilidad del analista para pasar al acto imprescindible, para facilitar que lo real vaya presentando elementos y formas escriturables. Poco de esto pueden hacer los analistas estandardizados, sigan patterns I.P.A. (50’) o de analistas breves (10’).

Por otro lado los estándares dejan de lado una cuestión inalienable planteada por todos los grandes maestros del psicoanálisis. Cada paciente y cada sesión deben ser tomados según la singularidad con que se presentan. Lo mismo es aplicable al analista. En cada sesión y con cada paciente atravesará circunstancias particulares. Lo que surgirá entre ambos, y cómo cada uno se articule a eso que surja, dependerá de como estén situados en su articulación borromeica.
Toda esta riqueza, es la que se pierden los estándares, décimo o quincuagésimo minutados y es la que le hacen perder a sus: excesivamente pacientes.
Los breves generan la ilusión de que hay analistas que atienden 10’ y cobran mucho menos que los que se rigen por la lógica de la estructura. O sea: la lógica que rige el tiempo del sujeto en cuestión, en cada única e irrepetible sesión, condicionando los límites horarios de la misma a ese seguimiento. Sin embargo cuando se llega al balance final, si se suma lo que pagaron los seis pacientes que atendieron en una hora los décimo minutados, cobraron mucho más que los que se responsabilizan en seguir la lógica inconsciente del analizante. A la vez, aquellos pacientes pagan mucho más, porque quedan tan marginados de su inconsciente, como lo estaban cuando eligieron al analista breve. Por eso mismo también, muchos analistas producidos por la brevedad, no pueden hacer otra cosa que surfea escasamente el inconsciente de sus pacientes.

La de las sesiones breves es una tendencia que se ha identificado a los nuevos ideales de esta cultura: hacerle creer al cliente (al yo) que se hace lo que él quiere, para extraerle más plus de goce, plusvalía. Tal vez el lector esté pensando: “se equivocó Rodríguez, la plusvalía se le extrae al trabajador, no al cliente”. Lo que ocurre es que el capitalismo actual hace trabajar también al cliente. Es éste, o sea ustedes lectores, el peón que recorre las góndolas de los supermercados con los carritos, o que pierde horas trabajando para que las telefónicas o las tarjetas de créditos corrijan el ¿error? de factura, o haciendo cola y operando ante los cajeros automáticos para retirar dinero de los bancos, etc. “Pero Rodríguez..., igual se equivoca, ya Lacan nos decía que el análisis es el único lugar en el que paga el que trabaja”. Sí, pero era una referencia al analizante trabajando para sí, para reconocer la existencia y las producciones de su inconsciente. En los análisis el analista también trabaja y si no, estafa a sus analizantes. En la tendencia que nos ocupa, como en el caso de los supermercados, el cliente trabaja para el patrón que le vende.
La identificación de algunos psicoanalistas con el “todo por dos pesos”, los conduce a una degradación equivalente a la de la cultura merchandising.
___________________
1. Ver Jacques Lacan, El Seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Bs. As., 1994.
2. Así definió al territorio que demarca la relación la lengua con el inconsciente, conduciendo a un corte epistemológico con la lingüística.
 
 
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