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   Las fuentes del psicoanálisis

Releyendo las fuentes del psicoanálisis
  Por Raúl Yafar
   
 
Pienso que asistimos a una época muy interesante del psicoanálisis argentino. Dentro del campo que se ha desarrollado a partir de la enseñanza de Lacan aparecen constantemente textos novedosos de analistas que no sólo reúnen una rica experiencia clínica, sino que han decantado e incorporado en su formación teórica muchísimos conceptos que en otra época se repetían sin casi intelección profunda y por lo tanto sin eficacia clínica real. Se abre una época de producción que no vacilo en calificar de provocativa y entusiasta.
Pero, a mi juicio, esto es fruto entre otras cosas del derrumbe progresivo de un “esquema” de lectura infortunado –tan difundido como empobrecedor– que truncó, al menos parcialmente, la producción de nuestra comunidad de trabajo durante al menos la primera década de expansión de la obra de Lacan en la Argentina. Este esquema se reduce a considerar la inserción del analista lacaniano con respecto al psicoanálisis del siguiente modo, es decir, según la siguiente secuencia lógica1:

a) Freud y Lacan son tomados como un equipo de dobles especulares, anulándose el sentido del “retorno a Freud” –que tiene, entre otros, el de una lectura que sigue la tradición freudiana, es decir, una repetición con diferencias–. Este equipo pasa a ser detentador de la verdad-Toda y, por lo tanto, es el psicoanálisis.
b) Se realiza una operación de descarte de los discípulos de Freud, junto con los llamados posfreudianos, los kleinianos y todos los otros autores, que pasan a configurar un “paquete” global y poco matizado. También se señalan constantemente los límites de cualquier otra corriente o autoría. La cultura toda constituye un residuo desprendido, derivado, referido, a la sombra de la díada maestra.
c) Entonces, se concluye en una declaración de principios: el analista “freudo-lacaniano” se apresura a coparticipar de esa juntura imaginaria iniciática, se filia en ella, con lo que se exime de rendir cuentas de su relación particular a la verdad medio-dicha del inconsciente –incluso, a veces, de analizarse–. Todo esto por temor religioso a una segregación a la que de todos modos se consagra –claro que a la de los otros–. En efecto, ahora el analista “freudo-lacaniano” ha logrado un Ser. Él es uno-con-la díada.

Es obvio que no me estoy refiriendo a la agudeza de la inmensa operación de lectura y reescritura que Lacan consigue aportar para todos los analistas. Estoy hablando de un fenómeno local muy específico, ligado a lo que Lacan llama fascinum, contrario a toda operación de lectura, a toda creatividad, a todo juego de posibilidades y responsabilidades teóricas. Una obra, cualquier obra, se trabaja, se discute, se incorpora buscando una repercusión en el inconsciente del lector-analista. También es ético no hacerlo si no está en el camino del deseo de cada uno. Lo que me parece envilecedor es descartarla desde los prejuicios de una cosmovisión –más allá de que la génesis de ésta radique en motivaciones religiosas, políticas o de mercado, es decir, en pos del liso y llano reclutamiento de fieles2–, aunque esa visión del mundo se autorice desde una prestigiosa perspectiva freudiano-lacaniana.

Si rememoro el prólogo de mi primer libro3 sigo pensando que en general las confrontaciones de lecturas sobre temas del psicoanálisis caen dentro de dos posicionamien­tos posibles entre los que discuten. En la primera sólo se tiene en consideración la alternativa del par opositivo de lo correcto-incorrecto. Categorías ideales que responden a un afán de totalización. En la segunda se juega lo que es posible hacer de nuevo, tal vez, y sólo tal vez, más ajustadamente –Alfred Hitchcock decía que plagiarse a uno mismo es estilo–.
Si se parte de la primera posición sólo es posible pensar contra el otro por lo que le falta, en general con un matiz paranoide de reclamo. Si el autor, es decir, el agente personal del discurso, se ha equivocado, su accionar no tiene pertinencia.
Nuestro “riguroso” lector aquí pretende trabajar siempre a favor del original comentado o del tema discutido, elevado al rango de verdadera Idea platónica, identificado a su lectura, más o menos fiel. Por lo tanto, cuando opina sólo puede constante y reverentemente citar.

Los sumisos ante el amo totémico –que ellos mismos han erigido– solicitan que se les dicten los modos de aceptación del pensamiento para alzarse como jueces de irresponsables y desviados. Avanzando contra éstos es que se defiende el original, pensado en estar en causa con él y a favor de su pureza.
Se ha confundido entonces “tomar partido” con tener partido tomado y como ocurre siempre entre quienes se sostienen como avales del Padre, se desciende vertiginosamente de la interrogación teórica o clínica a la persecución ideológica, al descarte conceptual, a la soberbia propagandística.
El pensamiento se encuentra en cambio con su propio fundamento cuando se deshace a sí mismo, cuando se discute con aquello que causa la rotación de lo que no resta sino como vocación por el hallazgo. Discutir con un texto es decir siempre de sí, pues el texto original es sólo un vapor, un soplo, un mensaje que sostiene lo mismo des-dicho para intentarlo otra vez. Juntura –como pasaje subjetivante– que conecta la inscripción como duelo, o sea el escrito, con lo que bebe de las fuentes históricas en cada trabajo realmente personal.

A partir de este esquematismo paranoide, cada lectura de un autor-no-lacaniano naufragó durante años en lo que se llama “psicoa­náli­sis aplicado”: una pasión, agrego, de índole escópico-contemplativa de Deseo al Otro. En cada ocasión se “utilizaba” el saber co­mo un Otro del Otro, explicando lo que otros quisieron y no pudieron decir –en este caso, por su falta de lectura de la dupla Freud-Lacan–.
Creo que la aplicación de una propedéutica que intuye, teleológicamente y a priori, hacia dónde conduce no es un trabajo analí­tico. Prefiero cuando leo, para contestar más profundamente mis inquietudes, una labor (trans)for­ma­tiva, donde opto por dejar que cada autor inicialmente “me tra­baje”, sencillamente pensándolo desde su teoría, es decir, intento compartir activamente su aventura intelec­tual. Es mi forma de amar su intento, de tomar la iniciativa de correr con él sus mismos riesgos. Recién tras esa alienación pretendo separarme subjetivando lo leído, y esto lo incluye, disolviéndolo, más tarde, en mi propio pensamiento.
Mis consignas han sido siempre de este modo: tranquilidad, lealtad al sentido interno de cada texto, y un reposo discursivo que, silencioso, se recuesta en el núcleo “duro” de cada pensamien­to.

* * *

¿Cuáles han sido los efectos más negativos del esquema que describí, en términos generales, en la entrada de la obra de Lacan en la Argentina? Creo que, para empezar, dos.
El primero es que, dado que el propio Lacan planteaba insistentemente que su pensamiento prolongaba el de Freud, sin explicitar apropiadamente las diferencias e incluso los puntos en que lo invertía flagrantemente, se consolidó –gracias a la ritualización religiosa con que se lo leía– la idea de que era válido denunciar en los supuestos adversarios de Freud –es decir, todos los otros analistas que no fueran Freud o Lacan– “desviaciones” que, en realidad, muchas veces correspondían con lecturas ajustadas al texto de Freud4.
En segundo lugar, no se pudo, salvo excepciones, advertir el carácter subversivo ínsito en muchas originarias intuiciones de los fundadores, lectores y practicantes posteriores del psicoanálisis freudiano. Estas intuiciones a veces son coincidentes con las de Lacan; otras lo preceden o lo prolongan; muchas más se dirigen directamente a temas fecundos de la clínica que Lacan jamás puso en juego –lo cual es lógico, la obra de Lacan es vastísima, pero es tan no-toda como cualquier otra–. En su momento Lacan se admiraba de la calidad de los debates de la época de Freud, en contraste con sus desesperadas quejas por la esterilidad de los aportes de sus propios seguidores. Una de las motivaciones del dispositivo del Pase era la expectativa de que, en sus testimonios, se dibujase una teorización que fuera más allá de la de él mismo. Hecho que para Lacan, por lo menos, no se cumplió.
Y para terminar, voy a poner ejemplos de este último punto, discutibles todos, reconsiderables seguramente, pero a que mí me han servido en mi formación –en la medida en que siempre me sentí ajeno al esquema de lectura que hoy, una vez más, vuelvo a criticar–.

1) Fundamental es la teoría de la “confusión de los lenguajes entre el adulto y el niño” de Sandor Ferenczi, de la que luego emergen muchos de los desarrollos de D. W. Winnicott y desde allí, el antipsiquíatra Ronald Laing. En este punto de la obra de Ferenczi se puede leer incluso una auténtica teoría novedosa de la neurosis, alternativa con respecto a la de Freud, que va más allá de la oposición fantasía –es decir, realidad psíquica– versus realidad objetiva, en la que muchas veces el creador del psicoanálisis se empantanaba. Estamos acostumbrados a leer la famosa “proton pseudos” como primera “mentira”, pero prefiero pensarla mejor en términos de ficción o simulacro, en el sentido filosófico griego, lo que emparentaría la reflexión de Ferenczi con la fórmula de Lacan “la verdad tiene estructura de ficción”. Las histéricas, entonces, no “mienten”, sólo medio-dicen la verdad del Discurso del Otro según simulacros particulares en cada caso clínico.

2) Jones tiene muchas intuiciones fecundas, aunque muchas veces mal expresadas, sobre el tema de la feminidad. Cuando piensa que la envidia al pene es secundaria y defensiva de una angustia específicamente femenina, en el fondo dice lo mismo que Lacan, que allí se aleja de Freud –aunque no lo confiese–. Jones piensa en una especificidad del goce femenino, lo localiza bien en la masturbación y observa en su fenómeno clínico más detonante –la pesadilla– un terror específico ante ese goce. Tampoco me parece que Lacan sea justo con sus críticas del concepto de afanisis: si uno lee al sesgo a Jones lo que teoriza se parece bastante a la descripción de la angustia en Lacan. Si éste es tan enfático siempre en criticarlo, ¿no será porque se le anticipa? Nasio decía que Lacan amaba a Freud como su doble especular, pero a quien deseaba era a Jones.

3) Si hay alguien que se ocupó muchísimo de lo real y del goce, así como de la sexualidad en su aspecto orgásmico es W. Reich. Incluso, más allá de sus teorías finales semi-delirantes, expandió el tema de la impotencia masculina universal, tema freudiano, hacia una impotencia orgásmica universal en ambos sexos, que tiene mucho interés para pensar el tema del goce femenino o suplementario5. Por otro lado, sus desarrollos sobre el carácter, anticipan muchísimas cosas sobre el tema muy actual de los pacientes en posición de objeto.

4) Melanie Klein teoriza mucho de lo que Lacan toma, sin agradecérselo, sobre las diferencias entre envidia y celos, así como entre la oblatividad y la gratuidad del amor como don de la falta. Por otro lado, su sistema teórico se centra en la temática del duelo y en esto se parece más a Lacan que éste a Freud. Este último parece preso, además, de una concepción romántica del duelo de la que Lacan se aleja.6

5) Erich Fromm anticipa muchos de los desarrollos de la idea lacaniana –Seminario Diez– de un deseo, ínsito en el neurótico mismo, de “más castración”. Esto también recuerda la ética de “no ceder en el deseo”, que se entronca asimismo con el conocido tema frommiano del miedo a la libertad, afecto que lleva al neurótico a las componendas imaginarias con las que él mismo combate. Esto orienta sus pocas, pero interesantes lecturas clínicas, produciendo una inversión de los postulados del Edipo que resuena realmente muy cercana a Lacan7.

Son sólo algunos ejemplos, podríamos buscar muchos más. Pero esto es lo excitante de la lectura, cuando es desprejuiciada: los autores menos pensados se conectan por un deseo que no sa­bían/sa­bíamos, abriendo a una red teórica mucho más rica que la ve­ro­símil según parámetros acadé­micos. Aunque estos parámetros se pretendan disfrazadamente “laca­nianos” y aunque sepamos que la riqueza de la enseñanza de Lacan no puede equipararse, después de Freud, por su profundidad y versatilidad creativa, con ninguna otra.
________________
1. Me disculpará el lector la ironía, pero todos aquellos de los que se esperaba una filiación automática, uniforme y masificada padecimos muchísimo durante esos tiempos.
2. En este punto se puede consultar El idioma de los lacanianos de Jorge Baños Orellana.
3. Amor y perversión (1989), Ricardo Vergara Ediciones.
4. Los posfreudianos, los kleinianos y los psicólogos del Yo, aunque a veces mediocres, no eran miopes: pudieron construir sus teorías hallando textos –o al menos párrafos– ad hoc en la obra misma de Freud que los legitimaban. Para este punto hay reflexiones interesantes en el libro de Norberto Rabinovich, El Nombre-del-Padre, página 25.
5. Hemos discutido el tema del orgasmo con Juan Ritvo en sendos textos de Agenda del año 2003.
6. Ver Erótica del duelo en el tiempo de la muerte seca, de Jean Allouch.
7. En mi libro recién publicado por Letra Viva, Fobia en la enseñanza de Lacan, el lector puede leer las páginas dedicadas a diversos lectores de Freud. La diferente concepción del síntoma y la sexualidad en Freud y en Lacan subyace ya en su diversa forma de “pararse” ante el Complejo de Edipo en el parlante. Ambos autores casi parten de proposiciones opuestas.
 
 
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