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   Las fuentes del psicoanálisis

Conversaciones en torno a los orígenes
  Por Silvia Fendrik
   
 
Sólo después de un largo recorrido puede hablarse de orígenes, y en el caso del psicoanálisis su larga existencia es inseparable de la historia del libro psicoanalítico. Para dialogar sobre éste y otros temas se han reunido Raimundo Salgado, fundador de la librería Letra Viva y director de Imago-Agenda, y Silvia Fendrik, cuya experiencia e investigación en el campo de psiconálisis infantil se plasmará próximamente en una ambiciosa obra de cinco volúmenes bajo el título “Verdadera historia del psicoanálisis de niños”.

Silvia Fendrik: ¿Cuál es tu idea de la importancia de las fuentes? ¿Por qué creés que vale la pena consultarlas, utilizarlas, retrabajarlas?
Raimundo Salgado: Bueno, porque en las fuentes, ¿qué encontrás? Agua pura. Entonces, es como volver a la pureza de origen. Son los orígenes, el comienzo, el nacimiento, la creatividad, la ingenuidad. Pienso en el pensamiento virgen, de alguna forma, que tienen los clásicos. Y por eso creo que tienen un gran valor.

S. F.: Yo en cambio no coincido en lo del pensamiento virgen ni en la pureza. Sí en la originalidad.

R. S.: ¿Ingenuidad tampoco?

S. F.: Tal vez puede haber algo de ingenuidad, pero casi siempre hay mucha “contaminación”. ¿En qué sentido? No sabemos si, por ejemplo, cuando Rank presenta su trabajo sobre Don Juan en la sociedad de Berlín en al año 1922 era “ingenuo”, es decir, si el trabajo era simplemente el resultado de una investigación que él había hecho sobre Don Juan en el mito y en la leyenda, porque se entusiasmó con el Don Giovanni de Mozart, o si su trabajo tenía una intención política. Muchos trabajos de esa época son cuestionamientos encubiertos a ciertas posturas de Freud, y también había mucha rivalidad entre los analistas más próximos a Freud. O sea que en las fuentes, no habría algo puro, cristalino, como agua de manantial. Pero en esta “contaminación” donde se entretejen cuestiones institucionales, políticas, personales, teóricas, posturas clínicas, está la riqueza en la producción del psicoanálisis. Todo este entrecruzamiento entre lo institucional, lo político, lo personal, lo teórico, lo clínico, es la historia del psicoanálisis. La pregunta es qué pasa hoy con la lectura de los pioneros, llámense Otto Rank, Wilhelm Reich, Melanie Klein, Anna Freud. ¿Qué son, prehistóricos? ¿Serían nombres de diferentes especies de dinosaurios, en lugar de pioneros con una obra escrita? ¿Qué pasa ahí?

R. S.: Yo me pregunto, sinceramente, cómo nace el psicoanálisis.

S. F.: Me parece que esa es otra historia, porque sobre los orígenes “del” psicoanálisis, cómo Freud empieza, cómo nace el psicoanálisis, hay muchísimo escrito.

R. S.: ¿Pero cómo surgieron los pioneros? ¿Se solidarizaron con Freud y, a partir de esa relación, se interesaron en el psicoanálisis?

S. F.: Y, muchos se acercaron a Freud como pacientes, otros se acercaron como interesados en sus teorías, como “gente de la cultura”, también. Sabemos que en las reuniones de los miércoles había algunos que estaban formándose como psicoanalistas y otros que nada que ver, como el papá de Juanito, Max Graff, que creo que era musicólogo. En las actas de las reuniones de los miércoles, hay muchos personajes nombrados que, uno no tiene ni idea, no han pasado a la historia del psicoanálisis. No sé si habrán pasado o no a alguna otra historia. Pero había un intercambio de ideas muy rico. Podemos consultar la obra de Marthe Robert, por ejemplo, sobre la historia del psicoanálisis, la de Paul Roazen.

R. S.: El libro de Marthe Robert, Oscar Masotta me pedía que lo recomendara a todo el mundo. Me decía: “Recomendá este libro”. Creo que debe ser muy importante.

S. F.: ¿De veras? Justamente, ¿por qué vos creés que Oscar Masotta te decía recomendá este libro? ¿Por qué vos pensás que para él ese era un libro muy importante?

R. S.: Yo creo que siempre hay que conocer el origen de algo. Por ejemplo, en la facultad hoy se empieza por Lacan. Eso es psicoanálisis. Pero para mí empezar por Lacan no es psicoanálisis. Tenés que empezar por el origen.

S. F.: Es muy interesante lo que decís, porque uno de los malentendidos, entre tantos malentendidos a que da lugar la enseñanza de Lacan, es que el tiempo cronológico, en el sentido del tiempo histórico, no tiene ningún valor para la subjetividad. Para Lacan los orígenes no importarían, lo que importa es la estructura, porque como los orígenes están perdidos, entonces, no importan. Me parece que la confusión es tomar la cuestión del origen como un tiempo histórico-cronológico fechable o como una idea romántica, mítica, sobre los orígenes. Cuando Lacan por los años ’50 incluso, los ’60, hace una crítica a la noción de origen, de ninguna manera está cuestionando la idea de fuente ni la idea de genealogía, en todo caso estaría cuestionando la idea de “origen” como mito o como punto de partida cronológico, pero de ningún modo proponiendo una renuncia a la genealogía ni a la fuente. ¿Acaso él no propuso un retorno a las fuentes freudianas? ¿Acaso no leyó atentamente a Melanie Klein? Incluso en El estadio del espejo, la cita a Anna Freud diciendo que la idea del Yo inconsciente y sus defensas están en el libro de Anna Freud, o sea el Yo como instancia de desconocimiento. Después vino toda la cuestión política, y Anna Freud para Lacan fue una astilla en su relación con la IPA, pero en “El estadio del espejo” la cita como una fuente.

R. S.: Podríamos pensar en el deseo de inmortalidad de los pioneros, como cuando Freud le escribe a Fliess: “Imagínate que en este lugar, el día de mañana, haya una placa que diga Aquí se le reveló a Sigmund Freud el enigma de los sueños”. En cambio las fuentes se consideran en la actualidad como letra muerta, como diciendo: “eso ya fue”.

S. F.: Bueno, a mí me parece que en el espíritu de Letra Viva, justamente, está el tener las fuentes disponibles. Esto no quiere decir que todo el mundo las lea. En ese sentido, tu apuesta está más allá de las vicisitudes. Yo no sé cuántos libros habrás vendido del Don Juan de Otto Rank, que ustedes tradujeron directamente del alemán, no tengo idea, pero quiero decir que más allá de la apuesta económica, hay una apuesta a que las fuentes estén disponibles para quien quiera leerlas.

R. S.: Y, es la primera librería especializada en psicoanálisis.

S. F.: ...la primera y la única en donde se pueden encontrar una gran variedad de textos de los pioneros.

R. S.: Sí, sí, ya lo creo. Y me gustaría hacer traducir y publicar mucho más. Yo digo que el lacanismo, justamente, tendría que ser una renovación, una vuelta a las fuentes, de alguna forma. ¿De acuerdo? Además, Lacan sabía alemán para poder leer a Freud, obviamente.

S. F.: Sin duda Lacan consultaba permanentemente las fuentes, aunque a veces no las cite, tanto las fuentes históricas como las publicaciones de sus contemporáneos. Es un hecho que leía de punta a punta el International Journal. ¿Lo leía para criticarlo? Bueno, es una posibilidad. Pero en todo caso también esas críticas “textuales” le servían para construir su pensamiento. Fijate que en el Seminario de “La Angustia”, lee muy atentamente los casos clínicos de Ella Sharpe, de Margaret Little, no sólo para destruirlas, porque a partir de ellas va a establecer, finalmente, su famosa diferencia entre contratransferencia y deseo del analista, y a hablar de “posición femenina” como estructural al deseo del analista. En este caso sus fuentes son las inglesas. Evidentemente, el tema de leer a otros autores para Lacan era fundamental.

R. S.: Entonces, en relación a esto que vos planteás, tomando las fuentes que consultaba Lacan, ¿qué valor tiene hoy la controversia Anna Freud-Melanie Klein, por ejemplo y qué opinás al respecto?

S. F.: Por ejemplo, las Controversias muestran que Anna Freud no era ninguna idiota. Cuando Susan Isaacs presenta en la Sociedad Británica su famoso trabajo “Naturaleza y Función de la fantasía” proponiendo una profunda afinidad entre el pensamiento de Freud y el pensamiento de Melanie Klein, con respecto a la idea de inconsciente, los melaniekleinianos, los annafreudianos y los del middle group, se quedaron mudos. La única que responde mostrando cuáles eran las diferencias entre el concepto de fantasía inconsciente en Melanie Klein y el concepto freudiano de inconsciente es Anna Freud. Y lo hace de un modo inobjetable. No sale al frente diciendo “es mi papá, yo soy la hija de mi papá”, sale al frente mostrando conceptualmente de una manera sumamente rigurosa cuál es la diferencia entre el inconsciente en Freud y la fantasía en Melanie Klein, que por supuesto, yo no voy a decir acá porque con eso les ahorro leer las fuentes. A propósito, ¿qué valor le otorgás al kleinismo en todo el pensamiento nativo del psicoanálisis, siendo que fue toda una época que coincidió con los orígenes de la librería?

R. S.: Yo me acuerdo mucho de Pichon Rivière, que siempre venía a la librería, hubo una fascinación con Klein como ahora con Lacan. Todos eran kleinianos, era una fascinación total. El lenguaje de los analistas era típicamente kleiniano. Ahora son los lacanianos, pero hay muchas diferencias, obviamente. Pero honestamente, no he leído tanto como para poder opinar sobre Melanie Klein. No conozco el kleinianismo. No estoy capacitado para eso. Sí te diría que era una moda. Habría que ver los factores intervinientes para que todos fueran kleinianos. Yo me acuerdo, en la librería, el lenguaje que se hablaba era kleiniano: el pecho bueno, el pecho malo. Todo era así. La cultura era así.

S. F.: Pero vos dijiste algo muy interesante. Dijiste que cuando un pensamiento se pone de moda, todos hablan en ese lenguaje. En esa medida, a veces se hace difícil valorar –en el sentido pleno de la palabra– un pensamiento más allá de los usos y costumbres. Para mí el valor de Melanie Klein, tiene que ver, entre otras cosas, precisamente con el coraje. Creo que Melanie Klein se metió en zonas del psiquismo que estaban enunciadas en la teoría, pero que nadie había trabajado en la clínica de la manera en que lo hizo Melanie Klein. Me refiero a toda la cuestión del sadismo. Podemos decir, sí, Melanie Klein confundía tal cosa con tal otra, redujo el instinto de muerte a la agresividad, es decir, hacer un montón de cuestionamientos que, a veces, se vuelven monedas gastadas. Pero el valor, el coraje de Melanie Klein en el trabajo clínico con el sadismo es algo que merecería –más allá de mi lectura que tiene que ver específicamente con el lugar de Melanie Klein en la historia del psicoanálisis de niños y con la riqueza de su rivalidad con Anna Freud– yo diría que el tema del sadismo merecería una articulación tipo Kant con Sade. Kant/Klein/Sade. Sería muy rico para quienes trabajan el tema del sadismo en relación con la moral kantiana que se dignaran leer a Melanie Klein, porque creo que merece estar ubicada en ese lugar de interlocutora válida. Cuando algo se vuelve moda, también se trivializa mucho, se banaliza –uso esa palabra que está tan de moda, a partir de Hanna Arendt y precisamente a la banalización del mal–. Lo que vos decís del pecho bueno y del pecho malo de Melanie Klein, ¿puede ser un modo de nombrar la división del sujeto? Uno se puede burlar y decir pecho bueno, pecho malo. ¡Ja, ja, qué imaginario que es esto! ¿O está ella, con los medios que tenía a su alcance, diciendo algo muchísimo más complejo, por ejemplo, sobre los fundamentalismos que rigen en nuestro tiempo? Hay muchas cosas que merecen tener el valor de fuente.

R. S.: Iba a preguntarte algo. Vos, evidentemente en este momento, ocupás un lugar importante dentro del psicoanálisis de niños en el país, y tus libros fueron traducidos al francés, al portugués, pero yo digo una cosa, ¿te considerás sucesora de Arminda Aberastury o de Betty Garma, por ejemplo? ¿Sos como la actual figura?

S. F.: ¿Es un chiste?

R. S.: No, en serio te lo pregunto.

S. F.: De ninguna manera. Si yo no tengo una propuesta teórica propia. Obviamente, puedo decir que mis lecturas son “propias”, que mi clínica es propia como a partir de cierto momento de la vida es propia la clínica de cualquier psicoanalista.

R. S.: ¿Arminda Aberastury la tuvo?

S. F.: Sí, sin duda, y eso lo vas ver cuando salga el libro de la serie que corresponde a Arminda Aberastury y Telma Reca. Arminda Aberastury, como pionera del psicoanálisis de niños en la Argentina, fue mucho más que una analista kleiniana. Pero yo no tengo ningún aporte teórico novedoso. Lo que sí hice es recuperar las fuentes y trabajar en ellas con mucho respeto y con mucho afecto, es decir, no quise descartar por razones políticas o por razones teóricas ni a Melanie Klein, ni a Anna Freud, ni a Winnicott, sin que eso necesariamente me ponga en una especie de posición ecléctica. No es que yo tomo un poquito de Melanie Klein, otro poquito de Anna Freud, otro poquito de Mannoni, y con eso, armo mi propia ensalada, –que sería una definición minimalista del eclecticismo, elegir lo que a mí me parece mejor de cada una de las teorías–. Cuando leo, estudio y pienso en estos autores, intento meterme dentro de su universo y no pienso si esto es correcto o incorrecto en relación con Lacan o en relación con Freud, sino que trato de entender qué preguntas se hacían y a qué intentaban responder.

R. S.: Para que cada uno haga su propia construcción en base a los elementos que se le dan. ¿No es así? Lo digo en el sentido de que cada uno esté en condiciones de tomar lo que le parece de cada cosa y armar su propia versión. De alguna forma, vos tenés tu versión, también. No hacés una síntesis de todo, sino que de alguna forma, has creado tu propia “posición” para hablar en términos kleinianos.
 
 
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