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   Problemas y controversias

Hacerse autorizar
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Ya se verá por qué y desde el título he optado por traducir la fórmula de la autorización – “El analista se autoriza sólo por (o ‘de’ o ‘a’) sí mismo” – con el esquema del tercer tiempo pulsional, con el cual comienza lo que Lacan convino en llamar “fantasma”: autorizar / ser autorizado / hacerse autorizar; que tiene su aspecto cómico, a poco que uno emplee el modelo del fantasma más popular del mundo: “hacerse cagar”.
En la clase del seminario del 9 de abril de 1974, dijo Lacan: “El ser sexuado no se autoriza más que por sí mismo; pero yo agregaría ‘y por algunos otros’ […] ¿no habría podido ocurrírsenos en la Escuela que es eso lo que equilibra mi decir de que el analista no se autoriza más que por sí mismo? Esto no quiere decir que él esté sólo para decidirlo como acabo de hacerles observar en lo que se refiere al ser sexuado.”

¿Entonces? ¿Cómo entender ese dichoso “sí mismo”? ¿Basta decir, como dicen algunos creyendo que dicen gran cosa, que no hay que transformar la fórmula en un clisé banal? Con seguridad, con seguridad; pero hay que leer la expresión.
Anoto algunos protocolos: 1) A diferencia del título estatal o de la temible orden del Maestro – “Tú eres el que me seguirá” – que no requieren la conformidad del sujeto, la autorización supone la presencia de una demanda de autorización de parte del afectado y que toma la forma fantasmática mencionada antes: hacerse autorizar. 2) La aceptación de la demanda y su cortejo inevitable de frustración (del que no es desglosable la alternancia de depresión y exaltación), hacen entrar al analista en la masa de los profesionales dedicados al análisis; esta instancia es tan poco eliminable como lo es el vínculo fantasmático que une a la corporación en el Otro de la demanda. 3) Ahora bien, así como el análisis debe desviarse del modelo sacramental de la identificación del analizante con el Ideal del analista, es preciso que la autorización que Lacan llama por “sí misma”, con las variantes humorísticas que refieren al ser sexual, se desvíe de la sanción de la demanda. ¿Cómo? 4) Sólo el análisis del analista puede solucionar la aparente aporía: que mi analista como analista (y este “como” no es descuidable) no me reconozca y así me devuelva a mi deseo, que es un deseo de apuesta, en el sentido estricto del término; he aquí el comienzo del despejamiento de los términos del problema. 5) Como si dijera: “Sólo puedo ser analista en el acto de perderme en la apuesta de serlo; y para ello es preciso que mi propio analista se haya perdido en el objeto que ha constituído para mí al constituir los significantes en los que me pierdo”.

Como se ve, no se trata de representación del analista, sino de repetición del acto.
Quiero decir: lo que he experimentado al sufrir los efectos de la interpretación en su doble faz –desvanecimiento como sujeto, de un lado; caída del analista, del otro; cada lado sin imagen del otro– debo desear repetirlo1 hasta encontrar mi lugar, un lugar que es instante sin hábito y discontinuidad irreductible.
Esta apuesta sólo es apuesta si, de alguna manera, es enunciada como afirmación, que no puede remitir a modelo o ritual alguno, aunque sólo la enunciación la confirme y le otorge su estatuto de apuesta. Se ve: nada que pueda despejarse con las sencillas fórmulas a que suelen apelar los juristas o los expertos en administración. También se ve que esta complicación, propia del análisis, tiene en el inconsciente sus puntos de sustentación, sus puntos de certeza, que, en resumen, es certeza de partición entre saber y verdad, entre existencia y representación, entre diferencia sexual y sexo.
No hay ninguna motivación que me justifique como analista; ninguna determinación que pueda explicar no diré la “profesión”, como suele decirse en términos civiles, sino la elección que si es efectivamente elección posee un margen de indeterminación, de contingencia –de paso entre la posibilidad y la contingencia, en términos modales de Lacan2– que, literalmente, es insuprimible, como es insuprimible lo que cesa, siquiera sea por un momento; la discontinuidad o intervalo real entre significantes.

Elijo como otro desde el Otro, mas esa elección recae sobre mí, aunque, por cierto, yo no sea su causa; el acto, como tal, si bien es causado, constituye su propia determinación inaugural, inicia una nueva serie que acabará con otro acto, y en este rasgo reside toda la dificultad para pensar la autorización del analista como analista y no ya como presunto “experto”.
Por ello bien podemos decir, me autorizo en mi análisis, pero no en mi analista –que es la institucionalización de la autorización tal y como la orquesta la I.P.A.– ni tampoco en mis pacientes: ni “autoritarismo” ni “democracia”; ambos términos quedan expulsados por la experiencia del análisis, porque, de admitirlos, volveríamos al punto en el que Lacan rompe definitivamente con la psicología; volveríamos a restaurar la noción de intersubjetividad.
Pero es preciso no engañarse; la fácil aceptación que tuvo entre nosotros la afirmación de Lacan de que no hay intersubjetividad3, una afirmación que es, quizá, el núcleo más duro y tenaz de su obra, un núcleo sobre el cual es tan poco lo que se ha dicho, salvo parafrasearlo casi mecánicamente, resulta cuanto menos sospechoso.
Sabemos que una de las formas clásicas del rechazo consiste en adherir a un enunciado de modo explícito, pero desdeñando sus consecuencias teóricas y prácticas.
El analista –y vuelvo a redundar– como analista está solo, no constituye serie porque desaparece en ellas, ni integra las “grandes familias” o las “pequeñas”, que da lo mismo, pese a que estamos llenos de tíos, primos, hijos ilegítimos o putativos, etc, etc.
Pero si esto es así, entonces, ¿cómo es posible la comunicación de las experiencias entre analistas?


______________
1. Insisto en la diferencia entre repetición y representación, porque es decisiva. La representación afecta a los términos en cuanto tales; la repetición ancla en el intervalo entre ellos, insistencia sin consistencia, excedencia que fluye y flujo que termina por fijarse en la representación.
2. Como la necesidad se afirma en lo imposible –la ley de gravedad se afirma en el predicado negativo: “el movimiento perpetuo es imposible”– la posibilidad (lo que cesa de inscribirse) se articula como represión con la contingencia (lo que cesa de no inscribirse), o sea, el retorno de lo reprimido.
3. Es curioso: no conozco analistas que hayan indagado en cuarta de las meditaciones de las Meditaciones Cartesianas de Husserl, donde se plantea el problema del prójimo.
El prójimo no es otro yo, y por lo tanto el Ego no puede deducirlo; pero tampoco puede integrarlo a un nosotros en el que se desplegaría la intersubjetividad universal; otro nombre para el Espíritu. La existencia del prójimo es precisamente uno de los núcleos fuertes de muestran el sitio en el que estalla la intersubjetividad, que en lo imaginario es más bien una “interobjetividad”, comunicación de esos objetos que llamamos Yo.
 
 
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