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   Lacan y el cine

Los incovenientes del encanto
  Por Daniel  Zimmerman  y María Bernarda Pérez
   
 
El psicoanálisis, sostiene Lacan en su seminario sobre La Transferencia, es la única práctica en la que el encanto es un inconveniente. Así como de Sócrates había subrayado su fealdad, de Alcibíades enfatiza el brillo de su belleza, rasgo que, sumado a su excepcional inteligencia, harían de él hoy, década del ‘60, un personaje mezcla de Kennedy con James Dean, buscando hacerle perder el control a alguien en el lugar de Sócrates.
¿Acaso alguien ha oído hablar de un analista encantador?, Lacan interroga a su auditorio sobre una cuestión que nada tiene de trivial. Tomando una vez más el cine como ejemplo, hace notar cómo, para que algún principio esencial del dispositivo pueda ser violado de una forma que no resulte escandalosa, es preciso que aquél que encarna el papel del analista sea bien parecido: “Véanlo en De repente en el verano; en ese terapeuta que lleva la caritas hasta el extremo de devolver noblemente el beso que una desdichada le planta en los labios. Ahí, es absolutamente necesario que lo sea. Es cierto que él también es neurocirujano y que enseguida lo mandan de vuelta a sus trépanos. No era una situación que pudiera durar”.
El cine nos presenta al psicoanalista como alguien apuesto justamente cuando, teniendo en cuenta lo cómico del amor, el psicoanálisis es apenas un pretexto para la comedia. En tanto representa un ideal de analista, podrá mirarnos con buenos ojos y, así, ser objeto de investidura amorosa antes que ningún otro. Será, en fin, un espejo con excesivo brillo.

Entre locura y verdad: De repente en el verano (Suddenly, last summer) fue dirigida por Joseph L. Mankiewicz en 1959. Adaptada de la obra homónima de Tennessee Williams por el propio Williams y Gore Vidal, fue protagonizada por Katherine Hepburn, Liz Taylor y Montgomery Clift.
Es notable que de sus veinte películas, se recuerdan por su calidad muchas de ellas como La Malvada (1950), Julio César (1953) La condesa descalza (1954) o Sleuth (1972). Pero, salvo el caso de cinéfilos, se tienen presentes los intérpretes sin identificar a Mankiewicz como el director. Guionista, productor, también director de teatro, se ha destacado por su cuidado en los diálogos, por la dirección de actores y por utilizar la técnica cinematográfica siempre en función de los personajes.
En el jardín de su casa (un jardín fantástico, casi irreal, que se asemeja más a una selva tropical), la anciana y rica señora Venable (K. Hepburn), le propone al doctor Cukrowicz (M. Clift), un joven neurocirujano, que efectúe una lobotomía a su sobrina Catherine (Liz Taylor) a cambio de una importante donación para el asilo mental donde presta servicios. La Señora Venable considera a Catherine presa de la locura por la versión que ofrece de la muerte de su primo Sebastián; misteriosa muerte que tuvo lugar en una playa lejana y de la que la joven fue testigo.
Las escenas de la película en el presente son ecos de una escena ausente, pasada. El largo flash-back sobreimpreso sobre la dramática evocación de Catherine ofrece los elementos sobre la muerte de Sebastián, su asesinato, despedazamiento y devoración. Verdad a la que el personaje llega junto con el espectador (si bien, como en la tragedia, la imagen de la muerte está elidida: “Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de frente”). Muchas de las obras de Tennessee Williams fueron llevadas al cine. En la recreación de Mankiewicz la estructura es diferente de la obra escrita: el eje del filme ya no es tan sólo la homosexualidad o el canibalismo sino el inestable equilibrio de la razón, la maleabilidad entre locura y verdad.

Los riesgos del altruismo. El doctor Cukrowicz se encuentra en una dramática encrucijada: avenirse al requerimiento de la Señora Venable para conseguir los fondos que mejorarían las precarias condiciones del asilo, o bien avanzar en el develamiento del enigma. A pesar de que lo propio de su oficio, y tal como se muestra al comienzo del filme, es extirpar trozos de cerebro, intentará reconstruir aquello que enloquece a Catherine por la vía dela comprensión. Procurando no hacerle daño a la pobre chica, quedará expuesto junto con ella a los peligros del altruismo.
Cuando Catherine es llevada ante el médico, queda capturada por la belleza de sus ojos azules (recordemos los ojos violetas de la actriz). Hasta entonces todos sus intentos por recordar han resultado infructuosos. Si ella se lo permite, él quizás pueda ayudarla. Catherine entonces lo besa fugazmente en la boca. Ante sus disculpas, el doctor Cukrowicz busca tranquilizarla: se trató solamente de un beso amistoso. La actitud del médico, que pretende dar a la joven algo de consuelo, se presta a ser confundida con una maniobra de seducción. En el final, Catherine renueva sus esfuerzos con ayuda del suero de la verdad. Necesita que el doctor la abrace y le permita besarlo. El médico responde devolviéndole el beso. El primer plano y los acordes musicales que lo acompañan señalan el carácter totalmente diferente de este segundo beso. Él rompía el encanto; evidentemente la situación no podía sostenerse por mucho tiempo más.
Requisito indispensable en el terreno de la ficción cinematográfica, el encanto propio del psicoanalista es, en la escena analítica, un factor no sólo aleatorio sino particularmente negativo. El altruismo, por su parte, no es más que la fachada de otro problema; un problema que se plantea como tal sólo desde la perspectiva del psicoanálisis.
El filme Eterno resplandor de una mente sin recuerdo (2004) del director M. Gondry, introduce al Doctor. Mierzwiak, quien ha diseñado un procedimiento para borrar los recuerdos dolorosos. Su asistente Mary no sólo admira su arte “tan preciso como el de un auténtico cirujano”, le confiesa que lo ama y se atreve a besarlo. Sorprendido por su esposa, Mierzwiak se ve forzado a revelarle que en el pasado habían tenido un romance que ella accedió a suprimir de su memoria porque no resultaba conveniente. A pesar de la exploración cerebral prolijamente efectuada, algo en la joven se resiste –tal como en el bloc maravilloso– a ser borrado del mapa.
 
 
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