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   El enigma femenino

¿Hay un enigma femenino?
  Por Juan Carlos Indart
   
 
La pregunta del título se impone, porque es muy probable que no haya ningún enigma femenino.
Recientemente, en Buenos Aires, S. Zizek inició una argumentación en esa dirección1, lo que indica que son varios los que la siguen porque, muy simplemente, está indicada en el psicoanálisis de orientación lacaniana.
En efecto, según esta orientación, y a partir de Freud, puede efectuarse una inmensa reducción por la cual los miles de millones de interrogantes que las rarezas de las mujeres han causado a los hombres, y que se causan ellas entre sí, no tienen otra referencia que el goce de un cuerpo parlante privado de falo.

Es decir, el de esos cuerpos hembras, pero muy conversadores, que no tienen un órgano eréctil. No tienen un órgano apéndice del cuerpo, de esos que se sabe que gozan “sexualmente” por repetición de fricciones: en nada un dos que se borra y ya es tres que es un dos que se borra y ya es tres que es un dos que se borra y ya es, como lo dice la poesía de nuestro pueblo, “meta y ponga nomás”, hasta un orgasmo eyaculatorio.
En su lugar, esas hembras tienen lo que no tiene nombre, y nos sostendremos con el de “vagina”: suficientemente neutro como para que casi nadie lo considere nombre de goce, y bastante lejano de las denominaciones difamatorias como para quedar a las puertas de la expresión “genital femenino”, cuyo título de nobleza puede rescatarse, porque señala la vía, no suficiente, pero sí necesaria, para que la “selección natural” transmita a los que siguen una suma suficiente de “información” sobre los fracasos que valen como imposibles.

Señala eso, hasta ahora, porque no sabemos de los alcances de la tecnología científica en sus efectos “sociales”, pero, en todo caso, desde siempre y para siempre, si señala eso, nada señala sobre su goce.
El caso es que Freud supo por sus analizantes que ese genital femenino era el origen de la curiosidad humana, hecha de horror, de angustiosa perplejidad, de profundo y duradero enigma, y de deseo de saber, pero también supo que el sujeto así apelado por esa interrogación fundamental no se sostiene, sino que se divide, y deviene él mismo enigma, por lo que está forzado a desplazar el lugar de las respuestas hacia el acontecimiento en el cuerpo que es la entrada del miedo, por un lado, y hacia un mundo de fetiches, para una entrada de placer, por el otro. Spaltung de cicatriz incurable.

Entonces, obsérvese que no hay ningún enigma femenino, y la vagina no es una enunciación sin enunciado, ni un decir sin dicho. Disfrazarla de Esfinge ya es dar lugar al miedo y a las más sublimes creaciones fetichísticas de mejor o peor gusto.
Es evidente, pues, que se trata del enigma sobre lo femenino para el sujeto, y por eso lo encarnan muy bien tanto hombres como mujeres, pero para el psicoanálisis de orientación lacaniana es preciso concluir que exacerbarlo es la locura, porque se sabe que es un enigma que se plantea donde ya es mentira el lugar de sus respuestas, retornando siempre en éstas últimas el trasfondo de una fobia y un fetiche. Por eso hay que volver al encuentro con lo femenino como tal, con más coraje, para ceder al sujeto, para ceder su enigma, para ganar un saber en la certeza de saber que es imposible saber sobre lo femenino, y muy precisamente porque lo femenino no es enigma.
Que el lector de Lacan admita que en su última enseñanza el goce femenino, aún llamado el del Otro barrado, transcurre entre lo imaginario y lo real, y se anuda a lo simbólico sin que éste lo afecte de marca alguna. De manera que no se puede decir, por un lado, que no hay significante de lo femenino, y decir al mismo tiempo que hay un enigma femenino, cuando el enigma es la presencia como tal del significante.

Mi impresión es que estamos en tiempos de precipitar ciertas conclusiones para poder despertar un poco, porque no son tiempos para seguir soñando con falsos enigmas.
No es la ciencia, sino su redoblada forclusión ética la que es aprovechada por esas inversiones que hoy hay que llamar las del “capitalismo homosexual”, porque como lugar de decisiones no es donde se juega el petróleo, sino el estatuto de la hembra parlante.
Desde el psicoanálisis sabemos de ese estatuto: 1) como el de la puta esclava para la orientación de los amos; 2) como el de su correlato, el del sujeto histérico que se sostiene en la medida en que se sostenga, al menos, la mentira del enigma femenino.

Pero hoy se trata del amo universitario. Él quiere monopólicamente mandar según un saber que ya es simplemente tecno, y que se sostiene en la forclusión de la forclusión de lo femenino. ¿Sorprende la idea de una forclusión de la forclusión de lo femenino? A mí también, pero ¿acaso eso no sería al final la metáfora de la paranoia del sujeto parlante?
Recordemos que entre nosotros hubo el psicoanalista que alucinó de la buena manera que lo real ya no era el asesinato del padre sino el filicidio. A releer.
Y consideremos que lo femenino ha sobrevivido a la viudez, temporaria, cuando hay hijos en sentido amplio, con agua, luz, plantas y animales, pero se retirará definitivamente si hay filicidio. Y hoy crece el filicidio, por razones “económicas”, las originales del término, las de las razones domésticas, porque lo que se llamaba el “sistema”, y hoy se balbucea como el “modelo”, no va a admitir como generalidad humana el derecho al nido que cada especie de pájaro inventa según su deseo de tortolitos.

Aparentemente, como para cambiar de tema, y resonar en la erudición, digamos que Lucrecio, en su De rerum natura, aparte de dejarnos la más bella poesía sobre el desencuentro de la unión sexual, que no escapó a Borges, se preguntó sobre la existencia o no del placer sexual en las hembras, y se contestó que no todo al respecto es definible como ficción (“... no siempre la mujer suspira de amor fingido”).2
Ese Lucrecio es amigo del psicoanálisis, tanto en la versión de A. García Calvo como en la de G. Deleuze, porque aunque podría insistirse en esa ficción como para hacerla toda la verdad, no es toda la verdad, y sí es algo real que lo femenino podría, si lo favorecen con un acto, agregar al asunto.
Un acto de esos, sin monopolio, es el analítico, el que no forcluye lo forcluído en tanto se sabe sin saber, pero que da lugar a predicaciones que no dan para ser sermones, porque vienen de lo que solo se alegra por el encuentro de hombres y mujeres sin enigmas, de esos que se encuentran para estar juntos frente a lo real que los separa sin culpas, de ninguna especie.


_________________
1. S. Zizek, Violencia en acto, Paidós, 2004, p. 213.
2. Lucrecio, La naturaleza, Gredos, Madrid, 2003, p. 328.
 
 
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