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   El enigma femenino

Nuevos rostros de la mujer
  Por Colette Soler
   
 
Liminar. La presente obra ordena y establece una serie de textos fechados, en su mayoría, en los años ’90. Todos ellos tenían por objeto elucidar y actualizar el alcance de los aportes de Jacques Lacan acerca de la controvertida cuestión de la diferencia entre los sexos en el inconsciente y en la civilización.
A título de prólogo, un artículo aparecido en el Magazin littéraire Nº. 271 sobre un caso inaugural del psicoanálisis, Ana O.; en anexo, y para recordar, el texto inédito de una conferencia dada en mayo de 1977 en la Escuela Freudiana de Paris, acerca de la lógica de la sexuación. De un texto al otro, la cuestión que recorre todo el volumen es la feminidad en su diferencia con la histeria, así como sus respectivas incidencias en lo social.

Fantasmas inéditos. Hoy en día, estando abierto a las mujeres todo el campo de las adquisiciones fálicas, se plantea la pregunta de saber dónde se refugian, por fuera de la relación sexual propiamente dicha, las manifestaciones de la relación al significante del Otro barrado, y del goce Otro. Dado que ya no tenemos místicos, podemos preguntarnos si es posible identificar los sustitutos de los místicos de ayer.
Creo que el Otro absoluto, más exactamente la mujer en tanto que Otro absoluto, está por todos lados, irrumpiendo en los rostros de lo mismo. La civilización contemporánea ya no realiza un tratamiento del Otro vía la segregación –al menos en Occidente–. La segregación interna era un tratamiento del Otro, simple y quizás eficaz; taponaba los problemas ordenando los espacios: para cada uno su propio perímetro, y, correlativamente, sus propias tareas y atributos. La casa para la mujer, el mundo para el hombre; el hijo para la mujer, la carrera para el hombre. La abnegación del amor para la primera, el ejercicio del poder para el segundo, etc. Hoy en día nos mezclamos, y, tal como dice Lacan en Televisión, se producen fantasmas inéditos.

De hecho, el crecimiento del tema de las mujeres a lo largo del siglo podría ponerse en correlación con la extensión del discurso de los derechos del hombre y de los ideales de la justicia distributiva. Cuanto más triunfa la ideología –creo que es el término adecuado– de la justicia distributiva, con lo que implica de medida común, más el Otro y su goce opaco, por fuera de la ley fálica, cobra existencia. Es posible por cierto hablar del sujeto moderno, del sujeto cartesiano, condicionado por el cogito, pero en lo que respecta a la mujer contemporánea, saber si es o no moderna se presenta como otro problema: en tanto que sujeto, sin duda, como cualquiera, ¿pero no en tanto que Otra?
El Otro absoluto del goce no-todo, no contable, de ninguna manera puede ser pensado como moderno, aún estando forcluido de un discurso que se dice tal. Quizás sea eso lo que hay de fundado en la expresión, más bien anti-progresista, de “Eterno femenino”. Sobre este punto no está excluido que el psicoanálisis pueda aportar su contribución. Siguiendo una indicación de Lacan en Televisión que establece una relación entre “racismo” de los goces y religión para predecir un retorno de la última, podemos situar un tema que el Seminario Encore desarrolla ampliamente, el de las dos caras de Dios: la cara Dios-Padre, y también aquella de un Dios-Otro, todo Otro, absoluto, que la mujer hace presente. Un dios terrestre pero por otra parte capaz de suscitar “miedos y temblores”.

De hecho, no podemos menos que hacer notar una cierta inquietud –quizás sea un eufemismo– indudable aunque discreta, respecto de las mujeres modernas. Inquietud ambigua, hecha de rivalidad fálica, pero también y sobre todo de fascinación temerosa, tal vez hasta de envidia de su “Otredad”, si puedo utilizar este término, que el unisex no consigue anular. Dicha “envidia” se desarrolla, según mi punto de vista, como la sombra del discurso cínico: la idea de que las mujeres poseen un goce que no sucumbe bajo el golpe de las discontinuidades del goce fálico, siempre demasiado breve, y que además no llama a ningún objeto complementario de la falta, un acceso a algo... oceánico, si puedo tomar prestado el término que Freud utiliza para designar la aspiración religiosa. Escuchando, se percibe a veces una fascinación por el goce atribuido a las mujeres que va exactamente en la dirección indicada por Lacan: hacia Dios, el dios del goce que cobra existencia del lado de la mujer.
En esta línea, estamos lejos del tema clásico de la reivindicación femenina. Esta última no puede surgir más que de una falta, de la frustración respecto de algo de lo cual, se supone, algún otro dispone. La reivindicación es hermana de la enfermedad de la comparación. Está intrínsecamente ligada al registro del goce fálico, dado que éste último es en sí mismo una objeción encarnada a cualquier acceso a la beatitud, con la cual sin embargo hace soñar. Freud tenía razón: la reivindicación se encuentra ligada al falo. Dicho de otra manera: el Otro absoluto, en tanto que tal, jamás reivindica.
Lo divertido es que las mujeres más identificadas al falo llevan al simulacro el ágalma del inefable Otro goce, y juegan a ser el Otro, sin serlo. De esta manera me explico por ejemplo, entre otras cosas, la sorpresa provocada por la diva increíble, la divina Marlene Dietrich, al confesar su frialdad sexual.

Síntomas inéditos
. ¿Y los síntomas inéditos de la mujer contemporánea? No me detengo en las formas actualizadas de los conflictos internos que las mujeres experimentan en su relación al falo, y que desde hace mucho tiempo fueron diagnosticados. Conflictos, tensiones entre los dos tipos de falicismo que he evocado anteriormente, el de serlo y el de tenerlo, que lejos de reducirse a la mera oposición entre el ser mujer y el ser madre, toma también hoy la forma banalizada de una tensión entre el éxito profesional y lo que se da en llamar “la vida afectiva”; digamos, entre el trabajo y el amor.

Degradación. Quisiera en principio introducir el tema de la degradación de la vida amorosa que Freud diagnosticó en los hombres pero de la cual no me parece que las mujeres queden exceptuadas. Sobre el punto del desdoblamiento entre el objeto de amor y el objeto de deseo, la evolución de las costumbres contemporáneas produce nuevos fenómenos. Incluso Lacan, algunos años después de Freud, parecía más permeable. Su texto de 1958 sobre La significación del falo parece en principio adoptar la tesis de Freud, aunque reformulándola, al notar que en las mujeres, a diferencia del caso de los hombres, no hay separación sino por el contrario convergencia del amor y del deseo sobre el mismo objeto. De todas maneras, en la página siguiente introduce una diferencia considerable al precisar que el desdoblamiento entre el objeto, el amor y el del deseo no se encuentra menos presente en las mujeres, aún cuando el primero se encuentre disimulado por el segundo.
Y bien, lo que no debe ser disimulado hoy en día es que una vez liberadas de la elección única del matrimonio, no pocas mujeres aman por un lado y desean o gozan por el otro. Aún hacía falta que pudieran escapar al cepo de la institución de un lazo exclusivo y definitivo, para que se percibiera que los diversos partenaires de una mujer se sitúan de un lado o del otro: del lado del órgano que satisface el goce sexual o el lado del amor, y que la convergencia sobre el mismo objeto tiene lugar como una configuración entre otras. Veo en esto un cambio patente en la clínica.

Inhibición. Hay Otro. Son las nuevas inhibiciones femeninas. Me lo explico de la siguiente forma: sólo hay inhibición allí donde hay posibilidad de elección, incluso “imperativo” de elección. Allí donde el deseo no es llamado, allí donde no hay más que imposición, las procrastinaciones de la realización o de la decisión están lejos de poder manifestarse. La emancipación, que multiplica los posibles, que permite a la mujer determinarse en función de sus deseos, elegir tener o no tener un hijo, casarse o no, cuando quiera, si quiere, y también trabajar o no, pone en evidencia que el drama de la inhibición no es una particularidad masculina. Por efecto de discurso, todo aquello que no se prohíbe deviene obligatorio. Vemos entonces en las mujeres el mismo retroceso frente al acto que se ve en el hombre obsesivo, las mismas dudas frente a las decisiones fundamentales, a los compromisos definitivos, y especialmente, en el ámbito amoroso. El hombre –en singular– y el hijo, ambos deseados pero postergados hasta mejor momento, pertenecen a la clínica cotidiana de hoy y se encuentran a menudo en el origen de la demanda de análisis. De esta manera, la extensión del unisex al conjunto de las conductas sociales, va de la mano de una homogeneización de gran parte de la sintomatología.

Mujeres que encargan padre. Evocaría sin embargo una configuración típicamente femenina que me parece frecuente y actual a la vez. No una mujer de treinta años, sino que se aproxima a los cuarenta, soltera, que en general trabaja, que goza de la libre disposición de su intimidad, y que empieza a percibir que el tiempo pasa y que si quiere tener un hijo debe apurarse para encontrar un hombre digno de ser padre, a menos que su elección sea la de tener un hijo sola. Dada la disyunción, más radical que nunca, entre reproducción y acto sexual, producto de la sumatoria de contracepción y legalidad del aborto, las mujeres se ven a menudo en la obligación de decidir no sólo el tener un hijo sino, además, en la de asumir la elección del padre –quedando sólo la edad y la esterilidad como posible introducción de un imposible–. Las coyunturas del deseo de un hijo han cambiado y engendran nuevos dramas subjetivos y nuevos síntomas. Aún así implican para las mujeres un nuevo poder, que, según mi opinión, podría tener consecuencias masivas.

Evoco aquí lo que voy a llamar “mujeres que encargan padre”. Diógenes, en su ironía, pretendía buscar un hombre. Hoy en día muchas mujeres buscan un padre... para el futuro hijo. ¡Nuevas elecciones, nuevos tormentos, nuevas quejas! Las configuraciones son diversas: busco un padre, pero no soporto vivir con un hombre; busco un padre, pero los que encuentro no quieren hijos; busco un padre, pero no encuentro; lo amo, pero no lo veo como padre; sin olvidar: ¡lo primero que pensé fue que podría ser un buen padre! El paso siguiente consiste en enseñar al padre lo que debe ser un padre, y algunas veces bajo la forma insólita de reprocharse la elección del padre, de no perdonarse el haber dado tal padre a los hijos.
Evidentemente, no se trata de cuestionar las libertades que la disyunción entre amor y procreación condiciona, ni de desconocer la poca libertad que el inconsciente deja al sujeto en lo concerniente a la elección. Pero de hecho podemos constatar que estas nuevas libertades ubican a las mujeres en una nueva posición que les permite, más que nunca, erigirse en jueces y medida del padre. De esta manera se desarrolla un discurso de la responsabilidad materna acrecentada al punto de ubicarla por sobre la del padre. Esto conlleva algo del orden de una metáfora paterna invertida, o, al menos, eleva a una segunda potencia la carencia paterna propia de nuestra civilización, en la medida en que instituye a la mujer-madre en posición de sujeto supuesto saber del ser padre. Además se percibe claramente que el “busco un padre”, así como el “busco un hombre” de Diógenes, significa un “no hay”, no hay uno que sea digno de mi exigencia.
Concluyo. No se trata de lamentar la evolución de nuestra civilización. No se trata para el psicoanalista de repetir lo ya dicho, sino de testimoniar en la perspectiva del discurso que lo determina. Y es probable que, por el momento, aún no sepamos qué consecuencias resultarán de las mutaciones del estatuto de la mujer contemporánea.

Texto establecido por Gabriel Lombardi / Traducción: Juan Rodríguez Mentasti.
 
 
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