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   Embarazo temprano

Embarazo adolescente, o jugando a los dados
  Por Silvia Wainsztein
   
 
Nota preliminar. El “embarazo adolescente” tiene en la actualidad la categoría de conflicto social, cuya objeción es de orden moral. Forma parte del discurso mediático, y golpea cual castigo encubierto a los padres que en general se hacen cargo de sus adolescentes embarazadas.
Antes de los años ‘60, la objeción de la que hablamos apuntaba a la consumación del coito de las adolescentes. El mandato de conservar la virginidad hasta que la unión oficial de la pareja legitimara la desfloración, tenía tal prevalencia, que garantizaba el “no hay embarazo adolescente”. Algunos casos testimonian la relatividad de esta garantía.

En cambio hoy podemos afirmar que el ideal de la virginidad de las mujeres no abunda entre los padres de las adolescentes. Por el contrario estos, y en especial las madres, esperan que sus hijas incluyan la sexualidad como parte importante de su desarrollo. En ocasiones, incentivando de forma apresurada la iniciación sexual. El acento está puesto en enseñar las precauciones preventivas de embarazos y de enfermedades que se trasmiten por contacto sexual.
Un caso ejemplar de los años ‘70, años que embanderaron la liberación sexual, en especial para las mujeres, fue el de una paciente de 17 años que yo atendía en esa época. Tomaba pastillas anticonceptivas para hacerle creer a su madre que ella tenía sexo. Sus inhibiciones en el approach con los chicos pasaban por no captar el deseo del otro ya que había recibido como un mandato la insistencia de su madre “hay que tener sexo”. Conservar la “virginidad” era para ella una defensa frente a lo que leía como goce del Otro. Al desplegar la novela familiar pudo desplazar ese mandato en un ideal de la madre para con ella, quien había llegado virgen al matrimonio.

Esta pesada delegación de la madre en la hija es lo que a veces enfrenta a aquella con los “embarazos adolescentes”. En algunos casos las adolescentes encubren en forma desplazada la irrupción de la sexualidad, propia del segundo despertar, con la dramática edípica a cuestas.
La entrada en la pubertad –que a veces no se da– pone en juego toda la estructura subjetiva. Es desde esta perspectiva que podemos ofrecer alguna lectura al fenómeno del “embarazo adolescente”.
Siguiendo a Freud, educar, gobernar y psicoanalizar son los tres imposibles; esto es especialmente válido para la sexualidad por lo real que en ella se juega, tal como nos enseña una y otra vez la clínica con los pacientes que debutan en la pubertad bajo las distintas formas míticas. No hay relación sexual, es la sorpresa con que se topan de manera traumática.

La educación sexual, promovida con la mejor de las intenciones por los diferentes organismos sociales, debe tener en cuenta este imposible. Si no, corre el riesgo de caer en la impotencia que acarrea el discurso amo. Leemos su fracaso en la imprevisibilidad del azar. Nuestra práctica como psicoanalistas nos enseña cómo éste está atravesado por la rigurosidad del deseo.

Apuntes freudianos. Ana O., Dora, y la Joven Homosexual, tuvieron para Freud sus respectivos “embarazos adolescentes”, en otra versión del tema que nos ocupa. Lo común a estas tres adolescentes, es que la producción fantasmática del embarazo es efecto de la transferencia con un analista, leído por éste desde la lógica fálica y en su relación con el deseo.
Ana O., enfrascada en el amor de transferencia con Breuer, despliega el fantasma de un embarazo producto de esa relación. Sabemos cómo leyó Breuer este episodio en la cura. Huyó despavorido, como un varón asustado por haber realmente dejado encinta a una joven paciente enamorada, coincidiendo con el momento en que su propia mujer esperaba un hijo de él. Es Freud quien va a tomar la posta del sentido del síntoma en transferencia, advirtiendo al analista qué parte le compete en la misma.
Desde los inicios del psicoanálisis nos encontramos entonces con un embarazo adolescente cuyo producto enriquece los saberes de la teoría, iluminando conceptos tales como falo, transferencia, deseo, objeto y fantasma, por nombrar tan sólo algunos.

Dora y su embarazo es una construcción de Freud a partir del segundo sueño relatado por ella. En este caso, es una deriva de la relación deseante con el Sr. K. Luego dirá Freud que no incluyó en sus interpretaciones las razones de la intensa inclinación amorosa con la Sra. K. El sueño de Dora es leído por Freud como el cumplimiento de dos fantasías: la venganza contra el padre, por considerarlo responsable de sus fantasías de suicidio, y la desfloración, por haber sido arrojada a los brazos del Sr. K. El padre está muerto mientras ella lee tranquilamente el tratado sobre la sexualidad. Por el síntoma de apendicitis con dolor en el vientre que Dora asocia al sueño, Freud lee la fantasía del embarazo. Lo fundamenta en el mal paso que por la dificultad de andar subiendo la escalera ocurre nueve meses después de la escena del lago. La indignación que esta intervención de Freud provoca en Dora la lleva, como sabemos, a interrumpir el análisis. Es que la demanda de falo y la fantasía de embarazo que puede ser una manifestación de la misma, estaba dirigida por aprés- coup a la madre, primer objeto primordial que le debe algunas respuestas relativas a la feminidad. Como la madre no responde, encuentra en la Sra. K la esperanza de la resolución de los síntomas.

La joven homosexual, según Freud, ingresa en la pubertad con el deseo de tener un hijo; la relación maternal que establece con un niño de tres años lo lleva a suponerlo. El nacimiento de un hermanito cuando esta joven tenía 16 años genera en ella la decepción por no recibir el hijo del padre. Es el desencadenante de su intento de suicidio, arrojándose al pozo de las vías del metro de Viena. Freud escucha allí el significante “niederkommen”. Lectura del pasaje al acto que representa el parto. Sie kam nieder… por causa de su padre. Ella es el niño parido caído de la escena.
La construcción que Freud efectúa de este pasaje al acto conlleva un mensaje dedicado: a la madre, le deja los hombres para ser amada por ella, (significación de su elección homosexual), y al padre, como venganza por haberla decepcionado, al confirmar con el nacimiento de su nuevo hermano que el falo es para la madre y no para ella.

“Sie kam nieder” cobra valor de letra que en el pasaje al acto se desprende del objeto, al menos de forma fulgurante, y representa una salida a la encerrona sintomática.
Las fantasías de embarazo en la adolescencia renuevan, bajo otras condiciones, los juegos de las niñas con las muñecas, en el contexto del drama edípico. Recordemos que Freud habló de dos tiempos en relación a este juego: en el primero se trata de abordar lo real con el Otro primordial, que para la mujer es del mismo sexo, es decir es un tiempo homosexual. Es en un tiempo posterior donde dicho juego simboliza la demanda de falo al padre. El maestro vienés, al abordar la feminidad en su costado enigmático, complejo y un tanto loco, opinaba que la maternidad normaliza a las mujeres, (¡hay excepciones!). Fundamentaba dicha normalización en la ecuación que inscribe “niño equivale al falo”. Equivalencia que indica que se trata de la dimensión simbólica.

Concluye así una deuda que la mujer reivindica desde el inicio, primero a su madre y luego a su padre, que se manifiesta en la demanda de falo.
Si la adolescencia pone en cuestión toda la estructura ya que es el tiempo de su abrochamiento, y de la puesta a prueba de los títulos que se inscriben en la primera infancia, las fantasías de embarazo no pueden dejar de ser parte de una de las construcciones del fantasma. Sucede que lo real del cuerpo hace posible la realización de esos fantasmas.
En “La metamorfosis de la pubertad”, Freud señala las tres novedades que marcan un punto de inflexión en la vida de los sujetos.
1) El hallazgo de objeto. 2) La identificación sexual. 3) La reproducción.
Toda la adolescencia transcurre atravesada por estas novedades señaladas por Freud.
La articulación entre ellas requiere de ciertas condiciones que se despliegan motorizadas por la irrupción pulsional. Los embarazos adolescentes, en su mayoría azarosos, encubren y exhiben al mismo tiempo la sexualidad traumática del drama puberal.

Sexualidad y muerte. Fórmula acuñada por Freud, cuya lógica de implicación material es leída en tanto no hay una sin la otra.
Evoquemos a Franz Wedekind, autor de la obra de teatro Despertar de primavera. El subtítulo agregado por el autor en una de las ediciones posteriores, Historia de una tragedia infantil, nos anticipa el desenlace común a los distintos protagonistas adolescentes. Tal es el caso de Brenda, la joven que para su madre es una eterna niña; como del padre no hay referencias a lo largo de la obra, entendemos la ceguera de la madre ante el nuevo cuerpo de mujercita de su hija. Revisando la teoría sexual infantil, pregunta a la madre de dónde vienen los niños. Con serias dificultades para responder, ésta le ofrece una respuesta de tal ambigüedad, que luego, en el encuentro azaroso con un compañero de colegio, creyendo que obedece a esos dichos maternos, se produce el coito y luego el embarazo. Dos acontecimientos que irrumpen desde el azar. La intervención de lo real del azar, sin anudamiento a lo simbólico y a lo imaginario, funciona tal como el juego de la ruleta rusa. La madre se ocupará de interrumpir el embarazo de su hija, y los abortivos suministrados la conducirán a su muerte. Muerte y sexualidad no se anudaron en este caso. De la lógica de la conjunción necesaria para la vida, a la lógica de la disyunción, hay un paso tal, que en este caso devino letal.

Madres e hijas adolescentes. Cuando la hija ofrece imaginariamente a la madre un niño, pone a prueba por aprés-coup su lugar de objeto de amor en los tiempos primordiales. De ahí que la intervención materna en el embarazo de la hija, ya sea para que prosiga con él o para que lo interrumpa, revive un deseo de muerte por haber sido sustraído del orden del falo.
La pubertad tiene efectos de ruptura distintos en la niña y en el varón. Ella recurre al padre salvador y él rivaliza con su progenitor. En ambos casos se trata de la repetición de una ruptura anterior. Para ella, la precipitación en el espejo del Otro que es del mismo sexo, tiene un valor especial cuando un padre se ocupa de sacarla del fondo de ese espejo, siempre y cuando en el horizonte se juegue la dialéctica del falo en tanto don, es decir, que tiene la templanza de lo simbólico. Si el falo es sólo imaginario, su manifestación es la reivindicación de una falta. En la pubertad, el embarazo es el representante de la adquisición del mismo, portado en el propio cuerpo. Según el caso, a veces lo es para la propia adolescente, y otras para su madre.

Es que si bien la reproducción sexual es posible por la suficiencia biológica de la pubertad, en nuestra cultura por lo general hay una disyunción entre esta suficiencia y el sujeto, que padece aún de insuficiencia de responsabilidad frente al pasaje de la ontogenia a la filogenia, en el sentido de la procreación. Y entonces lo que se juega en el segundo despertar es una nueva vuelta edípica, pregnada por la lógica fálica y la relación con el deseo; relación que implica el pasaje del gran Otro al otro, como semejante y/o partenaire.
En la ruleta rusa, sin duda caracterizable como juego, el goce es desafiar a la muerte; algo parecido ocurre en este juego de dados del embarazo adolescente, donde siempre está en juego un deseo de muerte.
 
 
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