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   Discurso capitalista y psicoanálisis

El psicoanálisis en el horizonte de nuestro tiempo
  Por Isidoro  Vegh
   
 
Los párrafos siguentes antecedieron a la presente publicación. Sus letras anudan sucesos trágicos acaecidos en la proximidad de su respectiva aparición. Hoy, en lectura retroactiva, son anticipos de una encrucijada que confirma sus predicciones.
Que su lectura sea de vigencia sostenida la confirmará el lector atento al horizonte que nos implica, si relanza una reflexión que incite a un acto mejor.

La práctica del analista y sus interrogantes hacia fin de siglo: Los interrogantes de la práctica se dirigen a nosotros, analistas. Desde el inicio: ¿qué encontramos como demanda cuando alguien golpea a nuestra puerta o llama a nuestro teléfono?
Un texto clásico, de Lacan, se titula “La instancia de la Letra en el Inconsciente freudiano o la Razón desde Freud”1. ¿Por qué conjuga instancia de la letra, inconsciente freudiano y razón?: está explicitado en el texto –así como en diversos seminarios de Lacan2– que la razón freudiana no sería posible si no hubiera sido antecedida por la razón cartesiana.
El movimiento cartesiano fue el que permitió, con su cuestionamiento del saber teológico, el desglosamiento y la consagración de derecho a lo que ya había comenzado de hecho: la ciencia en su variante moderna.
Es paradójico establecer un discurso que fundamenta una ciencia que –según Lacan– deja fuera al sujeto, cuando en su gestación lo supone inexorablemente.

En El discurso del método3, Descartes escribe: “Así no es mi propósito enseñar aquí el método que cada uno debe seguir para conducir bien su razón, sino sólo hacer ver de qué manera he tratado de conducir la mía”. Está implicado en el movimiento. Si decidimos desde nuestra razón acompañarlo, estaremos implicados en la misma conclusión, inmersos en el nuevo espacio que inauguraron Galileo desde la ciencia y Descartes desde su fundamentación.
Esta doble inflexión que desbroza el camino para la investigación mediante el cuestionamiento de los saberes y los prejuicios establecidos, se considera una autoridad para interrogar todos los ámbitos. Avanzado nuestro siglo, critica los fundamentos de prácticas milenarias como la religión, los mitos y las tradiciones. Si bien muchas de ellas son cuestionables por sus consecuencias, no dejaban de ser respuestas que la cultura ofrecía al sujeto para su desencuentro con lo Real, ese que Freud dividía en real del sexo y muerte.

La religión de nuestro siglo es la ciencia, en su nombre se creyó que se podían dejar de lado fácilmente eficacias que se sustentaban en la historia, la cultura y la religión.
¿Fue ésta la propuesta freudiana?: ciertamente no. La razón freudiana continúa la razón cartesiana, la extiende hasta los lugares donde ésta no llegó.
Freud propone abrir el continente de la sin-razón, al que nombró Inconsciente. Desde allí recuperó el valor fundante, instituyente de los mitos. Algunos los conocemos, son clásicos: “Narciso”, “Edipo”, “Tótem y Tabú”4 , escrito de su puño y letra.
Este siglo, que avanza en una progresiva caída de los ideales, se acompaña de un desarrollo tecnológico jamás visto que permite, por primera vez, hablar de una organización planetaria.
La extensión de la tecnología –que no se reduce sólo a los massmedia– es consecuente con el desarrollo de grandes multinacionales con capacidad de producción incomparable. Por la necesidad de un mercado extendido, propugna políticas de universalización para un sujeto que se iguale en sus requerimientos, al que se le brinda, como propuesta, un ideal que podemos resumir en la palabra confort. Se ofrece para colmar la brecha de algo que es de estructura en el sujeto: el goce insuficiente. Es lo que Freud nombra en “El malestar en la cultura”, como la diferencia irremediable entre el placer buscado y el placer encontrado.

¿Cuál es el síntoma que permite leer el valor, de este cambio, si positivo o negativo? Desgraciadamente, está próximo este suceso traumático5 que despierta y obliga a una lectura cuidadosa para no caer en errores simétricos.
Si los mega-atentados fuesen producto del fundamentalismo –por lo menos todo indica que podrían serlo–, ¿no será el fundamentalismo una forma sintomática de freno a la universalización que intenta destruir la diferencia de culturas, proponiendo un modelo acorde a la necesidad del mercado pero no al reclamo de un sujeto?
En el fundamentalismo se muestra un síntoma que responde como efecto a la igualación del gusto como a la declinación de la función paterna; intenta, allí donde el trazo diferencial tiende a ser borrado, el retorno de una marca. Si bien cuando tiende a igualarse a la dimensión mortífera del Otro aniquila a aquel que lo interroga, aún en esa acentuación equivocada acerca una protesta a escuchar.
En el polo opuesto, otro síntoma de nuestro tiempo permite evaluar de un modo y no de otro lo que sucede en este fin de siglo. Es cuando la ausencia de un trazo que lo represente lleva al sujeto a apartarse del deseo para deslizarse de un modo abierto e ilimitado en el tobogán del goce. Se lee en la clínica psicoanalítica en lo que se tiende a llamar fenómeno de borde, que juega en dos planos: para el sujeto que lo anima en la escena, se muestra en la proliferación del acting-out, del pasaje al acto, de los fenómenos de velocidad llevada a una aceleración accidentada hasta el paroxismo; o en el mostrador del cuerpo, en la ortopedia de los objetos, gadgets variados para satisfacer la pulsión en las distintas especies de su objeto.

Dos respuestas que se acentúan hacia el final de siglo intentan remediar, fallidamente, esa declinación del trazo necesario. En la acentuación del trazo, variante moderna de antiguos autoritarismos –ahora bajo el nombre de fundamentalismo– o bien en la aceptación de la ausencia de trazo, y entonces, sólo queda el puro goce, desanudado del deseo y el amor.
Es la paradoja de la errancia. En un mundo cuadriculado en la monótona repetición de sus espacios, cualquier lugar para el sujeto de este tiempo puede ser su mundo. El problema es que en ninguno logra encontrarse.
¿Cuál es una propuesta posible desde el psicoanálisis? En este sujeto que acude a nosotros con una dificultad en el retorno del trazo, que llega mostrando su movimiento en la escena o en el dolor de su cuerpo, hay algo que persiste en su valor y algo que cambia. Aún vale una ética que nos invita a una práctica centrada en el acto. Anudado a una ética, nos otorga libertad para las intervenciones diferentes que también nos reclama.
Si algo distancia a este análisis de fin de siglo del análisis de los inicios es que no sólo interviene en el registro de lo Simbólico, no sólo por el lado de la palabra, es una práctica del acto donde el analista es invitado a intervenir también desde los otros registros: el Imaginario y el Real.
Es la ética escéptica que se encuentra en la propuesta de Freud y en la de Lacan. No estamos en el umbral del Apocalipsis; en la historia de la humanidad hubo otros momentos en los cuales una cultura avanzó por el tobogán del goce creyendo que podía desanudarlo del amor y del deseo. ¿No es acaso la historia de la decadencia del Imperio Romano y el comienzo del cristianismo, propuesta ascética que tendía a suspender un goce que no encontraba anclaje en relación al deseo y al amor?
Ética escéptica, acepta que nada asegura el resultado antes de que se juegue la partida. Eso, a mí, no me desalienta, más bien me da entusiasmo. Si así no fuera, ¿qué otra razón hubieran tenido estas letras que acaban de leer?

Quienes cometieron los atentados parecen inscribirse en una proclama de “mato y muero”, por un ideal basamentado en una cultura, en una religión y en la lectura de su libro sagrado.
¿Es una lucha contra el judaísmo lo que la mueve? ¿O contra el cristianismo? ¿O contra los valores de la sociedad capitalista neo-liberal?
No hace mucho, apenas unos meses, leímos en los diarios, vimos en los noticiosos que fueron bombardeadas, hasta su destrucción, centenarias estatuas del Buda. Ni efigies cristianas, ni libros judíos. Estatuas del Buda, de una religión que tiene millones de adeptos que nada identifica a la cultura del mundo occidental.
¿Entonces? Es que no se trata de una lucha por banderas libertarias sino de una intolerancia a cualquier pensamiento o credo que no coincida con el propio.
Es el espíritu totalitario que no soporta la otredad, la presencia que acerca lo distinto.
Siglo XXI: ¿es que es posible semejante posición cuando la ciencia y sus efectos se sustentan en la transitoriedad del saber, en la aceptación humilde de los límites de lo real?
Sigmund Freud, inventor del psicoanálisis, descubridor del Inconsciente, afirmaba que el ser humano de nuestros días no era, en sus anhelos encubiertos, muy distinto del hombre de las cavernas. Otro gran psicoanalista, Jacques Lacan, no se cansaba de repetir “no hay progreso”.

No hay progreso en la estructura que nos habita, decimos nosotros. Y esa estructura articula al sujeto al discurso del Otro.
Cuando nacemos, el desamparo de origen hace necesaria, imprescindible la asistencia del adulto. Sólo por el Otro advendrá la condición de hablante, capaz de sentir, de amar, de odiar; pasible del deseo, dispuesto al goce.
En el inicio la alienación en el discurso de la madre –por eso se dice lengua materna– es inevitable y necesaria. Nacemos viejos, con el viejo diskette del Otro. Por un arduo trabajo del cual los padres y maestros son condición de pronóstico, el bebé pasará de ser objeto del deseo y del goce del Otro a ser sujeto de su deseo a la búsqueda de sus objetos de goce y de creación.
“No hay progreso” lo entendemos como estructura que no cambia salvo en las respuestas que en cada tiempo y para cada cultura se ofrecen a su encuentro.
Así en cualquier sociedad es posible, para cada uno, identificarse al progenitor omnipotente y omnisapiente del primer tiempo instituyente. Es el discurso de la completud, que no admite resquicio para la pregunta, ni a la pregunta que le haga brecha. Que excluye hasta la solución final a quien encarne la diferencia intolerable que descompletaría su saber igualado a la verdad.
Son herejes, pues creyéndose dueños de la Verdad usurpan el lugar de Dios al que dicen representar.

No es casual que estos discursos excluyan, velen, aparten a la mujer como sostén de la femineidad. La enaltecen como madre, la excluyen como mujer. Es que ella, “encarnación del diablo”, como tantas veces fue nombrada, sostiene en su cuerpo las tentaciones que sitúan al hombre en apetitos que le muestran su falta; si buscan en ella es que algo, a ellos, les falta.
Para nosotros es la función civilizante de la mujer, de su femineidad que en los tiempos del amor cortés ofrecía al caballero algo distinto del ejercicio de sus lanzas. Que el amante fuera el trovador, recuerda el valor de la poesía, la palabra, la creación que la falta bien situada le propicia.
Freud demostró en su texto clásico6 lo que insiste en la psicología de las masas. El individuo identificado a la masa acepta dócilmente, y aún con gusto, las directivas de su líder identificado al Ideal y éste entendido como el saber sin fallas.
Por suerte, también la estructura muestra el lugar del sujeto e indica la pulsación que hará estallar cualquier anhelo totalitario cuando el hombre o la mujer reclamen el derecho a su trazo, a su palabra, a sus gustos. Aunque el gobernante no los contemple en sus planes, en su credo o en su programa.

No es entonces pesimista la propuesta que alentamos. Tampoco optimista. Nada asegura el final de la contienda. Encrucijada que una vez más se reitera. ¿O alguien cree que es nueva porque la tecnología se extrema?
Posición escéptica, como la de los antiguos en la Grecia clásica, nos dice que nada asegura el resultado. Y por eso nos invita al acto. A cada uno el suyo.
Vayamos al nuestro: ¿y cómo logra, hoy, este discurso de la muerte que haya pueblos, multitudes que lo acompañen con mayor o menor entusiasmo, que por él se sientan representados?
Es que aprovechan anhelos válidos, postergados, que el discurso totalitario retoma para encubir su proyecto.
¿O el nazismo no se llamaba nacional-socialismo?

Multitudes carenciadas, en condiciones que alberga el abanico que va de la pobreza a la miseria, que sufren en acto el desprecio a su dignidad y a sus valores, estarán dispuestas al discurso mesiánico que en nombre del Dios de turno les prometa la redención. Es sobre estas causas que las respuestas inteligentes dejarían al descubierto las propuestas de los pseudo-profetas: que su goce reclama el sacrificio en nombre del Dios oscuro. El goce que los guía, no es sino el poder de la muerte cuando se enarbola como bandera: “viva la muerte” decían los nazis.
Diferenciar a estos pseudo-profetas de las religiones o ideologías en que se amparan es también respuesta válida a un sincretismo estratégico.
No olvidemos: bombardearon Budas. Lo demás lo toman como estandarte porque hay cuentas pendientes que son reclamos válidos.
Si no confundimos el enemigo y reconocemos la verdad en la que se monta, su destino es predecible y una vez más podremos apostar al sujeto del deseo y la creación.
Y a los que sustentan esta actitud intolerante, este discurso de la imposición, además de acotarles su accionar, cabe retornarles el mensaje que su propio acto engendra al mismo tiempo que lo desconoce.
El aislamiento al que su posición los condena paga el precio de una pérdida: el encuentro milagroso con el otro, que su libro sagrado también valora como ofrenda del Creador, la posibilidad de escuchar sus palabras, las palabras del otro, de asistir a la infinita sorpresa de un viviente que habla, que dice sus dolores, sus afectos, sus anhelos. Y que en ese decir nos acerca –podría acercarles– una opacidad que no agotan los epítetos ni los cálculos. Advertirían en consecuencia el milagro de su propia existencia, la infinita trama que los habita y los haría humildes –como su Dios les pide– ante las razones que se quieren iguales a la Verdad.
___________
1. Lacan, Jacques. Écrits, “L’instance de la leerte dans l’inconscient ou la raison depuis Freud”, Éditions du Seuil, Paris, 1966, p. 493/528.
2. Lacan, Jacques. Seminaire XI, “Les quatre concepts fondamentaux dela psychanalyse”, “Le sujet et l’Autre: L’Aphanisis”, Éditions du Seuil, Paris, 1973, p. 202.
3. Descartes, El discurso del Método, Losada, Buenos Aires, 1976, p. 30.
4. Freud, Sigmund. “Tótem und Tabú”. Einige Ubereinstimmungen im Seelenleben der Wilden und der Neurotiker, Editorial Hugo Heller an Cie, Leipzig und Wien, I. Bauernmarkt 3, 1913.
5. El atentado ocurrido en la A.M.I.A. el 18 de julio de 1994.
6. Freud, Sigmund. Obras completas, tomo XVIII, “Psicología de las masas y análisis del yo”, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1976.
 
 
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