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   Discurso capitalista y psicoanálisis

El psicoanálisis, marca registrada
  Por Ana María  Gómez
   
 
Sabemos que la tendencia generalizada de los seres humanos es suponer que el mundo comienza cuando cada uno adviene a él. Así, Federico, un niño de once años preguntaba a su padre si cuando él era niño el mundo era en blanco y negro. Su padre le interroga por qué habría sido así y el niño le respondió que porque en esa época la televisión era en blanco y negro. O sea, el color nació con él y con su mundo de objetos conocidos.
Con el concepto de capitalismo ocurre algo similar: todo indicaría que cada época se adjudica su advenimiento y la nuestra también lo hace, al punto de nominarlo, en algunos casos, “neocapitalismo”.
Cuando me propuse investigar acerca de los orígenes y desarrollo de este tema, surgieron fuertes divergencias entre los distintos autores y se evidenció también la relativa incapacidad de dar una definición conceptual estricta desde la historia o la economía.

Es así que, para nosotros, el capitalismo es más una cuestión antropológica que histórica, social o económica.
El capital implica, por definición, los bienes, el caudal, la fortuna, y es también “El dinero o conjunto de cosas convertibles en él, que posee alguien”. Y la posesión de los bienes, cualesquiera sean ellos, es una cuestión esencialmente humana que trasciende los tiempos, los cambios políticos, sociales o económicos. Porque si hace a una economía, es a la de los dones y los objetos, es más: hace al objeto, a su posesión, a su demanda y por extensión al deseo.
Archiconocida es, además, la máxima lacaniana que parte, en sus inicios, del hecho que el deseo humano es deseo de lo que el otro posee, aunque se trate, ni más ni menos, que de su mismo deseo, y lo que se juega en estos términos es la posesión y el poder. No podemos olvidar que somos seres en falta y seres de la falta, ¿cómo, entonces, no ambicionar, codiciar, envidiar aquello que el otro tiene y que podría procurarnos satisfacción, atenuar la falta y hasta rozar el paraíso de la completud?

Quien más objetos acumula, más poder también se procura y por ello puede someter y gobernar a los semejantes y la pulsión de dominio nos es constitutiva.
La pregunta de base o el punto de partida es el porqué de la acumulación. Y ello abre el horizonte que va de la mera necesidad al campo del deseo, precisamente y de su puesta en forma de significantes: la demanda. Y en el horizonte: el falo y sus resplandores.
En las teorías de los economistas se afirma que la mayor oferta genera mayor demanda o, al menos, demultiplica las demandas. De los objetos primordiales se hacen multitud de “cosas” que hacen de aquel su metáfora y también una sustitución mínimamente atenuante de la falta que no es otra cosa que, heideggerianamente, la falta en ser.
Pero con Freud acordamos que la dialéctica humana no se basta con el ser: además requiere del tener.
En la base de todo ello está algo que existe desde que los humanos, meramente, intercambiaban para subsistir: el trueque y el mercado. El mercado es esencial a la historia de la humanidad y en toda las sociedades y las culturas existe el mercado como lugar, precisamente, donde se efectivizan los trueques. Es interesante, e ilustrativo, dar cuenta de que el origen de la palabra “trueque” es incierto pero lo más probable es que provenga onomatopéyicamente del sonido del chocar de las manos al cerrar un trato. No hay mercado sin trato ni sin con-trato.

En el decurso de la historia de la humanidad ocurrieron hechos irreversibles y necesariamente reconocibles: se pasó del estado de naturaleza al estado de necesidad. El estado de naturaleza es aquello que Marx quiso como un supuesto paraíso donde el abastecimiento fuera natural, precisamente. Y por ello también se gestaron los mitos paradisíacos donde todo estaba satisfecho. Los humanos eran meros recolectores. Tampoco era así porque como esos mismos mitos lo pregonan había una renuncia: la sabiduría y la sexualidad. La primera era la del dios, la segunda demasiado humana. Pero por tan humana, al transgredirse el mandato y cometerse el supuesto pecado del origen, se dio origen a que la humanidad existiese. Si el paraíso hubiese existido con su estado de plena satisfacción no hubiera habido raza humana. El hombre entonces se torna “sapiens”, abandona el estado naturaleza y comienza a fundar la cultura y sus vicisitudes.
Y uno de los avatares de la cultura es la acumulación que pretende paliar la ausencia. Acumular implica aumentar la cantidad de objetos que se poseen, llegar a un cúmulo y ergo, colmar. Los mitos de Creso y Midas dan cuenta de ello. Pero, ¿colmar qué? Porque bien es sabido que la acumulación genera también preocupaciones: es necesario preservar, resguardar, y aumentar esa riqueza de posesiones.
Se ha puesto la génesis de la envidia –con toda la potencia que encierra en ella el ver– en la constatación de las posesiones del semejante pero hay una envidia aún más primaria que es la del hombre por la libertad de algunos seres vivos que se autoabastecen sin necesidad del semejante de la especie y andan errantes por el mundo devastando a los más débiles sin ninguna reconvención moral. El hombre lo hace también, pero tiene conciencia. Estamos situándonos en una anterioridad a Hegel y su lucha de las autoconciencias.

El hombre acumula, entonces, también porque con esa acumulación cree poder conseguir la independencia que envidia: la del animal salvaje.
El hombre es primero esclavo de su inermidad, de su prematuración y cada vez más esclavo, ahora, en nuestros tiempos, del mercado, sus productos, su presentación más o menos subliminalmente atractiva y de la proliferación de la oferta.
A poco que se estudia la historia socio-política-económica del capitalismo, se constata que ni siquiera la globalidad es un descubrimiento, y menos un invento actual. Los humanos, en algún momento, abandonaron el nomadismo, se asentaron y se organizaron y nacieron diversas configuraciones de urbes. De ello dan muestra las “polis” griegas. Y entre estos asentamientos crecientes, se generaron intercambios crecientes y, sobre todo, como dato fundamental, a distancia. En nuestros tiempos las distancias “se acortan” en función de la mayor velocidad de traslado; en esencia son y serán las mismas. En su dimensión temporal, se empequeñecen. Pero esa misma velocidad de los intercambios hace a la presión constante en la que vivimos. En tiempos de Cristóbal Colón existía el escorbuto que aparecía durante los largos traslados, en los humildes transportes pero no el desarreglo organo-psíquico de los cambios de horarios por la celeridad de los aviones. Nathan Rotschild utilizó sus palomas mensajeras para conocer antes que nadie la derrota de Napoleón en Waterloo y utilizó la información para acaparar mercancías antes que sus competidores y realizar transacciones ventajosas con garantía del Estado británico.

Los intercambios eran de capitales en los mercados. Todo se complicó cuando comenzaron a existir remanentes, capitales acumulados, riqueza, excedentes. Pero estos “plus” se remontan a tiempos arcaicos porque no necesariamente se trocaba la única piel por el único trozo de carne fresca: era prudente tener y conservar y cuanto más se conservaba, tenía y retenía, más prestigio y más poder se podía ejercer sobre el semejante. Los granos en la antigüedad se acumulaban en la “basilica” lugar que toma su nombre del basileus, rey. A los reyes, como a los dioses, se les debían ofrendas. Era todo un gesto de reconocimiento a sus poderes extraordinarios ofrendar o pagar el llamado “impuesto” que, tal como su nombre lo indica, no era, ni es, espontáneo ni libre, sino forzoso.
El fulgor aúreo-plateado de la moneda deslumbró a los humanos por sí mismo y produjo un fuerte flujo libidinal, algo que hizo a Horst Kurnitzky dar cuenta de ello en su obra La estructura libidinal del dinero y que es transponible a Freud en términos de enamoramiento y libido. La erotización del dinero llegó al punto que el objeto del deseo era acompañado de la dote que, ¿por qué no?, incrementaba ese deseo.
¿Cuál es, en términos de esta necesariamente somera síntesis, el lugar del Psicoanálisis en relación a lo que elegimos llamar “capitalismo”? ¿Qué capital acumulado nos procura el atravesar la experiencia de lo inconsciente? La respuesta es sencilla y simple: mediante un psicoanálisis, quien así se lo propone, produce saber para aproximarse a las verdades, siempre parciales, de sus deseos. Y esto no es objeto de trueque, no sirve en los mercados, ni es objeto de transacciones. ¿Cómo estimar el valor del acceso a la verdad del deseo? No cotiza en bolsa, no es objeto de intercambio fungible, no es un bien mueble ni inmueble, sin embargo, posee un valor incalculable que si no perteneciera al dominio de la palabra, sería de lo inefable.

Entonces, en el territorio de las artes y las artesanías, de los servicios, para que, como su nombre lo indica, el analista, el practicante, no se convierta en siervo, hay un recurso: los honorarios. No olvidemos que los llamados servicios –incluidos los de los médicos y en general los que hoy se llaman los “profesionales”–, eran deleznados hasta el siglo XIV. El honorario se corresponde con una retribución que se hace a quien merece, en razón de su prestigio, consideración y respeto.
Lacan sin duda se apoyó en Marx para acuñar, desde el concepto de plusvalía, el de plus de goce. Para que ese plus de goce no quede del lado del practicante es que existe la circulación del dinero en un análisis donde lo único que se acumula –pero no responde a los resplandores aúreos de la moneda acuñada– es el saber, que le compete al analizante. El valor agregado, cuando del amo se trata, es entrópico, va a pérdida como lo quiso Lacan cuando acuña el único discurso que es el del amo porque el único amo, en nuestro territorio, es el significante. Y el supuesto esclavo –quien hace el trabajo– son los otros significantes, todo para provecho del sujeto en posición de verdad.
No olvidemos las ecuaciones freudianas, desde el falo al pene, pasando por las heces al don y el dinero.
Sí, el Psicoanálisis es una marca registrada y no en el sentido del “No Logo” de Naomi Klein. Ningún tránsito por la aventura del inconsciente deja de hacer traza, marca, en los registros porque como lo quiso Lacan, para el neurótico existen lo Simbólico, lo Imaginario y el Síntoma, en lugar de Real. Y de lo que también se trata en él es de que lo Simbólico avance sobre lo Real. Una marca en un registro: luego, nada será igual.
 
 
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