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   Embarazo temprano

Embarazo adolescente y otras situaciones embarazosas
  Por Laura Kait
   
 
La pregunta que aparece en primer lugar es cómo en pleno siglo XXI hay tanto embarazo adolescente. Y la respuesta más sencilla es que la información o el conocimiento no constituyen un saber. He escuchado durante muchos años a pacientes embarazadas y madres menores de 18 años que viven en una Residencia Maternal en Barcelona, lugar donde vivo y trabajo. Jovencitas muy informadas sobre anticoncepción y aborto, ambos perfectamente legales en España y que no están dispuestas a hacer uso de ellos. Con lo que la pregunta sobre ¿qué función cumple este hijo? es la primera cuestión a resolver. El objeto-hijo viene al lugar de dar sentido puramente imaginario a la adolescente en plena interrogación sobre ¿qué mujer quiero ser cuando sea grande? La angustia que abre esta interrogación y la incertidumbre ante una respuesta que tardará en llegar son taponadas por el objeto-hijo. Si pudiese decirse (porque es solo enunciación) la frase sería: “tengo hijo, soy madre”, obturando en un solo acto la cuestión de la castración y la falta de ser. “Tengo luego soy”, respuesta imaginaria ante la insoportable verdad de constituirnos en torno a lo que falta. Así, el embarazo adolescente suele ser una época plena, a veces plena de preocupaciones y en algunos casos hasta divertida: luciendo panza orgullosamente. El problema no son esos nueve meses posibles, lo que en mi experiencia aparece como imposible es la maternidad adolescente.

He trabajado con setenta y siete casos y solo en una oportunidad una joven pudo sola con su hijo. Alba: “Desde que sé que estoy embarazada he dejado las drogas y pasé el mono sola. Me fui de casa a los once años, mi madre se enrolló con un tipo. ¿Para qué quiere un hombre? Con mi hermana y conmigo ya tenía bastante ¿para qué otro tipo? Y ahora está a punto de parir. ¿Te imaginas? Tendré otra hermana y un hijo al mismo tiempo”. Intervengo: “¿Un varón?” Responde: “¡Eso espero, sobran mujeres en mi familia!”

Alba comenzó a escapar de su casa a los once y luego se transformó en una fuguista de Centros. Es violada a los doce y adicta a partir de los catorce. Queda embarazada a los quince y la escucho a partir de su cuarto mes de embarazo, expresa con claridad un enigma ¿para qué sirven los hombres? Y al mismo tiempo se da una respuesta: demasiadas mujeres en su familia, que habla de la falta de la presencia de un padre, cosa que repite con su hijo.
“Tener un hijo para mí era la salvación. Yo lo busqué, era mi salida, si no, me veía en una cuneta, muerta. Necesitaba algo fuerte, sentir algo mío. Antes, todo en la vida era mierda”. Mierda, es en España, sinónimo de droga.
Alba va a dejar dos años a su hijo en una Residencia Infantil, mientras estudia, comienza a trabajar y en ningún momento interrumpe el análisis, que duró unos cuatro años. Esto abre el tema de los tiempos, este trabajo institucional es una clínica sobre la urgencia. Ejemplos: luego del cuarto mes es imposible trabajar una interrupción, las chicas están en la Residencia hasta los 18, si dan su hijo en adopción no pueden quedarse en la Residencia maternal, etc.
Es una intervención clínica marcada por unos tiempos que siendo los de la administración pública o de la biología, no lo son del sujeto, y se ha de inventar bastante para poder acompañar hacia los tiempos necesarios. En varios casos terminé atendiendo a muchachas en un bar, a la salida del colegio, o paseando por una plaza con el carrito del bebé.

Salvo en el caso de Alba, el destino del hijo suele ser la separación: o se hace cargo alguien de la familia o familias de acogida, residencias de menores o adopción. Con una panza de nueve meses, una “niña” de 15 años me decía: “He de aprovechar para ir a la discoteca este finde porque el próximo estaré pariendo ¡que putada! A mí lo que me gusta es bailar no parir”. Dos meses después decía: “Cada vez que llora y llora a cada rato, me pondría a patear la cuna. Que se ocupen los educadores, yo quiero volver al cole”. Ese colegio detestado, lugar del fracaso escolar, ahora ante la demanda permanente, es preferible. Y efectivamente son la escuela o la discoteca los lugares donde le tocaría estar, no en funciones maternas y en la mayoría de los casos, sola.

Hablar de maternidad en soledad lleva a la pregunta por “el padre de la criatura”. En la mayoría de los casos, en mi experiencia, se trata de drogodependientes, indocumentados o ambas posibilidades a la vez, jóvenes sin recursos y sin formación, otras veces, simplemente “niños”. Observarán que nuevamente aparecen los mismos elementos significativos en torno a quién soy, qué quiero, qué falta. Estos compañeros, en general, no presentan interés por el hijo como tal, sino el necesario para conservarlas a ellas atadas al vínculo si ella les interesa. Iniciar un recorrido donde elaborar el duelo por un hombre inventado y poder reconocer que el hacer padre a un joven que está en posición de hijo no lo saca necesariamente de esta posición, suele ser un proceso que se produce en la cura. Hay algunos casos donde se pierde al hijo para conservar a la pareja en ese lugar. Y en dos casos el padre se quedó con el bebé, apoyado por su familia, mientras la adolescente volvía a su vida adolescente.

Además de las causas subjetivas del embarazo adolescente, nos encontramos con las causas sociales. Se trata de una clínica del acto, donde las causas están en el umbral entre lo subjetivo y lo social que habremos de considerar. Vivimos en época regida por el discurso capitalista, donde el hiperconsumo –al decir de Lipovetsky1– necesita de un objeto lábil, fácilmente rompible y reemplazable, condición fundamental para que el mercado funcione. Así, el embarazo adolescente, viene a inscribirse como cualquier acto de rebeldía típico de estas edades, contra el valor reinante. Ante lo puramente consumista, un idealizado objeto de amor hasta la muerte, dicho así: “un hijo es para siempre” ¡Y no! Un hijo también puede ser para la calle, para la enfermedad y la muerte, para la guerra…

También, en la vertiente social, el hijo de embarazo adolescente puede ser producto de la marginación, de la carencia, del abandono. Ante no tener, y por no tener, ni siquiera tener algún sueño, el hijo viene como objeto privilegiado. Por más pobre o carente que se sea, una concepción y un parto son posibles. Luego, que la maternidad lo sea es agua de otro costal. Carencia no es falta y abandono no es separación, marginación no es diferencia. Temas que indican la dirección de la cura en esta clínica particular. Poder pasar por el duelo, el duelo que genera un post parto o el duelo que genera un aborto o peor aún, el duelo que generará la separación del hijo cuando se la desee; y más temprano que tarde la desean en la mayoría de los casos.

Por estas razones, es bastante favorable que a nivel legal estén organizados los pasos a seguir para ayudar a estas jóvenes, finalmente, a desembarazarse. Con lo que podemos pensar esta clínica como una clínica del duelo –cuando aparentemente tener un hijo sería exactamente lo contrario– paradigmática en el sentido de un pasaje de la alienación a la separación. Cuando este proceso se produce, recién aparece en el discurso el tema de la anticoncepción, donde la mayoría de las jovencitas eligen el dispositivo intrauterino (DIU). Pero, no todas. Los tratamientos en muchos casos quedan interrumpidos y la repetición garantizada. Si a lo que están fijadas en la identificación es a un “ser madre” para garantizarse un tener, lo que tendremos es una nueva panza. En ocasiones, es este segundo embarazo lo que las hace retornar, en primer término solicitando un aborto y a la vez pueden reformular la demanda y entonces sí completar cierto recorrido analítico.

Hasta aquí algunos puntos que están desarrollados en el libro Madres, no mujeres2 Con mi libro bajo el brazo llegué a Buenos Aires, en agosto pasado y fui invitada a hablar de este tema en diversas instituciones. Me gustaría dar cuenta de esa experiencia en este espacio que agradezco a Imago-Agenda, no sin mencionar el entusiasmo de los colegas con quienes compartí estos encuentros y algunas cuestiones particulares que escuché en Buenos Aires.
En Argentina no hay ley de aborto… aún. Pensar esta clínica sin dicha ley, deja al profesional en un lugar embarazoso y a la paciente en un lugar atroz. Como se dice en Cataluña “las ponen a parir”. Mientras en España hay unos 18 mil partos de embarazos adolescentes al año, en Argentina hay más de 100 mil. Me enteré de que hay un registro único en la ley de adopciones, pero que las distintas provincias adhieren si quieren y si no quieren no. ¿Podríamos suponer que las que no adhieren son las que trafican con objeto-hijo? ¿A quién favorece una “ley seca”? ¿Es esto lo que interesa, tal como lo cuenta Solanas hijo en su película Nordeste?

Estas preguntas y variadas respuestas están en movimiento en la sociedad argentina actual. Pero mientras las respuestas sociales no aparecen, nos encontramos en el campo de la trasgresión porque, no hay ley del aborto, pero aborto hay, en muy buenas clínicas y con muy buenos profesionales, obviamente solo para aquellas que se lo puedan pagar. Para aquellas que no pueden, el aborto constituye en Argentina la primera causa de muerte en mujeres de 15 a 35 años.
Ante este panorama, escuché a los profesionales (ginecólogos, trabajadoras sociales, psicólogos, pediatras, etc.) trabajar en un campo prácticamente educativo, cuando no caritativo. Tratando de acompañar a las adolescentes, enseñándoles cómo poder hacer con un bebé, con intervenciones que podríamos pensar como superyoicas, del orden del “hay que” o “tienes que”. Suele suceder cuando no hay opción de separación que el superyó materno campe a sus anchas.

Por último, señalar que me sorprendió, en el discurso de los profesionales cierta defensa de la maternidad/paternidad biológica; sin poder modular que estamos hablando de una posición ya difícil para un adulto y prácticamente imposible para un adolescente. En los equipos en que he trabajado en España, esto está muy claro y se espera la elección de la joven y si va en la vía de separarse del hijo, se le facilita. Me pregunté por qué esta diferencia entre los profesionales de allá y de aquí. Por una parte están los valores de la iglesia fuertemente arraigados, que impregnan la sociedad contaminando incluso los medios profesionales, lo que me permitió escuchar de boca de una psicóloga que se declara antiabortista: “Estamos en contra del aborto porque estamos a favor de la vida”. Frase moral que se opone a la ética de cualquier intervención que justamente estaría en favor del aborto porque se está del lado de la vida porque no hay vida sin amor y sin deseo.

Pero no solo se está en contra del aborto sino que se condenaría a quien da un hijo biológico en adopción, como si este acto estuviese marcado siempre como robo, porque los niños circulan –mediante pago, si no funciona la ley– de las pobres a las ricas, de los poderosos a los débiles. En este sentido, quizás no sea sólo por las morales religiosas que se apoye la maternidad biológica. Me preguntaba si la reciente historia Argentina, arrastrando aún el horror de los secuestros y desaparición de hijos, incluso de bebés, vendidos por y a despreciables seres alrededor del poder de la dictadura, no podría ser un factor que inclinase la balanza hacia la defensa de lo biológico. Como si el hecho de separarse de un hijo biológico, darlo en adopción a través de los mecanismos que autorizarían el propio deseo y las leyes; estuviese contaminado por los efectos del trauma sufrido a causa de los delincuentes y asesinos que quitaron, robaron hijos. Es una idea, una interrogación que seguramente la puedan pensar mejor los profesionales locales3.

Para concluir, un elemento que me parece muy importante señalar es que esta posición no es privilegio de quinceañeras. Embarazo adolescente se puede producir a cualquier edad y en cualquier clase social. Una señora culta y/o burguesa de 40 años, puede ser una madre adolescente. Siempre que el hijo asegure el ser y el tener, estaremos frente a una maternidad adolescente. J

1. Gilles Lipovetsky, Les temps hypermodernes, Grasset; del mismo autor, Le bonheur paradoxal.Essai sur la société d’hyperconsommation, Gallimard
2. Laura Kait, Madres, no mujeres. Embarazo Adolescente, Del Serbal, Barcelona, 2007
3. Sugiero la lectura de: Martha I. Rosenberg, “Aparecer con vida. Apuntes sobre filiación, identidad y restitución de los niños secuestrados-desaparecidos, 1976-1982”, en Figuras de la madre, Silvia Tubert (ed.), Cátedra, Madrid, 1996.
 
 
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